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El invento de la Arquitectura




Alhambra de Granada
La arquitectura, en sus múltiples manifestaciones, ha dado lugar a algunas de las más hermosas obras de arte que ha producido la mano del hombre. Un destacado ejemplo de ello es el conjunto arquitectónico de la Alhambra de Granada (España). Situado en lo alto de una colina, en la actualidad está formado por el palacio y la alcazaba Nazaríes y el palacio renacentista de Carlos V.

Arquitectura, arte o ciencia de proyectar y construir edificios perdurables. Sigue determinadas reglas, con objeto de crear obras adecuadas a su propósito, agradables a la vista y capaces de provocar un placer estético.
El tratadista romano Vitrubio fijó en el siglo I a.C. las tres condiciones básicas de la arquitectura: Firmitas, Utilitas, Venustas (resistencia, funcionalidad y belleza). La arquitectura se ha materializado según diferentes estilos a lo largo de la historia: gótico, barroco y neoclásico, entre otros. También se puede clasificar de acuerdo a un estilo más o menos homogéneo, asociado a una cultura o periodo histórico determinado: arquitectura griega, romana, egipcia. El estilo arquitectónico refleja unos determinados valores o necesidades sociales, independientemente de la obra que se construya (casas, fábricas, hoteles, aeropuertos o iglesias). En cualquier caso, la arquitectura no depende sólo del gusto o de los cánones estéticos, sino que tiene en cuenta una serie de cuestiones prácticas, estrechamente relacionadas entre sí: la elección de los materiales y su puesta en obra, la disposición estructural de las cargas y el precepto fundamental del uso al que esté destinado el edificio.
La arquitectura vernácula, de la que no trata este artículo, se caracteriza por no seguir ningún estilo específico, ni estar proyectada por un especialista, sino que se construye directamente por los artesanos y normalmente utiliza los materiales disponibles en la zona.
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MATERIALES DE CONSTRUCCIÓN
La existencia de un material natural está estrechamente relacionada con la invención de las herramientas para su explotación y determina las formas constructivas. Por ejemplo, la carpintería de madera apareció en las diferentes áreas boscosas del planeta, y la madera sigue siendo, aunque su uso esté en declive, un material de construcción importante en esas áreas.
En otras zonas, las piedras naturales se utilizaron en los monumentos más representativos debido a su permanencia y a su resistencia al fuego. Dado que la piedra se puede tallar, la escultura se integró fácilmente con la arquitectura. El empleo de piedras naturales en la construcción está en decadencia, debido a su elevado precio y a su complicada puesta en obra. En su lugar se utilizan piedras artificiales, como el hormigón y el vidrio plano, o materiales más ligeros, como el hierro o el hormigón pretensado, entre otros.
En las regiones donde escaseaban la piedra y la madera se usó la tierra como material de construcción. Aparecen así el tapial y el adobe: el primero consiste en un muro de tierra o barro apisonado y el segundo es un bloque constructivo hecho de barro y paja, y secado al sol. Posteriormente aparecen el ladrillo y otros productos cerámicos, basados en la cocción de piezas de arcilla en un horno, con más resistencia que el adobe.
Por tanto, las culturas primitivas utilizaron los productos de su entorno e inventaron utensilios, técnicas de explotación y tecnologías constructivas para poderlos utilizar como materiales de edificación. Su legado sirvió de base para desarrollar los modernos métodos industriales.
La construcción con piedra, ladrillo y otros materiales se llama albañilería. Estos elementos se pueden trabar sólo con el efecto de la gravedad (a hueso), o mediante juntas de mortero, pasta compuesta por arena y cal (u otro aglutinante). Los romanos descubrieron un cemento natural que, combinado con algunas sustancias inertes (arena y piedras de pequeño tamaño), se conoce como argamasa. Las obras construidas con este material se cubrían posteriormente con mármoles o estucos para obtener un acabado más aparente. En el siglo XIX se inventó el cemento Portland, que es completamente impermeable y constituye la base para el moderno hormigón.
Otro de los inventos del siglo XIX fue la producción industrial de acero; los hornos de laminación producían vigas de hierro mucho más resistentes que las tradicionales de madera. Es más, los redondos o varillas de hierro se podían introducir en la masa fresca de hormigón, aumentando al fraguar la capacidad de este material, dado que añadían a su considerable resistencia a compresión la excepcional resistencia del acero a tracción. Aparece así el hormigón armado, que ha revolucionado la construcción del siglo XX por dos razones: la rapidez y comodidad de su puesta en obra y las posibilidades formales que ofrece, dado que es un material plástico. Por otra parte, la aparición del aluminio y sus tratamientos superficiales, especialmente el anodizado, han popularizado el uso de un material extremadamente ligero que no necesita mantenimiento. El vidrio se conoce desde la antigüedad y las vidrieras son uno de los elementos característicos de la arquitectura gótica. Sin embargo, su calidad y transparencia se han acrecentado gracias a los procesos industriales, que han permitido la fabricación de vidrio plano en grandes dimensiones capaces de iluminar grandes espacios con luz natural.
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CONSTRUCCIÓN
Cuando los materiales se disponen en vertical y todas las cargas trabajan a compresión, la estructura es bastante estable, como en el caso de los muros. El mayor problema aparece al cubrir un espacio creado entre dos muros. Las dos soluciones básicas son el sistema adintelado (compuesto por columnas, pilares y dinteles o vigas) y el sistema abovedado (a base de pilares, muros, arcos y bóvedas o sus derivadas, las cúpulas). En el sistema adintelado, los dinteles o las vigas se colocan en horizontal, apoyados sobre pilares y columnas; a su vez, encima de las vigas descansan otras estructuras (cubiertas y forjados, entre otras) que reciben al tejado o sirven de base para el suelo del piso siguiente. En el sistema abovedado, por el contrario, los elementos estructurales son curvos en lugar de rectos. El muro se abre mediante arcadas, formadas por hileras de arcos sobre pilares o columnas; para la cubierta se emplea la bóveda de cañón, que se genera por la proyección horizontal de un arco; y si es necesario cubrir grandes espacios de simetría central se utiliza la cúpula semiesférica o de media naranja, creada a partir de la rotación de un arco sobre su centro.
El sistema adintelado se puede llevar a cabo con numerosos materiales, pero las piezas horizontales han de trabajar a flexión, es decir, deben absorber esfuerzos de compresión en la parte superior y de tracción en la inferior. Las vigas, por tanto, suelen ser de madera, hierro u hormigón armado. Los materiales pétreos (naturales o artificiales) son poco apropiados, puesto que resisten mal las tensiones de tracción; para utilizarlos como elementos horizontales han de tener un canto y un peso mucho mayores. En los arcos y bóvedas, sin embargo, todos los elementos trabajan a compresión, de modo que siguiendo este sistema se pueden cubrir grandes espacios con piedra, ladrillo, argamasa u hormigón. Las bóvedas, en cualquier caso, generan una serie de tensiones laterales que deben ser contrarrestadas con estribos o contrafuertes.
Otros elementos importantes en los sistemas de cubiertas son las estructuras (de madera u otros materiales), que sirven para salvar mayores luces estructurales con un peso mucho menor que el de una viga convencional. Las estructuras pueden ser de madera (llamadas también cuchillos), o de acero (en forma de perfiles abiertos o tubos), que se conocen con el nombre de cerchas. Pueden tomar cualquier forma, ya que se basan en la subdivisión de la estructura en triángulos. Esta figura elemental, compuesta por la unión de tres segmentos unidos por sus extremos, puede extenderse hasta el infinito por el principio de la triangulación. Para fabricarla, basta con atar mediante una viga riostra otras dos vigas dispuestas en ángulo. Cada uno de estos triángulos está sometido a sus propios esfuerzos de tracción y compresión. En el siglo XVIII, los matemáticos aprendieron a aplicar sus conocimientos al estudio de las estructuras, haciendo posible calcular las tensiones exactas que se producen en cualquier situación. Así se inició el desarrollo de las armaduras espaciales, que pueden ser simples cerchas planas o complejos entramados reticulares tridimensionales.
Durante el siglo XIX, la ingeniería acomete una gran cantidad de obras de gran tamaño, como puentes, diques y túneles. Para ello se hace imprescindible un avance científico en la edificación, como el cálculo de estructuras o la resistencia de materiales. En la actualidad se pueden cubrir espacios mediante estructuras colgantes que trabajan a tracción (al contrario de las bóvedas, donde todos los elementos trabajan a compresión), o con estructuras neumáticas, cuyas superficies se sustentan por medio de aire a presión. Los cálculos se hacen particularmente complejos cuando se trata de estructuras elevadas, debido a que la presión del viento o el riesgo de movimientos sísmicos pasan a ser factores más importantes que la propia gravedad.
La arquitectura también debe ocuparse del equipamiento interno de los edificios y sus instalaciones. En las últimas décadas se han inventado complejos sistemas de acondicionamiento, instalaciones eléctricas y sanitarias, prevención de incendios, iluminación artificial, elementos de circulación (como pasillos, escaleras mecánicas o ascensores hidráulicos). Desde hace poco tiempo se puede utilizar la informática para controlar todos estos sistemas, dando lugar a lo que se conoce como edificio inteligente. Todo esto ha supuesto un incremento de las expectativas de bienestar, pero también de los costes de la construcción.
A través de la historia se reconocen una serie de leitmotiv que han generado diferentes tipologías constructivas. Así, las obras más conmovedoras de la arquitectura —templos, iglesias, catedrales y mezquitas— nacen de motivaciones religiosas, y sirven para crear un lugar propicio al diálogo con Dios, o bien para adoctrinar a los fieles, o para que éstos celebren sus rituales sagrados. Otro de los móviles ha sido el sentimiento de seguridad: las estructuras más duraderas se construían como elementos defensivos, como las murallas o los castillos.
Uno de los motivos que más ha impulsado a la arquitectura a lo largo de la historia ha sido el deseo de ostentación: edificios que sean el orgullo de un pueblo, que reflejen el estatus personal o colectivo, o palacios para reyes y emperadores, construidos como símbolos de su poder. En general, las clases privilegiadas siempre han sido mecenas de arquitectos, artistas o artesanos, y sus encargos se han convertido, a veces, en el mejor legado artístico de su época. En la actualidad, su labor la desempeñan las grandes multinacionales, los gobiernos y las universidades, que llevan a cabo su función de una forma menos personalista.
La complejidad de la vida moderna ha provocado la proliferación de tipologías constructivas. En nuestros días, la arquitectura occidental está especialmente dedicada al diseño de viviendas colectivas, edificios de oficinas, centros comerciales, supermercados, escuelas, universidades, hospitales, aeropuertos, hoteles y complejos turísticos. En cualquier caso, el proyecto de un edificio nunca se realiza de forma aislada, sino prestando especial atención a sus interacciones con el entorno. Tanto los arquitectos como sus clientes están concienciados de este problema y se sirven del urbanismo para evitar impactos negativos sobre las zonas antiguas de las ciudades.
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HISTORIA DE LA ARQUITECTURA
Los orígenes de la arquitectura se pierden junto con los del ser humano y sólo se conocen por las escasas huellas que resisten el paso del tiempo. Sin embargo, es indudable que en la prehistoria el hombre empleó las artes constructivas no sólo con fines funcionales, sino también simbólicos. Prueba de ello son los numerosos restos de monumentos funerarios, cavernas artificiales o recintos conmemorativos. Utilizando de nuevo el paralelismo con la historia de la humanidad, se podría considerar que la historia de la arquitectura se remonta a los restos conservados del lenguaje arquitectónico, es decir, compositivo. Así, se puede datar su inicio asociado al desarrollo de las primeras ciudades mesopotámicas.
Para comprender mejor el curso histórico de la arquitectura se ha dividido su estudio en tres grandes áreas cuya evolución ha sido relativamente independiente. Se trata de la arquitectura oriental, la americana prehispánica y la occidental. Al margen de este estudio se queda la arquitectura vernácula, que a menudo ha sido una fuente donde ha bebido la arquitectura culta, pero cuyo desarrollo histórico es bastante restringido.
4.1
Arquitectura oriental
El concepto de arquitectura oriental es confuso y típicamente occidental. Sin embargo, resulta bastante apropiado para englobar la arquitectura de una enorme zona geográfica que comprende la India, Indochina, Indonesia, China y Japón. Durante mucho tiempo, las religiones y culturas de esta parte del mundo se interrelacionan fuertemente, y con ellas van evolucionando las arquitecturas que les son propias. Este periodo concluye con la colonización occidental (incluso en Japón, donde la colonización fue tan sólo cultural), coincidiendo con la Revolución Industrial.
4.1.1
India y el Sureste asiático
El material constructivo típico de la arquitectura primitiva de la India es la piedra, labrada profusamente de acuerdo con la imaginería tradicional hindú. Esta característica, unida a la ausencia casi total de espacios estructurados, lleva a considerar estas obras como piezas escultóricas antes que arquitectónicas.
4.1.1.1
India
El monumento más emblemático de la arquitectura india es la stupa. Se trata de un gran edificio de tradición budista, en forma de túmulo semiesférico. La más célebre es la de Sanchi, cerca de Bhopāl (en la parte central de la India), cuya construcción se llevó a cabo entre los siglos III a.C. y I d.C.
Durante el periodo primitivo, la construcción de templos y monasterios se limitaba a la excavación de santuarios en el interior de los acantilados. Las cuevas de Ellora y Ajanta (al noroeste de Bombay) son una serie de cavernas artificiales talladas en la roca durante siglos. Al evolucionar la construcción de templos, la excavación se sustituyó por otros métodos más convencionales de construcción pétrea. Sin embargo, continuó el predominio de las masas escultóricas frente a los espacios arquitectónicos.
Los templos hindúes se encuentran por toda la India, especialmente en el sur y el este, donde el poder de los caudillos mogoles fue menor. El jainismo es un culto aún bastante extendido y tiene su propia tradición en la construcción de templos, que sigue en vigor. Véase Arte y arquitectura de India.
4.1.1.2
Sureste asiático
En esta zona el templo budista se llama wat. El más conocido es el de Angkor Wat, en el centro de Camboya, construido a principios del siglo XII (época en la que ya reinaba la actual dinastía Jemer). Se trata de un conjunto arquitectónico de piedra tallada con profusión, que alcanza una altura de 60 m y cuyo acceso está precedido por un puente ceremonial de 183 m que cruza el foso circundante.
Las tradiciones arquitectónicas budistas, que a menudo tienen origen en China, son muy evidentes en Myanmar (antes Birmania), Tailandia, Malasia, Java y Sri Lanka (antes Ceilán). Los templos y santuarios del palacio real de Bangkok tienen menos de doscientos años, lo que testifica la vitalidad cultural de esta arquitectura hace poco más de un siglo.
4.1.2
China y Japón
Entre las culturas japonesa y china se aprecian elementos comunes; sin embargo, sus características generales son bastante diferentes. Concretamente la arquitectura de China es muy diferente de la de Japón, tanto en la forma como en el espíritu que la alimenta.
4.1.2.1
Arquitectura de China
La inmutable estructura jerárquica de la familia extensa, sacralizada en toda China, y su espíritu de veneración hacia los antepasados, se refleja en la forma estricta de la casa familiar. Ésta se construye sobre una planta rectangular, con una disposición axial siguiendo un eje norte-sur. La entrada se efectúa a través de un patio tapiado situado en el extremo sur, mientras que los elementos de vivienda se disponen simétricamente a ambos lados del eje. Esta estructura se repite en numerosas tipologías residenciales de mayor envergadura, como monasterios, mansiones, palacios e incluso ciudades enteras.
La ciudad de Pekín se expandió durante siglos bajo el dominio de diferentes dinastías. Su trazado lo componen dos rectángulos contiguos: la ciudad interior y la nueva ciudad exterior, cada una de ellas con una extensión de varios kilómetros cuadrados. Dentro de la ciudad interior se halla la ciudad imperial, que a su vez contiene a la Ciudad Prohibida, antigua residencia de la corte imperial. Todas las partes de la ciudad están ordenadas simétricamente a lo largo de una avenida que sigue la dirección norte-sur. Es la apoteosis, a gran escala, de la casa familiar china.
Los materiales constructivos más utilizados en China y Japón son la piedra, el ladrillo, la madera y los elementos cerámicos. Las formas características de la arquitectura de ambos imperios provienen de las estructuras de madera. En China, los pilares sostienen una techumbre de madera, una especie de pirámide invertida formada por capas de vigas (tirantes) arriostradas por correas y pilares intermedios. Éstos, a su vez, sujetan las correas y cabios sobre los que descansa la pesada cubierta de tejas. Los aleros se extienden en voladizo más allá de las líneas de columnas, sobre unas complicadas ménsulas. El arquetipo resultante es un edificio de planta rectangular, normalmente de una sola altura, rematado por una empinada cubierta. Véase Arte y arquitectura de China.
4.1.2.2
Arquitectura japonesa
La evolución de la casa japonesa es muy distinta de la china. Mientras la última se ocupaba de expresar el orden social, la casa del Japón se empeñó en crear un diálogo poético con la naturaleza, estableciendo relaciones diversas con la tierra, el agua, las piedras o los árboles. Esta convivencia es evidente en el palacio de Katsura (primera mitad del siglo XVII), proyectado y construido por un maestro de la ceremonia del té. Los edificios que lo componen parecen desperdigados de forma aleatoria, pero en realidad siguen una cuidadosa secuencia de vistas e integración en el paisaje.
Japón perfeccionó sus estructuras de madera desde la antigüedad. El santuario de Ise, situado en la costa, al suroeste de Tokio, se erigió en el siglo V y se reconstruye meticulosamente cada 20 años. El edificio principal está situado en el interior de un recinto rectangular que acoge las estancias auxiliares. Se puede decir que es una joya construida en madera, elevada sobre postes hincados en el suelo, y coronada por una gran techumbre de paja. La estructura de la cubierta carece de tirantes y correas, de modo que el caballete descansa sobre una viga o cumbrera que a su vez sostienen dos enormes pilares situados en el centro de los hastiales. Los cabios se ensamblan por encima de la cumbrera, de tal modo que no producen esfuerzos hacia el exterior. Este monumento, pequeño pero de elegantes proporciones, es un excelente ejemplo de la sutileza del arte japonés. Véase Arte y arquitectura de Japón.
4.2
Arquitectura precolombina
El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón pisaba las tierras de América y se iniciaba así una política de conquistas que destruyó gran cantidad de culturas autóctonas. Todas estas culturas —colonizadas por España, Portugal e Inglaterra, principalmente— se conocen con el nombre de precolombinas, y se puede decir que desaparecieron casi totalmente bajo el poder de los imperios europeos. Las dos grandes áreas donde se desarrollaron las culturas más fértiles de América fueron Mesoamérica —México, Honduras, Guatemala, Belice y El Salvador— y el centro de los Andes —Perú, Bolivia y Ecuador. Por otra parte, las tribus nómadas del norte de América no llegaron a realizar construcciones permanentes, aunque algunas civilizaciones más cercanas a los focos culturales mesoamericanos, como los indios mokis o pueblo de Sonora, Arizona y Nuevo México, construyeron con piedra y adobe. Estos pueblos indígenas americanos iniciaron su declive hacia el año 1300 pero aún se conservan restos de sus arquitecturas rupestres y de algunos poblados.
4.2.1
Arquitectura mesoamericana
Las dos tipologías más relevantes de la arquitectura mesoamericana fueron la pirámide y el juego de pelota. La pirámide americana es diferente de la egipcia no sólo por su forma —escalonada y truncada en su parte superior—, sino también por su función, que es la de acoger un santuario o templo en la meseta más elevada. Una práctica habitual era levantar las pirámides por capas, de forma que se construía un edificio nuevo rodeando al antiguo cada 52 años, que era el ciclo establecido para la renovación del mundo. El juego de pelota, que no era un deporte sino un espectáculo ritual, solía estar relacionado con las pirámides y consistía en un espacio amurallado de planta en doble T.
La cultura maya se extendía desde la península de Yucatán hasta Belice, Honduras y Guatemala, y su periodo de mayor esplendor tuvo lugar entre los siglos IV y XI. Una de las primeras grandes ciudades mayas es la de Tikal (Guatemala), de la que se conserva un enorme recinto sagrado (siglos III-VIII) con numerosas pirámides. Sobre las plataformas de estas pirámides se elevan los templos o santuarios, con un espacio interior cubierto por una falsa bóveda típica de la arquitectura de esta civilización. Otro de los centros florecientes en la época clásica fue Copán (Honduras), un centro de estudios astronómicos donde se conserva la monumental escalera de los Jeroglíficos (mediados del siglo VIII), así como uno de los juegos de pelota más hermosos de la civilización maya. El Palenque (llamado así por los españoles por ser un recinto amurallado) fue el centro de esta cultura en México y su edificio más emblemático es el templo de las Inscripciones (siglos VII-VIII), situado sobre una pirámide que, en este caso, contiene una cámara sepulcral. Ya en el primer milenio de la era cristiana, el guerrero Kukulcán fundó la ciudad de Chichén Itzá sobre la llanura de Yucatán. La arquitectura de esta ciudad tiene una enorme influencia de la zona que está al norte de la capital mexicana, como muestran el templo de los Guerreros (siglos XI-XII) y la pirámide del Castillo (siglos XI-XII), que siguen los modelos toltecas de la ciudad de Tula. Otros edificios emblemáticos de Chichén Itzá son el Caracol (un observatorio astronómico al que se accede a través de una escalera de caracol) y el famoso juego de pelota, flanqueado por unos muros monumentales que están ricamente esculpidos. También en la península de Yucatán se encuentra Uxmal, cuyo hermoso palacio del Gobernador (siglos VIII-IX), erigido sobre una meseta artificial, muestra la maestría compositiva que se alcanzó en la etapa final del arte clásico maya. Véase Arte y arquitectura mayas.
La llamada cultura de La Venta (1200-900 a.C.), probablemente relacionada con el pueblo olmeca, parece haber sido una de las primeras y también la más influyente de todo el continente americano. Su efecto se aprecia en las edificaciones de Monte Albán (siglos VI-VIII), una acrópolis zapoteca sobre la ciudad de Oaxaca, o en el palacio de las Columnas (siglo XV) de Mitla, también en Oaxaca, con sus espectaculares muros recubiertos de mosaicos. Otra de las civilizaciones mesoamericanas interesantes es la de El Tajín, que ha legado su gran pirámide (siglo VII) de nichos tallados sobre las paredes verticales. Sin embargo, la gran cultura clásica del centro de México fue Teotihuacán, situada sobre la llanura noroeste de México-Tenochitlán. Su obra más fabulosa es la gran pirámide del Sol, un edificio de 64 m de altura y 45.225 metros cuadrados de base, cuyo conjunto completan la pirámide de la Luna y un área en terraplenes conocida como La Ciudadela. Hacia el siglo VIII, la cultura teotihuacana sucumbió al empuje del pueblo tolteca que introdujo el culto a la serpiente emplumada Quetzalcóatl, una imagen que representan a menudo en los bajorrelieves de sus templos. La capital tolteca era Tula, donde se conserva la pirámide del templo de la Estrella de la Mañana (c. 900), construida en cinco niveles de 2 m de altura. Un centro que ejemplifica la transición de la época clásica a la tolteca es Xochicalco (casa de las flores), en el actual estado de Morelos, México; su magnífico templo de Quetzalcóatl está adornado con bajorrelieves y glifos. Por su parte, Tula fue destruida en el siglo XII por los chichimecas, que heredaron las tradiciones artísticas teotihuacanas y toltecas, y construyeron la pirámide de Tenayuca (siglos XIV-XV) en cinco capas superpuestas correspondientes a los ciclos de 52 años. La arquitectura de los chichimecas puede dar una idea de la que produjeron los aztecas, que fundaron la gran Tenochitlán en 1325. En las excavaciones del templo Mayor, en pleno centro de la ciudad de México, se ha descubierto una interesante infraestructura que permitió levantar el centro ceremonial y político más importante de Mesoamérica en medio de un lago. Véase Arte y arquitectura de Teotihuacán; Arte y arquitectura olmecas.
4.2.2
Arquitectura centroandina
A mediados del siglo XIV el Imperio inca consiguió dominar al resto de las culturas andinas, entre las que destacaron las de Chavín, Mochica, Paracas, Nazca, Chimú, Huari y Tiahuanaco.
Entre las mejores obras realizadas por culturas preincaicas destacan el templo escalonado de Chavín de Huantar, donde se aprecian afinidades con la cultura de La Venta, en México; la huaca del Sol en Moche, una pirámide escalonada de ladrillos secados al sol; la Puerta del Sol en Tiahuanaco, una puerta monolítica situada en un lugar sagrado similar al de Chavín de Huantar; la huaca del Dragón (siglos XIV-XV) en Chan Chan (capital chimú cercana a la actual Trujillo), construida en adobe como la mayoría de la arquitectura de la zona costera, y las chulpas, unas pequeñas torres funerarias de base circular que aparecen en la cuenca del lago Titicaca.
Los incas se establecieron en Cuzco hacia el año 1100 y desde allí comenzaron su expansión comenzando por los quechuas. Su arquitectura enlaza con las tradiciones de Chavín y Tiahuanaco, como muestran las construcciones halladas en la fortaleza de Machu Picchu, situada a una altura de 2.400 m bajo las faldas del Urubamba. Una de las características más originales de la primitiva arquitectura inca es el ensamblaje a hueso de piedras ciclópeas, especialmente para la erección de murallas como en Sacsahuamán (siglo XV), la fortaleza de Cuzco o en los seis monolitos graníticos que cierran el templo de los Muertos de Ollantaytambo (siglo XV), sobre el valle del Urubamba. La evolución del Imperio supuso el perfeccionamiento en el tallado de la piedra, como se aprecia en las construcciones del Monte Dorado o Choquequilla (siglo XV), en el valle cercano a Cuzco de Huaracondo. Véase Arte y arquitectura precolombinas; Arte y arquitectura incas.
4.3
Arquitectura occidental
La cultura que hoy conocemos como occidental tuvo su origen en una serie de pueblos de la zona oriental del mar Mediterráneo, que, con el devenir de la historia, fueron ampliando su influencia hasta abarcar toda la costa de este mar. Más tarde fueron los grandes imperios, como el romano o el macedónico, los encargados de extender su dominio por el mundo conocido. La invasión de los pueblos bárbaros no hizo sino afianzar la cultura heredada, que a partir de entonces se conoce como clásica, y se convierte en un canon o modelo a seguir. Los imperios coloniales han ido imponiendo sus criterios al resto de los pueblos hasta nuestros días; en la actualidad, la cultura occidental se extiende por todo el planeta, aunque en cada zona haya un cierto grado de mestizaje con las culturas autóctonas.
En la evolución del mundo occidental hay una gran cantidad de caminos paralelos en distintas zonas geográficas. Durante la edad media, tres imperios desarrollan simultáneamente lo que podríamos conocer como cultura clásica: el bizantino en el Mediterráneo oriental, el islámico (con diferentes centros de poder en Asia, África y el sur de Europa) y el carolingio en el centro de Europa. Por otra parte, dos de las religiones más extendidas del mundo comparten su pertenencia a esta cultura genérica: el cristianismo y el islam. Ambas tienen un origen común en la religión judía y comparten la necesidad de apostolado, lo cual ha favorecido su expansión colonial.
4.3.1
Mesopotamia
Esta región, que coincide en su mayor parte con el actual Irak, estaba comprendida entre los ríos Tigris y Éufrates. La ciudad asiria de Jorsabad, construida con ladrillos y adobe durante el reinado de Sargón II (722-705 a.C.), se descubrió en 1842, y gracias a las excavaciones realizadas desde entonces se conoce la mayor parte de su planta. Este descubrimiento supuso una base sólida para el estudio de la arquitectura de Mesopotamia porque las antiguas ciudades de Babilonia y Ur no se excavaron hasta finales del siglo XIX.
En la antigua arquitectura persa se observa la influencia de los griegos, con quienes los persas mantuvieron una serie de enfrentamientos (las Guerras Médicas) en el siglo V a.C. De esta época se ha conservado el gran recinto real de Persépolis (518-460 a.C.), construido por Darío el Grande, y un gran número de tumbas excavadas en la roca, todas al norte de Shīrāz, en el actual Irán.
4.3.2
Egipto
La cultura urbana también fue próspera desde los primeros tiempos del antiguo Egipto. La estabilidad política de este gran Estado se instauró por medio de una oligarquía defensora de las tradiciones. Sólo así, en un sistema político donde el poder se concentraba en torno al faraón y sus sumos sacerdotes, y en una región rica en materiales pétreos (granito, piedras areniscas y calizas), pudo llevarse a cabo la construcción de los monumentos más impresionantes del mundo antiguo.
La obsesión de los gobernantes egipcios era edificar su propia tumba, más espléndida que la de su predecesor. Antes de la IV Dinastía (que comienza c. 2680 a.C.), los enterramientos de los reyes de Egipto se distinguían por medio de una mastaba, una construcción maciza de ladrillo, de planta rectangular con los muros en talud. Ésta evolucionó hacia la pirámide escalonada y más tarde hasta la definitiva pirámide de caras planas. Las pirámides mayores y mejor conservadas están en el conjunto de Gizeh, cerca de El Cairo; entre ellas destacan la de Keops (construida c. 2570 a.C.) y la de Kefrén (c. 2530 a.C.). Estos inmensos monumentos son la muestra del enorme poder que los faraones ejercían sobre sus súbditos, así como de la fascinación de los arquitectos egipcios por las formas geométricas. Por otra parte, el mismo gusto por la perfección de la forma abstracta reaparece frecuentemente a través de la historia.
Los egipcios edificaron templos no como lugar de oración, sino para exhibir los ritos que cumplían los que ocupaban el poder y excluir al resto de los mortales. Para ello construyeron los templos dentro de recintos amurallados, con grandes vestíbulos repletos de columnas (salas hipóstilas) que convierten el espacio exterior en interior, dado que a cierta distancia sólo se puede ver una masa cerrada de piedra. Una sucesión lineal de espacios conducía hasta los recintos más sagrados. Así nació el concepto de eje, que en los templos egipcios se extendía hacia el exterior a través de avenidas de esfinges, dispuestas para acrecentar el espectáculo procesional de los participantes. En estas construcciones se inicia el empleo monumental del sistema adintelado, con gruesas columnas muy próximas entre sí, sosteniendo pesados dinteles.
Los templos mejor conocidos de Egipto están en la zona del Nilo medio, cerca de la antigua capital, Tebas. Aquí se encuentran los templos de Luxor, Karnak y Dayr al-Bahari (siglos XV-XII a.C.), y Edfú (siglo III a.C.). Véase Arte y arquitectura de Egipto; Templo.
4.3.3
Arquitectura creto-micénica
La arquitectura que se desarrolló en el territorio continental de la antigua Grecia y en las islas del mar Egeo pertenece a una serie de culturas griegas, que precedieron a la llegada (c. 1000 a.C.) de los pueblos jónicos y dóricos. La cultura minoica floreció en la isla de Creta (entre los años 3000-1200 a.C.); su principal legado es el palacio laberíntico de Minos en Cnosos, cerca de la actual Iraklion. En el Peloponeso, cerca de Argos, están los palacios-fortaleza de Micenas y Tirinto, y en Asia Menor la ciudad de Troya —excavada en su totalidad por el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann en el último cuarto del siglo XIX. Micenas y Tirinto se consideran dos importantes muestras de la civilización aquea, referente de los poemas épicos de Homero, la Odisea y la Iliada. Véase Civilización del Egeo.
4.3.4
Arquitectura griega
La tipología del templo griego se compone de un santuario y el perímetro de columnas que lo rodean y articulan el espacio exterior. En este sentido es el modelo opuesto del templo egipcio, cuyas columnas están dispuestas dentro de un recinto amurallado. La originalidad de esta tipología reside en que, quizás por primera vez en la historia, se da prioridad al aspecto externo de un edificio que contiene un espacio sagrado. La arquitectura griega no abruma al observador con una excesiva monumentalidad y rara vez está dispuesta simétricamente a lo largo de un eje, sino que busca las relaciones espaciales sutiles, desde diferentes puntos de vista. Los templos griegos, que siguen aproximadamente el mismo plan, tienen tamaños muy diversos: desde el pequeño templo de Atenea Niké (427-424 a.C.) en la Acrópolis de Atenas, de aproximadamente 6 × 9 m, hasta el gigantesco templo de Zeus u Olimpeión (c. 500 a.C.) en Agrigento (Magna Grecia, actual Sicilia), que ocupa más de una hectárea.
El modelo primitivo de templo se fue modificando a lo largo de los siglos. La preocupación por el aspecto exterior y sus relaciones con el espacio circundante llevó a los arquitectos griegos a una carrera hacia la perfección. Fruto de este empeño son los órdenes arquitectónicos, que consisten en una serie de reglas sobre la proporción y la articulación de las partes del edificio, especialmente de las columnas. Hoy día se siguen llamando de igual forma, e incluso se siguen utilizando como modelos canónicos. En ellos se regula la disposición del estilobato o plinto, la basa, el fuste, capitel, arquitrabe, friso, cornisa y frontón, cada uno de los cuales ejerce o simboliza alguna función estructural.
4.3.4.1
Órdenes griegos
Dos de los tres órdenes griegos se extendieron más o menos simultáneamente. El orden dórico era predominante en el Ática y en la Magna Grecia. Es el más sobrio de todos los órdenes clásicos, pues sus columnas carecen de basa, y todos sus elementos decorativos representan alguna función estructural. Una de las obras maestras de la arquitectura de todos los tiempos está compuesta según el orden dórico; se trata del Partenón (448-432 a.C.), situado en la parte central de la Acrópolis de Atenas.
El orden jónico se originó en las ciudades del mar Egeo y Asia Menor, más influidas por el arte egipcio y oriental. La columna jónica se caracteriza porque el capitel está adornado por dos volutas en sus extremos, el fuste es más estilizado y con estrías más suaves que las del orden dórico, y se apoya sobre una basa compuesta por partes cóncavas y convexas. Se han conservado pocos ejemplos de la época arcaica, pero entre ellos destacan el Erecteion (comenzado en el año 421 a.C.) y los Propileos (comenzados en el 437 a.C.), ambos en la Acrópolis de Atenas.
El orden corintio es un invento ateniense, probablemente del siglo V a.C., pero su uso se generalizó más tarde. Su característica fundamental son los capiteles decorados con hojas de acanto; además, su fuste es aún más delgado que el jónico. Tiene la ventaja frente a éste de no tener ninguna dirección principal, lo cual facilita su disposición en las esquinas.
El final de las Guerras Médicas (466 a.C.) supuso la reconstrucción de numerosas ciudades griegas que habían sido arrasadas por los persas. Se abría así la posibilidad de investigar nuevas formas de planeamiento urbanístico, una nueva ciencia cuya figura principal es Hipodamo de Mileto, autor de los nuevos planos de Mileto (Asia Menor) y El Pireo (el puerto de Atenas), entre otras ciudades. Su principal aporte es el trazado en parrilla, también llamado hipodámico en su honor; igualmente, se le atribuye la idea de que el plano de la ciudad ha de simbolizar el orden social, con un centro representativo donde situar los edificios más señalados, en relación con los espacios públicos abiertos. El ágora griega (plaza pública, o lugar de reunión de los ciudadanos) podía incluir un templo, una especie de ayuntamiento o cámara de representantes (bouleuterion), un teatro, gimnasios y otros edificios de carácter público; en ocasiones quedaba contenida en un recinto de columnas. En la arquitectura doméstica, el megaron micénico (una especie de vestíbulo central) evolucionó hasta convertirse en una casa familiar donde las habitaciones tenían su acceso a través de un pequeño patio llamado atrio. Esta disposición se extendió por Italia, España y el norte de África, donde derivó hacia distintas tipologías de vivienda mediterránea. Véase Arte y arquitectura de Grecia; Vivienda (arquitectura).
4.3.5
Arquitectura romana
La arquitectura romana tomó el relevo de la griega, pero sus resultados fueron muy distintos. En primer lugar, contrariamente al débil concepto de nación que generaban las alianzas entre ciudades-estado griegas, Roma llegó a ser un imperio poderoso y bien organizado, que colonizó con su política, su lengua y su arte todo el mundo mediterráneo, llegando por el noroeste hasta las islas Británicas y por el sureste hasta la península de Arabia. Los romanos llevaron a cabo grandes obras de ingeniería como calzadas, canales, puentes y acueductos. Sus avances en el arte de la edificación fueron incontables y en sus obras utilizaron toda clase de materiales constructivos como ladrillos, argamasa, piedra, mármoles y mosaicos.
El uso del arco y la bóveda introdujo en el vocabulario clásico las formas curvilíneas; los muros curvos producían un espacio semicircular, llamado exedra o ábside, ideal para concluir un eje. Los elementos cilíndricos y esféricos llegaron a ser característicos de la arquitectura romana, adecuados para cubrir los inmensos espacios propios de la escala imperial.
4.3.5.1
La cúpula
La bóveda de cañón presenta una sección semicircular y se caracteriza porque sólo puede cubrir una luz limitada, debido a los enormes empujes laterales que ejerce. Para solucionar esto, los romanos inventaron dos sistemas alternativos; el primero es la cúpula, que se puede considerar como una bóveda de desarrollo circular, mucho más estable que las bóvedas de cañón, pero también limitada por los empujes laterales que ejerce sobre la estructura portante y por su propio peso, que tiende a romperla por la parte central, en la zona conocida como los riñones. A pesar de ello, los romanos consiguieron construir cúpulas enormes, como la del Panteón de Roma, un edificio de planta circular construido en la época del emperador Adriano, en cuyo interior se puede inscribir una esfera de 43 m. Su arquitecto, Apolodoro de Damasco, cubrió el espacio con una enorme cúpula masiva compuesta por anillos de materiales más ligeros a medida que se asciende, y abrió en el centro un óculo de 9 m de diámetro que desempeña la función de anillo de compresión. Esta gigantesca estructura se apoya sobre un muro perimetral de 6 m de ancho, horadado de tal forma que la estructura portante la componen realmente ocho enormes machones. En cualquier caso, el mayor problema de las cúpulas es que contienen un espacio único y no se pueden combinar fácilmente entre sí para cubrir un espacio articulado.
4.3.5.2
La bóveda de arista
La segunda gran invención romana es la bóveda de arista, formada por la intersección de dos bóvedas de cañón idénticas. Las líneas que configuran esta intersección son dos medias elipses, que unen los vértices opuestos del cuadrado de la planta. Gracias a las direcciones ortogonales de curvatura se produce un efecto estructural, basado en que cada una de las bóvedas de cañón contrarresta el empuje de la otra. Además, la bóveda de arista presenta otras ventajas, como es que se puede apoyar sobre cuatro pilares (dispuestos de tal forma que absorban los empujes de la bóveda, que les llegan a 45º), dejando cuatro caras libres para emplazar vanos o para seguir añadiendo espacios abovedados.
En las grandes termas y basílicas romanas, estas últimas dedicadas a la administración de justicia, la sucesión de crujías cuadradas cubiertas por bóvedas de aristas proporcionaba enormes salas, iluminadas por claraboyas situadas en lo alto de los muros laterales, bajo las bóvedas.
4.3.5.3
Nuevas tipologías arquitectónicas
Los romanos también inventaron nuevas tipologías arquitectónicas, entre las que destacan el arco triunfal, el anfiteatro y el circo. Además, continuaron la evolución de los modelos tradicionales griegos como el estadio, el templo o el teatro. En cuanto a la vivienda, desarrollaron tres modalidades: la insula o casa de vecinos, propia de las grandes ciudades como Roma (que llegó a tener una población de 1,5 millones de habitantes), la domus o vivienda unifamiliar y la villa o casa de campo de las clases más acomodadas. La casa romana es una transformación de la griega y su característica fundamental es que se cierra totalmente al exterior para abrirse a un atrio descubierto, en torno al cual se organizan las habitaciones. Un gran número de excelentes ejemplos de casas y villas romanas se han conservado en Pompeya y Herculano, las dos grandes ciudades que quedaron sepultadas por la erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era.
El gusto romano por los grandes planes urbanísticos se pone de manifiesto en la ciudad de Roma, donde cada emperador enriquecía o construía un nuevo foro con su basílica, templo y demás elementos. El foro, cuyos ejemplos arcaicos se limitaban a una sucesión caótica de edificios y monumentos, llegó a alcanzar un orden y una complejidad únicos en el foro de Trajano, dispuesto a lo largo de un eje que incluso contenía, adosado a uno de sus laterales, el mercado de la ciudad. Uno de los complejos palaciegos más impresionantes es el de Villa Adriana en Tívoli (entre los años 118-134 a.C.), que se extiende a lo largo de un enorme territorio jalonado por estadios, teatros, termas, ninfeos, peristilos y estanques.
Los órdenes griegos (dórico, jónico y corintio) fueron utilizados por los romanos, que además añadieron otros dos: el toscano, de aspecto más austero que el dórico por la ausencia de estrías en sus columnas; y el compuesto, cuyos capiteles se caracterizan por mezclar las hojas de acanto con los adornos de volutas en sus extremos. Los romanos usaron los órdenes con más frivolidad que los griegos, a menudo como pura decoración para los interiores, y olvidando el sentido y la sutileza del sistema adintelado. Pero también completaron la sintaxis de los órdenes, utilizando columnas adosadas a los muros, combinándolas con arcos y pilastras, entre otros ejemplos. Una de las combinaciones más características es la del Coliseo de Roma, donde se fijaron para la posteridad las reglas de uso de columnas, pilastras, arcos y dinteles conjuntamente.
4.3.6
Arquitectura paleocristiana
En el año 313 el emperador romano Constantino I el Grande promulga el Edicto de Milán, por el cual se establece en todo el Imperio la libertad religiosa y se inicia un proceso que culminará con la declaración del cristianismo como religión oficial. Hasta este momento, el Imperio romano había reprimido, en ocasiones con gran dureza, esta religión de origen oriental que rechazaba el culto al emperador y a los dioses clásicos, y se iba extendiendo paulatinamente por todos los rincones del mundo romanizado.
La arquitectura cristiana de los primeros tiempos se limita a las viviendas privadas de grandes dimensiones que acogían las reuniones de los fieles, casi siempre escondidas de la mirada pública, como la que se ha descubierto en Dura-Europos (siglo III), que ya presenta una serie de espacios jerarquizados de acuerdo con su uso ceremonial. Sin embargo, este tipo de arquitectura no podía satisfacer las necesidades simbólicas de la Iglesia, que a partir del Edicto de Milán sale de las sombras y adopta en sus templos una tipología romana: la basílica. Este edificio se compone de un número impar de naves longitudinales (3 o 5), separadas por filas de columnas, y la nave central es notablemente más ancha y alta. La diferencia de alturas entre las crujías permite abrir ventanas en la parte superior de los muros, llamadas claraboyas. Al final de la nave se dispone el altar, rodeado de un gran ábside o exedra (también heredado del modelo romano), en donde el sacerdote oficia la ceremonia. Una de las pocas características que difieren del modelo romano es la sustitución de la bóveda (que no se volvió a emplear hasta aproximadamente el año 1000) por una cubierta de madera a dos aguas, más ligera y por tanto con menores exigencias estructurales. El espacio de la basílica resultaba perfecto por su carácter direccional, jerárquico y claramente articulado, con la ventaja adicional de no haber sido utilizado por ningún otro culto religioso. En Roma aún se conservan algunas de estas iglesias que evocan el espíritu de la arquitectura paleocristiana: son las de Santa María la Mayor (422-430), de tres naves separadas por columnas jónicas que sostienen un arquitrabe recto, y Santa Sabina (422-432), cuyas columnas corintias sostienen una sucesión de arcos de medio punto peraltados.
4.3.7
Arquitectura bizantina
En el año 330 el emperador Constantino I el Grande funda la ciudad de Constantinopla (actual Estambul), donde traslada la corte imperial, iniciando así una ruptura en el seno del Imperio romano. A la muerte del emperador Teodosio —que en el año 391 había declarado al cristianismo religión oficial—, el Imperio se divide definitivamente en dos partes, el Imperio de Occidente y el Imperio de Oriente, que será conocido como Bizancio.
La arquitectura bizantina tomó como modelo la iglesia de planta central (o cruz griega), en la cual el espacio se organiza en torno a una cúpula central. Uno de los grandes avances de la composición espacial bizantina consistió en cubrir mediante una cúpula semiesférica (o de media naranja) un espacio de planta cuadrada, consiguiendo así la posibilidad de articular una sucesión de crujías cubiertas con cúpulas. Para ello se intercalan entre los apoyos y la cubierta cuatro triángulos curvos llamados pechinas; estas pechinas parten de los vértices de cuadrado y se unen en la parte superior formando un anillo sobre el que descansa la cúpula. Geométricamente se pueden definir como fragmentos triangulares de una esfera de diámetro igual a la diagonal del cuadrado de la planta y que pasa por los cuatro vértices de éste. Entre los ejemplos más notables de cúpulas sobre pechinas destaca la de la basílica de Santa Sofía en Constantinopla (532-537), construida durante el mandato del emperador Justiniano I. En este periodo se construyeron los ejemplos más relevantes de arquitectura bizantina, tanto en Constantinopla como en la ciudad italiana de Ravena, que después de pertenecer a los ostrogodos fue reconquistada por Bizancio. La iglesia de San Sergio y San Baco (527) en Constantinopla y la de San Vital (526-547) en Ravena reproducen el mismo modelo de planta octogonal cubierta por una cúpula y rodeada por una nave circundante. Entretanto, otras dos importantes iglesias de Ravena, San Apolinar Nuevo (c. 520) y San Apolinar in Classe (c. 530-549) mantienen la tipología basilical de origen paleocristiano.
La basílica de Santa Sofía (o de la Santa Sabiduría), concebida por los arquitectos Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto, consta de una gran cúpula central que se extiende por el eje longitudinal siguiendo las dos exedras de los ábsides, cada una de ellas abierta a otras tres exedras menores. De este modo se consigue que los empujes de la bóveda se trasmitan, en dirección longitudinal, a las bóvedas de horno que cubren las exedras, hasta llegar debilitados a los contrafuertes exteriores. El conjunto configura un espacio oval de 31 por 80 m, en el que la cubierta central se impone sobre el resto de superficies esféricas, y al que llega luz difusa a través de un anillo de pequeños orificios situados en la base de la cúpula.
El arte figurativo bizantino desarrolló un estilo característico; su aplicación a la arquitectura se concreta en los mosaicos, grandes composiciones murales ejecutadas a partir de pequeñas piezas de mármol de colores o pasta vidriada (llamadas teselas). Ésta es una técnica heredada directamente de los mosaicos romanos, con la peculiaridad de que en Roma se utilizaba únicamente en espacios domésticos.
Las iglesias bizantinas siguieron posteriormente el modelo de Santa Sofía a pequeña escala, con una cúpula central que descarga sobre ábsides y otras superficies abovedadas dispuestas a su alrededor. Estas iglesias proliferaron a lo largo del vasto Imperio bizantino —Grecia, los Balcanes, Asia Menor y parte del norte de África y de Italia—, e influyeron en numerosos proyectos del mundo cristiano occidental. Los modelos más tardíos tienden a minimizar el modelo original, con cúpulas cada vez menores que enfatizan el espacio vertical. En la catedral de San Basilio en Moscú (1500-1560), así como en otras iglesias ortodoxas rusas, la cúpula bizantina se convierte en una cúpula bulbiforme, una forma decorativa que por otra parte no se manifiesta en el espacio interior. Véase Arte y arquitectura bizantinas.
4.3.8
Arquitectura prerrománica
Una serie de pueblos bárbaros del norte de Europa fueron poco a poco penetrando en el mundo romanizado, hasta que invadieron la totalidad del Imperio de Occidente. Sin embargo, estos pueblos adoptaron la cultura romana y se convirtieron a la fe cristiana. A partir de entonces se inicia un proceso de unificación de los reinos europeos que culminará Carlomagno (742-814), en un intento de restauración del Imperio romano bajo el signo de la cruz. En la península Ibérica, sin embargo, el reino visigodo se desmoronó un siglo antes, y fue invadido por el islam, quedando tan sólo unos pequeños reinos cristianos al norte.
La arquitectura carolingia, como corresponde a este espíritu ‘renacentista’, siguió muchos de los modelos tardorromanos, bien en las iglesias que siguen modelos basilicales paleocristianos, como Saint Denis o Fulda (siglo VIII), bien en el propio palacio de Carlomagno en Aquisgrán, cuya capilla Palatina (consagrada el año 805) recuerda a la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén. Por otra parte, aparecen ya una serie de variedades ligadas a las tradiciones locales que predicen la evolución hacia el pleno románico, como los muros o las torres de Céntula (790-799) o del proyecto de San Gall (c. 820), hallado en un antiguo pergamino.
La arquitectura visigoda, en contraste con la situación occidental de la península Ibérica, recibió una gran influencia bizantina, marcada por el apoyo político que el Imperio oriental concedió al reino hispánico. Las dos características más originales son el empleo de bóvedas pétreas y arcos de herradura, estos últimos heredados posteriormente por la arquitectura califal cordobesa. Entre las pocas iglesias conservadas destacan por su originalidad espacial San Pedro de la Nave (680-711) y San Juan de Baños (661) que, a pesar de su antigüedad, anticipan gran parte de la arquitectura de siglos posteriores. La arquitectura asturiana (o ramirense, en honor del rey Ramiro I) se desarrolló en un pequeño reino cristiano al norte de la península Ibérica, en la actual España, uno de los escasos focos de resistencia contra la invasión musulmana. Sus espacios cubiertos por bóvedas y articulados mediante arcos fajones, producen una original sensación de verticalidad. Éstos y otros elementos, como los contrafuertes exteriores y los arcos peraltados, la convierten en precursora de la arquitectura románica del resto de Europa. Entre los edificios más destacados se encuentran el salón del reino del palacio del Naranco (842-850), más tarde consagrado como Santa María del Naranco, y la iglesia de San Miguel de Lillo (842-850), también junto a la ciudad de Oviedo. Otra de las arquitecturas peculiares que se desarrolló durante este periodo en España es la arquitectura mozárabe. Los pueblos mozárabes estaban integrados por fieles cristianos que permanecieron en territorio musulmán. Su arquitectura, por tanto, recoge elementos de la arquitectura cristiana (visigoda y también europea) y de la arquitectura islámica (especialmente de la cordobesa); un ejemplo asombroso de esta confluencia cultural es la pequeña ermita de San Baudelio de Berlanga (siglo XI), un templo cristiano de planta centralizada, cuya tribuna descansa sobre una miniatura de la mezquita de Córdoba. Otro de los ejemplos destacados es la iglesia de San Miguel de Escalada (consagrada en 913), cristiana en su articulación espacial e islámica en sus elementos estilísticos. Véase Prerrománico (arte y arquitectura); Arte y arquitectura hispanomusulmanas.
4.3.9
Arquitectura románica
Durante la edad media la Iglesia fue la depositaria de toda la sabiduría occidental. La orden benedictina ya estaba bien organizada en tiempos de Carlomagno, y su influencia se extendió por toda Europa con el transcurso de los siglos. Los arquitectos de la alta edad media fueron monjes, puesto que los monasterios, además de preservar la salud espiritual, eran los centros de producción de la filosofía y las ciencias. La planta basilical de los primeros tiempos se modificó de acuerdo con las necesidades litúrgicas de la misa, en la que un miembro del clero situado en el altar dirige la oración de los fieles y oficia los ritos religiosos. El símbolo de la cruz se añadió a la planta de los templos mediante la ubicación de un transepto, o nave perpendicular, en la zona próxima al ábside. De esta forma se creaba la distinción entre las naves, reservadas a los fieles, y el presbiterio, espacio posterior al transepto o crucero que contenía el recinto de los monjes (el coro) y el altar mayor, que debe ser el punto de atención más importante del templo. Para resaltarlo aún más, este altar mayor se enmarcaba en el ábside, una prolongación de la nave central de forma poligonal o semicircular, que en ocasiones estaba rodeado por la girola o deambulatorio, dispuesto como continuación de las naves laterales. En el templo también debía haber otros altares, necesarios para la celebración de las misas diarias de los monjes, situados dentro de pequeños absidiolos adosados al transepto y al deambulatorio. A los pies de la nave, precediendo la entrada al templo, aparecía el nártex, una antecámara o pórtico para recibir a los peregrinos y que no debían traspasar los catecúmenos.
Aunque muchas iglesias francesas cubren algunas de sus naves mediante bóvedas de cañón —Saint-Savin-sur-Gartempe (nave 1095-1115), Saint-Sernin de Toulouse (c. 1080-1120) o Sainte-Foy de Conques (comenzada en 1050)—, Saint-Philibert de Tournus (950-1120) ya dispone de todo un catálogo de arcos de refuerzo, arcos torales, bóvedas de medio cañón y bóvedas de medio cañón transversales que apean los esfuerzos de la gran bóveda de cañón situada sobre la nave central, con ventanas de claraboya bajo su línea de impostas, en la parte alta de los muros. Como resultado de esta evolución se impuso el uso de bóvedas de arista, que permiten situar fácilmente un claristorio en la parte alta de los muros, que constituye una especie de coronación lumínica a lo largo de la nave central, como en la catedral de Worms (siglo XI), en Alemania, o en la Madeleine de Vézelay (siglo XII), en Francia. Los arcos de medio punto que configuran una bóveda de aristas se apoyan sobre una planta cuadrada: de este modo, el espacio queda dividido por una fila de crujías o fragmentos cuadrados. Para mantener la misma segmentación en las naves laterales, de menor altura y anchura, se duplicaba en ellas el número de bóvedas.
El monasterio de Cluny, en Borgoña, fue el centro de la reforma monástica del siglo X que alentó la evolución al románico. Tal es así que este arte se llama en ocasiones cluniacense. En el siglo XII la mayor iglesia abacial de Europa era Cluny III (1088-1121), destruida en la Revolución Francesa, pero restituida sobre el papel a partir de dibujos y restos conservados. Era una inmensa iglesia de cinco naves y dos transeptos, de casi 200 m de longitud y 15 capillas o absidiolos adosadas a los transeptos y al deambulatorio. Una bóveda de cañón apuntada cubría su nave central, que ya contaba con otros elementos característicos de la arquitectura gótica, como el triforio ciego o el piso de ventanales altos. Sus trazas ejercieron una notable influencia en la construcción de templos románicos y góticos, no sólo en Borgoña, sino también en el resto de Europa.
Los caminos de peregrinación generaron un enorme flujo ideológico a través de la Europa medieval. El más importante para Francia y España fue el Camino de Santiago, que conducía a los peregrinos de toda Europa hasta los restos del apóstol Santiago hallados en la ciudad gallega de Santiago de Compostela. A lo largo de este camino se fueron construyendo toda una serie de iglesias de peregrinación, que culminaban en la catedral de Santiago de Compostela (c. 1075-1128), obra románica de influencia francesa. El templo consta de tres naves, la central de ellas cubierta por una enorme bóveda de cañón, y a sus pies se abre el pórtico de la Gloria, al parecer ideado por el maestro Mateo, que supone una pieza clave de la escultura románica europea. En general, en el área española del Camino de Santiago se desarrolló una forma autóctona de arquitectura románica, con influencias orientales que en unas ocasiones derivan del contacto con los reinos musulmanes y en otras de la antigua tradición bizantina trasmitida por los visigodos. Entre los templos destacan las colegiatas de Toro (1160-1240) y San Isidoro de León (terminada en el siglo XII), panteón de los reyes de Castilla; las iglesias de San Martín de Frómista (c. 1066), con su peculiar cimborrio octogonal sobre el crucero, y Torres del Río (siglo XII), de planta centralizada; y las catedrales de Jaca (c. 1063), Salamanca (siglo XII) y Zamora (1151-1202), cuyo cimborrio está rematado por una cúpula gallonada de origen bizantino. También se construyeron numerosos monasterios que acogían a los peregrinos jacobeos, como el de la orden benedictina en Silos, con su incomparable claustro románico del siglo XI, o el derruido de San Juan de Duero (siglo XII) en la ciudad de Soria, con sus arquerías árabes. Véase Románico.
4.3.10
Arquitectura gótica
Al comienzo del siglo XII el lenguaje arquitectónico románico va a ser sustituido por el gótico. Aunque el cambio responde a la reforma en el seno de la Iglesia cristiana, caracterizada por el racionalismo de los teólogos tomistas, también coincide con una serie de avances técnicos en la edificación. El proceso de construcción de una bóveda requiere en primer lugar la colocación de una estructura de madera (llamada cimbra) que sostiene el conjunto hasta que la curva se cierra, todos los elementos están ligados y se ha secado el mortero de las juntas. La cimbra de las bóvedas de arista convencionales tiene que ser de una sola pieza para cada crujía, y por tanto se requiere un complicado andamiaje que la haga descansar sobre el suelo. Hacia el año 1100 los constructores de la catedral de Durham, al norte de Inglaterra, y puede que simultáneamente los de San Ambrosio en Milán, inventaron un nuevo método: en primer lugar se construyen los arcos perpiaños y los dos arcos cruzados (llamados nervios) sobre el cuadrado de la crujía de una bóveda de arista, utilizando una cimbra ligera que se puede sujetar a los cuatro pilares de la base; después se rellena el resto de la bóveda mediante un material de relleno conocido con el nombre de plementería, que se puede apoyar sobre cuatro cimbras ligeras e independientes. El resultado es un nuevo tipo de bóveda llamada de crucería o de plementos, que aporta una serie de ventajas evidentes: el conjunto de la bóveda pesa muchos menos, puesto que los plementos no ejercen casi ninguna función estructural y por tanto pueden ser mucho más ligeros, mientras que las auténticas líneas de tensión se refuerzan mediante los nervios cruceros. Todos estos factores permiten elevar la altura de las naves y ensanchar sus luces estructurales.
Otra novedad que ya presentaban algunos edificios románicos es la de los arcos y bóvedas ojivales. La principal ventaja es de tipo compositivo. Las bóvedas de diferentes curvaturas pueden cubrir crujías rectangulares e incluso trapezoidales, de modo que las divisiones de la nave central pueden corresponderse con las de las naves laterales, y las bóvedas pueden seguir utilizándose en el deambulatorio y en el ábside sin ninguna interrupción. Además, las naves con claristorio (es decir, con un anillo de ventanas de claraboya) pueden elevarse hasta la altura máxima de las bóvedas. Pronto estas claraboyas se convierten en grandes ventanales llamados vidrieras, estructuradas mediante tracerías y compuestas por piezas de vidrio coloreado. El espacio de la iglesia adquiere así una nueva luminosidad, que se ha convertido en una de las características más propias de la arquitectura gótica.
Gracias a todos estos avances técnicos los maestros constructores pudieron construir estructuras más esbeltas, altas y ligeras. Pero de cualquier forma las bóvedas ejercen una serie de empujes transversales que no pueden contener unos pilares excesivamente altos, de modo que se hacía necesario encontrar una solución constructiva que apeara estos empujes hacia el exterior. Esta solución la constituye el sistema de arbotante y estribo, equivalente a los antiguos contrafuertes adosados al muro, que tendrían que haber alcanzado proporciones gigantescas para aguantar los nuevos esfuerzos laterales. El arbotante es un segmento de arco que transmite en diagonal, lejos del pilar de apoyo, las tensiones que ejerce la bóveda, mientras que el estribo es un sólido pilar que actúa como un contrafuerte aislado, recibiendo el empuje del arbotante y descargándolo definitivamente en el suelo.
La nueva arquitectura evolucionó rápidamente en la Île-de-France. El origen se sitúa en la abadía de Saint Denis (1140-1144), panteón de los reyes de Francia situado cerca de París. Los obispos de las ciudades más prósperas, que competían por la destreza de sus artesanos y arquitectos, se lanzaron a la carrera de la construcción de catedrales, rivalizando en esplendor y en prestigio. Los mejores ejemplos se concentran en este área de Francia en torno a París, y entre ellas destacan, con sus fechas de inicio: Laón (1160), París (1163), Chartres (1194), Bourges (1195), Reims (1211), Amiens (1220) y Beauvais (1225). Otros países europeos se lanzaron a esta carrera, especialmente los de mayor influencia francesa como Inglaterra, donde se inició la construcción de las catedrales de Lincoln (1192) o Salisbury (1220); y España, donde se inician las obras de las catedrales de León (c. 1255), Burgos (1222) y Toledo (c. 1226). El derrumbamiento del coro de la catedral de Beauvais en 1284 indicó que se había alcanzado el límite estructural. La anchura de las naves principales de estas catedrales oscila entre 9 y 15 m, pero hay que tener en cuenta que el coro de la catedral de Beauvais se reconstruyó con una altura de 47 metros.
Aunque la mejor arquitectura gótica fue religiosa, también se construyeron magníficos edificios civiles y militares. Uno de los más impresionantes es el Krak de los Caballeros (1131) en Jordania, una fortaleza construida por la Orden de los Caballeros Hospitalarios en la época de las cruzadas. La arquitectura militar fue una respuesta defensiva contra los avances en la tecnología militar; en todo caso, una de las estrategias más importantes seguía siendo resistir un asedio. Muchas ciudades se resguardaban dentro de una muralla fortificada y así se han conservado hasta nuestros días recintos como el de la ciudad de Ávila, en España, Aigues-Mortes y Carcasona en Francia, Chester en Inglaterra o Visby en Suecia.
Este periodo histórico coincide con un espectacular auge de la población urbana a causa del desarrollo tecnológico y de la concentración de poder en torno a la nobleza y a la realeza, así como por la aparición de nuevas clases sociales agrupadas en torno a los gremios de artesanos y de una incipiente burguesía de nuevos oficios como banqueros y comerciantes. Las ciudades crecieron sin la planificación teórica de la era romana ni de la posterior renacentista. En el norte de Europa, donde la madera se conseguía fácilmente hasta la Revolución Industrial, las ciudades se construyeron con este material que permitía bajos costes y rapidez en la ejecución. Las naves de los monasterios, las lonjas y otras construcciones civiles se cubrían en ocasiones mediante grandes estructuras de madera. En Escandinavia se construyeron las iglesias con mástiles, realizadas enteramente en madera. En los Alpes se levantaron ciudades enteras entrecruzando vigas de sección rectangular. En numerosas regiones floreció la construcción en ladrillo, como en Lombardía, el norte de Alemania, Holanda, Dinamarca y España, donde numerosos alarifes musulmanes permanecieron en el territorio reconquistado por los reinos cristianos, dando lugar a la que se conoce como arquitectura mudéjar. Estos constructores trasmitieron a la arquitectura cristiana toda la sabiduría árabe en materia de construcción de ladrillo, con toda su variedad de arcos y los característicos aparejos empleados para componer muros ornamentales. Véase Gótico (arte y arquitectura).
4.3.11
Arquitectura islámica
El profeta Mahoma creó la religión musulmana, hacia el año 622 (fecha de la Hégira), en la ciudad árabe de Medina. La mezquita es el edificio más significativo de la arquitectura islámica y su función no responde a rituales complejos (como el templo cristiano) sino tan sólo a acoger un espacio para la oración. El clima del desierto, donde surgió la religión musulmana, hace necesaria la protección del sol, del viento y de la arena, de modo que los primeros modelos consistían en un simple recinto rectangular porticado con un patio en su centro. La parte fundamental de la mezquita la constituye la quibla, que es el muro del perímetro orientado hacia La Meca, donde deben dirigir la oración los fieles. En el centro de la quibla se sitúa el mihrab, un nicho u hornacina que sirve para distinguir el muro de la quibla. En ocasiones también se disponía, a la derecha del mihrab, un mimbar o púlpito desde el que el imán (o cualquier otro tipo de jefe religioso o político) organiza la oración y arenga a los participantes. Los elementos estructurales fueron diferentes a lo largo de la historia, pero siempre con el predominio de la utilización del arco como elemento sustentante. Las cubiertas, sin embargo, pueden ser planas, de madera a dos aguas, bóvedas o cúpulas. Una característica común es la ausencia de vanos en los muros perimetrales, lo que consolida el espacio de la mezquita como un espacio interior, indicado para el rezo, cuya única luz procede del patio o de alguna abertura en la cubierta que produce una débil incursión de luz cenital. El conjunto de la mezquita se completa con una torre llamada alminar o minarete, desde la que se llama cinco veces diarias a la oración de los fieles. El modelo general subsiste hoy día, aunque tan sólo se puede considerar como tipología a efectos de uso, puesto que numerosas iglesias cristianas (como la de Santa Sofía en Constantinopla o Estambul) han pasado a ser mezquitas sin demasiadas transformaciones.
La fe islámica prohibe las representaciones de personas y animales. Para sustituirlas, la arquitectura islámica ha generado a lo largo de su historia una decoración característica, empleando profusamente motivos vegetales (arabescos), geométricos y la propia caligrafía árabe. Los materiales que se han utilizado para decorar los paramentos han sido variados: azulejos, cerámicas, mosaicos, madera tallada, marquetería, mármoles, piedras areniscas, estucos o mármoles con incrustaciones de gemas. Véase Arte y arquitectura islámicas.
4.3.11.1
Arquitectura islámica occidental
La dinastía Omeya, con centro en el califato de Damasco, inicia su poder en el año 661 y dirige la expansión del islam hasta el año 850. De esta época son la mezquita de la Roca (c. 691) en Jerusalén, y la mezquita mayor de Damasco (705), organizada como una basílica de tres naves, pero con la orientación transversal, y flanqueada por el sahn o patio de abluciones. Este edificio ha servido de modelo para la mayoría de las mezquitas occidentales hasta nuestros días. Con la caída de los Omeyas de Damasco, los Fatimíes tomaron el poder en el norte de África, donde construyeron siguiendo la tradición siria las impresionantes mezquitas de Sidi Ocba en Kairuan (836-866), en la actual Tunicia, e Ibn Tulun (siglo IX) en El Cairo.
En el año 755 desembarca en la península Ibérica —el extremo occidental del islam— el único príncipe Omeya que se salva de la matanza Abasí y, a partir de este momento, se inicia una recuperación de esta dinastía en torno al reino de al-Andalus y a la ciudad de Córdoba. La obra más emblemática de este periodo es la mezquita de Córdoba (780-990), iniciada en tiempos de Abd al-Rahman I y ampliada sucesivamente por sus herederos. Se trata de una enorme mezquita (2,4 ha de superficie) que sigue el modelo de la de Damasco, con la particularidad de que las naves se orientan longitudinalmente hacia el muro de la quibla. Además, se introduce el arco de herradura (tomado de los modelos visigodos), que se decora con franjas rojas características del arte cordobés. Otra de las construcciones de este periodo es el colosal palacio de Medinat al-Zahara (comenzado en 936), casi una ciudad construida para la corte por el primer califa Abd al-Rahman III. El califato de Córdoba sucumbió ante el empuje de los pueblos bereberes del norte de África y de los reinos cristianos del norte de la península, que coincidieron con su desintegración interna. Sin embargo, casi todo el sur de España continuó bajo el dominio musulmán hasta finales del siglo XV. En Sevilla se conservan restos de la antigua mezquita almohade (convertida en catedral) y sobre todo su alminar, la Giralda (1184-1195), construido en ladrillo sobre planta cuadrada y rematado como campanario cristiano en 1560. El último reino musulmán sobre la península Ibérica fue el de Granada, vasallo de la corona castellana y gobernado por la dinastía Nazarí. La Alhambra de Granada (1334-1391), fortaleza y residencia real, es el palacio islámico mejor conservado de toda la edad media. Su arquitectura compartimentada, así como las sutiles relaciones que se establecen con el paisaje circundante y los jardines y estanques interiores, la convierten en uno de los ejemplos más conmovedores de la arquitectura residencial de todos los tiempos. Véase Arte y arquitectura hispanomusulmanas.
4.3.11.2
Arquitectura islámica oriental
Hacia la mitad del siglo VIII se funda el califato de Bagdad, en el actual Irak. La mezquita más antigua de esta época es la de Samarra, construida en ladrillo, de la que se conserva el minarete cónico con una rampa en caracol exterior, que recuerda los zigurats de la antigua Mesopotamia. Siglos más tarde, en 1453, el Imperio de los turcos otomanos toma Constantinopla, convertida a partir de entonces en la ciudad de Estambul. El sultán Solimán el Magnífico, mecenas de las artes, toma para su arquitectura el modelo bizantino de Santa Sofía y encarga a su arquitecto Sinan la construcción de la mezquita de Solimán (comenzada en 1550) en Estambul y la de Selimiya (comenzada en 1569) en Edirne.
El actual Irán fue centro de otro Imperio musulmán, el de Persia. La capital se sitúa en Isfahan; su arquitectura se caracteriza por las grandes mezquitas de iwanes, como la gran mezquita de Saba (siglo XVI) o la de Masjid-i-Shah (comenzada en 1612), construida por el sha Abbas I el Grande. Otra de las zonas que quedó bajo el dominio islámico es el subcontinente indio, bajo la influencia persa de las dinastías mogoles. El monumento más característico de esta tradición es el Taj Mahal (1632-1643) en Āgra, un mausoleo de mármol blanco cubierto por una cúpula bulbiforme de origen bizantino. Este periodo también nos ha legado un impresionante catálogo de fortalezas, entre las que destacan el Fuerte Rojo en Delhi y Fatehpur Sikri en Āgra. Véase Arte y arquitectura de India.
4.3.12
Arquitectura renacentista
En Europa occidental, una revolución cultural llamada el renacimiento trajo una nueva era, no sólo en filosofía y literatura, sino también en las artes plásticas. En arquitectura se rescataron los principios y estilos de la arquitectura clásica, que permanecen hasta nuestros días. Este movimiento se inició en Italia hacia el 1400 y se expandió al resto de Europa a lo largo de siglo y medio.
4.3.12.1
Arquitectura renacentista en Italia
Las familias que gobernaban las ciudades rivales del norte de Italia durante el siglo XV —los Medici en Florencia o los Sforza en Milán— se convirtieron en mecenas de las artes gracias a su saludable economía, fruto de un desarrollado comercio. Las clases ociosas comenzaron a sentir un interés académico por la olvidada cultura latina —su literatura, su arte y su arquitectura, cuyas ruinas permanecían por toda Italia.
A principios del siglo XV aún se estaba construyendo la catedral de Florencia. Se habían levantado los pilares que debían sustentar una cúpula casi tan grande como la del Panteón de Roma. La propuesta que finalmente se llevó a cabo fue la de Filippo Brunelleschi, que había estudiado las soluciones constructivas romanas. La cúpula que proyectó y construyó (1420-1436), y que aún hoy se yergue sobre la catedral, es de planta octogonal y se deriva de las cúpulas romanas, pero incorpora numerosas innovaciones: se sustenta mediante una doble estructura, interior y exterior, conectadas por nervios o costillas; es apuntada, por lo que alcanza una altura mayor sobre la misma base, y, finalmente, se corona mediante una linterna. El tambor, horadado por ojos de buey (ventanas circulares), se construyó sin necesidad de contrafuertes, gracias a la inclusión en su base de un anillo de compresión, compuesto por grandes bloques de piedra unidos por grapas de hierro y atados por una gruesa cadena. Hay otros dos anillos de compresión dentro de la doble estructura de la cúpula. Esta obra se puede considerar como la transición entre el gótico y el renacimiento. Brunelleschi proyectó más tarde la capilla Pazzi (comenzada hacia 1441), también en Florencia, que ya es un claro ejemplo de los nuevos principios de proporción y composición.
Ya en los últimos tiempos de la arquitectura gótica había aparecido una nueva tipología arquitectónica dentro de la ciudad: el palacio, residencia de las familias notables de la nueva sociedad urbana. El palacio solía ser un edificio de varias alturas cuyas habitaciones estaban dispuestas en torno a un cortile o patio interior. El arquitecto florentino Leon Battista Alberti incorporó tres órdenes clásicos a la fachada del palacio Rucellai, más de lo que se había logrado en el Coliseo de Roma, con la diferencia de que aquí el arquitecto utilizó pilastras en lugar de columnas adosadas. El resultado se asemeja a un grabado sobre el muro, que queda así articulado de forma racional siguiendo el ritmo de las ventanas. En 1485 Alberti publicó el primer tratado de arquitectura del periodo renacentista, basado en el clásico de Vitrubio (que se conservó sin dibujos), y que más tarde tuvo una gran influencia en la arquitectura clasicista.
En el siglo XVI Roma sustituyó a las ciudades del norte de Italia como centro de la nueva arquitectura. El arquitecto milanés Donato Bramante ejerció en la Ciudad Santa desde 1499. Su templete de San Pietro in Montorio (situado en el patio del Colegio Español) es uno de los primeros ejemplos de arquitectura renacentista en Roma, y sus elegantes proporciones sientan las bases de la evolución arquitectónica posterior.
La construcción de la nueva basílica de San Pedro en el Vaticano se convirtió en el empeño más ambicioso del siglo XVI. En el primer proyecto de Bramante (1503-1506) se dejaba atrás el concepto medieval de basílica longitudinal y se optaba por una planta de cruz griega de brazos iguales cubierta por una cúpula central (un esquema similar, a gran escala, al de la iglesia de Santa Maria della Consolazione, en Todi). Los papas que sucedieron a Julio II, sin embargo, encargaron la obra a otros arquitectos, primero a Miguel Ángel —que llegó a construir los ábsides posteriores y la cúpula sobre una planta centralizada similar a la bramantina— y posteriormente a Carlo Maderno —que acabó imponiendo la planta basilical de cruz latina al prolongar la nave delantera. La cúpula nervada y terminada en una linterna que realizó Miguel Ángel es una evolución lógica de la cúpula de Brunelleschi en Florencia, con diferencias formales en planta (circular en vez de octogonal) y sección (oval en lugar de apuntada). Los proyectos de San Pedro se convirtieron rápidamente en modelos clásicos, repetidos en infinidad de lugares (un ejemplo es el Capitolio de Estados Unidos, construido según el proyecto para la basílica vaticana de Giuliano da Sangallo).
Hacia la mitad del siglo XVI, una serie de arquitectos de la talla de Miguel Ángel, Baldassare Peruzzi, Giulio Romano y Iacopo da Vignola comienzan a usar los órdenes clásicos de una forma insólita, saltándose deliberadamente las normas establecidas en el inicio del renacimiento para conseguir efectos dramáticos. Así, los arcos, las columnas y los entablamentos se manipulan estableciendo nuevos ritmos, asimetrías y cambios espectaculares de escala (el orden gigante introducido por Miguel Ángel) o de proporciones. Este fenómeno se conoce con el nombre genérico de manierismo y entre los ejemplos más destacables se encuentra el palacio del Té (1526-1534) de Giulio Romano, en Mantua.
El arquitecto Andrea Palladio desarrolló su labor en el área del Véneto, especialmente en torno a las ciudades de Vicenza y Verona. Aunque estuvo en contacto con los arquitectos romanos, no siguió completamente la corriente manierista. En sus villas, construidas para la oligarquía local, experimentó con numerosas variaciones propias de las normas clásicas: ejes monumentales definidos desde el entorno, entradas únicas, habitaciones interiores jerarquizadas en torno a una sala principal, espacios servidores dispuestos en alas simétricas y, sobre todo, un sentido riguroso y sutil de la proporción. Sus investigaciones se recogen en su tratado Los cuatro libros de la arquitectura (1570), en el que se establecen, por medio de planos y dibujos dimensionados, las proporciones armónicas y sus reglas de composición. Este libro sirvió como base para el movimiento neopalladiano de los países anglosajones, cuyas máximas figuras fueron Inigo Jones en Inglaterra y Thomas Jefferson en Virginia. Palladio también proyectó otros edificios, como las iglesias de San Giorgio Maggiore (1565) e Il Redentore (1577), ambas en Venecia, o los palacios della Ragione (1549) y Chiericati (1551-1557), en Vicenza.
4.3.12.2
Arquitectura renacentista del resto de Europa
Hacia finales del siglo XV, el renacimiento se había extendido por toda Europa occidental, con la excepción de las islas Británicas. El rey de Francia, Francisco I, llamó a su corte a numerosos artistas italianos (empezando por el genial Leonardo da Vinci en 1516), que difundieron el nuevo arte y educaron a numerosos artistas locales. Se cree que el primer edificio renacentista de Francia, el château de Chambord (1519-1547), construido por el rey en el valle del Loira, fue obra del arquitecto italiano Domenico di Cortona. Aunque el exterior es el de un castillo medieval, su interior es sin duda una obra del nuevo estilo. Los arquitectos franceses Jacques Androuet du Cerceau, el Viejo, y Philibert Delorme trabajaron en el proyecto de Fontainebleau, y Delorme fue el arquitecto del château d’Anet, donde Benvenuto Cellini colaboró como escultor. En París, el palacio real del Louvre fue proyectado en 1546 por Pierre Lescot.
En la península Ibérica se da un caso similar al del château de Chambord, en el castillo de La Calahorra (c. 1509), un edificio gótico cuyo interior puede considerarse plenamente renacentista. Sin embargo, en España se dio la peculiaridad de que el estilo italiano se desarrolló simultáneamente a un estilo autóctono llamado plateresco, más ligado a la tradición gótica. Estas dos corrientes se funden definitivamente gracias a la figura de arquitectos como Alonso de Covarrubias, Diego de Siloé, Andrés de Vandelvira o Pedro Machuca, cuyo palacio de Carlos V (1526) en la Alhambra de Granada se puede considerar como el primer modelo clásico español. Sin embargo, la obra más significativa de este siglo es el colosal monasterio-palacio de El Escorial (1563-1584), construido por orden del rey Felipe II en las proximidades de la capital del reciente reino de España. En las trazas de esta obra intervino en primer lugar el arquitecto Juan Bautista de Toledo, formado en Roma (al parecer bajo las órdenes de Miguel Ángel), y posteriormente Juan de Herrera, que consolida un estilo propio de corte manierista, geométrico y desprovisto de ornamentación (llamado en su honor herreriano) y que va a influir notablemente en la arquitectura de los siglos posteriores en España y Latinoamérica. Véase Renacimiento (arte y arquitectura).
4.3.13
Arquitectura barroca
El proceso de experimentación sobre las normas clásicas que se había iniciado con el manierismo desembocó en el barroco. Así, si el manierismo seguía utilizando las disposiciones espaciales clásicas (escasa articulación, formas geométricas primarias), el barroco rompe también con estas normas compositivas del renacimiento para obtener una arquitectura explícitamente escenográfica. Para ello emplea los elementos clásicos, pero los manipula de forma que resulten ambiguos, matizándolos con un sabio manejo de la luz que añade dramatismo a los espacios.
4.3.13.1
Arquitectura barroca en Italia
Las primeras muestras del barroco aparecen en Italia, y su mejor representante es Gian Lorenzo Bernini, que proyectó la Plaza de San Pedro en el Vaticano (comenzada en 1656). Gracias al complicado juego perspectivo de la doble columnata (de planta oval abierta con dos brazos) la fachada chata de Carlo Maderno para la basílica de San Pedro cobra un nuevo vigor. Otra de sus mejores obras es la Escala Regia (1663-1666), también en el Vaticano, donde consiguió construir en un espacio reducido una de las escaleras más impresionantes de la historia de la arquitectura. Casi contemporáneo de Bernini es Francesco Borromini, entre cuyas obras destacan dos pequeñas iglesias de Roma: San Carlo alle Quattro Fontane (1638-1661; fachada terminada en 1667) se organiza en torno a una planta elíptica, que refuerza el eje longitudinal, cubierta por una cúpula de la misma forma sobre pechinas, y cuya fachada se curva en una ligera ondulación; la planta de Sant’Ivo alla Sapienza (comenzada en 1642) se origina por la intersección de dos triángulos equiláteros, en cuyas esquinas aparecen tres nichos o absidiolos cóncavos y otros tres chaflanes convexos alternativamente. Estos muros curvos, delimitados por pilastras, alcanzan el nivel de la cúpula y continúan la planta hexagonal desde el suelo hasta la linterna.
Guarino Guarini trabajó en Turín pero, curiosamente, en dos de sus obras más significativas recogió algunos temas de tradición hispana. Así, la iglesia de San Lorenzo (1668-1687) está cubierta por una peculiar cúpula de ocho nervios cruzados, al estilo califal cordobés, que en sus intersticios permiten el paso de la luz. La capilla de la Santa Sindone (o del Santo Sudario, 1667-1694) está situada detrás del altar mayor de la catedral de Turín, en lo alto de unas gradas, en una disposición similar a la de los camarines de vírgenes hispanas. A finales del siglo XVII y principios del XVIII destacan las figuras de Carlo Fontana y Filippo Juvarra, entre cuyas obras destacan los palacios Madama (1718-1721) y Stupinigi (1719-1733), cerca de Turín, así como el proyecto del palacio real de Madrid (1735), que más tarde modificó y construyó Giovanni Battista Sachetti.
4.3.13.2
Arquitectura barroca en Francia
Uno de los mejores ejemplos de arquitectura francesa religiosa del siglo XVII es la iglesia de San Luis de los Inválidos (1676-1706) en París, proyectada por Jules Hardouin-Mansart. El mejor arte barroco de este siglo (le grand siècle), en cualquier caso, se produjo para la corte de Luis XIV. El château de Vaux-le-Vicomte (1657-1661) es el fruto de la colaboración entre el arquitecto Louis le Vau, el pintor Charles Lebrun y el diseñador de jardines André Le Nôtre. El rey Sol quedó tan impresionado por esta obra que encargó a los mismos artistas la reconstrucción del palacio de Versalles, a una escala que fuera representativa de su grandeza. El palacio se convirtió en el centro del poder de este monarca absoluto y se fue ampliando desde 1667 hasta 1710. Luis XIV también llamó a Bernini para que proyectara una ampliación del palacio del Louvre en París, aunque finalmente fue elegido el proyecto de Claude Perrault, que entre 1667 y 1679 se hizo cargo de las obras.
La muerte de Luis XIV en 1715 coincidió con una serie de renovaciones en el mundo del arte que desembocaron en lo que se conoce como estilo rococó. La máxima expresión de la grandeur real es la Plaza de la Concordia (comenzada en 1753) en París, proyectada por Jacques Ange Gabriel, así como el gran eje y las plazas de Nancy (1751-1759), obra del arquitecto Emmanuelle Héré de Corny. Gabriel también construyó una pequeña obra de carácter más clasicista, el Petit Trianon (1762-1764), donde ya se deja ver la evolución reformista pedida por el abad Laugier.
4.3.13.3
Arquitectura barroca en el Reino Unido
A principios del siglo XVII, la arquitectura de Gran Bretaña aún seguía los modelos góticos autóctonos. La figura que va a introducir el estilo renacentista es Inigo Jones, de influencia palladiana, entre cuyas obras merece especial mención la Banqueting House (1619-1622) en Whitehall, Londres. El incendio de Londres de 1666 hizo necesaria la reconstrucción de la ciudad. Entre los arquitectos que llevaron a cabo esta tarea destacó el polifacético Christopher Wren, cuya obra maestra es la catedral de Saint Paul (1675-1710), inspirada en los dibujos de Sangallo para la basílica de San Pedro. Aunque esta obra se puede considerar barroca por algunos de sus elementos, es clasicista en cuanto a su concepción espacial. Es curioso cómo la llegada tardía de los modelos clásicos supuso, al tiempo que una débil adscripción al barroco, el inicio prematuro de lo que se conocerá como arquitectura neoclásica. Wren proyectó numerosas iglesias por toda Inglaterra, en muchas de las cuales introdujo el empleo del campanario de una sola torre, de planta cuadrada y pronunciado chapitel, que más tarde se convirtió en el arquetipo de la arquitectura religiosa del Reino Unido y de sus colonias americanas.
4.3.13.4
Arquitectura barroca en Centroeuropa
En Austria y Baviera floreció especialmente el estilo rococó. La abadía benedictina de Ottobeuren (1748-1772), proyectada por Johann Michael Fischer (1692-1766), es tan sólo una de las iglesias, monasterios y palacios llevados a cabo en este periodo en el centro de Europa, entre los cuales también destaca la iglesia de peregrinación de los Vierzehnheiligen (1743-1772) cerca de Banz (Alemania), proyectada por Balthasar Neumann, y el Amalienburg (1734-1739) en el parque del Nymphenburg, cerca de Munich, del arquitecto bávaro nacido en Flandes, François de Cuvilliés.
4.3.13.5
Arquitectura barroca en España y Latinoamérica
La arquitectura religiosa en España y Latinoamérica está enormemente influida por la Contrarreforma, y especialmente por la nueva arquitectura de la orden jesuita, cuyo modelo espacial es la iglesia del Gesù en Roma, de Vignola. Una de las iglesias donde esta influencia es más palpable es la Clerecía de Salamanca (1614-1617), obra de Juan Gómez de Mora, que además de la iglesia viñolesca incorpora un patio de tradición monástica. Pero sin duda la aportación más original del barroco español es la acumulación decorativa en los retablos y en algunos elementos murales, como en el hospicio de San Fernando (1720) en Madrid, de Pedro de Ribera. El arquitecto José Churriguera, y posteriormente sus hermanos Joaquín y Alberto fijaron el llamado estilo churrigueresco, en el que el barroco español da un paso más hasta llegar a la acumulación tridimensional. Entre las obras de mayor envergadura destaca la plaza Mayor de Salamanca (1728), de Alberto Churriguera, que conserva el espacio porticado tradicional en este tipo de espacios urbanos.
A mediados del siglo XVII la influencia española, trasmitida en gran medida por las órdenes religiosas, aparece en las construcciones de la América colonial. Los edificios religiosos heredan las composiciones espaciales jesuíticas, como la iglesia de la Compañía de Cuzco (1651-1668), Perú, proyectada por Diego Martínez de Oviedo, cuyas torres achatadas se imponen para evitar los desastres producidos por los seísmos. También la tradición ornamental de la península se va a dejar sentir a lo largo de toda Latinoamérica, especialmente en el virreinato de Nueva España (hoy México), donde se inicia una tradición propia que supera a la española en complejidad y dramatismo. Algunos de los ejemplos más admirables de lo que se llamó barroco exuberante son la capilla del Rosario de la iglesia de Santo Domingo (terminada en 1690) en Puebla, o las iglesias de Santa Prisca de Taxco (1748-1758) y la jesuítica del convento de Tepotzotlán (1762, Estado de México), que parece tener ciertas influencias hispano-musulmanas, como la cúpula califal de la capilla de Loreto, o la decoración de azulejos en el interior.
4.3.13.6
Urbanismo barroco
Una de las características de la arquitectura barroca es la prolongación de los ejes de cada edificio simbólico hasta alcanzar todo el ordenamiento de la ciudad, e incluso, hasta modificar el territorio en que se enclava. La plaza del Campidoglio o Capitolio (1538-1564) en Roma, diseñada por Miguel Ángel, sirvió en lo sucesivo como modelo de plaza urbana, mientras que la villa Farnese (comenzada en 1539) en Caprarola, proyectada por Vignola, mostraba la tendencia expansiva de los ejes monumentales, que se continúan a través de los jardines. Las fachadas de las iglesias barrocas se proyectaban en relación con la plaza a la que se abrían, aunque no se correspondieran con el espacio interior. Estos principios reguladores alcanzaron su máxima expresión en la construcción de ciudades de nueva planta, tanto en Europa (caso de San Petersburgo, donde el zar Pedro el Grande contó con la colaboración de arquitectos italianos y franceses) como en el Nuevo Mundo, donde se construyeron numerosos centros urbanos como el de la ciudad de México, Santiago de Chile, o Antigua Guatemala (Guatemala), donde además se acomodaron elementos típicamente españoles como las plazas mayores, que a menudo servían de foco para el resto de las trazas urbanas.
4.3.14
Arquitectura neoclasicista
Coincidiendo con la efervescencia cultural de la Francia prerrevolucionaria, una serie de teóricos, como el abad jesuita Marc-Antoine Laugier (Essai sur l’architecture, 1753) preconizaron como reacción frente a los excesos del rococó una vuelta a los modelos clásicos, más racionales y humanistas. Por otra parte, gracias a los descubrimientos de la incipiente arqueología, volvió a ponerse de manifiesto la excelencia de la arquitectura griega y romana, que defendían los escritos y grabados de Piranesi (defensor de los modelos romanos), o de James Stuart y Nicholas Revett (defensores del dórico griego en su libro The Antiquities of Athens, 1762).
En Inglaterra, la ausencia de barroco pleno permitió a la arquitectura mantener ciertos tintes clasicistas durante el siglo XVIII, como muestra el palacio de Blenheim (1705), obra de John Vanbrugh. Sin embargo, las ideas continentales cristalizaron rápidamente en las obras de numerosos arquitectos ingleses, como Richard Burlington, William Kent o John Wood, que retomaron con interés la obra de Palladio y de su sucesor Inigo Jones. Más tarde, esta arquitectura neopalladiana evolucionó hacia un estilo típicamente inglés llamado estilo georgiano. En el declive del clasicismo aparece en Londres la figura de John Soane, un arquitecto enormemente imaginativo cuya obra fundamental, el Banco de Inglaterra (1788-1808), se ha perdido casi por entero. El estilo neoclásico se transmitió a las colonias norteamericanas, donde además se hizo notar la influencia revolucionaria francesa. Entre las figuras más destacadas están Samuel MacIntire (que posteriormente desarrolló el estilo federal como expresión de la independencia de Estados Unidos) y los neopalladianos Thomas Jefferson y Benjamin Henry Latrobe.
Una de las primeras grandes obras neoclasicistas francesas es la iglesia de Sainte Geneviève (llamada también el Panteón, comenzada en 1757) en París, obra de Jacques-Germain Soufflot, que combina la elegancia de los órdenes griegos con la audacia constructiva de los edificios góticos. En la época cercana a la Revolución aparecen en Francia una serie de arquitectos neoclasicistas, como Claude-Nicolas Ledoux y Étienne-Louis Boullée, conocidos como ‘los arquitectos visionarios’, cuyos numerosos proyectos no ejecutados servirán de germen para la arquitectura contemporánea. Su arquitectura es moralizante, defensora de la abstracción más estricta, y se basa en la combinación de elementos geométricos puros.
En España, el reinado de Carlos III trajo las ideas de la Ilustración, y con ellas la arquitectura clasicista. Entre los arquitectos más destacados de lo que se llamó en España ‘la arquitectura de la razón’ cabe citar a Ventura Rodríguez, autor de la fachada de la catedral de Pamplona (1783), y a Juan de Villanueva, que además de utilizar con rigor los lenguajes clásicos fue capaz de concebir una arquitectura original, basada en la complejidad de los espacios, de la que su mejor ejemplo es el Museo del Prado (1785) en Madrid. Véase Neoclasicismo.
4.3.15
La arquitectura del hierro
La Revolución Industrial, que comienza en Inglaterra hacia el año 1760, acarreó numerosos cambios en todas las culturas del mundo. El incremento de la capacidad productiva y la invención de nuevos procesos industriales trajeron consigo la creación de nuevos materiales de construcción, como el hierro colado, el acero laminado o el vidrio plano en grandes dimensiones, y con ellos la posibilidad de construir nuevas composiciones hasta entonces ni siquiera soñadas. Sin embargo, los arquitectos siguieron utilizando los materiales tradicionales durante mucho tiempo, mientras las academias de las Bellas Artes consideraban “poco artísticas” las fantásticas estructuras diseñadas por ingenieros a lo largo del siglo XIX.
El primer edificio construido enteramente con hierro y vidrio fue el Crystal Palace (1850-1851; reconstruido entre 1852 y 1854) en Londres, una gran nave preparada para acoger la primera Exposición Universal, que fue proyectada por Joseph Paxton, que había aprendido el empleo de estos materiales en la construcción de invernaderos. Este edificio fue el precursor de la arquitectura prefabricada, y con él se demostró la posibilidad de hacer edificios bellos en hierro.
Entre los escasos ejemplos de utilización del hierro en la arquitectura del siglo XIX destaca un edificio de Henry Labrouste, la biblioteca de Santa Genoveva (1843-1850) en París, un edificio de estilo renacentista en su exterior pero que en su interior dejaba ver la estructura metálica. Los edificios de hierro más impresionantes del siglo se construyeron para la Exposición Universal de París de 1889: la nave de Maquinaria y la célebre torre (1887) del ingeniero Alexandre Gustave Eiffel.
4.3.16
Eclecticismo
A comienzos del siglo XIX la arquitectura occidental se debatía entre diferentes recuperaciones (revivals) de los lenguajes históricos, en una especie de agonía que se prolongó más de un siglo y que se conoce como historicismo o eclecticismo. En el primer tercio de siglo se impuso, como heredero directo del neoclasicismo, el llamado neogriego, entre cuyas figuras cabe destacar al arquitecto prusiano Karl Friedrich Schinkel, que en algunos aspectos se anticipó al movimiento moderno.
En Francia se desarrolló un estilo llamado imperio, dedicado al culto del emperador Napoleón Bonaparte, cuya obra más emblemática es la iglesia de La Madelaine (1807-1842), una copia en el centro de París del templo romano de la Maison Carré de Nimes. En el último tercio del siglo, coincidiendo con la época de Napoleón III (durante el Segundo Imperio), se levantó el impresionante edificio de la Ópera de París (1861-1875), obra neobarroca de Tony Garnier, y se reconstruyó el centro de París, obra dirigida por el barón Haussman siguiendo los principios urbanísticos de la época de Luis XIV.
En Inglaterra se desarrolló una corriente romántica que evolucionó hasta llegar al estilo neogótico, uno de cuyos mejores ejemplos son los edificios del Parlamento (comenzados en 1836) en Londres, construidas por los arquitectos Charles Barry y A. W. N. Pugin, probablemente el mejor representante de este estilo. Otro de los estilos medievalistas que se desarrollaron durante el siglo XIX fue el neorrománico, que influyó notablemente en la arquitectura del arquitecto estadounidense Henry Hobson Richardson. Este arquitecto formado en París fue el precursor de la arquitectura contemporánea estadounidense, y entre sus obras más significativas se encuentra la Trinity Church (1872-1877) en Boston.
4.3.17
Arquitectura modernista
A finales del siglo XIX un cierto número de artistas tomó conciencia de la necesidad de una nueva arquitectura, propia de su época y no heredada de los modelos antiguos. Nace así un movimiento llamado en Alemania y Austria Jugendstil, en Francia y Bélgica Art Nouveau, y en Cataluña Modernisme. Entre las figuras más emblemáticas se encuentran Victor Horta en Bruselas, Otto Wagner, Joseph Maria Olbrich y Josef Hoffmann en Viena (representantes del movimiento vienés conocido como Sezession), y el escocés Charles Rennie Mackintosh, que desarrolló un estilo propio con reminiscencias medievales, uno de cuyos mejores ejemplos es la Glasgow School of Art (1898-1899). Un caso aparte es el del catalán Antoni Gaudí, que comenzó su carrera en las filas del neogótico pero más tarde evolucionó por un camino personal, que le llevó a construir una serie de obras, casi todas ellas en Barcelona, de una originalidad inusitada. Entre éstas destacan la casa Milá (1906-1910), un edificio de viviendas en chaflán cuya fachada de piedra ondula entre las grandes ventanas, que predicen los pasos del movimiento moderno, el inacabado templo expiatorio de la Sagrada Familia (1883-1826), o el onírico Parc Güell (1900-1914), donde al margen de una imaginación desbordante se aprecia la maestría constructiva de este genial arquitecto.
4.3.18
El rascacielos
La disponibilidad de perfiles de acero en grandes cantidades, y, sobre todo, la invención del ascensor eléctrico, permitieron en las últimas décadas del siglo XIX la construcción de edificios de gran altura, llamados rascacielos, iniciando así una carrera que aún hoy parece no tener fin. El arquitecto estadounidense Louis Sullivan fue el primero en dotar de una tipología expresiva a los nuevos edificios comerciales urbanos, como muestran el Wainwright Building (1890-1891) en Saint Louis (Missouri), el Guaranty Building (1895) en Buffalo (New York), y el Carson Pirie Scott Department Store (1899-1904) en Chicago. Su carrera converge con la de los arquitectos de la llamada Escuela de Chicago, cuya mayor aportación fue el desarrollo de la tipología de rascacielos, donde consiguieron una combinación perfecta entre la mampostería de piedra en la fachada y la estructura interior de hierro. Gracias a este sistema constructivo, en el que el esqueleto se levantaba rápidamente y sobre él se disponía el cerramiento, se conseguían resolver dos de los mayores problemas que planteaba la ciudad moderna: la escasez de terreno y la escasez de tiempo.
Otro de los méritos de Sullivan consiste en haber sido el maestro de Frank Lloyd Wright, uno de los mejores arquitectos del siglo XX. Véase Arte y arquitectura de Estados Unidos.
4.3.19
El hormigón armado
La atención de los arquitectos franceses de principios del siglo XX se concentró en otro nuevo material constructivo: el hormigón armado. Auguste Perret construyó numerosas obras investigando sobre el lenguaje propio de este material, entre las que destacan el edificio de viviendas de la calle Franklin (1902-1903) y el Théâtre des Champs Elysées (1911-1914), ambos en París. Tony Garnier proyectó, durante su estancia en Roma, una ciudad entera construida en hormigón, que apareció publicada en 1917 con el título de La cité industrielle. En Viena, Adolf Loos publicó en 1908 su artículo Ornamento y delito, mientras proyectaba y construía una arquitectura extremadamente despojada. Peter Behrens fue uno de los fundadores del Deutsche Werkbund (Asociación para el Progreso de la Industria Alemana), y su edificio para la fábrica de turbinas de la AEG (1908-1909) en Berlín lo convirtió en el pionero alemán de la arquitectura moderna.
4.3.20
El movimiento moderno
Uno de los principales catalizadores del diseño y la arquitectura del movimiento moderno fue la Bauhaus. Esta escuela de arte (Weimar, 1919-1925; Dessau, 1926-1933) aunó las experiencias de arquitectos, artistas y diseñadores de numerosos países, interesados en investigar sobre los principios del arte moderno. El director de la primera etapa fue Walter Gropius, que además proyectó los edificios de la nueva sede en Dessau, y su sucesor fue Ludwig Mies van der Rohe. La nueva arquitectura pudo demostrar sus virtudes en los Siedlungen (edificios de viviendas de bajo coste) construidos en Berlín y Frankfurt, mientras que la exposición de nuevas tipologías residenciales en la Weissenhof Siedlung (1927) de Stuttgart consiguió reunir la obra de Mies, Gropius, J. J. P. Oud y Le Corbusier. Estas demostraciones insistían en el papel social de la arquitectura del movimiento moderno, capaz de construir viviendas dignas (el existenzminimun) y al mismo tiempo baratas. Por otra parte, Mies van der Rohe mostró las capacidades expresivas de la nueva arquitectura en el pabellón alemán de la Exposición Universal de Barcelona (1929), un edificio sutil que explora las posibilidades de la planta libre, construido con materiales nobles como travertino, mármol, ónice y acero cromado. Gropius, su discípulo Marcel Breuer y Mies tuvieron que huir de Alemania con la llegada del nazismo y se exiliaron en Estados Unidos, donde los tres ejercieron una gran influencia acrecentada por su labor docente.
Le Corbusier es sin duda el arquitecto más influyente del siglo XX. Su extensa carrera comenzó con la publicación de los primeros escritos, donde clamaba por una estética similar a la de las máquinas y preconizaba la sustitución de la ciudad tradicional por una nueva ciudad de rascacielos dispuestos sobre enormes espacios arbolados. Su villa Savoie (1929-1930), en los alrededores de París, es uno de los arquetipos de la arquitectura contemporánea. En ella se combina la complejidad espacial, que juega con una sutil ambigüedad entre el interior y el exterior, con los postulados que defendió durante años: edificio sobre pilotis, jardín sobre la terraza, planta libre, fachada independiente de la estructura y amplios ventanales. Ya en la década de 1950 proyectó una nueva ciudad como capital del estado indio del Punjab, llamada Chandīgarh, y proyectó los tres edificios más representativos del Capitolio. En Francia construyó dos edificios religiosos excepcionales: la iglesia de peregrinación de La Ronchamp (1950-1955) y el monasterio dominico de La Tourette (1957-1961). Después de la primera etapa, más racionalista, esta segunda etapa conocida como brutalista se caracteriza por el uso del hormigón de una forma más expresiva, así como por los efectos dramáticos de luces y sombras.
Algunos ingenieros especialistas en el cálculo de estructuras como Robert Maillart, Eugène Freyssinet, Eduardo Torroja o Pier Luigi Nervi han construido a lo largo del siglo XX algunos edificios especialmente imaginativos, que han servido de inspiración a numerosos arquitectos como el estadounidense de origen finés Eero Saarinen o el español afincado en México Félix Candela.
El arquitecto finés Alvar Aalto trabajó durante más de cuatro décadas, sin adherirse plenamente a la arquitectura de corte industrial, pero logrando un lenguaje propio que se añade al catálogo de la mejor arquitectura moderna. Entre las aportaciones fundamentales de este arquitecto nórdico se encuentran la sutileza en la composición espacial, el manejo de la luz natural y su especial sentido para utilizar los materiales, sacando el máximo partido a sus cualidades expresivas. La arquitectura escandinava ha dado muestras de una gran vitalidad a lo largo de este siglo, gracias a figuras como el sueco Gunnar Asplund, o el danés Jørn Utzon, que proyectó la espectacular Ópera de Sydney (1957-1973), en Australia.
En Estados Unidos la influencia de los maestros europeos se dejó sentir claramente después de la II Guerra Mundial, especialmente a través de la figura de Louis I. Kahn, en cuyos edificios se puede sentir la monumentalidad de la Roma antigua. Uno de los edificios emblemáticos de este arquitecto es el Museo de Arte Kimbell (1972), en Fort Worth (Texas), donde las bóvedas de cañón se abren por la clave hasta convertirse en lucernarios cenitales.
La influencia de los maestros del movimiento moderno se comenzó a sentir en España y en algunos países de Latinoamérica hacia finales de la década de 1920, especialmente en Brasil, donde la influencia de Le Corbusier es evidente sobre Lúcio Costa y Oscar Niemeyer, responsables de la construcción de la ciudad de Brasilia siguiendo principios corbusierianos. La generación de arquitectos racionalistas españoles, asociada en torno al GATEPAC (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea), tuvo que disolverse al final de la Guerra Civil española (1936-1939), y mientras que Josep Lluís Sert emigró a Estados Unidos para hacerse cargo de la Facultad de Arquitectura de Harvard, otros arquitectos como Félix Candela y Antonio Bonet emigraron a Latinoamérica, donde se unieron a las corrientes modernas encabezadas por Juan O’Gorman en México y Julio Vilamajó en Uruguay. Véase Arquitectura contemporánea española; Arquitectura contemporánea mexicana.
4.3.21
El International Style
Los arquitectos alemanes que emigraron a Estados Unidos con la llegada al poder del nazismo, iniciaron allí una corriente más ligada a la tradición constructiva estadounidense. Uno de sus discípulos, Philip Johnson, concretó esta corriente definiéndola como International Style (estilo internacional), en alusión a su falta de referentes nacionales. Dentro de esta corriente se pueden incluir la mayoría de la obras americanas de Mies Van der Rohe, como los edificios de apartamentos de Lake Shore Drive (1951) en Chicago, y el Seagram Building (1958) en Nueva York, este último en colaboración con el propio Philip Johnson. Este estilo degeneró en una arquitectura sin carácter, que se extendió rápidamente por todo el mundo gracias a su inocuidad ideológica y a los enormes beneficios económicos que podía generar a las empresas constructoras.
4.3.22
Arquitectura posmoderna
Como reacción al International Style, y de forma más genérica al movimiento moderno, apareció en la década de 1960 un movimiento filosófico y artístico que se conoce con el nombre genérico de posmodernismo. Entre las tendencias que podemos encontrar en este movimiento se distingue una de tipo clasicista, originada a partir de la publicación en 1966 del libro de Robert Venturi Complejidad y contradicción en la arquitectura, en el cual defendía la vuelta a los modelos de la arquitectura tradicional. También el camaleónico Philip Johnson se adscribió a esta corriente, apoyándola desde su puesto directivo en el MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York). Otros arquitectos que han seguido los pasos de Venturi son Michael Graves, Robert A. M. Stern, o el catalán Ricardo Bofill.


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