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El invento de la Literatura chilena




Literatura chilena, recorrido histórico a través de los autores y las obras literarias (narrativa, poesía, ensayo, teatro) escritas en Chile.
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PERIODO COLONIAL
La Araucana
Esta ilustración corresponde a la edición completa de La Araucana, impresa en Barcelona en 1592. Considerada la epopeya más famosa del renacimiento, es obra del poeta y conquistador español Alonso de Ercilla (1533-1594), quien participó en las luchas por la conquista de Chile (virreinato del Perú). Quedó tan impresionado por el valor de los araucanos que las figuras de los caudillos Caupolicán y Lautaro adquieren en su poema una dimensión heroica extraordinaria. Ercilla siguió el modelo de la épica culta en octavas reales de La Jerusalén conquistada de Lope de Vega, aunque superó a éste en imaginación y retratos coloristas. Fragmento de La Araucana leído por un actor.

Como sus nativos no conocían la escritura, en Chile (sometido a España desde mediados del siglo XVI hasta comienzos del XIX) la literatura nace en el seno de la cultura hispánica. Su iniciador es, precisamente, el conquistador Pedro de Valdivia, con sus Cartas (1545-1552) a Carlos I. En la más importante de ellas, describe con admiración las maravillosas bellezas del país. Poco después, en La Araucana (1569-1589), principal poema épico del siglo de oro español, Alonso de Ercilla y Zúñiga relata, en versos endecasílabos, la conquista de Chile. A imitación suya, Pedro de Oña, primer poeta nacido en Chile, publica Arauco domado (1596), muy inferior a su modelo.
En los siglos XVII y XVIII destacan historiadores y cronistas como Jerónimo de Bibar (Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de Chile), Alonso de Góngora y Marmolejo (Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575), Pedro Mariño de Lobera (Crónica del reino de Chile) Alonso de Ovalle (Histórica relación del reino de Chile ), Diego Rosales (Historia general del reino de Chile, Flandes Indiano), Francisco Núñez de Pineda (Cautiverio feliz); escritores de temas científicos, Juan Ignacio Molina (Compendio de la historia geográfica, natural y civil del reino de Chile), y teológicos, Manuel Lacunza (Venida del Mesías en gloria y majestad), y algún poeta de registro épico-histórico, como Fernando Álvarez de Toledo (Purén indómito). Así pues, durante la conquista y la colonia predomina la literatura de carácter referencial u objetivo.
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LA INDEPENDENCIA
En el fragor independentista, surge el periodismo político. Camilo Henríquez fue el editor del primer periódico chileno, La Aurora de Chile (1812).
También cultivan el género Manuel Salas (Carta al señor Patricio español); José Miguel Infante, fundador del periódico El Valdiviano Federal (1821); Juan Egaña y Antonio José de Irisarri. En años siguientes, Mercedes Marín del Solar escribe poesía (Canto fúnebre a la muerte de don Diego Portales) y se dan atisbos de dramaturgia en Manuel Magallanes (La hija del Sur). Fue un periodo activo y entusiasta, aunque de limitado vuelo artístico.
El movimiento de 1842, favorecido por el influjo de intelectuales extranjeros llegados al país (José Joaquín de Mora, Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento, Vicente Fidel López), es el primer intento orgánico por afirmar una literatura nacional. Lo representan en poesía, con excesiva imitación de románticos europeos, Salvador Sanfuentes (Inami), Guillermo Matta (Poesías líricas), Guillermo Blest Gana (Armonías) y José Antonio Soffia (Hojas de otoño); en narrativa, más auténticamente, José Victorino Lastarria (Peregrinación de una vinchuca), Alberto Blest Gana (Martín Rivas, Durante la Reconquista, El loco Estero), José Joaquín Vallejo (Artículos de costumbres), Vicente Pérez Rosales (Recuerdos del pasado) y Daniel Riquelme (Bajo la tienda); en el drama, Daniel Caldera (El tribunal del honor).
Después de 1850, la historiografía tiene señeros cultores en Diego Barros Arana, destacado periodista político (Historia general de Chile); Miguel Luis Amunátegui (Los precursores de la independencia de Chile), Benjamín Vicuña Mackenna (Vida del capitán general Bernardo O’Higgins) y Ramón Sotomayor Valdés (Historia de Chile durante 40 años). A finales de siglo, el poeta nicaragüense Rubén Darío renueva la lírica durante su estancia en Chile (Azul, 1888). Lo siguen, entrando ya en el siglo XX, entre otros, Carlos Pezoa Véliz (Alma chilena) y Manuel Magallanes Moure (La casa junto al mar).
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EL SIGLO XX
Gabriela Mistral
La poeta chilena Gabriela Mistral (1889-1957) obtuvo en 1945 el Premio Nobel de Literatura, reconocimiento que se daba por primera vez a las letras latinoamericanas. Su poesía está llena de emoción y calidez.

La literatura chilena muestra en el siglo XX una compleja evolución. A ello concurren tanto el natural proceso de renovación periódica de los criterios estéticos, como la influencia de factores externos.
Los comienzos de la centuria son marcadamente nacionalistas. La conmemoración de cien años de independencia política impulsa el interés consciente por lo propio, principalmente en el sentido del estudio y de la observación directa de la realidad del país y sus elementos constitutivos. En tal marco, la literatura descubre el campo chileno y sus personajes arquetípicos (con notorio énfasis en el huaso), el mar, y posteriormente la ciudad y su clase media.
Es la etapa del criollismo (o nativismo) en la narrativa y el teatro, con sus méritos y sus limitaciones. Entre los primeros, la renovación de temas y lenguaje y la apertura a las nuevas corrientes del relato en la Europa occidental, en Rusia y en Estados Unidos; entre las segundas, el exceso de documentación, la escasa inspiración creadora, la monotonía descriptiva y aun argumental. Alienta el criollismo, en narrativa, Baldomero Lillo (Sub Terra, Sub Sole), Mariano Latorre (Zurzulita, Cuna de cóndores) y Federico Gana (Días de campo); en el drama, Antonio Acevedo Hernández (Árbol viejo, Chañarcillo).
En la poesía, es el tiempo de la corriente mundonovista, que impregna de inquietud social y de tono popular la lírica modernista. No demora en producirse una reacción: la ‘querella del criollismo’, en las décadas de 1930 y 1940, que consiste en un polémico balance de la tendencia en boga, y con el segundo tercio de la centuria surge la narrativa imaginista, deseosa de un “par de alas para remontarse sobre un nacionalismo estrecho”, según escribió el crítico literario Hernán Díaz Arrieta, conocido como Alone.
Los imaginistas despliegan la fantasía, renuevan creativamente la temática, ampliándola, y el lenguaje, poetizándolo; en esta tendencia destacan los nombres de narradores como Augusto d’Halmar, que fue el primer escritor reconocido con el Premio de Literatura Nacional (Los alucinados, La sombra del humo en el espejo) y Pedro Prado (Alsino), fundadores del ‘Grupo de los Diez’.
La historiografía tiene en el siglo XX eximios cultores: José Toribio Medina (Historia de la literatura colonial de Chile), Francisco Antonio Encina (Historia de Chile, desde la prehistoria hasta 1891), Jaime Eyzaguirre (Fisonomía histórica de Chile). En la crítica literaria descuella Hernán Díaz Arrieta (Historia personal de la literatura chilena).
La lírica, sin desdeñar las aportaciones modernistas, asume —por obra de cultores excepcionales y en contacto con los gustos emergentes en otras latitudes— una más decidida originalidad y la experimentación de modalidades estéticas inéditas. Poetas neomodernistas y vanguardistas (véase Vanguardias) pasan a ser conocidos más allá de las fronteras: los primeros premios Nobel de Literatura hispanoamericanos Gabriela Mistral (Desolación, Tala, Lagar) y Pablo Neruda (Residencia en la tierra, Canto general), y el padre del creacionismo, Vicente Huidobro (Poemas árticos, Altazor o el viaje en paracaídas).
Si bien se alzan algunos movimientos minoritarios que buscan insistir en el buceo de lo propio y en una función social más directa de la literatura (como el angurrientismo, que propicia un acercamiento a la esencia cultural chilena mediante una prosa neorrealista, y el runrunismo, que persigue innovaciones en la actitud, en los criterios políticos y en los cánones estéticos de los poetas), progresivamente se va pasando del realismo al surrealismo y al irrealismo, en los diversos géneros. La creación se hace cada vez más autónoma de la realidad externa, cada vez más iconoclasta en cuanto a la técnica y al estilo. No se procura el análisis ni la denuncia de lo existente, sino un cierto trascendentalismo individualista.
Hacia mediados del siglo XX, empero, se toma conciencia de los profundos cambios experimentados por el mundo contemporáneo y —por mucho que Chile haya estado lejos del conflicto bélico— se perciben los efectos culturales y humanos de la II Guerra Mundial. Pequeños grupos de jóvenes intelectuales, por entonces estudiantes universitarios, asumieron el drama vivido en la humanidad y tras él la mentalidad que surgía en Europa, y buscaron en las letras el camino para expresar sus inquietudes y su testimonio. De esta suerte, desde una concepción de la autonomía de la obra literaria, pero en inextricable correlato con la realidad de un mundo en trance, surgen la llamada generación del 38 y, posteriormente, la generación del 50, conocida como generación del 57. Los escritores de esos periodos dieron lugar a una nueva narrativa y a una nueva dramaturgia, y la lírica escogió las vías de la antipoesía (Nicanor Parra y sus seguidores) y de la trasgresión. Habría que considerar, en novela, a Manuel Rojas (Hijo de ladrón), María Luisa Bombal (La amortajada), José Donoso (El obsceno pájaro de la noche), Volodia Teitelboim (Hijo del salitre); en poesía, a Nicanor Parra (Poemas y antipoemas), Humberto Díaz Casanueva (Réquiem), Eduardo Anguita (Venus en el pudridero), Gonzalo Rojas (Contra la muerte), Jorge Teillier (Muertes y maravillas), Fernando González Urízar (Los signos del cielo), Miguel Arteche (Fénix de madrugada), Raúl Zurita (Purgatorio); en el drama, a Luis Alberto Heiremans (El tony chico), Egon Wolff (Álamos en la azotea), Jorge Díaz (El cepillo de dientes).
Isabel Allende
Con la publicación de su primera novela, La casa de los espíritus (1982), una crónica familiar ambientada en el torbellino de cambios políticos y económicos acontecidos en Latinoamérica, Isabel Allende (1942- ) consiguió ser la primera novelista latinoamericana que obtenía reconocimiento universal inmediato.

Se propone y patentiza, así, una visión global de los contenidos del texto literario —sin fronteras en sus alcances—, una visión que desnude lo absurdo y lo grotesco, un discurso múltiple y aun incoherente, una estructura caótica, una desacralización de lo tradicional, una elaboración de nuevos símbolos, una perspectiva de acusado nihilismo, todo ello en correspondencia con un mundo en el que el hombre se debate entre signos y conceptos negativos: escepticismo, desorientación, incomunicación, frustración, desesperanza. Es la respuesta a un contorno y a una existencia sentidos como caóticos. Constituyen excepciones, en ese marco, aquellos pocos que proclaman un mensaje de matices luminosos, lo mismo que quienes no abandonan el cultivo de los esquemas más tradicionales.
En medio de tan hondas transformaciones del sentido y de las modalidades del hecho literario, Chile ha visto la aparición y desarrollo de valiosos escritores representativos de esas variadas posiciones y tendencias, indudablemente diferentes en su calidad y en su vigencia, pero, en su conjunto, artífices que comparten la construcción de un patrimonio abierto a los signos de los tiempos y apreciable por sus merecimientos artísticos. Entre los escritores nacidos después de 1935, y con una obra literaria ya consolidada en el mundo, cabe citar a Isabel Allende, Ariel Dorfman, Patricio Manns y Antonio Skármeta, entre otros.
Para reconocer y a la vez estimular la creación literaria en el país, desde 1942, en virtud de una ley de la República, se entrega el Premio Nacional de Literatura. Para su otorgamiento se considera la calidad del conjunto de la producción de un autor, sin discriminación de los géneros de su especialidad. Inicialmente anual, por una reforma legal se concede, desde 1972, cada dos años.
En el último tercio del siglo XX, el desarrollo de la literatura chilena —particularmente de la narrativa, su modalidad más cultivada— se ha visto notablemente influido por los cambios en la situación política del país. Si bien el gobierno de la Unidad Popular, a comienzos de la década de 1970, no alcanzó, por su brevedad, a constituir un marco suficiente para la eclosión de nuevas tendencias que se consolidaran, se dio amplia difusión masiva a la creación escrita, por la vía de una editorial estatal y otros medios, lo que favoreció principalmente a las obras de los creadores afines al régimen.
La instauración del gobierno militar, en 1973, revirtió sustancialmente la situación. Se prohibió la circulación de las creaciones de determinados autores y su inclusión en la enseñanza y lectura escolares, y se sometió a censura previa la publicación de nuevos libros. Una cantidad apreciable de escritores se radicó, voluntaria o involuntariamente, en el extranjero, y dio lugar a la llamada ‘literatura del exilio’, muchas de cuyas obras no pudieron ser leídas, durante varios años, en el país. En el interior, mientras tanto, siguió produciéndose una especie de ‘literatura intraexilio’, toda vez que los creadores buscaban modo de sortear las prohibiciones oficiales, a menudo autocensurándose o bien presentando indirectamente sus mensajes. De esa suerte, durante más de quince años, prevalece una narrativa que enfrenta una realidad en crisis e indaga en ella, centrando su interés en los mecanismos de poder o control sobre los demás, en su repercusión sobre las existencias individuales y en la conformación de un presente colectivo de rasgos agónicos o apocalípticos. Lo hace, sin embargo, desde una conciencia de la marginalidad, utilizando frecuentemente símbolos como el de la clausura o el de la confusión entre lo imaginario y lo real. Así ocurre en novelas como las de Guillermo Blanco, Jorge Edwards (El museo de cera), Isabel Allende (La casa de los espíritus) y otros autores. Encontramos elementos similares, pero con menor frecuencia, en poemarios, como en el caso de Raúl Zurita.
El género más explícitamente contestatario durante el régimen militar fue, sin duda, la dramaturgia (Juan Radrigán, Marco Antonio de la Parra y otros), favorecida por el carácter no impreso de sus textos y por la asistencia no masiva a sus espectáculos, que continuaron llevándose a cabo, aunque en determinados casos fueron también prohibidos.
Recuperados los cauces democráticos, al comenzar la década de 1990, si bien continúan dándose a conocer novelas sobre el periodo precedente, como las de Patricio Manns (El desorden en un cuerno de niebla) y Carlos Cerda (Morir en Berlín), surge una nueva generación, indistintamente llamada del 87 o post-golpe, y más habitualmente Nueva Narrativa, cuyos representantes, nacidos entre 1945 y 1970, se inspiran en el realismo de la cotidianidad urbana y su trasfondo político y social, en un estilo algo más directo pero que prosigue acudiendo a la poética de la sugerencia, y con una actitud de orfandad entendida como desasimiento respecto de la escritura narrativa tradicional. Entre otros, puede mencionarse como sus representantes a Ana María del Río (1948), Diamela Eltit (1949), Arturo Fontaine (1952), Jaime Collyer (1955), Pía Barros (1956), Diego Muñoz (1956), Ramón Díaz Eterovic (1956), Gonzalo Contreras (1958), Sergio Gómez (1962), Andrea Maturana (1969) y Alejandra Costamagna (1970). Esta promoción de escritores fue recibida con marcado interés y, si bien hoy la mayoría de ellos continúan publicando, parecen llamados a tener mayor vigencia los narradores aproximadamente coetáneos que prefieren la literatura de género (Marcela Serrano, 1951), ambientes exóticos (Luis Sepúlveda, 1949; Alberto Fuguet, 1964; o Pedro Lemebel, 1955), policiales (Roberto Ampuero, 1953), no urbanos (Hernán Rivera Letelier, 1950) o propios de otros países (Roberto Bolaño, 1953).
No se puede negar que en las recientes décadas la narrativa chilena ha mostrado dinamismo y capacidad de renovación, sin embargo, en los últimos años del siglo XX, ese género de la literatura ha ido cediendo lugar al ensayo, a los libros de análisis histórico, a las biografías y a otras modalidades de no ficción, que interesan cada vez más al público lector. Esto resulta explicable en una sociedad que quiere conocer más directamente su identidad y su inestable realidad, en una toma de conciencia posiblemente vinculada con la entrada a un nuevo milenio y con la proximidad del segundo centenario de la independencia nacional, que favorecería un estado de ánimo similar al ya producido en la misma dirección en torno a 1910.
Es prematuro anticipar las probables direcciones de la actividad literaria chilena en los años venideros. Pero es previsible su fecundidad dados el ambiente de libertad imperante y la aparición de escritores promisorios o nuevos talentos como Roberto Merino (1961), Francisco Mouat (1962) o Rafael Gumucio (1970), en narrativa, y Leonardo Sanhueza (1974) y Andrés Anwandter (1974), en poesía, además de numerosos prosistas y poetas menores de treinta años que todavía no publican en las grandes editoriales pero integran interesantes circuitos y foros creativos.
Los numerosos estímulos que operan desde hace algunos años, como el Premio Nacional, en favor de la creación, y los incentivos del Fondo de Desarrollo Artístico, del Consejo Nacional del Libro y la Lectura y de importantes fundaciones privadas, abren el juego para restablecer el equilibrio en el cultivo de los diferentes géneros, con recuperación de la lírica y de la dramaturgia respecto de su vigor en el periodo reciente.

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