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Teatro japonés




El invento del Teatro japonés

Teatro japonés, teatro escrito e interpretado en Japón desde el siglo VII d.C. hasta nuestros días. Durante este periodo el teatro japonés ha evolucionado y ha dado lugar a una amplia variedad de géneros caracterizados generalmente por la fusión de elementos dramáticos, musicales y de danza. La música y la danza, así como los temas, decorados, vestuario y estilos interpretativos, se regían hasta hace poco tiempo por una normativa muy estricta y ofrecían relativamente pocas cualidades realistas o naturalistas. Algunos géneros están formados casi de forma exclusiva por un repertorio fijo de obras, que a menudo son milenarias.
La primera forma conocida de espectáculo teatral japonés es el gigaku, que fue introducido en Japón en el 612 d.C. desde el sur de China, y pudiera ser en su origen hindú o incluso griego. Las danzas gigaku, interpretadas con máscaras, parecen haber sido cómicas. En el siglo VIII el gigaku cayó en desuso porque su carácter frívolo disgustaba a los gobernantes japoneses de ese periodo. Fue sustituido sobre todo por el bugaku, otro espectáculo importado de China. Las danzas bugaku presentaban situaciones simples como el retorno de un general de la guerra. Los intérpretes llevaban togas, y sus danzas tenían un esplendor exótico. Los gobernantes japoneses, en un intento de imitar los modos de la corte china, favorecieron el bugaku, tanto por su solemnidad como por su similitud con los entretenimientos cortesanos de China, y así adquirió rápidamente carácter ritual. Hoy en día el bugaku sólo puede contemplarse en ceremonias.
Un tipo de espectáculo acrobático conocido como sangaku fue también importado desde el continente asiático y se hizo popular en el siglo VIII, con lo cual influyó en el teatro japonés. Los números típicos eran el funambulismo, el malabarismo y la introducción de espadas en la boca. Una combinación de estas representaciones y las canciones y danzas sagradas asociadas con la religión de sinto evolucionaron gradualmente hacia formas más complejas de espectáculo.
Documentos del siglo XI atestiguan la existencia de pequeñas obras cómicas, así como de una obra que todavía se representa, la danza ritual okina, que podría provenir de este periodo. También se representaban obras en festivales religiosos para apoyar las plegarias de los sacerdotes por las cosechas o para ilustrar la historia de los templos donde se celebraban tales festivales. Los actores y músicos se organizaban en compañías.
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TEATRO NŌ
Teatro nō japonés
Inspirado espiritual y artísticamente en el budismo Zen, el teatro nō data del siglo XIV y ha permanecido casi igual desde entonces. Consiste en una mezcla de teatro, danza, música, mimo y poesía. Las historias tratan sobre las clases altas japonesas y los actores son siempre hombres. Aquí vemos una representación sobre un escenario tradicional del teatro nō, que muestra, casi como único accesorio, un pino pintado sobre el fondo. La música vocal, la instrumental y la acción se combinan constantemente con fines muy variados. Las interjecciones guturales emitidas por los que tocan los tambores sirven para marcar el tiempo y crear una atmósfera apropiada para la obra.

En el siglo XIV, surgió uno de los mayores logros artísticos teatrales, el género nō. Sus obras incluían danzas solemnes cuyo objetivo era sugerir las emociones más profundas del personaje principal, y estaban escritas en la lengua poética de los clásicos japoneses. A menudo el programa también contaba con la representación de las farsas kyōgen, cuya característica principal era la de haber sido escritas en lengua coloquial.

Mujer joven
Ko-omote, máscara del teatro nō, representa a una mujer joven.

El nō alcanzó el máximo prestigio gracias al genio de dos grandes dramaturgos, Kanami Kiyotsugu y su hijo Zeami Motokiyo, y consiguió el patronazgo del sogunado de Ashikaga después de que el jefe militar viera actuar a Zeami en 1374. Éste hizo del nō un tipo de teatro refinado y aristocrático, pero tras su muerte tendió a perder su vitalidad creadora y a convertirse en una forma ritual. Muchas obras del nō que aún se representan son de Zeami, y sus tratados críticos son considerados la última autoridad en el tema. Durante un corto periodo tras la Restauración Meiji en 1868, el nō estuvo a punto de extinguirse dadas sus conexiones con un sogunado que había caído en desgracia. Sin embargo, sobrevivió y desde entonces goza de popularidad entre el público especializado.

Máscara de mujer anciana
Esta máscara del teatro nō representa a una mujer anciana.

Un programa completo de teatro nō consiste tradicionalmente en cinco obras en verso con música y cinco farsas en prosa sin música, representadas alternativamente. Las farsas Kyōgen son de carácter figurativo, y los actores no llevan ni máscaras ni maquillaje. Las obras nō evitan la precisión realista en favor de un tratamiento simbólico de los temas relacionados con el mundo de los muertos y los vivos. Las principales obras nō son las que tratan de los dioses, los fantasmas de guerreros, mujeres con un destino trágico, locos, diablos y espíritus festivos. Los actores, que a menudo llevan máscaras, se visten con ricos y elaborados atuendos.

Espíritu de la montaña
Esta máscara del teatro nō, Yamamba, representa al espíritu de la montaña bajo el rostro de una mujer vieja.

El teatro nō se representa en un teatro con escenario cubierto. El público se distribuye a los dos lados o, con menos frecuencia, a los tres lados del escenario. Se deja un pasillo, llamado el puente, señalado por tres pinos, para que los actores puedan llegar al escenario. El decorado está construido con elementos impresionistas que sugieren el perfil de un barco, edificio o cualquier otro objeto importante para la obra. En el teatro nō sólo actúan hombres. Cuando interpretan papeles de mujer u hombres cuya edad es diferente a la del actor, utilizan máscaras, muchas de ellas excepcionalmente bellas. El nō dispone también de un coro que se sitúa a un lado del escenario y recita para los actores mientras ellos bailan; sin embargo, el coro no tiene entidad dentro de la obra. Actualmente rara vez se presentan programas completos, pero el kyōgen continúa siendo parte indispensable de una representación completa, ya que muestra los aspectos cómicos de la vida de los que el nō nunca se ocupa.
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TÍTERES Y TEATRO KABUKI
A finales del siglo XV, aparecieron dos nuevas formas populares; se trataba del teatro de títeres, jōruri, también llamado bunraku, y una forma conocida como kabuki. El teatro de títeres combina tres elementos: los títeres, los cantores que cantan y declaman por los títeres y los músicos del shamisen, un instrumento de tres cuerdas que se utiliza como acompañamiento. El gran dramaturgo japonés Chikamatsu Monzaemon escribió sobre todo para el teatro de títeres, cuyo nivel artístico es quizá más alto en Japón que en ninguna otra parte del mundo.
El teatro de títeres, tras alcanzar su apogeo en el siglo XVIII, perdió el favor del público en favor del kabuki, que ha continuado siendo el género de teatro tradicional de mayor popularidad. El kabuki está más cerca del espectáculo que del teatro propiamente dicho. Los textos originales, a diferencia de aquellos adaptados del teatro de títeres, tienen menos importancia que la interpretación, la música, la danza y los brillantes colores del decorado. Las obras se representan en grandes teatros, con un hanamichi, o plataforma elevada, que se extiende desde el final del teatro hasta el escenario.
Además del teatro tradicional, desde principios del siglo XX ha habido un repertorio teatral a la manera occidental con obras originales japonesas en lengua moderna y traducciones de obras europeas. Algunos dramaturgos del siglo XX han intentado establecer un compromiso entre las formas tradicionales japonesas y otras occidentales, ya sea introduciendo psicología moderna en cuentos antiguos o creando versiones al estilo Kabuki de clásicos europeos como la obra de Shakespeare Macbeth. En Cinco obras modernas del teatro nō (1956) Yukio Mishima planteó una presentación moderna de temas tradicionales, con lo cual consiguió un éxito rotundo. Otras obras, en particular La grulla del crepúsculo (1949), de Kinoshita Junji, también derivan de viejos cuentos populares. Muchos dramaturgos contemporáneos japoneses tratan temas como el conflicto entre la sociedad japonesa tradicional y la moderna y las injusticias sociales; otros autores prefieren trabajar en la creación de equivalentes japoneses del teatro simbólico contemporáneo o la comedia musical americana.


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