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El invento del Cine mexicano






Cine mexicano, evolución histórica del cine en México desde sus orígenes hasta la actualidad.
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FACTORES DETERMINANTES

Escena de La vida criminal de Archibaldo de la Cruz 


En 1955 el director español Luis Buñuel rodó la comedia surrealista La vida criminal de Archibaldo de la Cruz, una de las mejores películas de su etapa mexicana, basada en la novela de Rodolfo Usigli Ensayo de un crimen (1945) sobre la conversión del impulso amoroso en ansia homicida.

En México, el desarrollo de la cinematografía está marcado básicamente por tres tipos de factores. Por una parte están los azarosos vaivenes económicos y políticos, situación común a todo el cine latinoamericano y español. Por otro, la cercanía e influencia de Estados Unidos trajo consigo la realización de numerosos rodajes de esa nacionalidad, especialmente tras la II Guerra Mundial, y determinó la sólida formación de técnicos y actores a los que luego la industria nacional no siempre podía dar cabida. Por último, la influencia del folclore y la canción popular hizo de cantantes como Tito Guizar o Jorge Negrete actores destacados, e incluso, como en el caso del último, poderosos controladores del medio a través del fuerte sindicato que dominaba la industria en las décadas de 1940 y 1950.

Emilio Fernández
Emilio Fernández, director de 42 películas y ganador de gran cantidad de premios internacionales, está considerado el más internacional de los directores de cine mexicanos. Tanto en El impostor (1957) como en otras películas suyas exploró la amargura de los marginados en la sociedad mexicana.

A estos factores habría que añadir las influencias culturales europeas que llegaron de la mano de realizadores allí formados (Felipe Cazals) y de cineastas refugiados en México o atraídos por la cultura del país (Luis Buñuel, Serguéi Eisenstein). Todo ello dio como resultado una serie de figuras aisladas cuya importancia ha trascendido las fronteras del país, entre las que se encuentran Emilio Fernández, Mario Moreno, Cantinflas en el cine cómico, y el exiliado español Luis Buñuel, buena parte de cuya obra se gestó y desarrolló en México. Sin embargo, a pesar de estas incursiones en el panorama internacional, la industria cinematográfica mexicana aún no ha conseguido establecer unos cimientos suficientemente sólidos como para competir con eficacia en los mercados extranjeros.
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PERIODO MUDO
La presencia del nuevo medio es temprana en el país y, apenas un año después de la primera exhibición en París, el cinematógrafo de los hermanos Lumière abrió su primera sala en 1896. El promotor de este acontecimiento fue Salvador Toscano Barragán, un ingeniero de minas que más tarde se convertiría en distribuidor ambulante e introductor del cine en México, realizador de documentales sobre la Revolución Mexicana (reunidos en 1950 bajo el título Memorias de un mexicano) y autor de la primera película de ficción mexicana, Don Juan Tenorio (1898).
El documental predominó hasta 1910, y hubo que esperar hasta 1906 para que apareciera el primer largometraje (película de más de un rollo): San Lunes del Valedor, imitación del entonces predominante cine italiano. A esa cinta le que siguió El grito de Dolores (1910, de Felipe Jesús del Haro), sobre la independencia del país, que transmitía un sentimiento más autóctono.
A partir de entonces proliferaron las cintas argumentales, y desde 1917 se fundaron varios estudios y productoras. En los años del mudo, producciones como El automóvil gris (1919), de Enrique Rosas, y El caporal (1921), de Miguel Contreras Torres, que con 10 rollos es la cinta más larga hecha hasta ese momento por el cine nacional mexicano, ilustran lo que es en términos generales una de las mejores etapas de la industria nacional.
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PERIODO SONORO

Pedro Armendáriz
El actor mexicano Pedro Armendáriz alcanzó gran popularidad a partir de su colaboración con el director Emilio Fernández. Juntos trabajaron en películas míticas, como La perla o María Candelaria, en la que también actuaba la actriz mexicana Dolores del Río. Este fotograma pertenece al filme Border River (1954), dirigido por George Sherman, en el que Armendáriz interpretaba el papel de un general mexicano.

Sin embargo, con la llegada del sonoro (en 1930 se rodó la primera película hablada mexicana, Más fuerte que el deber, de Rafael J. Sevilla) comenzó la decadencia económica del cine mexicano, aunque en principio pareciera que se ponía un fuerte obstáculo a la competencia de Hollywood, con el fracaso de las versiones sonoras en español de las producciones de la industria estadounidense. Esta situación se debió, en parte, a la transición del enfoque artesanal al industrial. De hecho, lo que en realidad comenzó fue la producción de Hollywood en tierras mexicanas (en 1934 Fred Zinnemann rodó Redes), que significó el auge posterior del cine mexicano.

María Félix
La actriz María Félix fue una de las principales estrellas del cine mexicano durante las décadas de 1940 y 1950. En 1943 interpretó su primera película El peñón de las ánimas y en 1970 se retiró del cine con La generala.

Pero antes de este florecimiento, se produjo otro hecho muy trascendente para el cine nacional con pretensiones artísticas: el rodaje, en 1931, de ¡Que viva México!, del soviético Eisenstein. Dicha película fue secuestrada en los laboratorios estadounidenses y quedó, por ello, incompleta. En años sucesivos fue montada, pero no por el genial director ruso. No obstante tuvo una marcada influencia sobre la obra posterior de directores mexicanos como Emilio Fernández.
 
Jorge Negrete
El cantante y actor Jorge Negrete es una de las figuras míticas del panorama cinematográfico latinoamericano de las décadas de 1940 y 1950. Su potente voz y su aspecto gallardo popularizaron la imagen del charro mexicano. El día de su muerte se declaró día de duelo nacional.

En la década de 1930, con la llegada de las producciones estadounidenses, comenzó un periodo de gran producción alrededor de temas costumbristas, folclóricos, aún cuando trataran hechos históricos relativos a la reciente Revolución. Una muestra de ello son los largometrajes El compadre Mendoza (1933), ¡Vámonos con Pancho Villa! (1935) o Allá en el Rancho Grande (1936), realizados por el director más celebrado de aquellos años, Fernando de Fuentes. México se convirtió en el primer productor latinoamericano, se crearon poderosas compañías nuevas y, en el periodo que se abre entonces, surgieron los actores más conocidos del cine mexicano: María Félix, Arturo de Córdoba, Cantinflas, Pedro Infante, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz y Dolores del Río. Estos dos últimos realizaron frecuentes apariciones en el cine estadounidense.

Cantinflas
Mario Moreno Reyes, conocido popularmente como Cantinflas, era uno de los actores más queridos del cine mexicano. Su entrañable interpretación del ‘pelado’, un pícaro a la vez ingenuo y tierno, lo dio a conocer en todo el mundo a través de películas tan conocidas como El bolero de Raquel o El padrecito.

Un grupo de realizadores comenzó a hacer un cine de mayores pretensiones artísticas, entre los que destacan, además de Fernando de Fuentes con Doña Bárbara en 1943, Alejandro Galindo (Refugiados en Madrid, 1938), Miguel Zacarías (El peñón de las ánimas, 1943), Juan Bustillo Oro (Ahí está el detalle, 1940), Miguel Contreras Torres (La vida inútil de Pito Pérez, 1943) y, sobre todo, Emilio Fernández, con Flor Silvestre y María Candelaria, ambas de 1943.
Este apogeo del cine mexicano, subrayado con producciones como Distinto amanecer (1943), de Julio Bracho, o La barraca (1944), de Roberto Gavaldón, va a verse reforzado a finales de la II Guerra Mundial por dos factores: la alineación del régimen argentino con las potencias perdedoras del eje, que va a suponer el declive del cine de este país dentro de América Latina en beneficio del mexicano, y la llegada de Luis Buñuel a México. Tras unos inicios difíciles y vacilantes, el director español hizo Los olvidados (1950), Subida al cielo (1951), Él (1952), La vida criminal de Archibaldo de la Cruz (Ensayo de un crimen, 1955), Nazarín (1958), El ángel exterminador (1962) o Simón del desierto (1965), obras de repercusión internacional que lanzaron a intérpretes como Silvia Pinal o técnicos como Luis Alcoriza, guionista con Buñuel y luego director y autor independiente.
Antes, en la década de 1940, se había fundado el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica de la República Mexicana (STPCRM), todopoderosa institución que afianzó la producción nacional. Por otro lado, Emilio Fernández había rodado La perla (1945), sobre guión de Steinbeck, Enamorada (1946), Río Escondido (1947) y Pueblerina (1948), que son algunas de las mejores películas del cine mexicano.
Mientras los éxitos de Cantinflas le encumbraban en una popularidad inigualada, durante las décadas de 1950 y 1960 se produjo una nueva decadencia industrial y artística de las figuras antes consagradas. Durante esos años se hizo un cine menos comercial, con producciones como Raíces (1954), de Benito Alazraki, o ¡Torero! (1956), de Carlos Velo, que continuaron directores como Alberto Isaac, Sergio Véjar, Juan José Gurrola, Alberto Gout (Estrategia matrimonial, 1966), Servando Gonzáles (Viento negro, 1964), Alejandro Jodorowsky (El topo, 1970, La montaña sagrada, 1972) y, sobre todo, ya en 1960 y 1970, Luis Alcoriza (Tarahumara, 1964, Mecánica Nacional, 1971) y Felipe Cazals (Los que viven donde sopla el viento suave, 1974, El Apando, 1975, o Canoa, 1976).
Pero el interés por las obras de estos autores cultos desapareció al pasar estos años, especialmente con la crisis económica de la industria que sobrevino a finales de la década de 1970. De esa época sólo se conserva la casi total nacionalización de la industria cinematográfica y los trabajos de algún autor como Arturo Ripstein. Tras obtener éxitos como Los albañiles, basada en la novela de Vicente Leñero, Oso de Plata en Berlín en 1976, el cine mexicano cayó en picado: la quiebra económica entre 1979 y 1984 produjo la marcha de directores como Luis Alcoriza y una pérdida general de la calidad e interés de las producciones nacionales.
4.1

Cine después de 1980

Arturo Ripstein
El director mexicano Arturo Ripstein es una de las figuras más importantes de la cinematografía en su país y en toda Latinoamérica. Entre sus producciones más destacadas se encuentran Principio y fin (1993), Profundo carmesí (1996) y La perdición de los hombres (2000).

A partir de 1985 se asistió a un resurgir del cine mexicano, si no en la cantidad o en la fortaleza de la producción sí al menos en cuanto al interés y la calidad del cine realizado.
A estos logros ha contribuido el apoyo financiero del Fondo de Fomento a la Calidad Cinematográfica instituido por el gobierno, y el de otras instituciones, como la Universidad Nacional Autónoma de México o la Universidad de Guadalajara, apoyos que unidos a la calidad de la formación del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos ha permitido la realización de producciones capaces de competir en los mercados exteriores.
Entre éstas habría que destacar las películas de Arturo Ripstein Principio y fin (1993) y El callejón de los milagros (1994), basadas en las novelas homónimas del escritor egipcio Naguib Mahfuz. La segunda, con guión adaptado de Jorge Fons, fue galardonada en 1996 con el Goya de la Academia de Cinematografía Española a la mejor película. Del escritor colombiano Gabriel García Márquez adaptó en 1998 el relato El coronel no tiene quien le escriba. Otros realizadores destacados son Jaime Humberto Hermosillo, con La tarea (1991), y la directora María Novaro, con Danzón (1991), El jardín del Edén (1994), sobre los ‘espaldas mojadas’ que tratan de cruzar la frontera estadounidense en busca de la prosperidad soñada, o Diego (1986), documental de ficción sobre el pintor Diego Rivera.
Mención aparte merece Alfonso Arau, autor de las más comerciales Como agua para chocolate (1992), nominada al Goya en 1993, y la producción estadounidense Un paseo por las nubes (1995), nuevo ejemplo de la relación del cine mexicano con EEUU. Este país continúa absorbiendo el potencial humano mexicano y, aunque facilita la formación de excelentes técnicos, también lo despoja de algunos de sus representantes más brillantes. Este hecho ha dificultado en buena medida el desarrollo de una industria nacional propia y sólida.
El 2000 fue el año del resurgir de la industria cinematográfica mexicana, que sacó a la luz un total de 27 proyectos. Parte de este éxito se debió a la aparición tres años antes de dos productoras y distribuidoras privadas, Amaranta Films y Altavista Films, que renovaron el panorama con películas como El evangelio de las maravillas (1998, de Arturo Ripstein) o Amores perros (2000, de Alejandro González Iñárritu). A esto se sumó la aparición de una nueva generación de realizadores entre los que se encuentran Beto Gómez (El sueño del caimán, 2000), Alfonso Cuarón (Y tu mamá también, 2001) y Guillermo del Toro (El espinazo del Diablo, 2001), entre otros.

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