Clasificación Biológica





Clasificación, en biología, identificación, denominación y agrupamiento de organismos en un sistema establecido basado en las similitudes anatómicas, tanto internas como externas, y fisiológicas, así como en la composición genética y en las relaciones evolutivas. La diversidad de seres vivos es enorme y se estima que entre 10 y 13 millones de especies viven en nuestro planeta. Por ello, para poder estudiar los distintos seres vivos y sus características, resulta más fácil agruparlos en categorías basadas en características compartidas.
La clasificación biológica permite organizar la diversidad de seres vivos existentes sobre la Tierra. Se trata de un proceso dinámico que refleja la propia naturaleza de los organismos, los cuales han estado sujetos a cambios y modificaciones a lo largo de muchas generaciones a través de la evolución. Desde que la vida apareció sobre la Tierra, hace unos 3.800 millones de años, nuevos grupos de organismos se fueron desarrollaron. Muchos de esos organismos se extinguieron, mientras que otros evolucionaron y dieron lugar a la fauna y flora que actualmente pueblan nuestro planeta.
Las numerosas formas de vida que existen deben ser nombradas y organizadas de manera ordenada, de modo que los biólogos de todo el mundo puedan estar seguros de que conocen el organismo exacto que es objeto de estudio. La definición de los grupos de organismos debe basarse en la selección de características importantes, o rasgos compartidos, responsables de que los miembros de cada grupo sean semejantes entre sí, y diferentes de los otros grupos. Para clasificar los distintos organismos, los científicos estudian un amplio rango de características, incluidas aquellas que son visibles a simple vista, aquellas que pueden detectarse con ayuda de un microscopio o incluso aquellas que se pueden determinar únicamente mediante pruebas químicas. Los científicos comparan la forma externa y el tamaño de los organismos, la anatomía y las funciones internas de órganos y sistemas como el sistema digestivo o el reproductor, así como las reacciones químicas que tienen lugar en los organismos para crecer, crear y almacenar energía y reproducirse. Los primeros estados de desarrollo de un organismo, estudiados por la embriología, así como el comportamiento de los mismos, estudiado por la etología (véase Conducta animal), también resultan útiles para agrupar y clasificar a los organismos. Incluso el papel que un organismo desempeña en el hábitat puede ayudar a situarlo en un grupo concreto. Los científicos utilizan también los registros fósiles para conocer cómo los organismos han ido cambiando y evolucionando a través de la historia de la Tierra, lo que también resulta de ayuda para su clasificación.
Más recientemente, los científicos han utilizado técnicas de biología molecular para comparar los genes de organismos distintos. Los científicos estudian el ácido desoxirribonucleico, de manera que los organismos que comparten una estructura de ADN similar están más estrechamente relacionados. La mayoría de los estudios genéticos han apoyado la clasificación de organismos que se había realizado de forma más tradicional; sin embargo, en algunos casos, la evidencia de los estudios genéticos ha puesto de manifiesto que ciertos organismos debían reclasificarse.
Por tanto, todas las ramas de la biología contribuyen al reconocimiento y a la interpretación de las similitudes y las diferencias existentes entre los organismos, pero las especialidades que están implicadas directamente en los estudios de clasificación son la taxonomía y la sistemática. Aunque las dos disciplinas se superponen, la taxonomía está más centrada en la nomenclatura (denominación) y el establecimiento de los sistemas jerarquizados, y la sistemática en las relaciones evolutivas.
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CLASIFICACIÓN JERÁRQUICA
Los métodos actuales de clasificación tratan de reunir los grupos en taxones o categorías, de modo que estos reflejen los procesos evolutivos que subyacen bajo las similitudes y diferencias que existen entre los organismos. Dichas categorías forman un tipo de pirámide, o jerarquía, donde los distintos niveles representan los diferentes grados de relación evolutiva.
Los biólogos clasifican a los organismos individuales en el nivel básico de especie, que es la única categoría de esta índole que puede ser considerada en la naturaleza. Las categorías superiores son reuniones de grupos de especies. Una especie está compuesta por organismos que comparten muchas características importantes. Además, en los organismos con reproducción sexual, las especies están formadas por poblaciones entremezcladas, que de forma ideal no pueden tener descendientes fértiles con miembros de ninguna otra especie.
Carl von Linneo
Aunque era médico, Carl von Linneo sentía un vivo interés por la botánica, e ideó un método de clasificación de las plantas conocido como nomenclatura binomial. Este sistema simplificó de forma radical la identificación y clasificación de animales y plantas, que a partir de entonces empezaron a organizarse en grupos significativos basados en la semejanza de sus características. Aunque sus primeras obras están dedicadas a la nomenclatura y clasificación de las plantas, Linneo también describió y clasificó varias especies animales. Sus descripciones son tan precisas, que muchas se han mantenido sin cambios hasta nuestros días.

Las especies que no se cruzan con otras pero que están claramente relacionadas con ellas por compartir características importantes, se agrupan en un género. Para construir la clasificación jerárquica, los géneros se agrupan en familias, las familias en órdenes, los órdenes en clases, las clases en filos, y los filos en reinos. Los grupos de organismos incluidos en estas siete categorías principales, en cualquier nivel de jerarquía, reciben el término de taxones, y cada taxón recibe una definición que abarca las características más importantes compartidas por todos los miembros de un taxón.
Para permitir una subdivisión mayor, se pueden añadir los prefijos sub- y super- a cualquier categoría. Además, en clasificaciones complejas, pueden utilizarse categorías intermedias especiales como rama (entre reino y filo), cohorte (entre clase y orden) y tribu (entre familia y género).
En cualquier nivel, un taxón indica una base evolutiva común. Todos sus miembros se han desarrollado a partir de un antecesor común. Entonces se dice que el taxón es monofilético. En los casos en los que en un taxón determinado confluyen dos o más miembros que tienen características en común pero que derivan de líneas ancestrales diferentes, se dice que el taxón es polifilético. Generalmente se intenta dividir y redefinir el taxón de modo que se obtenga una línea monofilética.
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HISTORIA DE LOS SISTEMAS DE CLASIFICACIÓN
Clasificación de los organismos
La clasificación de los seres vivos es motivo de controversia desde hace mucho tiempo. Arriba: El sistema aristotélico solo reconocía plantas y animales, que se diferenciaban por el movimiento, el mecanismo de alimentación y la forma de crecimiento. Este sistema agrupa procariotas, algas y hongos con las plantas, y protozoos móviles capaces de alimentarse con los animales. Centro: El perfeccionamiento de las técnicas y los materiales de laboratorio puso de manifiesto las diferencias entre células procariotas y eucariotas y determinó una nueva clasificación que las reflejaba. Abajo: En época más reciente se han admitido cinco reinos que tienen en cuenta la organización celular y la forma de nutrición.

La taxonomía es una de las ciencias más antiguas y sin embargo aún es un campo dinámico, repleto de nuevos descubrimientos y métodos. Como en otros ámbitos de la ciencia, los grandes pensadores han dado forma al desarrollo de las clasificaciones. Uno de los primeros sistemas de clasificación fue establecido por el filósofo griego Aristóteles, que vivió en el año 300 a.C. Aristóteles pensaba que la complejidad de la vida podía incluirse en un orden natural basado en dicotomías o polos opuestos. Así, por ejemplo, Aristóteles dividió los animales en aquellos que tenían sangre y aquellos que carecían de ella, una forma de clasificación que se aproxima a la división en vertebrados e invertebrados, utilizada en los actuales sistemas de clasificación.
Aristóteles escribió extensamente sobre plantas y animales, pero sus escritos sobre plantas se perdieron. Afortunadamente, Teofrasto, uno de sus alumnos, aplicó la taxonomía de Aristóteles en sus trabajos sobre plantas. Teofrasto subdividió las plantas, basándose en su forma, en categorías muy amplias: árboles, arbustos y hierbas. El médico griego Dioscórides desarrolló una forma de clasificación más pragmática que separaba, por ejemplo, las hierbas medicinales de aquellas que se utilizaban para elaborar perfumes.
Para unificar la denominación de los organismos y poder comunicar de forma más precisa el creciente número de especies que eran descubiertas, los estudiosos de la edad media (entre el siglo V y el siglo XV d.C.) tradujeron los nombres comunes de los organismos al latín –que era entonces la lengua de los eruditos. Con frecuencia esos nombres eran largos y engorrosos, e incluían numerosos términos descriptivos. Entre mediados del siglo XVI y mediados del siglo XVII, un grupo de naturalistas simplificó ese complejo método convirtiéndolo en un sistema binomial, un sistema de nombramiento en el que se utilizaban solo dos palabras.
En el siglo XVI el botánico italiano Andrea Cesalpino fue el primer científico que clasificó las plantas de acuerdo, principalmente, a sus características estructurales, como sus frutos o semillas. Cesalpino desarrolló un método de ponderación del carácter en el que definió ciertas características clave que eran importantes para identificar los grupos de plantas. Ese método fue adaptado por el botánico suizo Caspar Bauhin, quién catalogó un amplio listado de plantas. Además, Bauhin fue el primero en organizar las plantas en un sistema rudimentario que recuerda a la moderna clasificación en géneros y especies.
La clasificación de los animales también progresó durante el siglo XVI. El naturalista francés Pierre Belon realizó un amplio estudio y clasificación de las aves. Belon fue el primero en utilizar la adaptación al hábitat para dividir las aves en acuáticas, zancudas, de presa, paseriformes y terrestres, categorías que todavía se utilizan hoy en día de manera informal. En el siglo XVII, el naturalista inglés John Ray fue el primero en aplicar el método de ponderación del carácter para las características estructurales en animales. Ray utilizó características claves, como la forma y el tamaño del pico, para clasificar las aves.
A mediados del siglo XVII, el naturalista sueco Carl von Linneo desarrolló normas formales que proporcionaron consistencia al sistema que se utilizaba habitualmente, el sistema binomial de nomenclatura en el que se empleaban dos nombres en latín. La primera palabra es el nombre del género y la segunda es habitualmente un adjetivo que describe el organismo, su localización geográfica o la persona que lo descubrió. Utilizando este sistema el perro doméstico recibe el nombre de Canis familiaris. Canis es el nombre del género para el grupo de animales que comprende los perros, los lobos, los coyotes y los chacales. El término familiaris tiene carácter descriptivo para diferenciar el perro doméstico de sus parientes salvajes.
Antes de Linneo, los biólogos habían establecido categorías de clasificación al azar, como la categoría de género para agrupar varias especies. Linneo fue el primero en formalizar el uso de taxones mayores en su libro Systema Naturae (1735), estableciendo la taxonomía jerarquizada estándar que todavía se utiliza hoy día. Además, Linneo creó reglas para clasificar las especies que fueron utilizadas por los científicos durante más de doscientos años.
Antes del siglo XIX, Linneo y otros taxonomistas clasificaron los organismos de una manera arbitraria, aunque lógica, que facilitó la comunicación de la información científica. Pero con la publicación, en 1859, del libro El origen de las especies por medio de la selección natural, escrito por el naturalista británico Charles Darwin, el propósito de la clasificación adquirió un nuevo significado. Darwin sostenía que los sistemas de clasificación deberían reflejar la historia de la vida, esto es, las especies debían relacionarse basándose en los antecesores que compartían. Darwin definió las especies como grupos que habían divergido de un antepasado común lejano en la historia. Sin embargo, llevar a cabo una historia evolucionista compatible con los sistemas de clasificación ya establecidos no era una tarea fácil. Los críticos argumentaron que la clasificación debía ser coherente con la filogenia, pero no basarse exclusivamente en la historia evolutiva. Ellos propugnaban el empleo de otros factores, como la conducta o la anatomía, junto con la filogenética, para mejorar la clasificación de los organismos. Esta controversia sobre la mejor manera de abordar la clasificación se mantiene hoy en día.
El desarrollo y uso de los microscopios, a finales del siglo XVI, reveló la existencia de una enorme diversidad de organismos unicelulares. Esos organismos originaron nuevos problemas de clasificación para la comunidad científica, que aún se basaba en un sistema de clasificación en dos reinos. Al principio, los organismos unicelulares que realizaban la fotosíntesis fueron clasificados en el reino Plantas y los organismos que ingerían alimentos se catalogaron en el reino Animal. En el siglo XIX, los científicos habían identificado una amplia variedad de organismos microscópicos con anatomías celulares diversas, estructuras internas especializadas llamadas orgánulos y patrones de reproducción que no encajaban con facilidad en el sistema de clasificación de plantas y animales. Esa gran diversidad animó al biólogo alemán Ernst Haeckel a proponer la creación de un tercer reino, Protoctista, para agrupar esas formas unicelulares.
Haeckel ubicó las bacterias dentro del reino Protoctista en un grupo separado que él llamó Móneras, reconociendo que esos organismos diferían de todas las otras células porque carecían de núcleo. Conforme los biólogos aprendían más sobre las bacterias, se dieron cuenta de otras diferencias entre esos organismos y todas las demás formas de vida. Además de la ausencia de núcleo, las bacterias diferían de otros tipos de células en que carecían de orgánulos energéticos, como las mitocondrias, las estructuras celulares implicadas en el metabolismo. En la década de 1930, esas diferencias condujeron al biólogo marino francés Edouard Chattón a realizar una distinción fundamental entre procariotas, organismos como las bacterias que carecían de núcleo, y eucariotas, organismos más complejos que tienen núcleo. En 1938 el biólogo estadounidense Herbert Copeland argumentó que la distinción entre procariotas y eucariotas era tan importante que los procariotas merecían disponer de un cuarto reino propio llamado reino Móneras (también denominado reino Procariotas).
En la década de 1950, el biólogo estadounidense Robert H. Whittaker propuso añadir un quinto reino, el reino Hongos, basado en el método exclusivo de los hongos de obtener alimento. Los hongos se habían clasificado previamente dentro de las plantas, pero Whittaker expuso que los hongos no elaboran su propio alimento, como hacen las plantas, y que tampoco lo ingieren, como hacen los animales. Los hongos secretan enzimas digestivas alrededor de los alimentos, fragmentándolos antes de que sean absorbidos por sus células.
En la década de 1970, los avances en biología molecular proporcionaron nuevos hallazgos respecto a la relación entre los organismos y pusieron de relieve imperfecciones en los sistemas de clasificación vigentes. Las nuevas técnicas de biología molecular, como la reacción en cadena de la polimerasa, que permite analizar y comparar el ácido desoxirribonucleico (ADN), permitieron al microbiólogo estadounidense Carl Woese determinar que un grupo de organismos clasificados hasta entonces como bacterias pertenecían en realidad a un taxón independiente. Se observó que el grupo Archaea, que comprende las arquebacterias, tenía características fisiológicas y estructuras moleculares únicas. Archaea está representado por un grupo relativamente pequeño de organismos unicelulares que viven principalmente en medios anaerobios extremadamente calurosos, salados o ácidos. Woese propuso inicialmente un sistema de clasificación en seis reinos, en el que separó los organismos procariotas en dos reinos Arquebacteria y Eubacteria o bacterias verdaderas, con la inclusión de los organismos eucariotas en los reinos Plantas, Animales, Hongos y Protoctista. Posteriormente, recomendó el uso de una nueva categoría llamada dominio. En su nuevo sistema, todas las formas de vida están agrupadas en tres dominios: Bacteria, Archaea y Eukarya.
Otros científicos proponen un sistema de ocho reinos. Además de los reinos Plantas, Animales y Hongos, este sistema también incluye otros dos reinos procariotas, Archaea y Eubacteria, y divide el reino Protoctista en tres reinos separados.
Con independencia del método de clasificación que se utilice para clasificar un organismo, su lugar en la jerarquía de la vida no es inamovible. Los científicos continúan descubriendo nuevas evidencias en los fósiles, y los estudios de biología molecular y de otros campos de la ciencia pueden variar la posición de un microorganismo en la jerarquía de la clasificación.

Talidomida





Talidomida

Talidomida, fármaco que produce malformaciones fetales graves si es administrada durante el embarazo. Introducida en 1957, la talidomida es un hipnótico o sedante no barbitúrico que, se pensaba, era muy seguro, incluso en sobredosis. Fue comercializado como fármaco que podía ser empleado durante el embarazo y cuyo uso era recomendado en este periodo. En 1961, se produjeron varios registros simultáneos en Sydney (Australia) y Hamburgo (Alemania) de bebés recién nacidos que presentaban focomelia, una malformación muy rara. La palabra deriva del griego para describir las extremidades de las focas y consiste en una deformidad en la que los brazos y las piernas no presentan huesos largos. Se comprobó que la causa de estas deformidades era la talidomida y que las madres de estos niños la habían tomado durante los tres primeros meses de embarazo. Más tarde, los experimentos en animales confirmaron que la talidomida era la causa de estas deformidades. Sin embargo, no se realizaron experimentos en hembras durante el periodo de gestación antes de autorizar el uso del fármaco, porque en la década de 1950 se pensaba que estos experimentos no eran necesarios.
La talidomida fue retirada del mercado en 1962 y se produjo un descenso a los niveles normales previos en el número de niños con focomelia. El desastre de la talidomida ha tenido un profundo efecto sobre las pruebas con medicamentos nuevos en todo el mundo. En la actualidad se prueban todos los fármacos nuevos para descartar la existencia de efectos secundarios graves durante el embarazo. También se recomienda que durante el embarazo sólo se utilicen los fármacos que lleven mucho tiempo en el mercado y que, en la medida de lo posible, las mujeres embarazadas intenten evitar cualquier tipo de medicamento durante el primer trimestre.
La talidomida es un teratógeno. La teratogénesis es el nombre que se le da a la formación de anomalías estructurales graves durante el desarrollo fetal. Los factores teratogénicos (otros ejemplos son la rubéola y los rayos X) actúan durante el periodo de la gestación denominado organogénesis, que va desde el día 17 hasta el 60 de embarazo y es el periodo en el que el embrión experimenta la organización estructural. El esqueleto y todos los órganos se forman durante la organogénesis. El tipo de malformaciones causadas por la talidomida depende del momento exacto y del número de días que se administra. Entre los días 21 y 22 de gestación la talidomida produce malformaciones en los oídos y en los nervios craneales; entre los días 24 y 27 focomelia en los brazos; entre los días 28 y 29 focomelia en los brazos y piernas; y entre los días 30 y 36 produce malformaciones de las manos y estenosis (estrechamiento) rectal. Véase Desarrollo.

Contaminación atmosférica




Inversión térmica
El smog rodea El Ángel, monumento situado en pleno centro de México D.F. durante una inversión térmica. La contaminación aumenta de forma espectacular cuando una masa de aire frío queda atrapada bajo una de aire caliente, a consecuencia de su situación física, ya que las montañas que rodean la ciudad impiden la circulación del aire.


Contaminación atmosférica, contaminación de la atmósfera por residuos o productos secundarios gaseosos, sólidos o líquidos, que pueden poner en peligro la salud de los seres humanos y producir daños en las plantas y los animales, atacar a distintos materiales, reducir la visibilidad o producir olores desagradables. Entre los contaminantes atmosféricos emitidos por fuentes naturales, sólo el radón, un gas radiactivo, es considerado un riesgo importante para la salud. Subproducto de la desintegración radiactiva de minerales de uranio contenidos en ciertos tipos de roca, el radón se filtra en los sótanos de las casas construidas sobre ella. Se da el caso, y según recientes estimaciones del gobierno de Estados Unidos, de que un 20% de los hogares del país contienen concentraciones de radón suficientemente elevadas como para representar un riesgo de cáncer de pulmón. Véase también Medio ambiente.
Cada año, los países industriales generan miles de millones de toneladas de contaminantes. Los contaminantes atmosféricos más frecuentes y más ampliamente dispersos son el monóxido de carbono, el dióxido de azufre, los óxidos de nitrógeno, el ozono, el dióxido de carbono o las partículas en suspensión. El nivel suele expresarse en términos de concentración atmosférica (microgramos de contaminantes por metro cúbico de aire) o, en el caso de los gases, en partes por millón, es decir, el número de moléculas de contaminantes por millón de moléculas de aire. Muchos contaminantes proceden de fuentes fácilmente identificables; el dióxido de azufre, por ejemplo, procede de las centrales energéticas que queman carbón o petróleo. Otros se forman por la acción de la luz solar sobre materiales reactivos previamente emitidos a la atmósfera (los llamados precursores). Por ejemplo, el ozono, un peligroso contaminante que forma parte del smog, se produce por la interacción de hidrocarburos y óxidos de nitrógeno bajo la influencia de la luz solar. El ozono ha producido también graves daños en las cosechas. Por otra parte, el descubrimiento en la década de 1980 de que algunos contaminantes atmosféricos, como los clorofluorocarbonos (CFC), están produciendo una disminución de la capa de ozono protectora del planeta ha conducido a una supresión paulatina de estos productos.
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METEOROLOGÍA Y EFECTOS SOBRE LA SALUD
La concentración de los contaminantes se reduce al dispersarse éstos en la atmósfera, proceso que depende de factores climatológicos como la temperatura, la velocidad del viento, el movimiento de sistemas de altas y bajas presiones y la interacción de éstos con la topografía local, por ejemplo las montañas y valles. La temperatura suele decrecer con la altitud, pero cuando una capa de aire frío se asienta bajo una capa de aire caliente produciendo una inversión térmica, la mezcla atmosférica se retarda y los contaminantes se acumulan cerca del suelo. Las inversiones pueden ser duraderas bajo un sistema estacionario de altas presiones unido a una baja velocidad del viento.
Un periodo de tan sólo tres días de escasa mezcla atmosférica puede llevar a concentraciones elevadas de productos peligrosos en áreas de alta contaminación y, en casos extremos, producir enfermedades e incluso la muerte. En 1948 una inversión térmica sobre Donora, Pennsylvania, produjo enfermedades respiratorias en más de 6.000 personas, ocasionando la muerte de veinte de ellas. En Londres, la contaminación segó entre 3.500 y 4.000 vidas en 1952, y otras 700 en 1962. La liberación, como consecuencia de un accidente ocurrido en una fábrica de pesticidas, de unas 40 toneladas de isocianato de metilo a la atmósfera (junto con otras sustancias químicas como cianuro de hidrógeno), durante una inversión térmica, fue la causa del desastre de Bhopāl, India, en diciembre de 1984, que produjo, durante las primeras semanas, al menos 6.000 muertes (aunque posteriormente la cifra ascendió a más de 16.000 víctimas mortales) y más de 500.000 afectados. Los efectos de la exposición a largo plazo a bajas concentraciones de contaminantes no están bien definidos; no obstante, los grupos de riesgo son los niños, los ancianos, los fumadores, los trabajadores expuestos al contacto con materiales tóxicos y quienes padecen enfermedades pulmonares o cardiacas. Otros efectos adversos de la contaminación atmosférica son los daños que pueden sufrir el ganado, los cultivos y los ecosistemas forestales, como los provocados por la lluvia ácida en los bosques de coníferas del centro y norte de Europa.
A menudo los primeros efectos perceptibles de la contaminación son de naturaleza estética y no son necesariamente peligrosos. Estos efectos incluyen la disminución de la visibilidad debido a la presencia de partículas diminutas suspendidas en el aire, y los malos olores, como la pestilencia a huevos podridos producida por el sulfuro de hidrógeno que emana de las fábricas de papel y celulosa.
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FUENTES Y CONTROL
Contaminación atmosférica
Los vehículos emiten una serie de contaminantes aéreos que afectan de forma adversa a la salud del ser humano, los animales y las plantas y a la composición química de la atmósfera. Las emisiones de dióxido de carbono e hidrocarburos, dos de los principales contaminantes liberados por los automóviles, contribuyen al calentamiento global. La presencia de niveles elevados de estos productos hacen que la radiación reflejada quede atrapada en la atmósfera, haciendo subir lentamente la temperatura de la misma.

La combustión de carbón, petróleo y gasolina es el origen de buena parte de los contaminantes atmosféricos. Más de un 80% del dióxido de azufre, un 50% de los óxidos de nitrógeno, y de un 30 a un 40% de las partículas en suspensión emitidos a la atmósfera en Estados Unidos proceden de las centrales eléctricas que queman combustibles fósiles, las calderas industriales y las calefacciones. Un 80% del monóxido de carbono y un 40% de los óxidos de nitrógeno e hidrocarburos emitidos proceden de la combustión de la gasolina y el gasóleo en los motores de los coches y camiones. Otras importantes fuentes de contaminación son la siderurgia y las acerías, las fundiciones de cinc, plomo y cobre, las incineradoras municipales, las refinerías de petróleo, las fábricas de cemento y las fábricas de ácido nítrico y sulfúrico.
Entre los materiales que participan en un proceso químico o de combustión puede haber ya contaminantes (como el plomo de la gasolina), o éstos pueden aparecer como resultado del propio proceso. El monóxido de carbono, por ejemplo, es un producto típico de los motores de explosión. Los métodos de control de la contaminación atmosférica incluyen la eliminación del producto peligroso antes de su uso, la eliminación del contaminante una vez formado, o la alteración del proceso para que no produzca el contaminante o lo haga en cantidades inapreciables. Los contaminantes producidos por los automóviles pueden controlarse consiguiendo una combustión lo más completa posible de la gasolina, haciendo circular de nuevo los gases del depósito, el carburador y el cárter, y convirtiendo los gases de escape en productos inocuos por medio de catalizadores (véase Motor de combustión interna). Las partículas emitidas por las industrias pueden eliminarse por medio de ciclones, precipitadores electrostáticos y filtros. Los gases contaminantes pueden almacenarse en líquidos o sólidos, o incinerarse para producir sustancias inocuas.
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EFECTOS A GRAN ESCALA
Emisiones de chimeneas industriales
El dióxido de carbono, de azufre y otros contaminantes emitidos por las chimeneas de las industrias contribuyen a la contaminación atmosférica. El dióxido de carbono contribuye al calentamiento global, y el dióxido de azufre es la principal causa de la lluvia ácida en el norte y este de Europa y el noreste de Norteamérica.

Las altas chimeneas de las industrias no reducen la cantidad de contaminantes, simplemente los emiten a mayor altura, reduciendo así su concentración in situ. Estos contaminantes pueden ser transportados a gran distancia y producir sus efectos adversos en áreas muy alejadas del lugar donde tuvo lugar la emisión. El pH o acidez relativa de muchos lagos de agua dulce se ha visto alterado hasta tal punto que han quedado destruidas poblaciones enteras de peces. En Europa se han observado estos efectos, y así, por ejemplo, Suecia ha visto afectada la capacidad de sustentar peces de muchos de sus lagos. Las emisiones de dióxido de azufre y la subsiguiente formación de ácido sulfúrico pueden ser también responsables del ataque sufrido por las calizas y el mármol a grandes distancias.
El creciente consumo de carbón y petróleo desde finales de la década de 1940 ha llevado a concentraciones cada vez mayores de dióxido de carbono. El efecto invernadero resultante, que permite la entrada de la energía solar, pero reduce la reemisión de rayos infrarrojos al espacio exterior, genera una tendencia al calentamiento que podría afectar al clima global y llevar al deshielo parcial de los casquetes polares. Los informes publicados en la década de 1990 indican que el efecto invernadero es un hecho y que las naciones del mundo deberían tomar medidas inmediatamente para ponerle solución.
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MEDIDAS GUBERNAMENTALES
Muchos países tienen normas sobre la calidad del aire con respecto a las sustancias peligrosas que pueda contener. Estas normativas marcan los niveles máximos de concentración que permiten garantizar la salud pública, y controlan los niveles de emisión (lo que emite la fuente contaminante) e inmisión (lo que recibe el organismo receptor, por ejemplo una persona). En ese sentido, se han establecido normas para limitar las emisiones contaminantes del aire que producen las diferentes fuentes de contaminación. Sin embargo, la naturaleza de este problema no podrá resolverse sin un acuerdo internacional. En marzo de 1985, en una convención auspiciada por las Naciones Unidas, 49 países acordaron proteger la capa de ozono. En el Protocolo de Montreal, renegociado en 1990 y 1992, se establecieron los calendarios de reducción progresiva de los clorofluorocarbonos (CFCs) y las ayudas a los países en vías de desarrollo para realizar esta eliminación.
En diciembre de 1997 se celebró en Japón la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático donde más de 160 países adoptaron el denominado Protocolo de Kioto. Este tratado establece que los países industrializados deben reducir, antes del año 2012, sus emisiones de gases causantes del efecto invernadero a niveles un 5% más bajos de los registrados en 1990. El Protocolo de Kioto entró en vigor en febrero de 2005.
En diciembre de 1999, la Comisión Permanente del Protocolo de Montreal anunció que la mayor parte de la producción de sustancias que dañan la capa de ozono se había eliminado en los países industrializados, si bien no es el caso de los países en vías de desarrollo, los cuales deben adaptar los sistemas de producción a las obligaciones que marca dicho protocolo.


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