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Granja avícola




Granja avícola
El pollo es uno de los productos avícolas líderes en el mundo. Granjas como ésta convierten a la industria agrícola en una millonaria actividad económica para cualquier estado.

Granja avícola, explotación dedicada a la cría comercial de pollos, pavos, ánsares (gansos) y patos para aprovechar su carne, sus huevos y sus plumas. En los últimos años se ha introducido también la cría de avestruces.
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GALLINAS
En la década de 1940 el pollo, que tenía un precio muy elevado, era un alimento de lujo que sólo se consumía en días señalados o festivos. Hoy en día, por el contrario, es un alimento común gracias, en parte, a la habilidad con que los criadores de todo el mundo han desarrollado sistemas de cría intensiva de gallinas.
Los criadores de Estados Unidos fueron los primeros en lograr que las granjas avícolas fueran económicamente viables. En ellas, los pollos alcanzaban el peso de comercialización en bastante menos tiempo del que necesitaban los pollos de granja. Utilizaron las principales razas de carne, hembras Plymouth Rock y machos Cornish blancos, para obtener los híbridos modernos. Estos híbridos consiguen alcanzar los 2 kg de peso en vivo entre los 42 y los 45 días, convertir 1,8 unidades de pienso o alimento (kg) en 1 unidad de carne; tienen una mejor configuración (forma del ave), mayor resistencia a las enfermedades y una mayor tasa de supervivencia, con una tasa de mortalidad del orden de un 2 por ciento.
Los gallineros más modernos pueden albergar decenas de miles de aves simultáneamente. Las aves se crían sobre el suelo, desde el día en que ven la luz, en un medio ambiente controlado por ordenadores (computadoras) que abren o cierran respiraderos de ventilación y aumentan o reducen la velocidad de unos ventiladores con el fin de lograr las condiciones óptimas para un crecimiento continuado. En los lugares más fríos del mundo se emplean calentadores adicionales durante las dos o tres primeras semanas de crianza.
El alimento es transportado a través de tubos hasta bandejas o llevado mediante un mecanismo de cremalleras a comederos poco profundos. Los sistemas de alimentación se ponen en funcionamiento varias veces durante las horas diurnas, pero siempre hay agua para beber en unas boquillas activadas por las propias aves y que tienen debajo un recipiente para recoger el goteo.
La cría de gallinas se practica hoy en casi todo el mundo. Estados Unidos, donde se pusieron en marcha las primeras granjas avícolas, sigue siendo la primera potencia productora, pero su supremacía está amenazada, especialmente por la Unión Europea (UE), América del Sur (sobre todo Brasil), y Asia, donde la República Popular China está expandiendo su industria a un ritmo notable. Tres de los principales productores de la Unión Europea son: Francia, Reino Unido y España.
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PAVOS (GUAJOLOTES)
La industria de cría intensiva de pavos comenzó pocos años después del desarrollo de la cría intensiva de gallinas. Los pavos se trasladaron al interior de recintos, con el suelo cubierto de viruta fresca de madera o paja para evitar la acumulación de parásitos productores de enfermedades, y se empezaron a alimentar con pienso para acelerar su crecimiento. Los pavos también han sido trasladados a vastos entornos controlados que permiten a las hembras alcanzar los 4,5 kg de peso en vivo en 12 semanas, y a los machos los 7,3 kg en 16 semanas.
Se construyeron enormes mataderos mecanizados para procesar miles de aves al día con un mínimo de mano de obra. Al principio las aves se vendían enteras y prácticamente la totalidad de ellas era consumida en ocasiones festivas, como la Navidad, el día de acción de gracias, etc., pero al irse desarrollando un mercado de demanda continua, los pavos empezaron a destazarse, trocearse y procesarse en forma de asados, filetes, hamburguesas, pavo ahumado, tocino de pavo y derivados.
Las principales industrias del pavo se encuentran en Estados Unidos, Europa Occidental, particularmente Francia, Italia, y Reino Unido. En Europa, la pauta ha sido que el sector intensivo abastezca a un 80 o a un 90% del mercado con aves enteras y productos derivados de ellas, frescos y congelados, mientras una serie de granjas de menor tamaño (tamaño medio de 5.000 a 10.000 aves) ofrecen ave fresca, de crecimiento más lento, alimentada con un pienso compuesto por un 80% de grano (y un 20% de otros ingredientes, como sustitutos de cereales y soja —soya—), que se orea durante siete días tras la matanza y antes de ser eviscerada. Se dice que este periodo de maduración mejora el sabor y la textura de la carne y el ave se vende a un precio considerablemente superior al del ave de producción intensiva.
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PATOS Y ÁNSARES (GANSOS)
Granja de gansos
Grupo de gansos en una granja de Burdeos, Francia. Los gansos domésticos se crían para producir paté (foie gras) que se elabora a partir del hígado de estas aves. Para ello, se sobrealimenta a los gansos con grano para lograr la hipertrofia del hígado.

La cría comercial de patos y ánsares no ha llegado a ser tan intensiva como la de las gallinas y los pavos, básicamente porque son aves acuáticas y no tienen tasas de conversión ni características de crecimiento rápido tan favorables.
Los ánsares, como aves que pacen, pueden comer hierba, pero es difícil conseguir que las bandadas reproductoras pongan huevos fuera de su estación natural, en primavera y comienzos del verano. No han resultado tan maleables ni responden tan bien a la iluminación artificial como las gallinas y otras especies, que llegan a creer que existen en un mundo de luz diurna creciente o constante.
Existe un gran mercado para los patos en el Sureste asiático, sobre todo en Singapur. En Malaysia se crían alrededor de 20 millones de patos al año, fundamentalmente del tipo pequinés, y cerca de medio millón del tipo moscovita, que en Europa del este se emplean para el mercado tradicional de foie gras (paté) obtenido por gavage, o alimentación forzada.
El ánsar de Tolosa también se sacrifica para obtener su hígado y fabricar foie gras, particularmente en el suroeste de Francia. Se atiborra a las aves de grano durante las semanas finales de crianza para lograr la inflamación del hígado que tan vital resulta para la producción de este paté de elevado precio. Se trata de una práctica polémica que ha sido prohibida en una serie de países de Europa occidental.
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AVESTRUZ
La cría del avestruz, consolidada en Sudáfrica y Namibia, se ha extendido a Europa y América del Norte en los últimos años. Dos de las principales razas de avestruces son las Azules y las Negras, cuyas hembras reproductoras ponen hasta 45 huevos en temporada y siguen haciéndolo durante más de 30 años (compárese esto con las gallinas ponedoras de la industria intensiva, que duran sólo una temporada, y las ponedoras comerciales que duran, por término medio, 12 meses).
Los avestruces para carne se crían en corrales cuando menos durante 14 meses, tras los cuales una pieza de entre 90 y 100 kg dará unos 22 kg de carne comestible. La carne de avestruz es muy diferente a la de otras aves: recuerda a la carne de vacuno de la mejor calidad y es baja en colesterol y grasa.
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HUEVOS (GALLINAS)
La antipatía que siente el público hacia los métodos intensivos de producción de huevos por explotación en batería ha supuesto un estímulo para la producción tradicional u otro sistema en el que las aves viven en el suelo en lugar de en jaulas. En éste último se usan plataformas o perchas que incrementan la superficie útil disponible y permiten al criador tener más aves en el recinto (véase Avicultura).
En estas explotaciones tradicionales, las gallinas tienen acceso al campo abierto y a corrales con una densidad de población, en la Unión Europea, de 1.000 aves por hectárea. En el recinto cubierto se usa buena parte del equipamiento empleado en la cría de gallinas (alimentación automática y boquillas para el agua, entre otros). Se han desarrollado cajas nido de puesta que permiten que el huevo ruede, recién puesto, hasta una banda de transporte para su recogida automática.

Animales transgénicos




Animales transgénicos
El empleo de animales transgénicos (es decir, animales que portan genes de otras especies en su genoma) para producir fármacos de naturaleza proteica resulta mucho menos costoso que la utilización de sistemas de producción especializados mediante biorreactores. Además, gracias a estos animales se evita el riesgo de contaminación con agentes infecciosos. En este fragmento se recoge el empleo de Genie, una cerda experimental que produce en su leche la proteína C humana.
Fragmento de Producción de fármacos a través de animales transgénicos.
De William H. Velander, Henryk Lubon y William N. Drohan.
Al año de haber nacido, Genie, nuestra cerdita experimental, amamantaba ya a siete hermosos lechones, suministrándoles con su leche los muchos nutrientes que necesitan para vivir y engordar. A diferencia de otras cerdas, la leche de Genie contiene también una sustancia que algunas personas gravemente enfermas requieren con apremio: la proteína C humana. Tradicionalmente, esas proteínas sanguíneas se han venido obteniendo mediante métodos que implican el procesamiento de grandes cantidades de sangre humana procedente de donaciones o el cultivo de ingentes cantidades de células en enormes biorreactores de acero inoxidable. Pero Genie produce proteína C en abundancia y sin necesidad de ayuda. Es la primera cerda del mundo que fabrica una proteína humana en su leche.
Genie corona un proyecto de investigación concebido diez años atrás. En colaboración con especialistas en la obtención de esas proteínas de la sangre, adscritos a la Cruz Roja Americana, consideramos la posibilidad de cambiar la composición de la leche de un animal para incluir macromoléculas de perentoria necesidad. En teoría, una aproximación de ese tipo podría generar la cantidad que se precisara de cualquiera de las proteínas de la sangre utilizadas con fines terapéuticos, cuya producción suele quedarse muy corta.
La demanda de ese tipo de medicamentos es amplia y diversa. Pensemos en los hemofílicos, necesitados de agentes coagulantes, en especial de Factor VIII y Factor IX, dos proteínas sanguíneas. Ciertas personas con una deficiencia congénita precisan proteína C extra (que controla la coagulación) para suplementar sus escasas reservas; también pueden beneficiarse de ella los pacientes que han sufrido ciertas intervenciones quirúrgicas de sustitución. Otro ejemplo de la importancia de las proteínas de la sangre con fines terapéuticos lo encontramos en las personas que sufren cardiopatías o accidentes cerebrovasculares. Estos casos suelen requerir la aplicación inmediata de un tratamiento con activador tisular del plasminógeno, una proteína capaz de disolver los coágulos. Determinados sujetos que padecen ciertos tipos de enfisemas respiran mejor con infusiones de α1-antitripsina, otra proteína.
Todas esas proteínas están presentes en la sangre de los donantes, pero sólo en pequeñas cantidades. Suelen ser tan difíciles de producir, que su costo impide o limita peligrosamente su uso como medicamento. Por citar uno: el tratamiento con Factor VIII purificado (cuyo empleo está limitado a los episodios hemorrágicos del hemofílico) cuesta varios millones de pesetas al año. El costo anual de una reposición continua de esa proteína de la sangre, una opción deseable, pero raramente posible, superaría los 13 millones de pesetas.
Esas sumas al alcance de muy pocos constituyen un reflejo de los múltiples problemas derivados de la extracción de las proteínas de la sangre de donantes o del establecimiento de sistemas de producción especializados mediante cultivos celulares, una empresa que requiere inversiones del orden de los 3.500 millones de pesetas para suministrar, a la postre, cantidades modestas de un solo tipo de proteína. Para el desarrollo de Genie y otros animales “transgénicos” (es decir, criaturas que portan genes de otras especies) se precisa sólo una pequeña parte de ese montante. Además, los procedimientos se simplifican muchísimo y se pueden fabricar grandes cantidades de proteínas sanguíneas humanas. La sustitución de los biorreactores al uso por ganado transgénico proporciona, por tanto, pingües beneficios económicos.
La producción de proteínas de la sangre a través de animales transgénicos supone también un avance con respecto a otras dificultades que entrañan los procedimientos actuales. Nos referimos, por ejemplo, a su purificación a partir de la sangre de los donantes. La razón es muy sencilla: elimina el riesgo de contaminación con agentes infecciosos. Aunque se ha conseguido ya un alto nivel de seguridad a propósito de las proteínas de la sangre procedentes de plasma sanguíneo, gracias a los controles rigurosos a los que son sometidos los donantes y los tratamientos antivíricos que se utilizan, siempre acecha la amenaza de posibles patógenos. Recuérdese el miedo a propagar el VIH (agente causante del sida) o el virus de la hepatitis C, que está provocando que los investigadores busquen sustitutos a los medicamentos derivados de la sangre humana. De la misma manera, los recientes acontecimientos relacionados con la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (una patología degenerativa del sistema nervioso) han hecho que algunos productos derivados de la sangre se hayan retirado del mercado en Estados Unidos y Europa. La fabricación de proteínas sanguíneas humanas a partir de ganado transgénico libre de esas enfermedades evita tales problemas.
Los numerosos beneficios que podría acarrear la utilización de animales transgénicos como biorreactores nos dio abundantes razones para proseguir en nuestro sueño de establos limpios, ocupados por ganado sano y portador de genes humanos de interés. No se nos ocultaban, en un comienzo, los problemas técnicos que habríamos de afrontar hasta obtener animales transgénicos y recoger cantidades adecuadas de proteínas a partir de su leche. Afortunadamente, y gracias al abundante trabajo pionero ya realizado, pudimos progresar sin pausa.
Ya en 1980, el equipo de Jon W. Gordon había determinado que un embrión fecundado de ratón podía incorporar material genético (ADN) foráneo en sus cromosomas, los depósitos celulares de material genético. Poco tiempo después, el grupo de Thomas E. Wagner demostró que un gen (un segmento de ADN que cifra una proteína) de conejo funcionaba correctamente en un ratón. Utilizando una pipeta de cristal finísimo, de dimensiones microscópicas, pusieron éstos a punto un sistema para inyectar un fragmento específico de ADN de conejo en un embrión unicelular de ratón. Asombrosamente, ese ADN se integraba con alguna frecuencia en los cromosomas del ratón, quizá porque las células lo suponían un pequeño trozo de ADN roto que debía repararse.
Implantaron a continuación los embriones inyectados en una ratona “de alquiler”. Observaron entonces que algunos de los ratones que nacían llevaban el gen de conejo en todos sus tejidos. Esos ratones transgénicos pasaban el gen foráneo a sus descendientes de una manera normal, siguiendo las leyes mendelianas de la herencia. El gen añadido funcionaba con normalidad en su nuevo hospedador, y los ratones fabricaban hemoglobina de conejo en su sangre.
Fuente: Velander, William H., Lubon, Henryk y Drohan, William N. Producción de fármacos a través de animales transgénicos. Investigación y Ciencia. Barcelona: Prensa Científica, marzo, 1997.

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