El invento de la Literatura chilena




Literatura chilena, recorrido histórico a través de los autores y las obras literarias (narrativa, poesía, ensayo, teatro) escritas en Chile.
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PERIODO COLONIAL
La Araucana
Esta ilustración corresponde a la edición completa de La Araucana, impresa en Barcelona en 1592. Considerada la epopeya más famosa del renacimiento, es obra del poeta y conquistador español Alonso de Ercilla (1533-1594), quien participó en las luchas por la conquista de Chile (virreinato del Perú). Quedó tan impresionado por el valor de los araucanos que las figuras de los caudillos Caupolicán y Lautaro adquieren en su poema una dimensión heroica extraordinaria. Ercilla siguió el modelo de la épica culta en octavas reales de La Jerusalén conquistada de Lope de Vega, aunque superó a éste en imaginación y retratos coloristas. Fragmento de La Araucana leído por un actor.

Como sus nativos no conocían la escritura, en Chile (sometido a España desde mediados del siglo XVI hasta comienzos del XIX) la literatura nace en el seno de la cultura hispánica. Su iniciador es, precisamente, el conquistador Pedro de Valdivia, con sus Cartas (1545-1552) a Carlos I. En la más importante de ellas, describe con admiración las maravillosas bellezas del país. Poco después, en La Araucana (1569-1589), principal poema épico del siglo de oro español, Alonso de Ercilla y Zúñiga relata, en versos endecasílabos, la conquista de Chile. A imitación suya, Pedro de Oña, primer poeta nacido en Chile, publica Arauco domado (1596), muy inferior a su modelo.
En los siglos XVII y XVIII destacan historiadores y cronistas como Jerónimo de Bibar (Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de Chile), Alonso de Góngora y Marmolejo (Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575), Pedro Mariño de Lobera (Crónica del reino de Chile) Alonso de Ovalle (Histórica relación del reino de Chile ), Diego Rosales (Historia general del reino de Chile, Flandes Indiano), Francisco Núñez de Pineda (Cautiverio feliz); escritores de temas científicos, Juan Ignacio Molina (Compendio de la historia geográfica, natural y civil del reino de Chile), y teológicos, Manuel Lacunza (Venida del Mesías en gloria y majestad), y algún poeta de registro épico-histórico, como Fernando Álvarez de Toledo (Purén indómito). Así pues, durante la conquista y la colonia predomina la literatura de carácter referencial u objetivo.
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LA INDEPENDENCIA
En el fragor independentista, surge el periodismo político. Camilo Henríquez fue el editor del primer periódico chileno, La Aurora de Chile (1812).
También cultivan el género Manuel Salas (Carta al señor Patricio español); José Miguel Infante, fundador del periódico El Valdiviano Federal (1821); Juan Egaña y Antonio José de Irisarri. En años siguientes, Mercedes Marín del Solar escribe poesía (Canto fúnebre a la muerte de don Diego Portales) y se dan atisbos de dramaturgia en Manuel Magallanes (La hija del Sur). Fue un periodo activo y entusiasta, aunque de limitado vuelo artístico.
El movimiento de 1842, favorecido por el influjo de intelectuales extranjeros llegados al país (José Joaquín de Mora, Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento, Vicente Fidel López), es el primer intento orgánico por afirmar una literatura nacional. Lo representan en poesía, con excesiva imitación de románticos europeos, Salvador Sanfuentes (Inami), Guillermo Matta (Poesías líricas), Guillermo Blest Gana (Armonías) y José Antonio Soffia (Hojas de otoño); en narrativa, más auténticamente, José Victorino Lastarria (Peregrinación de una vinchuca), Alberto Blest Gana (Martín Rivas, Durante la Reconquista, El loco Estero), José Joaquín Vallejo (Artículos de costumbres), Vicente Pérez Rosales (Recuerdos del pasado) y Daniel Riquelme (Bajo la tienda); en el drama, Daniel Caldera (El tribunal del honor).
Después de 1850, la historiografía tiene señeros cultores en Diego Barros Arana, destacado periodista político (Historia general de Chile); Miguel Luis Amunátegui (Los precursores de la independencia de Chile), Benjamín Vicuña Mackenna (Vida del capitán general Bernardo O’Higgins) y Ramón Sotomayor Valdés (Historia de Chile durante 40 años). A finales de siglo, el poeta nicaragüense Rubén Darío renueva la lírica durante su estancia en Chile (Azul, 1888). Lo siguen, entrando ya en el siglo XX, entre otros, Carlos Pezoa Véliz (Alma chilena) y Manuel Magallanes Moure (La casa junto al mar).
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EL SIGLO XX
Gabriela Mistral
La poeta chilena Gabriela Mistral (1889-1957) obtuvo en 1945 el Premio Nobel de Literatura, reconocimiento que se daba por primera vez a las letras latinoamericanas. Su poesía está llena de emoción y calidez.

La literatura chilena muestra en el siglo XX una compleja evolución. A ello concurren tanto el natural proceso de renovación periódica de los criterios estéticos, como la influencia de factores externos.
Los comienzos de la centuria son marcadamente nacionalistas. La conmemoración de cien años de independencia política impulsa el interés consciente por lo propio, principalmente en el sentido del estudio y de la observación directa de la realidad del país y sus elementos constitutivos. En tal marco, la literatura descubre el campo chileno y sus personajes arquetípicos (con notorio énfasis en el huaso), el mar, y posteriormente la ciudad y su clase media.
Es la etapa del criollismo (o nativismo) en la narrativa y el teatro, con sus méritos y sus limitaciones. Entre los primeros, la renovación de temas y lenguaje y la apertura a las nuevas corrientes del relato en la Europa occidental, en Rusia y en Estados Unidos; entre las segundas, el exceso de documentación, la escasa inspiración creadora, la monotonía descriptiva y aun argumental. Alienta el criollismo, en narrativa, Baldomero Lillo (Sub Terra, Sub Sole), Mariano Latorre (Zurzulita, Cuna de cóndores) y Federico Gana (Días de campo); en el drama, Antonio Acevedo Hernández (Árbol viejo, Chañarcillo).
En la poesía, es el tiempo de la corriente mundonovista, que impregna de inquietud social y de tono popular la lírica modernista. No demora en producirse una reacción: la ‘querella del criollismo’, en las décadas de 1930 y 1940, que consiste en un polémico balance de la tendencia en boga, y con el segundo tercio de la centuria surge la narrativa imaginista, deseosa de un “par de alas para remontarse sobre un nacionalismo estrecho”, según escribió el crítico literario Hernán Díaz Arrieta, conocido como Alone.
Los imaginistas despliegan la fantasía, renuevan creativamente la temática, ampliándola, y el lenguaje, poetizándolo; en esta tendencia destacan los nombres de narradores como Augusto d’Halmar, que fue el primer escritor reconocido con el Premio de Literatura Nacional (Los alucinados, La sombra del humo en el espejo) y Pedro Prado (Alsino), fundadores del ‘Grupo de los Diez’.
La historiografía tiene en el siglo XX eximios cultores: José Toribio Medina (Historia de la literatura colonial de Chile), Francisco Antonio Encina (Historia de Chile, desde la prehistoria hasta 1891), Jaime Eyzaguirre (Fisonomía histórica de Chile). En la crítica literaria descuella Hernán Díaz Arrieta (Historia personal de la literatura chilena).
La lírica, sin desdeñar las aportaciones modernistas, asume —por obra de cultores excepcionales y en contacto con los gustos emergentes en otras latitudes— una más decidida originalidad y la experimentación de modalidades estéticas inéditas. Poetas neomodernistas y vanguardistas (véase Vanguardias) pasan a ser conocidos más allá de las fronteras: los primeros premios Nobel de Literatura hispanoamericanos Gabriela Mistral (Desolación, Tala, Lagar) y Pablo Neruda (Residencia en la tierra, Canto general), y el padre del creacionismo, Vicente Huidobro (Poemas árticos, Altazor o el viaje en paracaídas).
Si bien se alzan algunos movimientos minoritarios que buscan insistir en el buceo de lo propio y en una función social más directa de la literatura (como el angurrientismo, que propicia un acercamiento a la esencia cultural chilena mediante una prosa neorrealista, y el runrunismo, que persigue innovaciones en la actitud, en los criterios políticos y en los cánones estéticos de los poetas), progresivamente se va pasando del realismo al surrealismo y al irrealismo, en los diversos géneros. La creación se hace cada vez más autónoma de la realidad externa, cada vez más iconoclasta en cuanto a la técnica y al estilo. No se procura el análisis ni la denuncia de lo existente, sino un cierto trascendentalismo individualista.
Hacia mediados del siglo XX, empero, se toma conciencia de los profundos cambios experimentados por el mundo contemporáneo y —por mucho que Chile haya estado lejos del conflicto bélico— se perciben los efectos culturales y humanos de la II Guerra Mundial. Pequeños grupos de jóvenes intelectuales, por entonces estudiantes universitarios, asumieron el drama vivido en la humanidad y tras él la mentalidad que surgía en Europa, y buscaron en las letras el camino para expresar sus inquietudes y su testimonio. De esta suerte, desde una concepción de la autonomía de la obra literaria, pero en inextricable correlato con la realidad de un mundo en trance, surgen la llamada generación del 38 y, posteriormente, la generación del 50, conocida como generación del 57. Los escritores de esos periodos dieron lugar a una nueva narrativa y a una nueva dramaturgia, y la lírica escogió las vías de la antipoesía (Nicanor Parra y sus seguidores) y de la trasgresión. Habría que considerar, en novela, a Manuel Rojas (Hijo de ladrón), María Luisa Bombal (La amortajada), José Donoso (El obsceno pájaro de la noche), Volodia Teitelboim (Hijo del salitre); en poesía, a Nicanor Parra (Poemas y antipoemas), Humberto Díaz Casanueva (Réquiem), Eduardo Anguita (Venus en el pudridero), Gonzalo Rojas (Contra la muerte), Jorge Teillier (Muertes y maravillas), Fernando González Urízar (Los signos del cielo), Miguel Arteche (Fénix de madrugada), Raúl Zurita (Purgatorio); en el drama, a Luis Alberto Heiremans (El tony chico), Egon Wolff (Álamos en la azotea), Jorge Díaz (El cepillo de dientes).
Isabel Allende
Con la publicación de su primera novela, La casa de los espíritus (1982), una crónica familiar ambientada en el torbellino de cambios políticos y económicos acontecidos en Latinoamérica, Isabel Allende (1942- ) consiguió ser la primera novelista latinoamericana que obtenía reconocimiento universal inmediato.

Se propone y patentiza, así, una visión global de los contenidos del texto literario —sin fronteras en sus alcances—, una visión que desnude lo absurdo y lo grotesco, un discurso múltiple y aun incoherente, una estructura caótica, una desacralización de lo tradicional, una elaboración de nuevos símbolos, una perspectiva de acusado nihilismo, todo ello en correspondencia con un mundo en el que el hombre se debate entre signos y conceptos negativos: escepticismo, desorientación, incomunicación, frustración, desesperanza. Es la respuesta a un contorno y a una existencia sentidos como caóticos. Constituyen excepciones, en ese marco, aquellos pocos que proclaman un mensaje de matices luminosos, lo mismo que quienes no abandonan el cultivo de los esquemas más tradicionales.
En medio de tan hondas transformaciones del sentido y de las modalidades del hecho literario, Chile ha visto la aparición y desarrollo de valiosos escritores representativos de esas variadas posiciones y tendencias, indudablemente diferentes en su calidad y en su vigencia, pero, en su conjunto, artífices que comparten la construcción de un patrimonio abierto a los signos de los tiempos y apreciable por sus merecimientos artísticos. Entre los escritores nacidos después de 1935, y con una obra literaria ya consolidada en el mundo, cabe citar a Isabel Allende, Ariel Dorfman, Patricio Manns y Antonio Skármeta, entre otros.
Para reconocer y a la vez estimular la creación literaria en el país, desde 1942, en virtud de una ley de la República, se entrega el Premio Nacional de Literatura. Para su otorgamiento se considera la calidad del conjunto de la producción de un autor, sin discriminación de los géneros de su especialidad. Inicialmente anual, por una reforma legal se concede, desde 1972, cada dos años.
En el último tercio del siglo XX, el desarrollo de la literatura chilena —particularmente de la narrativa, su modalidad más cultivada— se ha visto notablemente influido por los cambios en la situación política del país. Si bien el gobierno de la Unidad Popular, a comienzos de la década de 1970, no alcanzó, por su brevedad, a constituir un marco suficiente para la eclosión de nuevas tendencias que se consolidaran, se dio amplia difusión masiva a la creación escrita, por la vía de una editorial estatal y otros medios, lo que favoreció principalmente a las obras de los creadores afines al régimen.
La instauración del gobierno militar, en 1973, revirtió sustancialmente la situación. Se prohibió la circulación de las creaciones de determinados autores y su inclusión en la enseñanza y lectura escolares, y se sometió a censura previa la publicación de nuevos libros. Una cantidad apreciable de escritores se radicó, voluntaria o involuntariamente, en el extranjero, y dio lugar a la llamada ‘literatura del exilio’, muchas de cuyas obras no pudieron ser leídas, durante varios años, en el país. En el interior, mientras tanto, siguió produciéndose una especie de ‘literatura intraexilio’, toda vez que los creadores buscaban modo de sortear las prohibiciones oficiales, a menudo autocensurándose o bien presentando indirectamente sus mensajes. De esa suerte, durante más de quince años, prevalece una narrativa que enfrenta una realidad en crisis e indaga en ella, centrando su interés en los mecanismos de poder o control sobre los demás, en su repercusión sobre las existencias individuales y en la conformación de un presente colectivo de rasgos agónicos o apocalípticos. Lo hace, sin embargo, desde una conciencia de la marginalidad, utilizando frecuentemente símbolos como el de la clausura o el de la confusión entre lo imaginario y lo real. Así ocurre en novelas como las de Guillermo Blanco, Jorge Edwards (El museo de cera), Isabel Allende (La casa de los espíritus) y otros autores. Encontramos elementos similares, pero con menor frecuencia, en poemarios, como en el caso de Raúl Zurita.
El género más explícitamente contestatario durante el régimen militar fue, sin duda, la dramaturgia (Juan Radrigán, Marco Antonio de la Parra y otros), favorecida por el carácter no impreso de sus textos y por la asistencia no masiva a sus espectáculos, que continuaron llevándose a cabo, aunque en determinados casos fueron también prohibidos.
Recuperados los cauces democráticos, al comenzar la década de 1990, si bien continúan dándose a conocer novelas sobre el periodo precedente, como las de Patricio Manns (El desorden en un cuerno de niebla) y Carlos Cerda (Morir en Berlín), surge una nueva generación, indistintamente llamada del 87 o post-golpe, y más habitualmente Nueva Narrativa, cuyos representantes, nacidos entre 1945 y 1970, se inspiran en el realismo de la cotidianidad urbana y su trasfondo político y social, en un estilo algo más directo pero que prosigue acudiendo a la poética de la sugerencia, y con una actitud de orfandad entendida como desasimiento respecto de la escritura narrativa tradicional. Entre otros, puede mencionarse como sus representantes a Ana María del Río (1948), Diamela Eltit (1949), Arturo Fontaine (1952), Jaime Collyer (1955), Pía Barros (1956), Diego Muñoz (1956), Ramón Díaz Eterovic (1956), Gonzalo Contreras (1958), Sergio Gómez (1962), Andrea Maturana (1969) y Alejandra Costamagna (1970). Esta promoción de escritores fue recibida con marcado interés y, si bien hoy la mayoría de ellos continúan publicando, parecen llamados a tener mayor vigencia los narradores aproximadamente coetáneos que prefieren la literatura de género (Marcela Serrano, 1951), ambientes exóticos (Luis Sepúlveda, 1949; Alberto Fuguet, 1964; o Pedro Lemebel, 1955), policiales (Roberto Ampuero, 1953), no urbanos (Hernán Rivera Letelier, 1950) o propios de otros países (Roberto Bolaño, 1953).
No se puede negar que en las recientes décadas la narrativa chilena ha mostrado dinamismo y capacidad de renovación, sin embargo, en los últimos años del siglo XX, ese género de la literatura ha ido cediendo lugar al ensayo, a los libros de análisis histórico, a las biografías y a otras modalidades de no ficción, que interesan cada vez más al público lector. Esto resulta explicable en una sociedad que quiere conocer más directamente su identidad y su inestable realidad, en una toma de conciencia posiblemente vinculada con la entrada a un nuevo milenio y con la proximidad del segundo centenario de la independencia nacional, que favorecería un estado de ánimo similar al ya producido en la misma dirección en torno a 1910.
Es prematuro anticipar las probables direcciones de la actividad literaria chilena en los años venideros. Pero es previsible su fecundidad dados el ambiente de libertad imperante y la aparición de escritores promisorios o nuevos talentos como Roberto Merino (1961), Francisco Mouat (1962) o Rafael Gumucio (1970), en narrativa, y Leonardo Sanhueza (1974) y Andrés Anwandter (1974), en poesía, además de numerosos prosistas y poetas menores de treinta años que todavía no publican en las grandes editoriales pero integran interesantes circuitos y foros creativos.
Los numerosos estímulos que operan desde hace algunos años, como el Premio Nacional, en favor de la creación, y los incentivos del Fondo de Desarrollo Artístico, del Consejo Nacional del Libro y la Lectura y de importantes fundaciones privadas, abren el juego para restablecer el equilibrio en el cultivo de los diferentes géneros, con recuperación de la lírica y de la dramaturgia respecto de su vigor en el periodo reciente.

El invento de la Literatura caribeña




Literatura caribeña, literatura oral y escrita de los países del Caribe, desde el periodo anterior a la llegada de los europeos en el siglo XV hasta la actualidad. Surge dentro de un contexto de culturas y lenguas plurales —francés, inglés, español, holandés. El criollo y los patois (lenguas criollas) se desarrollaron a partir de la mezcla de las lenguas europeas con las de los nativos americanos (el caribe y el arawak sobre todo) y las de los esclavos africanos. Los orientales, de la India, China y Oriente Próximo principalmente, han contribuido también a la diversidad cultural del Caribe.
Los tópicos de la literatura caribeña abarcan temas como la esclavitud, la emigración forzosa, el colonialismo y la descolonización, además de los aspectos culturales y sociales de la tradición, el paisaje y la comunidad o cuestiones tan universales como la identidad, la sexualidad, la familia, el dolor y la alegría o los usos de la imaginación.
Limitar el dominio de la literatura del Caribe a sus islas significa excluir una parte fundamental. Su origen está también en las costas caribeñas de América Central y de Surinam, Guyana, la Guayana Francesa y partes de la costa colombiana. Incluso la literatura de ciudades estadounidenses como Miami, Florida o Nueva Orleans comparte ciertos aspectos de la cultura caribeña. También se consideran parte de la literatura del Caribe obras de autores con ascendencia caribeña que viven en el extranjero, sobre todo en Europa y en los grandes centros urbanos de Estados Unidos.
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LITERATURA ORAL
Es la forma más antigua en la literatura del Caribe, muy rica en tradiciones folclóricas, mitos, leyendas, canciones y poemas populares. Aún hoy pervive en músicas populares como el calipso, el son cubano o la bomba de Puerto Rico; en las narraciones sobrenaturales de la santería, el lucumi, el vudú, o los relativos a Shango y otras religiones africanas. En la literatura oral del Caribe abundan los refranes y dichos que reinterpretan tradiciones africanas, europeas e incluso de las Indias Orientales en fábulas de animales, Anansi o Añangá, historias fantásticas, relatos de la vida en la aldea y discursos y arengas retóricas.
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PRIMERAS MANIFESTACIONES ESCRITAS
Durante la época en que los europeos esclavizaron a los pueblos indígenas americanos y africanos, entre los siglos XVI y XIX, la poesía y la autobiografía fueron los géneros más desarrollados en el Caribe. Las obras de este periodo introdujeron temas que se hicieron comunes en la literatura caribeña: el exilio, la emigración, el desplazamiento y la búsqueda de una identidad. La más significativa de las escritas en inglés es The History of Mary Prince, a West Indian Slave, Related by Herself (La historia de Mary Prince, una esclava de las Indias Occidentales, contada por ella misma, 1831).
Entre las primeras obras escritas en español deben citarse los poemas y la autobiografía que el esclavo Juan Francisco Manzano de Cuba redactó en las décadas de 1820 y 1830. Se reconoce a José María Heredia como uno de los primeros escritores románticos anticolonialistas. El esclavo Plácido, ejecutado en 1844 por su participación en un levantamiento de esclavos, publicó Poesías en 1838 y Poesías escogidas en 1842. Biografía de un cimarrón (1966) del escritor cubano Miguel Barnet, una novela basada en el relato de la vida de Esteban Montejo, un antiguo esclavo de 104 años, se considera también parte de la tradición narrativa de los esclavos a pesar de su fecha de publicación. Max Henríquez Hureña, de la República Dominicana, escribió varias obras nacionalistas en el siglo XIX. A Manuel de Jesús Galván se le considera uno de los creadores de la moderna literatura dominicana. Nacionalista e independentista, su obra Enriquillo (1882) evoca una sublevación indígena contra los españoles en los primeros momentos de la colonización. Las primeras novelas del Caribe francófono aparecieron en Haití a mediados del siglo XIX: Stella (1859) de Eméric Bergeaud, y Francesca, les jeux du sort (Francesca, los juegos del destino, 1873) y Le damné (El maldito, 1877), ambas de Demesvar Delorme.
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LITERATURA DEL SIGLO XX
Alejo Carpentier
Alejo Carpentier es el escritor cubano que, a pesar de su corta producción literaria, está considerado como uno de los artífices de la renovación de la literatura latinoamericana. Con un lenguaje rico, colorista y majestuoso incorpora todas las dimensiones de la imaginación -sueños, mitos, magia y religión- en su idea de la realidad caribeña, de raíces africanas.

Todavía al iniciarse el siglo XX, muchos países caribeños no habían alcanzado su independencia, por lo que el desarrollo de tradiciones literarias nacionales no había comenzado. Así, por ejemplo Jamaica se independizó en 1962, Guyana en 1966, Granada en 1974, Bahamas en 1973, Dominica en 1978 y Belice en 1981.
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Comienzos de siglo
En el ámbito del Caribe de habla francesa destaca la novela Batouala (1921) del antillano René Maran, ganadora del Premio Goncourt. En su llamada a la identificación con la cultura negra anticipa el término de la negritud, un movimiento de la década de 1930 que exalta la cultura y los valores africanos. Otro precedente de esta corriente es el estudio de la cultura haitiana Ainsi parla l’oncle (Así habló el tío, 1928) de Jean Price-Mars. Aunque la negritud nació en Francia, Léon-Gontran Damas, de la Guayana francesa, y Aimé Césaire, de Martinica, se cuentan entre sus fundadores. El poema de Césaire Regreso a la tierra natal (1939) está considerado uno de los textos clásicos de esta tendencia.
El movimiento negrista del Caribe de habla hispana recoge temas africanos que presenta de forma exótica buscando la inspiración en la identidad africana y negra. Entre sus autores se encuentran el portorriqueño Luis Palés Matos y Emilio Ballagas, de Cuba. Los poemas que el cubano Nicolás Guillén escribió en la década de 1930 comparten también ciertos aspectos de la negritud. Su obra, a menudo centrada en la lucha contra el colonialismo, incluye títulos como Motivos de son (1930), Sóngoro cosongo. Poemas mulatos (1931), West Indies, Ltd. (1934), Cantos para soldados y sones para turistas (1937) o El son entero (1947). Otro cubano, Alejo Carpentier, alcanzó gran reconocimiento con las novelas El reino de este mundo (1949) y Los pasos perdidos (1953), una exploración de la historia y las fuentes de la cultura caribeña.
El Caribe anglófono cuenta entre sus escritores más conocidos con los novelistas jamaicanos Tom Redcam (seudónimo de Thomas Macdermot), autor de Becka’s Buckra Baby (El hijo de Becka Buckra, 1904) y Herbert G. Lisser, autor de Jane’s Career (La carrera de Jane, 1914), The White Witch of Rosehall (La bruja blanca de Rosehall, 1929) y Under the Sun: A Jamaican Comedy (Bajo el sol: una comedia jamaicana, 1937). Pero tal vez sea el poeta de origen jamaicano Claude McKay el escritor más conocido de esta generación. Se trasladó a Nueva York tras escribir sus Constab Ballads (Baladas de Constab, 1912). Allí se convirtió en uno de los autores más importantes del movimiento negro del renacimiento de Harlem (véase Literatura estadounidense) durante las décadas de 1920 y 1930 con obras como Home to Harlem (De vuelta a Harlem, 1928) o Banana Bottom (1933). C. L. R. James, de Trinidad, autor de la novela Minty Alley (1936) y el ensayo histórico The Black Jacobins (Los jacobinos negros, 1938), protesta contra el colonialismo y ayuda a definir la política anticolonialista y los conflictos culturales de su época. Tuvo una participación decisiva en la fundación de las revistas literarias Trinidad en 1929 y The Beacon en 1931, ambas importantes para el desarrollo de la tradición literaria del Caribe. Destacan también en este periodo Alfred Mendes y Ralph de Boissière, ambos de Trinidad, que publicaron artículos, poemas y cuentos cortos en las mencionadas revistas.
4.2
Hasta 1960
En este periodo, en el que todavía muchos países no habían conseguido su independencia política, aparece una generación de escritores que dan voz en sus obras al deseo de liberación y presentan un retrato característico de la cultura caribeña. La novela New Day (Nuevo día, 1949) del jamaicano Vic Reid refleja el anhelo del “nuevo día” de la independencia. El también jamaicano Roger Mais retrata la población urbana desplazada y oprimida del Caribe en las novelas The Hills Were Joyful Together (Las colinas estaban alegres juntas, 1953) y Brother Man (Hermano hombre, 1954), con un lenguaje inspirado en los ritmos del jazz.
La poeta Una Marson convoca cadencias del blues en Tropic Reveries (Ensueños tropicales, 1930) y otras colecciones de poesía. En la novela A Morning at the Office (Una mañana en la oficina, 1950) Edgar Mittelholzer hace un retrato colorista del campo y la sociedad de Guyana. George Lamming, de Barbados, publicó en 1953 In the Castle of My Skin (En el castillo de mi piel) una de las primeras y más importantes aproximaciones de la literatura caribeña al mundo de la infancia y la adolescencia en un contexto colonial. La novela se centra en el enfrentamiento de tres muchachos con la pobreza, la educación colonial, el cambio social y la búsqueda de la identidad, cuyas esperanzas residen en la emigración a centros urbanos. Wilson Harris, de Guyana, resalta en su novela Palace of the Peacock (El palacio del pavo real, 1960) elementos de la mitología africana y de los indígenas americanos. Poems of Resistance from British Guiana (Poemas de resistencia de la Guayana británica, 1954) de Martin Carter introduce un tono de esperanza en la lucha contra el gobierno colonial.
El panameño Joaquín Beleño reflejó la humillación que padecían en su propio país los braceros que trabajaban en la Zona del Canal en obras como Luna verde (1951) o Gamboa Road gang o Los forzados de Gamboa (1960). El dominicano Manuel del Cabral trató de desarrollar una poesía afroantillana a través de la cual se consiguiera una identidad supranacional en obras como Doce poemas negros (1935) y Trópico negro (1943). El escritor puertorriqueño René Marqués afirma su nacionalismo frente a la hegemonía estadounidense en La víspera del hombre (1962).
En esta época aparecen también un numero significativo de escritoras. Beryl Gilroy, de Guyana, escribió varias novelas, cuentos de literatura infantil y una autobiografía. Algunas de sus obras fueron publicadas años más tarde, como Frangipani House (La casa de Frangipani, 1986), Boy-Sandwich (Chico-sandwich, 1989) o Steadman y Joanna (1991). Sylvia Wynter incorpora elementos de la cultura popular en The Hills of Hebron: A Jamaican Novel (Las colinas de Hebron: una novela jamaicana, 1966). Jean Rhys obtuvo gran éxito de crítica con sus novelas sobre mujeres atrapadas en situaciones que no pueden cambiar, entre ellas, Después de dejar al señor Mackenzie (1930), Buenos días, medianoche (1939) y Ancho Mar de los Sargazos (1966).
Julia de Burgos luchó por la independencia de su país y fue una rompedora de moldes tradicionales, a la manera de la pintora mexicana Frida Kahlo. De su vida hizo su tema de inspiración literaria como demuestran sus poemarios Poemas en veinte surcos (1938) y Canción de la verdad sencilla (1939). Otra puertorriqueña independentista y luchadora fue Dolores Rodríguez de Tío, autora de la letra del himno de Puerto Rico.
4.3
Por la independencia total
Derek Walcott
El poeta y autor teatral Derek Walcott recibió el Premio Nobel de Literatura en 1992. La mayor parte de su obra se centra en la vida y cultura de los pueblos caribeños. Su obra teatral más conocida es Sueño en la montaña del mono (1970), y entre sus libros de poesía, valorada por lo creativo y musical de su lenguaje, se cuentan El reino de la manzana estrellada (1979) y Omeros (1990).

Con la independencia aparecen dos poetas fundamentales en el Caribe anglófono: Derek Walcott, de Santa Lucía, y Edward Kamau Brathwhite, de Barbados. Walcott, premio Nobel de Literatura en 1992, es tal vez el escritor caribeño más conocido internacionalmente, no sólo por su obra poética, sino también por obras teatrales como Sueño en la isla del mono (1970). Entre sus libros de poemas destacan En una noche verde (1962), Otra vida (1973), El reino de la manzana estrellada (1979) y Omeros (1990).
En los mismos años Edwars Kamau Brathwaite desafió las estructuras formales de la poesía europea adoptando ritmos, referencias y giros lingüísticos de las tradiciones afrocaribeñas. En The History of the Voice: The Development of Nation Language in Anglophone Caribbean Poetry (La historia de la voz: el desarrollo del lenguaje nacional en la poesía caribeña anglófona, 1984) ensaya una definición de la mixtura lingüística del Caribe. En su obra poética y ensayística, con títulos como Rights of Passage (Derechos de pasaje, 1967), Masks (Máscaras, 1968) o Islands (Islas, 1969), Brathwhite amplia las posibilidades del lenguaje para escritores posteriores, los poetas orales jamaicanos Mutabaruka, Linton Kwesi Johnson y Jean Binta Breeze entre ellos.
V. S. Naipaul
Este escritor británico, nacido en Trinidad y de origen indio, es un escritor brillante que en sus novelas mezcla la sátira y el humor para plantear conflictos entre cultura tradicional y moderna.

V. S. Naipaul y Earl Lovelace son autores también notables en el ámbito caribeño de habla inglesa. Naipaul, nacido en Trinidad de familia india, es conocido por novelas como Una casa para el señor Biswas (1961) o Guerrillas (1975), que reflejan la vida de los indios en el Caribe. Su obra posterior, novelas y ensayos, está cada vez más centrada en países de Asia y África. Lovelace, también de Trinidad, trata la educación, la pobreza y la vida en las aldeas en novelas como The Schoolmaster (El maestro, 1968), The Dragon Can’t Dance (El dragón no sabe bailar, 1979) o Salt (Sal, 1996), con la que obtuvo el Commonwealth Writers Prize.
En la literatura caribeña francófona contemporánea destacan Daniel Maximin, de Guadalupe, y los martiniqueños Édouard Glissant y Patrick Chamoiseau. Maximin explora aspectos de la identidad negra en L’isolé soleil (El sol solo, 1981) y Soufrières (Minas de azufre, 1987). Las novelas de Glissant se adentran en la herencia afrocaribeña. Chamoiseau publicó en 1989 Éloge de la Créolité (Elogio del criollismo) un examen de la identidad cultural criolla escrito con Jean Bernabé y Raphaël Confiant, y, en 1992, ganó el Premio Goncourt con la novela Texaco.
La guadalupeña Maryse Condé está considerada una de las voces más importantes de la literatura femenina. Su novela Ségou (1984) obtuvo varios galardones en Francia. Simone Schwarz-Bart, también de Guadalupe, escribe sobre la búsqueda de una identidad en la novela considerada su obra maestra: Pluie et vent sur Télumée Miracle (Lluvia y viento sobre Télumée Miracle, 1972). Nancy Morejón es una de las voces poéticas más poderosas de Cuba, su Cuaderno de Granada (1984) es un homenaje a los que participaron en la revolución de 1983.


El invento de la Literatura boliviana




Literatura boliviana, conjunto de las obras literarias (narrativa, ensayo, poesía, teatro), desde las primeras manifestaciones hasta los últimos años, producidas por escritores de Bolivia.
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PERIODO COLONIAL
Las primeras manifestaciones hay que buscarlas en las crónicas relativas al virreinato del Perú, como la Crónica moralizada del Orden de San Agustín en el Perú, con sucesos ejemplares en esta monarquía (cuyo primer tomo fue publicado en Barcelona en 1638 y el segundo en Lima en 1653) de Antonio de la Calancha, aunque la literatura tardó en ofrecer resultados propios de algún interés.
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FINALES DEL SIGLO XIX Y MODERNISMO
Hubo que esperar al romanticismo para encontrar al poeta Ricardo José Bustamante (1821-1886) con obras de exaltación patriótica, como Hispanoamérica libertada (1883), o de teatro, como Más pudo el suelo que la sangre (1869). En las últimas décadas del siglo XIX aparecieron personalidades de verdadero relieve: el ensayista, bibliógrafo e historiador Gabriel René Moreno (1836-1909), preocupado por la literatura (en 1955 se reunieron sus trabajos de crítica literaria bajo el título Estudios de literatura boliviana) y por la historia de su país (Últimos días coloniales en el Alto Perú, publicada en 1896), además de ser el autor de valiosas obras en el campo de la crónica y la bibliografía; y el narrador Nataniel Aguirre, que volvió sobre las gestas de la emancipación en su novela Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la Independencia (1885).
El modernismo contó con un poeta excelente, Ricardo Jaimes Freyre—aunque de origen boliviano, se nacionalizó, años más tarde, argentino—, al que se sumarían posteriormente Franz Tamayo y Gregorio Reynolds (1882-1947), con obras de extraordinaria belleza, como El cofre de Psiquis (1918), Horas turbias (1922) o Illimani (1945).
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EL SIGLO XX
Con Alcides Arguedas, político, ensayista y narrador, la literatura boliviana se orientó hacia preocupaciones regeneracionistas (su novela Raza de bronce, publicada en 1919, constituye el punto de arranque de la literatura indigenista) y descubrió la realidad nacional y sus problemas. Armando Chirveches (1881-1926), Antonio Díaz Villaamil (1897-1948), Tristán Marof (1896-1979), Carlos Medinaceli (1899-1949) y otros escritores colaboraron en esa tarea, que recibió un fuerte impulso con la guerra del Chaco (1932-1935).
Este conflicto, que enfrentó a Bolivia con Paraguay, proporcionó inspiración a los novelistas Gustavo Adolfo Otero (Horizontes incendiados, publicada en 1933), Augusto Guzmán (Prisionero de guerra, 1938), Adolfo Costa du Rels (Laguna H-3, 1938), Jesús Lara (Repete, 1938) y Augusto Céspedes (Sangre de mestizos, 1936), entre muchos otros. Ese impulso permitió el análisis de problemas sociales como los que afectaban al indígena, que encontró en Jesús Lara a uno de sus defensores más destacados, con obras como Tragedia del fin de Atawallpa (1937). Tales preocupaciones se prolongaron en narradores como Raúl Botelho Gosálvez (La lanza capitana, obra publicada en 1967) y Néstor Taboada Terán (Indios en rebelión, 1968).
A partir de la década de 1950 se observaron síntomas renovadores gracias a Marcelo Quiroga Santa Cruz, cuya obra Los deshabitados (1957) abandonó los estereotipos vigentes en el país al tratar la conciencia de sus personajes. Ello abrió el camino a narradores jóvenes de mayor interés, como Adolfo Cáceres Romero (1937- ), Renato Prada Oropeza (1937- ), Raúl Teixidó (1943- ) y Óscar Uzín Fernández (1933- ).
La herencia modernista se orientó hacia la realidad boliviana en poetas como Primo Castrillo (1896-1985), Raúl Otero Reiche (1906-1976) y Octavio Campero Echazú (1900-1970), encuentro que adquiere, algunas veces, matices sociales. Continuarían después Óscar Cerruto, que supo conjugar la angustia existencial con una expresión despojada, y Jaime Sáenz (1921-1986), que dio cuenta de inquietudes similares con fórmulas surrealistas, junto a voces también dignas de mención como Yolanda Bedregal (1918-1999) y Alcira Cardona Torrico (1926- ). Roberto Echazú (1937- ), Pedro Shimose, Jesús Urzagasti (1941- ) y Eduardo Mitre (1943- ) cuentan ya con una obra notable.
El teatro boliviano ha tenido escasas oportunidades de desarrollo. Lo cultivó el filósofo y dramaturgo Guillermo Francovich, que abordó en sus piezas problemas relativos a la realidad de Bolivia y a la condición humana, que también fueron temas de sus numerosos ensayos.


Invento de los Periodos de la literatura argentina






PERIODO HISTÓRICO
FECHAS
CORRIENTES Y GÉNEROS LITERARIOS
AUTORES REPRESENTATIVOS
OBRAS
Conquista
1600
Crónica histórica
Martín del Barco Centenera
La Argentina o Argentina publicada (1602)
Ruy Díaz de Guzmán
Argentina manuscrita (1612)
Colonia
1700
Épica - Teatro
Luis José de Tejeda
El peregrino en Babilonia
Manuel José de Lavardén
Siripo (1789)
Independencia
1810-1816
Teatro neoclásico
Juan Cruz Varela
Idomeneo
Poesía patriótica
Vicente López y Planes
Himno nacional
Esteban de Luca
'Marcha patriótica' (1813)
Guerras civiles
1810-1880
Poesía gauchesca
Bartolomé Hidalgo
Cielitos y diálogos patrióticos (1818)
Estanislao del Campo
Fausto (1866)
Hilario Ascasubi
Santos Vega o Los mellizos de la flor (1872)
José Hernández
Martín Fierro (1872 y 1879)
Rafael Obligado
Santos Vega (1883)
Esteban Echeverría
La cautiva (1837)
Romanticismo
1837
Poesía lírica - Ensayo político - Novela - Crónica
Domingo Faustino Sarmiento
Facundo (1845) - Recuerdos de provincia (1850)
Juan Bautista Alberdi
Bases y punto de partida (1852)
José Mármol
Amalia (1851-1855)
Realismo
1851-1900
Narrativa - Teatro
Esteban Echeverría
El matadero (1838, publicado en 1870)
Lucio Vicente López
La gran aldea (1884)
Eugenio Cambaceres
Sin rumbo (1885)
Carlos María Ocantos
Quilito (1891)
Francisco Sicardi
Libro extraño (1891-1902)
Julián Martel
La Bolsa (1891)
Florencio Sánchez
Barranca abajo (1903)
Generación del 80
1880-1910
Crónicas y memorias
Lucio V. Mansilla
Una excursión a los indios ranqueles (1870)
Vicente Fidel López
Historia de la República Argentina (1883-1893)
Miguel Cané
Juvenilia (1884)
Eduardo Wilde
Aguas abajo (1914)
Positivismo
1880-1920
Ensayo histórico y sociológico
José María Ramos Mejía
Las neurosis de los hombres célebres en la historia argentina (1878)
Francisco Ramos Mejía
El federalismo argentino (1883)
Juan Agustín García
La ciudad indiana (1900)
José Ingenieros
El hombre mediocre (1913)
Modernismo
1896-1920
Poesía - Novela - Cuento
Leopoldo Lugones
Las montañas del oro (1897)
Atilio Chiappori
Borderland (1907)
Enrique Larreta
La gloria de Don Ramiro (1908)
Horacio Quiroga
Anaconda (1921)
Macedonio Fernández
Papeles de Recienvenido (1929)
Neorrealismo y nacionalismo
1910-1940
Narrativa - Ensayo histórico
Manuel Gálvez
La maestra normal (1915)
Ricardo Rojas
Historia de la literatura argentina (1917-1922)
Ricardo Güiraldes
Don Segundo Sombra (1926)
Posmodernismo
1905-1940
Poesía lírica
Enrique Banchs
La urna (1911)
Arturo Capdevila
Melpómene (1912)
Vanguardias
1920-1948
Poesía lírica - Narrativa - Ensayo social
Roberto Arlt
El juguete rabioso (1926)
Eduardo Mallea
Cuentos para una inglesa desesperada (1926)
Nicolás Olivari
La musa de la mala pata (1927)
Raúl González Tuñón
La calle del agujero en la media (1930)
Oliverio Girondo
Espantapájaros (1932)
Ezequiel Martínez Estrada
Radiografía de la pampa (1933)
Jorge Luis Borges
Ficciones (1944)
Leopoldo Marechal
Adán Buenosayres (1948)
Neorromanticismo y existencialismo
1940-1960
Narrativa - Poesía - Ensayo
Adolfo Bioy Casares
La invención de Morel (1940)
Alberto Girri
Playa sola (1946)
Olga Orozco
Las muertes (1951)
Julio Cortázar
Bestiario (1951)
Manuel Mujica Láinez
Los ídolos (1953)
David Viñas
Los dueños de la tierra (1958)
Ernesto Sábato
Sobre héroes y tumbas (1961)
Enrique Molina
Amantes antípodas (1961)
Bernardo Kordon
Toribio Torres alias Gardelito (1961)
Juan José Sebreli
Buenos Aires vida cotidiana y alienación (1964)
Neovanguardia y neorrealismo
1960-1990
Narrativa - Ensayo - Teatro
Griselda Gambaro
El desatino (1965)
Juan José Hernández
El inocente (1965)
Abelardo Castillo
Cuentos crueles (1966)
Ricardo Piglia
Respiración artificial (1980)
Juan José Saer
El entenado (1983)


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