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Guerras de Cuba





Guerras de Cuba

Voluntarios del Ejército cubano
En febrero de 1895 dio comienzo la guerra de la Independencia cubana, fase definitiva del conflicto que la historiografía española agrupó bajo la denominación genérica de guerras de Cuba. En 1898 se consumó el desastre colonial español, cuyas consecuencias económicas, sociales y políticas afectaron de modo notable al desarrollo de la Restauración. Esta fotografía de una compañía de voluntarios insurgentes cubanos, en la que se puede apreciar incluso a un niño desnudo, fue tomada poco antes de la derrota hispana.
Library of Congress/Corbis
Guerras de Cuba, denominación genérica dada a tres conflictos armados que, desde 1868 hasta 1898, enfrentaron a los independentistas de Cuba con las tropas coloniales españolas.
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GUERRA DE LOS DIEZ AÑOS (1868-1878)
Al calor de los acontecimientos que se estaban viviendo en España después del triunfo de la revolución de 1868, un grupo de hacendados, dirigidos por Carlos Manuel de Céspedes, proclamaron la independencia cubana. Fue el llamado grito de Yara, lanzado en el ingenio de La Demajagua el 10 de octubre de 1868. Pronto se sumaron a los hacendados insurgentes importantes grupos de la burguesía cubana y el movimiento fue adaptando su cadencia y sus objetivos reivindicativos a los de la propia revolución española de septiembre. En febrero de 1869 se reunió un Congreso Constituyente en Camagüey y se declaró, entre otras medidas, la abolición de la esclavitud. El 10 abril, en Guáimaro, era aprobada la nueva Constitución y Céspedes fue nombrado presidente de la llamada República en armas.
El capitán general español de Cuba, Lersundi, se vio pronto superado por los acontecimientos, aunque bajo su gobierno se constituyó un grupo de 35.000 hombres, los denominados Voluntarios de la isla de Cuba, formado en torno al casino de La Habana, que en su manifiesto fundacional proclamó: 'Cuba será española o la abandonaremos convertida en cenizas'.
Lersundi fue sustituido a principios de 1869 por Domingo Dulce, que intentó una política de conciliación sin éxito alguno y se vio obligado a dimitir en junio de ese año. Por aquellas fechas, el enviado estadounidense, Sickle, propuso al presidente del gobierno español, Juan Prim, la compra de la isla por Estados Unidos. Fracasados los intentos de pacificación y rechazada la oferta estadounidense, el gobierno español adoptó una política de “guerra sin cuartel” frente a los independentistas cubanos.
Antonio Caballero y Fernández de Rodas ocupó el cargo de capitán general de Cuba desde julio de 1869 hasta que también hubo de presentar su dimisión en diciembre de 1870. Le sucedió al frente del gobierno colonial de la isla Blas de Villate, conde de Valmaseda. Ambos intentaron someter la isla a sangre y fuego, especialmente el segundo. Un conjunto de operaciones, como la denominada “campaña de los cien días” de Caballero o las acciones del conde de Valmaseda contra el patriota cubano Antonio Maceo en la provincia de Oriente (integrada por lo que en la actualidad son las provincias de Granma, Guantánamo, Holguín, Santiago de Cuba y Las Tunas) y frente al también independentista Ignacio Agramonte en la zona de Camagüey, fueron favorables a los españoles. Pero las dos partes contendientes veían como se iban desgastando sus fuerzas poco a poco, víctimas de las enfermedades en la manigua y de las continuas escaramuzas, sin que la guerra viera cercano su fin: ni el conde de Valmaseda recibió de la metrópoli los 8.000 hombres que juzgaba necesarios para dominar la insurrección, ni los estadounidenses intervinieron de modo decisivo a favor de los cubanos.
A partir de 1873 la guerra tomó un nuevo impulso. Estados Unidos aprovechó la confusión que vivía España tras la renuncia del rey Amadeo I y la proclamación de la I República, en febrero de ese año, para hacer llegar armas y pertrechos a los insurgentes.
El 31 de octubre de 1873, en las costas de Jamaica, cerca de la ciudad de Santiago de Cuba, la fragata española Tornado capturó al Virginius, un buque mercante estadounidense que, al parecer, transportaba armas y municiones. Sometidos a juicio sumarísimo, el capitán y parte de la tripulación y del pasaje fueron fusilados. A duras penas logró el gobierno español calmar el belicismo estadounidense, animado por la prensa intervencionista, con la devolución del buque y la liberación del resto de los tripulantes. Ciertamente, en beneficio de España actuó la inquietud de Gran Bretaña, que recelaba del expansionismo estadounidense en el Caribe y temía que la anexión de Cuba fuera el primer paso para apoderarse de las Antillas británicas.
En Cuba, el conde de Valmaseda, cuyo mandato finalizó en junio de 1872, fue sucedido brevemente por otros dos capitanes generales, sustituido el último de ellos a su vez por Joaquín Jovellar (que desempeñó el cargo desde 1872 hasta 1874, periodo durante el cual tuvo lugar el llamado asunto Virginius), sin que ninguno de ellos obtuviera ningún resultado tangible en su lucha contra los independentistas. El conde de Valmaseda fue nombrado capitán general a principios de 1875, por segunda vez, y el conflicto se fue dilatando en el tiempo, mientras ganaba en atrocidad, al ordenarse el fusilamiento de los prisioneros rebeldes y ser puesta a precio la cabeza de sus dirigentes.
Los cubanos, mandados por Antonio Maceo y Máximo Gómez, lograron apoderarse de la línea fortificada (trocha) que discurría desde la localidad portuaria de Júcaro (en lo que hoy es la provincia de Ciego de Ávila) hasta Morón y extender la rebelión a la provincia de Las Villas (formada por lo que en la actualidad son las provincias de Cienfuegos, Sancti Spíritus, Villa Clara y una parte de la de Matanzas). No faltaban, empero, divisiones entre los mismos independentistas. Céspedes había sido depuesto a finales de octubre de 1873 en la presidencia de la República en armas, y su sucesor, Salvador Cisneros Betancourt, fue cesado en junio de 1875. Tras la breve presidencia de Juan Bautista Spotorno, en marzo de 1876 accedió a la misma Tomás Estrada Palma.
El fin de la primera guerra independentista cubana se produjo después de que a principios de 1875 tuviera lugar el regreso de la Casa de Borbón al trono español en la persona de Alfonso XII. En 1876, tras liquidar los últimos brotes de resistencia carlista en el norte de España, el general Arsenio Martínez Campos fue nombrado general en jefe de las fuerzas españolas en Cuba. Al frente de un ejército de 20.000 hombres, Martínez Campos venció a los insurrectos en Oriente y Las Villas y negoció con los sectores más moderados un indulto general, la abolición de la esclavitud y medidas de reforma político-administrativa que facilitaran el autogobierno. El 10 de febrero de 1878 se firmó la Paz de Zanjón y se dio por concluida la llamada guerra de los Diez Años, aunque las hostilidades no cesarían completamente hasta el verano.
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LA GUERRA CHIQUITA (1879)
El 24 de agosto de 1879, transcurrido poco más de un año desde los acuerdos de Zanjón, dio comienzo en la provincia de Oriente un nuevo levantamiento contra las autoridades españolas. El brote independentista estaba dirigido por José Maceo (hermano de Antonio), Guillermo Moncada, Quintín Banderas, Calixto García y otros jefes nacionalistas de la guerra de los Diez Años. Falto de apoyo entre la población cubana, el movimiento fue fácilmente reprimido por el general Camilo García Polavieja.
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GUERRA DE LA INDEPENDENCIA CUBANA (1895-1898)
Guerra Hispano-estadounidense
El 22 de junio de 1898, 15.000 soldados estadounidenses arribaron al sureste de Santiago de Cuba. Derrotaron a las fuerzas terrestres españolas en las defensas exteriores de las ciudades al tiempo que la fuerza naval de Estados Unidos bloqueaba el puerto de Santiago de Cuba. Cuando las naves españolas trataron de atravesar el bloqueo, fueron perseguidas por el enemigo y se hundieron o encallaron.

Ante las divergencias políticas suscitadas en España respecto del grado de autonomía que habría de concederse a la isla, y con el naciente imperialismo estadounidense como telón de fondo, estalló la tercera de las guerras de Cuba (denominada guerra de la Independencia cubana, por antonomasia). Un nuevo e indiscutible líder, el independentista y escritor José Julián Martí, tomó las riendas de la insurrección. El 24 de febrero de 1895, un día después del llamado grito de Baire, dieron comienzo las hostilidades entre los insurgentes y las tropas españolas. Los primeros compases del enfrentamiento no fueron favorables a los cubanos. Muertos al comienzo de abril de ese año Adolfo Flor Crombet y Guillermo Moncada, los nacionalistas cubanos dieron el mando supremo a Martí, que también falleció en combate el 19 de mayo siguiente. Ante esta situación, el 11 de septiembre, la Asamblea constituyente reunida en Jimaguayú (Camagüey) aprobó una nueva Constitución y dos días más tarde eligió a Salvador Cisneros presidente de la conocida como segunda República en armas.
Tomás Estrada Palma
Tomás Estrada Palma se alistó en las fuerzas patrióticas cubanas durante la guerra de los Diez Años (1868-1878) entre Cuba y España, y ascendió hasta el grado de general. En 1877, tras haber sido elegido presidente del gobierno provisional cubano, fue capturado por los españoles que le encarcelaron durante un tiempo. Después de la Paz de Zanjón de febrero de 1878 recuperó la libertad. En 1895, año en que comenzó la guerra de la Independencia cubana, la tercera y última de las guerras de Cuba, fue designado ministro plenipotenciario del proclamado gobierno provisional de la República de Cuba en Estados Unidos. Elegido primer presidente de la República Cubana en 1901, cargo del que tomó posesión en 1902, durante su primer mandato resultó evidente su sumisión y dependencia de Estados Unidos, tendencia que se reafirmó tras su irregular reelección en 1906; los sucesos revolucionarios que ésta ocasionó condujeron a Estrada Palma a requerir la intervención de Estados Unidos. Finalmente, tuvo que dimitir, y Cuba quedó bajo control del presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, que delegó este poder en un gobernador, Charles Magoon.

El gobierno español había enviado en marzo de 1895 a la isla de nuevo a Martínez Campos, que no logró restablecer el orden. En 1896 era sustituido como capitán general de Cuba por Valeriano Weyler, quien siguió la táctica ya aplicada veinte años antes por el conde de Valmaseda, es decir, la lucha sin tregua y la represión a ultranza. Los insurrectos perdieron en esta fase de la guerra a los hermanos Antonio y José Maceo (diciembre de 1896) y se vieron obligados a retroceder ante el avance de los españoles. Pero la represión de Weyler pronto se volvió en contra de los intereses de España, que se colocó en el punto de mira de la prensa estadounidense, ansiosa de legitimar una intervención militar. En octubre de 1897 el presidente del gobierno español Práxedes Mateo Sagasta cesó a Weyler y nombró en su lugar a Ramón Blanco (quien ya había desempeñado el cargo de capitán general de Cuba entre 1879 y 1881), a la vez que, en un gesto por evitar la guerra, concedía la autonomía plena a los cubanos. Entre tanto, en ese mismo mes, la llamada segunda República en armas había sustituido a Cisneros por quien hasta entonces había sido su vicepresidente, Bartolomé Masó.
Batalla de San Juan
Poco después de que diera comienzo la Guerra Hispano-estadounidense, el republicano Theodore Roosevelt, que tres años más tarde se convertiría en presidente de Estados Unidos, creó un regimiento de voluntarios cuyos miembros pasaron a ser conocidos como los rough riders. El 1 de julio de 1898, cerca de la ciudad cubana de Santiago de Cuba, tuvo lugar una batalla cuyo objeto era la posesión de la colina de San Juan, asediada por las tropas estadounidenses y defendida por los españoles, cuya soberanía sobre la isla estaba siendo disputada tanto por los independentistas cubanos como por los propios norteamericanos. El general William Rufus Shafter había desembarcado días antes al frente de 1.700 hombres en la cercana playa de Daiquiri. Los defensores españoles bloqueaban el acceso a Santiago de Cuba atrincherados en la cima de la colina de San Juan, finalmente conquistada por los invasores. La parte principal del asalto estadounidense contra San Juan fue llevada a cabo por los voluntarios de Roosevelt.

En enero de 1898, Estados Unidos, con el pretexto de proteger a los ciudadanos estadounidenses de la isla, envió a La Habana al acorazado Maine. Poco después, la noche del 15 de febrero, el navío saltó por los aires, volado probablemente por los propios estadounidenses, quienes lo utilizaron como casus belli para declarar la guerra al gobierno español: se inició así la Guerra Hispano-estadounidense.
El 19 de mayo de ese año, la escuadra del almirante español Pascual Cervera, que había recalado en la isla antillana de Martinica, forzó el bloqueo y entró en Santiago de Cuba. El 6 de junio los estadounidenses tomaron la ciudad de Guantánamo, aunque a primeros de julio sufrieron graves pérdidas en El Caney y en la colina de San Juan, posiciones que igualmente conquistaron. El 3 de julio, el almirante Cervera, obedeciendo órdenes del capitán general Blanco, se enfrentó a la escuadra del almirante William Thomas Simpson, cuatro veces superior en número y mucho más moderna, en el denominado combate de Santiago de Cuba. Tras cuatro horas de lucha, la flota de Cervera fue totalmente destruida. El 17 de julio se rindió La Habana, España capituló en agosto y el 10 de diciembre se firmó el Tratado de París, que puso fin a la Guerra Hispano-estadounidense y por medio del cual se reconocía, entre otras cuestiones relacionadas con el resto de las posesiones hispanas en litigio, el fin de la dominación española sobre Cuba. No obstante, la isla pasó a estar hasta 1902 bajo la administración estadounidense.

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