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Literatura mística




Santa Teresa de Jesús
Teresa de Jesús (1515-1582), monja carmelita, escribió El libro de mi vida por imposición de su confesor. Por lo tanto no se trata ni de un diario personal ni de una autobiografía voluntaria; es un texto escrito sabiendo que alguien lo va a leer y analizar buscando la causa y razón de los arrebatos místicos que la santa decía pasar. En este fragmento, leído por una actriz, Teresa de Ávila cuenta de una manera ingenua y chispeante lo que de niña entendía que pudiera ser el martirio.

Mística (literatura), término derivado del adjetivo latino mysticus, tomado del griego mystikós ‘relativo a los misterios religiosos’. La mística está vinculada con una práctica interior de lo religioso que supera y no puede explicarse sólo desde el punto de vista racional, doctrinal o dogmático. Presente en la religión hebrea, en la musulmana, a través de corrientes como el sufismo, en la católica o en el budismo zen, participa de la experiencia de lo extremo.
San Juan de la Cruz
San Juan de la Cruz (1542-1591) es el poeta místico más puro y de expresión más intensa de la literatura española. Su poesía se centra en la reconciliación de los seres humanos con Dios a través de una serie de pasos místicos que se inician con la renuncia a las distracciones del mundo. Se ha señalado la riqueza y variedad de su léxico, sorprendente dentro de una obra tan breve, pero que explota a fondo las posibilidades de fervor religioso y estético que inspira el misticismo español, al que lleva a cumbres inalcanzables. El audio recoge el inicio del Cántico espiritual.

En la historia de la mística y su literatura habrá que tener en cuenta la mística alemana del siglo XIV, con su máximo representante, Maestro Eckhart (1260-1328), autor de Tratados y Sermones. Su actividad como predicador, que prolongaba el deseo de las órdenes mendicantes de transmitir la verdad divina, le exigió hacerse de un lenguaje capaz de apresar y comunicar lo inefable de la verdad de Dios que, según él, es “inteligencia pura”. Al hablar del desasimiento, por ejemplo, afirma que consiste “en el hecho de que el espíritu se halle tan inmóvil frente a todo cuanto le suceda, ya sean cosas agradables o penosas, honores, oprobios y difamaciones, como es inmóvil una montaña de plomo ante el soplo de un viento leve”.
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LITERATURA MÍSTICA ESPAÑOLA
Dos siglos después se desarrolló la literatura mística española, representada sobre todo por san Juan de la Cruz (1542-1591) y santa Teresa de Jesús (1515-1582). En el primero, autor de poemas como el Cántico espiritual, recreación del Cantar de los cantares de Salomón, y Llama de amor viva, se encuentran huellas de las interpretaciones bíblicas cristianas o judías, de la literatura mística del catalán Ramon Llull (1232-1316), del alemán Eckhart (“Mi alma está desasida / de toda cosa criada”, dice san Juan), de san Bernardo y san Buenaventura, pero sobre todo de la poesía mística musulmana de autores como Ibn Arabi de Murcia e Ibn al Farid.
En el misticismo sufí, san Juan de la Cruz encontró símbolos como el vino o la embriaguez mística, la noche oscura del alma, el pájaro solitario, el alma como jardín místico. Desde el punto de vista del lenguaje, la investigadora Luce López-Baralt ha destacado la “poética del delirio”: así como Eckhart se esforzaba por comunicar lo inefable, san Juan de la Cruz recupera las imágenes desconcertantes, los cambios abruptos y hasta la incongruencia de los tiempos verbales. Esta poética aún se mantiene en las prosas en las que el poeta pretende explicar el Cántico espiritual en función de la doctrina, otorgando a una misma imagen distintos valores simbólicos.
Éxtasis de santa Teresa
El Éxtasis de santa Teresa, obra realizada en el siglo XVII por el escultor italiano Gian Lorenzo Bernini, constituye uno de los ejemplos más dramáticos de la escultura barroca, en la que aparece la santa en trance místico, atravesada más por los rayos metálicos de la luz divina que por la flecha del ángel.

En Las virtudes del pájaro solitario, Juan Goytisolo recupera novelísticamente esta tradición y la poesía de san Juan, como en la imagen del vino mezclado con la saliva del Amado: “Bébelo puro o mézclalo con la saliva del Amado, cualquier otra mixtura sería sacrilegio”.
Santa Teresa, en cambio, adopta un estilo más sencillo y expone directamente sus incomprensiones o sus dificultades para expresar la experiencia de Dios. El padre Jerónimo Gracián, que la estimulaba para que escribiera Las Moradas, justificaba la tendencia de santa Teresa a la imprecisión en el uso de las palabras relacionadas con la experiencia mística: “Una éxtasis, en cuanto en ella se junta nuestra voluntad con la de Dios, se llama unión; en cuanto eleva las potencias y las levanta, se llama vuelo del alma; en cuanto es altísimo conocimiento de Dios, se llama mística teológica, etc. Todos estos nombres son verdaderos y declaran algo deste espíritu”. Lo que Jerónimo Gracián se ve obligado a justificar es, en rigor, la gran riqueza de la literatura de santa Teresa. A esos términos deberán añadirse otros como embebecimiento, arrebatamiento, arrobamiento.
Si la experiencia mística es la de la unión definitiva con Dios, el grado superlativo de tal arrobamiento es la supresión de la palabra, el silencio. Mientras la unión y la quietud del desasimiento y la inmovilidad no llega, sólo queda el camino del vértigo verbal. Despojada de sus connotaciones religiosas, ésta es la gran enseñanza de la mística en la búsqueda de la Palabra: que todo lo diga en el terreno literario. Así parecen haberlo entendido muchos poetas contemporáneos, desde Mallarmé a un poeta español, estudioso de san Juan de la Cruz, como José Ángel Valente. En ese estadio, el fervor místico, otra forma de la comunicación erótica (“Amada en el Amado transformada”), se confunde con ese otro rasgo de la plenitud latente en la palabra poética.


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