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El invento del Cine latinoamericano





Cine latinoamericano, evolución histórica del cine en Latinoamérica. Las primeras proyecciones públicas realizadas por los agentes de los hermanos Lumière en Latinoamérica tuvieron lugar en la ciudad de México en agosto de 1896. A continuación, sus cámaras recorrieron esta región en busca de nuevas audiencias y localizaciones exóticas para sus películas. Pronto se les fueron agregando realizadores locales que cubrían un sector que no interesaba a sus competidores internacionales (franceses, italianos y cada vez más estadounidenses) como, por ejemplo, los temas regionales, las competiciones de fútbol, las ceremonias civiles y los desfiles militares. A finales del siglo XIX, el cine en Latinoamérica se encontraba en fase de consolidación tanto en las ciudades en expansión como en las áreas rurales.
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EL CINE MUDO LATINOAMERICANO
Hasta principios de la década de 1930, la mayor parte de la producción local en Latinoamérica eran documentales que reflejaban la sociedad del momento, especialmente la de la aristocracia en las ciudades modernas con su moda, su poder y su lujo y, por otro lado, la espectacularidad del paisaje rural. Hasta la I Guerra Mundial las películas de ficción eran rodadas principalmente por la industria francesa e italiana, siendo especialmente populares los melodramas y las estrellas italianas. Después de la guerra aumentó la influencia de Hollywood, que llegó a dominar los mercados locales. Los directores hispanos no podían competir de forma eficaz con la integración vertical y los abundantes medios de producción de Hollywood, aunque lograron mantenerse en el mercado con películas de ficción históricas, localizaciones reconocibles y argumentos basados en la canción, el baile y la literatura popular. De esta época cabe destacar en Argentina a José A. Ferreyra con La muchacha del arrabal (1922), en México a Enrique Rosas con El automóvil gris (1918) y en Brasil a Humberto Mauro con Labios sin besos (1930). La llegada del sonido fue recibida por los directores latinoamericanos con optimismo. Esperaban que asestase un golpe mortal a la producción extranjera al permitir acercar la canción y los valores de su cultura a las audiencias locales.
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EL CINE SONORO LATINOAMERICANO

Emilio Fernández
Emilio Fernández, director de 42 películas y ganador de gran cantidad de premios internacionales, está considerado el más internacional de los directores de cine mexicanos. Tanto en El impostor (1957) como en otras películas suyas exploró la amargura de los marginados en la sociedad mexicana.

Realmente estas esperanzas no se vieron cumplidas, ya que la llegada del sonido más bien reforzó la posición en el mercado de la producción procedente de Estados Unidos. Aunque sí permitió un cierto desarrollo de las industrias cinematográficas de México, Argentina y, en menor medida, de Brasil, el coste y la sofisticación de las nuevas tecnologías no estaban al alcance de la mayor parte de los países más pobres de esta región, que necesitaron muchos años hasta poder doblar las películas a su lengua nacional. Entre 1930 y 1950, el gran éxito del cine sonoro lo constituyeron los musicales, las comedias y los melodramas históricos y costumbristas. La música era algo fundamental: el tango en Argentina, la samba y la chanchada en Brasil y las rancheras, el bolero y los ritmos importados del Caribe (rumba y mambo) en México. Las producciones de los estudios argentinos y especialmente de los mexicanos se hicieron famosas en el mundo de habla hispana. Las estrellas mexicanas (los cantantes Jorge Negrete y Pedro Infante, el músico Agustín Lara, los cómicos Cantinflas y Tin Tan, las diosas de la pantalla Dolores del Río y María Félix) fotografiadas por el gran Gabriel Figueroa y dirigidas por Fernando de Fuentes (Allá en el Rancho Grande, 1936), Emilio Fernández (María Candelaria, 1943), Roberto Gavaldón (La otra, 1946), entre muchos otros, llegaron a formar parte integrante de la cultura popular latinoamericana. Estas producciones, de gran dinamismo en las décadas de 1930 y 1940, se quedaron obsoletas en la década de 1950, por lo que los directores jóvenes comenzaron a buscar formas diferentes de expresión.

María Félix
La actriz María Félix fue una de las principales estrellas del cine mexicano durante las décadas de 1940 y 1950. En 1943 interpretó su primera película El peñón de las ánimas y en 1970 se retiró del cine con La generala.

En la década de 1960 apareció un movimiento conocido como el ‘nuevo cine’ que fue ganando en fuerza y coherencia. Este movimiento intentaba captar la realidad social cotidiana con un tipo de filmación artesanal, flexible y económica y estaba impulsado por un deseo utópico de modernidad y cambio social que se reflejaba en el entusiasmo inicial por la Revolución Cubana. Entre los principales realizadores de esta época cabe destacar en Brasil a Glauber Rocha, Nelson Pereira Dos Santos y Ruy Guerra; en Cuba a Santiago Álvarez y Tomás Gutiérrez Alea; en Argentina a Fernando Birri y Fernando Solanas; en Chile a Miguel Litín y Raúl Ruiz; y en Bolivia a Jorge Sanjinés. Películas típicas de este periodo son Los fusiles (1963), de Guerra, Memorias del subdesarrollo (1968), de Alea, y La hora de los hornos (1968), de Solana.

Escena de Por unos ojos negros
La actriz mexicana Dolores del Río en una escena de Por unos ojos negros (1935), de Lloyd Bacon, uno de los realizadores de películas musicales más famosos de Estados Unidos, autor de títulos como La calle 42 (1933).

En la década de 1970 se fue extinguiendo el entusiasmo revolucionario de la década de 1960 a medida que una ola de dictaduras militares fue barriendo Brasil, Bolivia, Uruguay, Chile y Argentina, obligando a muchos directores a readaptarse a las condiciones más duras del exilio. Sin embargo, el cine se benefició de un mayor apoyo por parte del Estado en Brasil, Cuba, México y los países andinos. Algunos realizadores continuaron su postura de oposición de la década anterior, pero la gran mayoría consiguió disfrazar su crítica social dentro de géneros mas generales con una aceptación popular asegurada, como las películas de suspense, las comedias y los melodramas de trasfondo político.

Luis Puenzo
Esta imagen fue tomada en el momento en que Luis Puenzo recibía el Oscar a la mejor película de habla no inglesa por La historia oficial (1985). Esta película, protagonizada por Héctor Alterio y Norma Leandro, narra la historia de un matrimonio durante los últimos momentos de la dictadura y el horror de ella cuando descubre que la niña que adoptaron es hija de una pareja de desaparecidos.

En la década de 1980 surgió en esta región un movimiento de democratización caracterizado por una reducción de la censura y un mayor apoyo estatal, del que pudo beneficiarse la industria cinematográfica de ciertos países, especialmente Argentina y Brasil. Entre los numerosos directores de esta década con éxito a nivel nacional e internacional se encuentran en Argentina, María Luisa Bemberg (Camila, 1984) y Luis Puenzo, cuya película La historia oficial ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1985; en Brasil, Ana Carolina, Tizuka Yamasaki y Suzana Amaral; en Perú, Francisco Lombardi con La boca del lobo (1988); y en Venezuela, Román Chalbaud, Clemente de la Cerda y Fina Torres. Los directores surgidos en la década de 1960 también rodaron en esta década importantes proyectos como Sur (1988) de Fernando Solana.
Actualmente se aprecia en el continente latinoamericano una corriente neoliberal que anuncia una menor presencia del Estado y en la que las inversiones en la industria cinematográfica están consideradas como un lujo prescindible. Todas las industrias han sufrido, especialmente la brasileña. El gran éxito de principios de la década de 1990 se circunscribe al cine mexicano que, estimulado por la combinación acertada de fondos privados y del sector público, ha producido éxitos de taquilla internacionales como Danzón (1991, María Novaro) y especialmente Como agua para chocolate (1991, Alfonso Arau). La industria global del espectáculo mantiene un estrecho control sobre la iniciativa local. Las últimas cifras en Argentina, que dispone de una de las industrias cinematográficas nacionales más fuertes, muestran que en 1994 de 171 películas estrenadas en cines comerciales, el 64% eran estadounidenses y sólo el 4,5% argentinas. En la industria del vídeo, el 82,9% de los títulos eran estadounidenses y los canales terrestres y por satélite emitían en su mayor parte películas de esta nacionalidad. Pero, incluso en un mundo que tiende cada vez más a la globalización y la estandarización, todavía existen formas de conservar y enriquecer las diferencias culturales, como revela el éxito del colombiano Sergio Cabrera La estrategia del caracol (1993). Sin embargo, aunque los realizadores latinoamericanos se estén viendo forzados, por problemas financieros y de mercado, a adoptar la lenta y metódica ‘estrategia del caracol’, aún quedan muchas historias interesantes y artesanales que pueden ser contadas.
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