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El Bolígrafo




El Bolígrafo


Si el periodista húngaro Laszlo José Biró no hubiera vendido la patente del primer bolígrafo, su fortuna (murió en 1985) hubiera sido de billones. Tal como sucedió, Biró vendió la patente al Barón Bich en 1950. La hazaña de Biró fue el diseño de una punta redondeada capaz de liberar en el papel la tinta que ya desde entonces se usaba en las imprentas. Hoy en día, se venden aproximadamente 14 millones de bolígrafos cada día, lo que hace de la pluma el gadget más exitoso de todos los tiempos.

Un bolígrafo, lapicera, birome, plumero o esferógrafo es un instrumento de escritura. Se trata del más popular y utilizado del mundo, y se caracteriza por su punta de carga, que contiene una bola generalmente de acero o tungsteno, que, en contacto con el papel, va dosificando la tinta a medida que se la hace rodar, del mismo modo que un desodorante de bola. Puede ser de punto fino o mediano.

Básicamente es un tubo de plástico o metal que contiene la tinta, teniendo en un extremo la punta de escritura, que engarza una pequeña esfera o bola, de la que toma el nombre, y que sirve para regular la salida de tinta al papel de forma fluida y constante. Este tubo o "carga" (de tinta) se encuentra en el interior de un armazón que permite asirlo con comodidad. Dicho armazón puede ser de dos partes (base y tapón) o de una sola, con diversos mecanismos que sacan o retraen la punta de la carga para protegerla de golpes y evitar que manche cuando se lleva en el bolsillo. La masiva producción ha hecho que su costo sea muy bajo y lo ha convertido en el instrumento universal de escritura manual.

La historia cuenta que Laszlo estaba molesto por los trastornos que le ocasionaba su pluma fuente cuando ésta se le atascaba en medio de un reportaje y que obtuvo la idea de su invento observando a unos niños mientras jugaban con bolitas en la calle. En algún momento, una de ellas atravesó un charco y al salir siguió trazando una línea de agua sobre la superficie seca de la calle. La dificultad de trasladar ese mecanismo a un instrumento de escritura residía entonces en la imposibilidad para desarrollar esferas de un tamaño suficientemente pequeño. Con esta idea Biro patentó en Hungría, en 1938, bajo licencia británica, un prototipo. Pero nunca se llegó a comercializar.

En 1940 Laszlo, junto a su hermano mayor, y a su socio y amigo Meyne, quien le ayudara a escapar de la persecución nazi, emigraron a la Argentina, donde adquirirían la nacionalidad de ese país. La principal razón por la que habían elegido ese destino fue que en 1938, Agustín Pedro Justo, quien era Presidente de la Nación, lo había invitado a radicarse en la Argentina cuando de casualidad lo conoció en momentos en que Biro estaba en Yugoslavia haciendo notas para un periódico húngaro. Agustín Justo lo vio escribiendo con un prototipo del bolígrafo y maravillado por esa forma de escribir se puso a charlar con él. Biro le habló de la dificultad para conseguir una visa y Justo, que no le había dicho quien era, le dio una tarjeta con su nombre y su ocupación: Presidente de la Nación.

El 10 de junio formaron la compañía Biro-Meyne-Biro. En un garaje con 40 operarios y con un bajo presupuesto perfeccionaron su invento y lo lanzaron al mercado bajo el nombre comercial de Birome (Acrónimo formado por la unión de Biro y Meyne). Al principio los modelos eran sumamente costosos, compitiendo en precio casi con la Parker 51, la estilográfica más costosa en ese momento. Existían varios modelos: dorado, con camisa de oro sellado, de plata, platil, etc. Pero la variante "estudiantil" fue la que obtuvo numerosos premios en el mundo y por ser más económica se puso al alcance del público. Inicialmente, existía el problema que la recarga de tinta debía ser hecha por especialistas, lo que era incómodo y antieconómico. Casi inmediatamente lanzaron el "tanque deslizante", que permitía extraer el tanque vacío desde la puntera y reponerlo con uno nuevo.

Cuando comenzaron a promocionarse se les llamaba esferográfica, nombre patentado, y se hacía hincapié en que siempre estaba cargada, secaba en el acto, permitía hacer copias con papel carbónico, era única para la aviación y su tinta era indeleble. Al respecto, en su última entrevista antes de fallecer, Biro afirmó: "Mi «juguete» dejó 36 millones de dólares en el tesoro argentino, dinero que el país ganó vendiendo productos no de la tierra sino del cerebro".

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