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El Español de América




Andrés Bello
El venezolano Andrés Bello (1781-1865), maestro de la lengua española, escribió uno de los textos más importantes en la historia de esta lengua, la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos. El fragmento leído por un actor corresponde a su obra Alocución a la Poesía.

Español de América, término genérico que se emplea para designar el conjunto de variedades lingüísticas de la lengua española en el continente americano.
Cuando Colón llegó a América en 1492, la lengua española ya se encontraba consolidada en la Península, puesto que durante los siglos XIV y XV se produjeron hechos históricos e idiomáticos que contribuyeron a que el dialecto castellano fraguara de manera más sólida y rápida que los otros dialectos románicos (véase Lenguas románicas) que se hablaban en España, como el aragonés o el leonés, además de la normalización ortográfica y de la aparición de la Gramática de Nebrija; pero en este nuevo mundo se inició otro proceso, el del afianzamiento de esta lengua, llamado hispanización.

La América prehispánica se presentaba como un conglomerado de pueblos y lenguas diferentes que se articuló políticamente como parte del imperio español y bajo el alero de una lengua común. La diversidad lingüística americana era tal, que algunos autores estiman que este continente es el más fragmentado lingüísticamente, con alrededor de 123 familias de lenguas, muchas de las cuales poseen, a su vez, decenas o incluso cientos de lenguas y dialectos (véase Clasificación de las lenguas). Algunas de las lenguas indígenas importantes —por su número de hablantes o por su aporte al español— son el náhuatl, el taíno, el maya, el quechua, el aimara, el guaraní y el mapuche, por citar algunas (véase Lenguas aborígenes de Hispanoamérica).
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HISTORIA
El español llegó al continente americano a través de los sucesivos viajes de Colón y, luego, con las oleadas de colonizadores que buscaban en América nuevas oportunidades. En su intento por comunicarse con los indígenas, recurrieron al uso de gestos y luego a intérpretes europeos o a indígenas cautivos para tal efecto, que permitiesen la intercomprensión de culturas tan disímiles entre sí. Además, en varios casos, los conquistadores y misioneros fomentaron el uso de las llamadas lenguas generales, es decir, lenguas que, por su alto número de hablantes y por su aceptación como forma común de comunicación, eran utilizadas por diferentes pueblos, por ejemplo, para el comercio, como sucedió con el náhuatl en México o el quechua en Perú.
La influencia de la Iglesia fue muy importante en este proceso, puesto que realizó, especialmente a través de los franciscanos y los jesuitas, una intensa labor de evangelización y educación de niños y jóvenes de distintos pueblos mediante la construcción de escuelas y de iglesias en todo el continente. Sin embargo, aquellos primeros esfuerzos resultaron insuficientes, y la hispanización de América comenzó a desarrollarse sólo a través de la convivencia entre españoles e indios, la catequesis y, sobre todo, el mestizaje.
Pero no sólo la población indígena era heterogénea, sino que también lo era la hispana que llegó a colonizar el territorio americano, pues provenía de las distintas regiones de España, aunque especialmente de Andalucía. Esta mayor proporción de andaluces, que se asentó sobre todo en la zona caribeña y antillana en los primeros años de la conquista, habría otorgado características especiales al español americano: el llamado andalucismo de América, que se manifiesta, especialmente en el aspecto fonético. Este periodo, que los autores sitúan entre 1492 y 1519, ha sido llamado, justamente, periodo antillano, y es en él donde se habrían enraizado las características que luego serían atribuidas a todo el español americano.
Algunas de las características de este periodo incluyen, en el plano fónico, por ejemplo, la pérdida de la d entre vocales (aburrío por aburrido) y final de palabra (usté por usted, y virtú por virtud), confusión entre l y r (mardito por maldito) o aspiración de la s final de sílaba (pahtoh por pastos) o la pronunciación de x, y, g, j, antiguas como h, especialmente en las Antillas, América Central, Colombia, Venezuela, Panamá o Nuevo México, hasta Ecuador y la costa norte de Perú.
Por otra parte, los grupos de inmigrantes de toda España se reunían en Sevilla para su travesía y, de camino hacia el nuevo continente, aún quedaba el paso por las islas Canarias, lo que hace suponer que las personas comenzaron a utilizar ciertos rasgos lingüísticos que, hasta hoy, son compartidos por estas regiones, lo cual se ha dado en llamar español atlántico, cuya capital lingüística sería Sevilla —opuesto al español castizo o castellano, con capital lingüística en Madrid—, y que englobaría el andaluz occidental, el canario y el español americano, aunque otros investigadores sostienen que sólo abarcaría, en América, las zonas costeras.
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DIFERENCIACIÓN DIALECTAL
Los primeros grupos de colonizadores, al provenir de distintas regiones de España, habrían tratado de evitar los localismos, y habrían tendido a la homogeneización en pos de la intercomprensión. Este proceso, llamado koinización (del griego koiné, ‘común’), se habría producido durante el siglo XVI, es decir, cuando esta población heterogénea —tanto desde el punto de vista geográfico como sociocultural— comenzó a asentarse, especialmente en la zona del Caribe y de las Antillas, para, desde aquí, extenderse hacia Sudamérica. No obstante esta lengua común, se afirma que hubo cierta modificación del español por influjo de las lenguas indígenas. Según esta teoría, llamada del substrato, se sostiene que una lengua dominada (en este caso las lenguas indígenas) afecta léxica, fonológica o morfosintácticamente a la lengua dominadora (el español).
Evidentemente, es en el plano léxico donde se aprecian los mayores aportes de las lenguas vernáculas; por ejemplo, en lo referente a la flora (maíz, maní, papaya, tabaco, tomate, chocolate, mandioca, coco...), a la fauna (cóndor, tiburón, mapache, guanaco, puma, tucán, chinchilla...) y al ámbito indígena (canoa, piragua, carpa, cayo, huracán, cigarro...). Además, en las distintas regiones se usan diferentes voces para las mismas cosas según las lenguas indígenas habladas en cada territorio: ají (taíno), chile (náhuatl); porotos, ‘verdes’ (quechua), ejotes (náhuatl); choclo (quechua), elote (náhuatl); palpa (quechua), aguacate (náhuatl); cacahuete (náhuatl), maní (taíno)...
Por otra parte, en algunas ocasiones el conquistador español se negó a aceptar el indigenismo y llamó con voces hispánicas a plantas y animales propios de América, aun sin que realmente correspondiese a la especie; así, es posible observar cosas como lagarto ‘caimán’, tigre ‘jaguar’, león ‘puma’, pavo ‘guajolote’. Pero, aparte de lo anterior, se deben mencionar los llamados americanismos semánticos, es decir, palabras que en América aluden a otros significados que en Europa y, en el caso de la flora y fauna, utilizadas para denominar objetos semejantes a los conocidos en el Viejo Mundo, como en ‘zorra’ (Canis vulpes en Europa y Canis azarae en América), o en ‘roble’ (Quercus robur en Europa y Fagus obliqua en América). Sin embargo, estos americanismos semánticos aparecen de manera permanente, puesto que, aunque muchas veces en América se conocen términos hispánicos, se prefieren otros no usados, o menos usados, en España con el significado americano, como en el caso de reja/verja, cardenal/geranio, jugo/zumo, durazno/melocotón, alcancía/hucha, cepillo.
Las lenguas aborígenes también contribuyeron, en cierto grado, a la formación de las diferentes zonas dialectales en Hispanoamérica, pero además se pueden considerar otros factores, tales como la distribución de los colonizadores en las distintas regiones de América, ya que en una primera época se asentaron en la zona del Caribe, luego en México y, posteriormente, en Sudamérica; la época de la conquista (temprana o tardía), características de la conquista (pacífica o belicosa), diferencias culturales y de rango de los conquistadores (lo cual explicaría las diferencias, por ejemplo, entre Perú o México en relación con Chile o Argentina), ya que, de hecho, fueron los virreinatos de México (Nueva España) y Perú los que atrajeron a los grupos con mayor cultura, mientras que otras regiones, como Chile, sólo eran consideradas como meros rincones del imperio a los cuales llegaban, sobre todo, emigrantes sencillos con habla eminentemente popular.
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ZONAS LINGÜÍSTICAS AMERICANAS
El sistema educacional fue, quizás, uno de los factores determinantes en el establecimiento de diferencias lingüísticas, pues ya en 1538 la escuela de Santo Domingo se convirtió en la Universidad de Santo Tomás de Aquino, y en la misma ciudad se creó la Universidad de Santiago de la Paz en 1540, mientras que la Universidad de Córdoba (Argentina) fue creada en 1613. Finalmente, otra de las causas de la diferenciación dialectal se refiere a la época de la colonización, ya que la ciudad más antigua, Santo Domingo, fue fundada casi en el momento de la llegada de Colón a América, mientras que Montevideo se fundó en 1722. Sin embargo, estos intentos de zonificación no siempre han sido fecundos, debido a que no se cuenta con datos precisos o suficientes en cada lugar, por ejemplo, a través de la elaboración de atlas lingüísticos; pero, a pesar de lo anterior, algunos autores coinciden en distinguir las siguientes zonas: 1) México y sur de los Estados Unidos, 2) Caribe, 3) zona andina, 4) zona rioplatense y 5) zona chilena, aunque se han llegado a postular hasta dieciséis zonas.
Entre las distintas zonas se observan diferencias, por ejemplo, en el plano léxico, como ocurre en los siguientes casos: autobús (España) es guagua (Cuba), micro (Chile), buseta (Colombia), colectivo (Argentina), camión (México); cazadora (España) es chamarra (México), chompa (Colombia, Ecuador), chaqueta (Panamá, Venezuela, Paraguay), casaca (Chile, Perú); manta (España) es cobija (Colombia, Honduras, Ecuador), frazada (Perú, Bolivia, Chile, Argentina), cobertor (México), frisa (República Dominicana, Puerto Rico).
Pero las diferencias no abarcan sólo aspectos léxicos, sino también, aunque en menor grado, fonéticos y morfosintácticos. Por ejemplo, diferente realización del fonema s (desde la aspiración en Chile o Argentina, hasta la s ciceada —pronunciada como z— de algunos puntos de Colombia y Puerto Rico y, sobre todo, en El Salvador, Honduras, Nicaragua y costas de Venezuela); palatalización de j en Chile (mujer suena mujier) o aspiración de la misma en República Dominicana; confusión de y o ll (que se distinguen en algunas zonas, mientras que en otras se confunden a favor de y, como en la mayor parte de Hispanoamérica), o diferencias en el sistema vocálico (debilitación de vocales intermedias en México y timbre cerrado de las vocales en Ecuador, Perú, Bolivia y norte de Chile por influjo quechua). En cuanto a diferencias morfosintácticas, éstas son bastante menos frecuentes, como la alternancia de los diminutivos -it- e -ic- (ratito, ratico), construcciones gramaticales diversas, como “¿Qué tú sabes?”, corriente en Centroamérica y Caribe, y “¿Tú sabés?”, habitual en el resto del territorio. Además, un fenómeno constantemente citado es el voseo (uso del pronombre vos como tratamiento familiar), con sus correspondientes formas verbales en algunas zonas y niveles socioculturales (vos tenés, común en Argentina, o vos tenís, vulgar en Chile, variantes de tenéis), en oposición al tuteo.
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CARACTERÍSTICAS GENERALES
En cuanto a las características generales del español americano se pueden citar las siguientes, aunque no sean privativas de él.
5.1
Aspectos fonológicos
Además del seseo (la z se pronuncia como s) y el yeísmo (la ll se pronuncia mayoritariamente como y), características consonánticas consideradas como andaluzas, con respecto al vocalismo es corriente escuchar diptongación de hiatos (dioro ‘de oro’ tiatro ‘teatro’), sobre todo en el habla no muy cuidada (Véase también Diptongos, triptongos e hiatos).
5.2
Aspectos morfosintácticos
No se utiliza habitualmente el pronombre vosotros, salvo con valor retórico —como un sermón o un discurso—, sino ustedes, con cambio de la forma verbal (ustedes tienen por vosotros tenéis). Esto se explica por la evolución histórica desde vuestra merced > vuesarced > vuesançed > voacé > vucé > vusted > usted.
5.3
Aspectos léxicos
Además de voces propiamente indígenas, las voces mestizas mezclaron lo hispano y lo aborigen, como es el caso de gentilicios (nombres que indican procedencia geográfica) como pampino (del quechua pampa ‘llano solitario’ y el sufijo hispánico -in- ), mexicano (del náhuatl mexica, nombre del pueblo azteca, y el sufijo hispánico -an-, que indica procedencia), caribeño (del pueblo y lengua caribe y el sufijo --, ‘perteneciente a’), o de otras voces como achocolatado (del náhuatl xocoalt, el prefijo hispano a- y el sufijo -ad-), y manicero (del taíno maní ‘cacahuete’ y -er-, ‘oficio, ocupación’). Por otra parte, se debe tener en cuenta la influencia de las lenguas modernas, especialmente de la inglesa y de la francesa, ya que muchos términos se han incorporado al español americano, mas no así al peninsular, como noquear ‘golpear hasta sacar del combate al adversario’, rentar ‘alquilar’ o mansarda ‘ático’. Además, aunque ciertos vocablos tengan origen hispano, se observan diferencias, ya sea por cambio semántico (vereda ‘acera’, saco ‘chaqueta’), por constituir arcaísmos desusados en España (como demorar ‘tardar’, balde ‘cubo de agua’, pararse ‘ponerse de pie’, pollera ‘falda’, sancochar ‘cocer rápidamente’), por derivación típicamente americana (conversada, boletero), o bien —como ya lo hicieron los primeros españoles— por empleo analógico frente a realidades nuevas (lagarto ‘caimán’, víbora ‘serpiente’).
Si bien es cierto que en América la lengua española en gran medida se homogeneizó, también se diversificó; es decir, existen coincidencias a nivel de sistema (reglas y posibilidades de la lengua) entre el español peninsular y el hispanoamericano, pero diferencias de norma (realizaciones locales, sociales de la lengua). Cuanto más culta sea la norma utilizada, mayores similitudes lingüísticas habrá; por lo tanto, es en el habla popular y coloquial donde se advierte el mayor número de diferencias. Por ende, la norma culta, sobre todo formal, es el patrón unificador, no sólo del español de América, sino también de toda la lengua española.


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