Los Libro




Kelmscott Chaucer
Se conoce por Kelmscott Chaucer la edición que en 1896 realizó el pintor y diseñador William Morris de la obra de Geoffrey Chaucer en su imprenta Kelmscott Press. Las ilustraciones, inspiradas en textos medievales, eran de estilo prerrafaelista, del propio Morris y de Edward Burne-Jones.

Libro, conjunto de varias páginas de papel, papiro u otra materia en la que se pueda escribir, unidas entre sí y que contiene textos, ilustraciones o música. Al contrario de los monumentos en los que aparecen textos esculpidos, los libros se pueden transportar fácilmente y, a diferencia de los diarios personales, que pueden tener forma de libro, están concebidos para ser divulgados al público.
Un libro ha de tener un cierto número de páginas para ser considerado como tal, y ha de constituir una unidad independiente para distinguirse de las publicaciones periódicas. En las lenguas románicas, grupo al que pertenece el español, existen dos términos que designan el concepto de libro u otros relacionados con él. Por un lado, existe la raíz biblio-, procedente del griego biblos, que designaba originalmente el material vegetal utilizado en la antigüedad como soporte para la literatura escrita, y que se emplea para formar palabras compuestas, como biblioteca o bibliofilia. Por otro lado, existe también la palabra libro, que procede del latín líber, referida también al material vegetal del que se confeccionaban los libros, y que se utiliza bien como término aislado o bien para formar otras palabras, como, por ejemplo, librería. La palabra libro se aplica, por extensión, a los rollos utilizados en la antigüedad y, con ella se denomina también a ciertos conjuntos de obras, como el Libro de los muertos egipcio o a las divisiones internas de una obra, de modo que se puede hablar de los distintos libros de la Biblia o de los libros que conforman la Eneida de Virgilio. Los libros, como objetos portátiles y relativamente duraderos, han ayudado a preservar y difundir el conocimiento y los sentimientos de sus autores a través de vastas extensiones de espacio y tiempo, hasta el punto de que se puede decir con toda razón que la civilización actual no habría sido posible sin su existencia.
2
LIBROS ESCRITOS A MANO
Los primeros libros consistían en planchas de barro que contenían caracteres o dibujos incididos con un punzón. Las primeras civilizaciones que los utilizaron fueron los antiquísimos pueblos de Mesopotamia, entre ellos los sumerios y los babilonios. Mucho más próximos a los libros actuales eran los rollos de los egipcios, griegos y romanos, compuestos por largas tiras de papiro —un material parecido al papel que se extraía de los juncos del delta del río Nilo— que se enrollaban alrededor de un palo de madera. El texto, que se escribía con una pluma también de junco, en densas columnas y por una sola cara, se podía leer desplegando el rollo. La longitud de las láminas de papiro era muy variable. La más larga que se conoce (40,5 metros) se encuentra en el Museo Británico de Londres. Más adelante, durante el periodo helenístico, hacia el siglo IV a. C., los libros más extensos comenzaron a subdividirse en varios rollos, que se almacenaban juntos.
Los escribas (o escribientes) profesionales se dedicaban a copiarlos o a escribirlos al dictado, y los rollos solían protegerse con telas y llevar una etiqueta con el nombre del autor. Atenas, Alejandría y Roma eran grandes centros de producción de libros, y los exportaban a todo el mundo conocido en la antigüedad. Sin embargo, el copiado a mano era lento y costoso, por lo que sólo los templos y algunas personas ricas o poderosas podían poseerlos, y la mayor parte de los conocimientos se transmitían oralmente, por medio de la repetición y la memorización. Aunque los papiros eran baratos, fáciles de confeccionar y constituían una excelente superficie para la escritura, resultaban muy frágiles, hasta el punto de que, en climas húmedos, se desintegraban en menos de cien años. Por esta razón, gran parte de la literatura y del resto de material escrito de la antigüedad se ha perdido de un modo irreversible. El pergamino y algunos materiales derivados de las pieles secas de animales no presentan tantos problemas de conservación como los papiros. Los utilizaron los persas, los hebreos y otros pueblos en cuyo territorio no abundaban los juncos, y fue el rey Eumenes II de Pérgamo, en el siglo II a. C., uno de los que más fomentó su utilización, de modo que hacia el siglo IV d. C., había sustituido casi por completo al papiro como soporte para la escritura.
2.1
Los primeros códices
El escriba Esdras
El escriba Esdras copiando las Sagradas Escrituras es un manuscrito miniado basado en el texto del Amiatinus Codex (c. 700-716). Quizá fue ilustrado en el monasterio de Jarrow, y copiado de un antiguo manuscrito italiano. Esdras fue un sacerdote y escriba que se supone que recopiló también las primeras leyes de Israel.

El siglo IV marcó también la culminación de un largo proceso, que había comenzado en el siglo I, tendente a sustituir los incómodos rollos por los códices (en latín, ‘libro’), antecedente directo de los actuales libros. El códice, que en un principio era utilizado por los griegos y los romanos para registros contables o como libro escolar, consistía en un cuadernillo de hojas rayadas hechas de madera cubierta de cera, de modo que se podía escribir sobre él con algo afilado y borrarlo después, si era necesario. Entre las tabletas de madera se insertaban, a veces, hojas adicionales de pergamino. Con el tiempo, fue aumentando la proporción de papiro o, posteriormente, pergamino, hasta que los libros pasaron a confeccionarse casi exclusivamente de estos materiales, plegados formando cuadernillos, que luego se reunían entre dos planchas de madera y se ataban con correas. Las columnas de estos nuevos formatos eran más anchas que las de los rollos. Además, frente a ellos poseían la ventaja de la comodidad en su manejo, pues permitían al lector encontrar fácilmente el pasaje que buscaban, y ofrecían la posibilidad de contener escritura por sus dos caras. Por ello fueron muy utilizados en los comienzos de la liturgia cristiana, basada en la lectura de textos para cuya localización se debe ir hacia adelante o atrás a través de los distintos libros de la Biblia. De hecho, la palabra códice forma parte del título de muchos manuscritos antiguos, en especial de muchas copias de libros de la Biblia.
2.2
Libros medievales europeos
San Marcos en el Evangeliario de Ebbon
Esta ilustración pertenece a una página del Evangeliario del arzobispo Ebbon de Reims (c. 816-835), y representa a san Marcos trabajando en la redacción de su Evangelio. Las ilustraciones se caracterizan por la expresividad y fuerza propia del arte medieval. La mayoría de los libros de este periodo se escribieron en monasterios.

En la Europa de comienzos de la edad media, eran los monjes quienes escribían los libros, ya fuera para otros religiosos o para los gobernantes del momento. La mayor parte de ellos contenían fragmentos de la Biblia, aunque muchos eran copias de textos de la antigüedad clásica. Los monjes solían escribir o copiar los libros en amplias salas de los monasterios denominadas escritorios. Al principio utilizaron gran variedad de estilos locales que tenían en común el hecho de escribir los textos en letras mayúsculas, costumbre heredada de los tiempos de los rollos. Más tarde, como consecuencia del resurgimiento del saber impulsado por Carlomagno en el siglo VIII, los escribas comenzaron a utilizar también las minúsculas, cursivas, y a escribir sus textos con una letra fina y redondeada que se basaba en modelos clásicos, y que inspiraría, varios siglos después, a muchos tipógrafos del renacimiento. A partir del siglo XII, sin embargo, la escritura degeneró hacia un tipo de letra más gruesa, estrecha y angulosa, que se amontonaba en las páginas formando densos cuerpos de texto difíciles de leer (véase Escritura).
Muchos libros medievales contenían dibujos realizados en tintas doradas y de otros colores, que servían para indicar los comienzos de sección, para ilustrar los textos o para decorar los bordes del manuscrito. Estos adornos iban desde los intrincados ornamentos del Libro de Kells, una copia de los Evangelios llevada a cabo en Irlanda o Escocia en el siglo VIII o IX, a las delicadas y detallistas escenas de la vida cotidiana del Libro de horas, del duque de Berry, un libro de oraciones confeccionado en los Países Bajos por los hermanos Limbourg en el siglo XV. Los libros medievales tenían portadas de madera, reforzadas a menudo con piezas de metal, y poseían cierres en forma de botones o candados. Muchas de las portadas iban cubiertas de piel y, a veces, estaban ricamente adornadas con trabajos de orfebrería en oro, plata, esmaltes y piedras preciosas. Estos bellísimos ejemplares eran auténticas obras de arte en cuya confección intervenían, hacia el final de la edad media, orfebres, artistas y escribas profesionales. Los libros, por aquella época, eran escasos y muy costosos, y se realizaban, por lo general, por encargo de la pequeñísima porción de la población que sabía leer y que podía sufragar sus gastos de producción. Entre los manuscritos miniados españoles destacan los llamados beatos, libros bellamente decorados, sobre los Comentarios al Apocalipsis del Beato de Liébana.
2.3
El libro en Oriente
Probablemente, los primeros libros del Lejano Oriente estaban escritos sobre tablillas de bambú o madera, que luego se unían entre sí. Otro tipo de libros eran los constituidos por largas tiras de una mezcla de cáñamo y corteza inventada por los chinos en el siglo II d. C. Al principio, estas tiras se incidían con plumas o pinceles de junco y se envolvían alrededor de cilindros de madera para formar un rollo. Más adelante, se comenzaron a plegar en forma de acordeón, a pegarse en uno de los lados y a colocarles portadas hechas de papel fino o tela. Los sabios y funcionarios que sabían escribir se esforzaron especialmente en dotar a sus escritos de estilos distintivos de caligrafía, que era considerada como una de las bellas artes, lo cual no es de extrañar, pues tanto el chino como el japonés y el coreano, lenguas habladas en la actualidad por unos 1.500 millones de personas, utilizan para su escritura los llamados kanji o ideogramas, caracteres que representan no sílabas, como los de los alfabetos occidentales, sino conceptos, y son unos dibujos esquemáticos que se pueden escribir utilizando gran cantidad de estilos más o menos creativos o artísticos.
3
LIBROS IMPRESOS
Frontispicio del Vajracchedika Sutra
La traducción al chino del Vajracchedika Sutra (Sutra del Diamante), un texto budista, se imprimió utilizando bloques de madera grabados en el año 868 d.C. La portada del libro muestra su característica combinación de texto e ilustraciones, estas últimas obra de un autor anónimo. Es el primer libro impreso que se conoce.

En el siglo VI a. C., en China ya se imprimían textos utilizando pequeños bloques de madera con caracteres incisos, aunque el más antiguo de los libros impreso de este modo de que se tenga noticia, el Sutra del diamante, data del año 868. El Tripitaka, otro texto budista, que alcanzaba las 130.000 páginas, fue impreso en el 972. Por supuesto, imprimir libros a partir de bloques reutilizables resultaba más rápido y cómodo que tener que escribir las distintas copias del libro a mano, pero se necesitaba mucho tiempo para grabar cada bloque, y se podía utilizar para una sola obra. En el siglo XI, los chinos inventaron también la impresión a partir de bloques móviles, que podían ensamblarse y desensamblarse entre sí para componer distintas obras. Sin embargo, hicieron muy poco uso de este invento, debido a que el enorme número de caracteres (kanji o ideogramas) del chino —unos 7,000— hacía prácticamente inabordable la utilización de este sistema.
En Europa, se comenzó a imprimir trabajos a partir de bloques de madera en la edad media, idea que debió llegar como consecuencia de los contactos que por entonces ya se tenían con Oriente. Los libros impresos con bloques de madera solían ser obras religiosas, con grandes ilustraciones y escaso texto.
3.1
Libros del renacimiento
Página de la Biblia de Gutenberg
Completada entre 1450 y 1456, la Biblia de Gutenberg fue el primer libro que se imprimió tras la invención, por parte de Johann Gutenberg, de la imprenta de tipos fundidos. Concebida en principio para que se asemejara a un manuscrito, no llevaba números de página ni páginas de títulos u otros rasgos característicos de los libros modernos. A pesar de que la combinación de fabricación de papel y tipos fundidos permitió realizar grandes tiradas, sólo han sobrevivido cincuenta ejemplares de esta obra. Las ilustraciones que acompañan al texto de esta página fueron pintadas a mano, aunque era frecuente imprimirlas como grabados.

En el siglo XV se dieron dos innovaciones tecnológicas que revolucionaron la producción de libros en Europa. Una fue el papel, cuya confección aprendieron los europeos de los pueblos musulmanes (que, a su vez, lo habían aprendido de China). La otra fue los tipos de imprenta móviles de metal, que habían inventado ellos mismos. Aunque varios países, como Francia, Italia y Holanda, se atribuyen este descubrimiento, por lo general se coincide en que fue el alemán Johann Gutenberg quien inventó la imprenta basada en los tipos móviles de metal, y publicó en 1456 el primer libro importante realizado con este sistema, la Biblia de Gutenberg. Estos avances tecnológicos simplificaron la producción de libros, convirtiéndolos en objetos relativamente fáciles de confeccionar y, por tanto, accesibles a una parte considerable de la población. Al mismo tiempo, la alfabetización creció enormemente, en parte como resultado de los esfuerzos renacentistas por extender el conocimiento y también debido a la Reforma protestante, cuyos promotores defendieron la idea de que cada uno de los fieles debía ser capaz de leer la Biblia e interpretarla a su manera. En consecuencia, en el siglo XVI, tanto el número de obras como el número de copias de cada obra aumentó de un modo espectacular, y este crecimiento comenzó a estimular el apetito del público por los libros.
Primera edición del Quijote
En el año 1605, apareció esta primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra, dirigido al duque de Béjar y editado en Madrid en la imprenta de Juan de la Cueva, sita en la calle de Atocha. En el frontispicio del emblema se lee Spero lucem pos tenepras 'Espero la luz después de las tinieblas' que ciertamente era el lema del impresor pero que parece pintiparado para el caso de Cervantes ya que, gracias a esta obra, pasó de la más oscura existencia a la fama más absoluta.

La imprenta llegó muy pronto a España, y se supone que el primer libro español se imprimió en 1471, aunque este hecho no está documentado. Sí se sabe, en cambio, con seguridad, que al año siguiente Johann Parix imprimió el Sinodal de Aguilafuerte, que pasa hoy en día, a falta de datos sobre otros, por ser el primer libro impreso español. El primer libro fechado impreso en España fue Comprehensorium de Johannes Grammaticus, que salió de la imprenta valenciana de Lambert Palmart el 23 de febrero de 1475. En los siguientes años, y auspiciados por la política cultural de los Reyes Católicos, aparecerían otros muchos libros, como la primera gramática española, la Gramática de la lengua castellana del humanista Elio Antonio de Nebrija, impresa en Salamanca en el emblemático año 1492, y que resultaría fundamental para la fijación de nuestro idioma. La imprenta llegó a América algo más tarde, en 1540, año en que comenzó a funcionar la primera en México. La edición de libros se inició en seguida y se multiplicó extraordinariamente, tanto en Nueva España como en el Perú.
Los impresores renacentistas italianos del siglo XVI establecieron algunas tradiciones que han sobrevivido hasta nuestros días. Entre ellas se encuentran, por ejemplo, la del uso de caracteres de tipo romano e itálico, de composiciones definidas o de portadas de cartón fino, a menudo forradas en piel. Utilizaban también las planchas de madera y de metal para incidir en ellas las ilustraciones y establecieron los distintos tamaños de los libros —folio, cuarto, octavo, duodécimo, 16º, 24º y 32º. Estas designaciones se refieren al número de páginas que se pueden conseguir plegando una gran lámina de papel en las imprentas. Así, una lámina doblada una sola vez forma dos hojas (o sea, cuatro páginas), y un libro compuesto por páginas de este tamaño se denomina folio. Del mismo modo, una lámina doblada dos veces forma cuatro hojas (ocho páginas), y el libro consiguiente se denominará cuarto, y así sucesivamente. Los editores europeos contemporáneos continúan utilizando esta terminología. Los libros renacentistas establecieron también la tradición de la página de título y del prólogo o introducción. Gradualmente, se fueron añadiendo a estas páginas las del índice de contenidos, la lista de ilustraciones, notas explicativas, bibliografías e índice de nombres citados.
3.2
Libros contemporáneos
Libro electrónico
El concepto de libro electrónico se convirtió en realidad a finales de la década de 1990 con la comercialización de varios dispositivos. Estas máquinas permiten a los usuarios descargar textos de Internet y leerlos en un equipo portátil. El libro electrónico modelo RCA REB1100 que se muestra aquí tiene el tamaño de un libro de bolsillo. Su duración oscila entre 20 y 40 horas después de recargar la batería, alberga un mínimo de 8.000 páginas de texto e incluye un módem interno.

A partir de la Revolución Industrial, la producción de libros se fue convirtiendo en un proceso muy mecanizado. En nuestro siglo, se ha hecho posible la publicación de grandes tiradas de libros a un precio relativamente bajo gracias a la aplicación al campo editorial de numerosos e importantes avances tecnológicos. Así, la baja en el costo de producción del papel y la introducción de la tela y la cartulina para la confección de las portadas, de prensas cilíndricas de gran velocidad, de la composición mecanizada de las páginas y de la reproducción fotográfica de las imágenes han permitido el acceso a los libros a la mayor parte de los ciudadanos occidentales. En América Latina se han desarrollado varios grandes centros productores de libros, a través de sus editoriales más conocidas, en Argentina, Chile, Colombia, México y Cuba.
A pesar de que los modernos medios de comunicación, como la radio, el cine y la televisión, han restado protagonismo cultural al libro, continúa constituyendo el principal medio de transmisión de conocimientos, enseñanzas y experiencias tanto reales como imaginadas. Por otro lado, aunque se ha especulado con la posibilidad de que el desarrollo de las tecnologías informáticas —que han acelerado el proceso de creación de libros, tanto en cuanto a la escritura como en cuanto a la producción industrial y, por tanto, reducido su coste— tengan, paradójicamente, como efecto la sustitución del libro por otras experiencias ligadas a la imagen (realidad virtual, películas interactivas u otros), cabe, sin duda, la posibilidad de que, del mismo modo que la reducción del precio del papel posibilitó la extensión del libro a amplias capas de la población, la sustitución del libro tradicional por el libro electrónico, con su consiguiente disminución de costos de producción y distribución, permita hacer accesible el conocimiento y las experiencias didácticas o de ocio que siempre han constituido su espíritu a la casi totalidad de la población del planeta. De este modo se podría materializar, quizá, el poder mágico de transformación de la realidad que el gran dramaturgo inglés William Shakespeare atribuía a los libros en su más imaginativa obra, La tempestad (1611), en la que Próspero, el duque de Milán expulsado de su ciudad por su ambicioso hermano, recupera su ducado ayudado por los conocimientos mágicos que le proporcionan sus amados libros.
3.3
Libros de artista
Una característica unida al libro desde sus comienzos fue la de la inclusión en él de imágenes, que servían, en algunos casos, como apoyo o explicación del texto, pero que, en otros, tenían una finalidad puramente estética. En efecto, en muchas ocasiones, el escriba que copiaba a mano los libros incluía adornos o ilustraciones que servían para separar distintas partes, secciones o capítulos del texto o para embellecer o amenizar su lectura. Posteriormente, con la introducción del grabado a partir de planchas de metal o madera, muchos autores, como el italiano Giorgio Vasari en su Vida de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos (1542-1550), añadieron ilustraciones a sus libros, imágenes que se convirtieron en algo más que meras extensiones del texto. Algunos de los primeros y más bellos ejemplos modernos de interacción entre texto e imagen lo constituyen las obras del poeta, pintor y grabador inglés William Blake, que realizó numerosos libros ilustrados para los cuales realizaba él mismo las planchas con sus propios poemas y dibujos. Posteriormente, otros artistas proyectaron por completo sus propios libros, y fueron reduciendo en ellos el espacio dedicado a la palabra y ampliando el dedicado a la imagen, integrando, en todo caso y a diferencia de los simples libros ilustrados, ambos en el mismo proceso creativo. Así, el pintor francés Henri Matisse llevó a cabo, en 1947, su libro ilustrado Jazz. Paralelamente al desarrollo de los medios de comunicación de masas, que restaron algo de protagonismo al libro, fueron surgiendo artistas que utilizaron el libro como un medio de transmisión de ideas estéticas y conceptos en el que se unieran el texto y la imagen en una aleación más poderosa y creativa de la que había existido hasta entonces. Ejemplo de ello son los libros de artistas conceptuales, como el norteamericano Joseph Kosuth y el grupo Art and Language, y de otros más irrespetuosos con el concepto de ‘arte’, como los del grupo Fluxus. Algunos artistas, el francés Christian Boltanski entre ellos, han trabajado basándose en la misión originaria del libro como medio documental, mientras que otros, como el alemán Anselm Kiefer, han operado sobre la realidad del libro como objeto tangible y susceptible de ser recorrido en distintos sentidos y en distinto orden. Véase también Bibliografía, Encuadernación, Bibliofilia, Edición de libros, Ilustración, Biblioteca, Imprenta.


Los Glifos mayas




Glifos mayas, conjunto de signos o caracteres que utilizaron los antiguos mayas como forma de escritura. Se integran en bloques cuadrados o rectangulares con un elemento principal y otros que lo complementan. Se han encontrado glifos en piedra, madera, cerámica, hueso, concha y papel amate o piel de venado, en el caso de los códices. Algunos tienen dos formas: una abstracta o geométrica y otra figurativa; esta última se caracteriza por la imagen de una cabeza humana o de animal que representa, en ocasiones, un dios o un personaje mitológico. La mayoría de los glifos ya descifrados representan días del calendario y sus números (véase Calendario prehispánico), dioses y sus atributos, cuerpos celestes como el Sol, la Luna, Venus y sus correspondientes ciclos, así como las direcciones cósmicas. Los modernos epigrafistas consideran que la escritura maya tiene un carácter logo-silábico, es decir que denota fonéticamente sílabas y también palabras enteras. Los avances en el desciframiento de esta escritura han permitido la lectura de inscripciones en estelas y otros monumentos de la zona maya (véase también Arte y arquitectura mayas) y en los tres códices precolombinos que se conocen: los de Dresde, Madrid y París, así denominados por las ciudades donde se conservan.


Los Jeroglíficos




Jeroglíficos decorativos
Los antiguos egipcios utilizaban su lengua escrita para los textos religiosos, pero, por su naturaleza pictórica, los jeroglíficos también fueron un popular elemento decorativo en las estatuas, como la de la imagen.

Jeroglíficos, caracteres de cualquier sistema de escritura en el que los signos son figuras, esto es, representan objetos reconocibles. El término jeroglífico suele asociarse con la escritura en la que se representó la lengua del antiguo Egipto; los griegos aplicaron el término (que significaba 'talla sagrada') a los caracteres decorativos esculpidos en los monumentos. Después se ha empleado para los sistemas de escritura con figuras de los hititas, cretenses y mayas, aunque esos sistemas no estén relacionados con el egipcio, ya que el único elemento que tienen en común es su condición de figurativo.
2
IDEOGRAMAS Y FONOGRAMAS
Las inscripciones jeroglíficas egipcias contienen dos clases de símbolos: los ideogramas y los fonogramas. Los ideogramas representan, bien el objeto concreto que se graba, bien algo muy relacionado con él; por ejemplo, la figura de un sol puede significar 'sol' o 'día'; los fonogramas o símbolos fonéticos (véase Fonética) se emplean únicamente por su valor fonético y no tienen otra relación con la palabra que representa. El principio en el que se asienta un jeroglífico consiste en que la figura de un objeto sirve para representar no sólo el objeto, sino también una palabra que contenga su nombre, aunque signifique otra cosa; así se consigue escribir nombres propios, ideas abstractas y elementos gramaticales que por sí mismos no tendrían representación gráfica. Los fonogramas debieron representar una consonante, o una combinación de dos o tres, en un orden determinado, mientras que las vocales no se representaban. Un signo podía servir de ideograma de una palabra y de fonograma de otra. Muchas palabras se escribieron gracias a una combinación de signos fonéticos e ideográficos; la figura del suelo de una casa significa 'casa', pero el mismo signo seguido de un complemento fonético y la figura de unas piernas que andan, se usaba para escribir un verbo homófono que significaba 'salir'. Los ideogramas escritos al final de una palabra indicaban la categoría a la que pertenece la palabra, y se les ha llamado determinativos porque así se fijaba su significado (que no siempre se aclaraba dentro del contexto). La representación de un rollo de papiro, usada con valor determinativo, indica que se trata de un significado abstracto.
3
DISPOSICIÓN DE LAS INSCRIPCIONES JEROGLÍFICAS
Las inscripciones podían realizarse vertical y horizontalmente y, por lo general, se escribía de derecha a izquierda. La dirección se fijaba por un signo aislado que se colocaba al comienzo. Las inscripciones se componían de nombres, verbos, preposiciones y las demás partes de la oración que seguían el orden de las reglas gramaticales. Las palabras que se escribían con signos aislados se agrupaban y se evitaban los espacios en blanco. Las que se referían al rey y a los dioses se desplazaban y se colocaban aparte. Los dos nombres que habitualmente designaban al rey se inscribían dentro de unas cartelas o anillos reales, que eran representaciones estilizadas de lazadas de cuerda doble cuyos extremos se anudaban en la parte de abajo.
4
DESARROLLO DE LAS FORMAS CURSIVAS
Los egipcios utilizaron la escritura jeroglífica desde que establecieron el sistema, en torno al 3000 a.C., hasta la época del Imperio romano; las últimas inscripciones están fechadas en el año 394. El número de signos, así como su forma, permaneció prácticamente constante hasta el periodo grecorromano (332 a.C.), cuando aumentó mucho el número de signos utilizados. Junto a ello, incluso en los tiempos del Imperio Antiguo, habían creado otra forma de escritura, la hierática, más rápida, que, dado el volumen de los escritos, sustituía las formas jeroglíficas y se hacía con una especie de lápices de punta roma que se mojaban en un tinte; se escribía sobre papiro. Los griegos la llamaron hierática (en griego, 'sacerdotal') porque en el siglo VII a.C. estuvo limitada a los textos sagrados. Cuando se empleó para otros textos y bajo una forma más ligada se la llamó demótica (en griego, 'popular'). No obstante, la grafía jeroglífica, a pesar de ser más elaborada que la demótica o la hierática, se siguió grabando en las inscripciones de los monumentos con fines ornamentales y testimoniales. Fue su carácter figurativo y ornamental lo que impulsó a los egipcios a considerarla como parte de la decoración de sus obras arquitectónicas. Véase Arte y arquitectura de Egipto.
5
DESCUBRIMIENTO DEL SIGNIFICADO DE LOS JEROGLÍFICOS
Los romanos habían creído que los jeroglíficos tenían carácter simbólico y alegórico, pero no fonético; esta teoría se transmitió durante el renacimiento. Se empezó a sospechar otra cosa en 1799, cuando un soldado de las tropas de Napoleón durante la campaña de Egipto descubrió la piedra de Rosetta, parte de un pilar que contenía un edicto en honor de la coronación de Tolomeo V (197 a.C.) escrito en dos idiomas, griego y egipcio, éste bajo dos formas de escritura: la jeroglífica y la demótica. El diplomático sueco Johan David Åkerblad apenas consiguió identificar algunos signos fonéticos (véase Fonética) pertenecientes a la versión en cursiva, pero ya supuso un progreso; después el médico británico, también egiptólogo, Thomas Young consiguió identificar unos cuantos nombres propios. Pero el contenido no se descifró hasta que el egiptólogo francés Champollion culminó su trabajo, iniciado en 1821, y descubrió que los dos tipos de escritura egipcia eran representaciones fonéticas. En un primer momento Champollion descifró los nombres de varios reyes escritos en caracteres jeroglíficos, basándose en los mismos nombres escritos en caracteres demóticos y lo confirmó con los nombres enmarcados en las cartelas de la piedra de Rosetta y de otros monumentos tolemaicos. Después de descifrar el nombre de los gobernadores grecorromanos, proporcionó el valor fonético correspondiente a cada signo, cuando lo combinó con su equivalencia en copto, última etapa de la lengua del antiguo Egipto que él conocía. Esto le permitió descifrar los nombres más antiguos. En 1822 concluyó la traducción del texto.


La Escritura cuneiforme




Escritura cuneiforme
Las antiguas civilizaciones de Oriente Próximo utilizaron la escritura cuneiforme, que seguramente surgió en Sumeria, para las inscripciones de piedras y tablillas. Consta de más de 600 caracteres que representan una sílaba o una palabra. Se empezó a descifrar tras el descubrimiento de la Roca de Behistún (hacia el 3000 a.C.), un talud situado al oeste de Irán. Las inscripciones estaban en tres lenguas: persa antiguo, babilonio y elamita, que utilizaban un mismo sistema de escritura, el cuneiforme. La traducción fue posible gracias a las similitudes del persa y del babilonio con las lenguas modernas, y a que las tres transcribían el mismo texto.

Escritura cuneiforme (del latín cuneum, 'cuña'), término que se aplica a los signos que tienen esta forma, por lo que reciben el nombre de cuneiformes, grabados en tablillas de arcilla y también se han encontrado grabados en las inscripciones hecha en metales, piedras, estelas y otros materiales.
Un pueblo muy antiguo que vivió en el occidente de Asia empleó esa técnica. Los textos más antiguos que se escribieron así tienen 5.000 años y los más modernos proceden del siglo I d.C. La escritura cuneiforme, cuyo origen procede del sur de Mesopotamia, se cree que la inventaran los sumerios, quienes escribieron por este procedimiento la lengua sumeria; posteriormente se adaptó para escribir el acadio, lengua de la que se derivan tanto el asirio como el babilónico. Como el acadio, por considerarlo como lengua de intercambio entre los pueblos fue después el idioma de los habitantes de Sumeria, se estudió en las escuelas de todos ellos, y así se difundió el empleo de la escritura cuneiforme por Asia Menor, Siria, Persia y también fue la escritura de los documentos diplomáticos del imperio egipcio. Se usó además como forma de escritura de las lenguas que se hablaban en esas zonas, y no sólo para usos internacionales, por eso se escribieron con ella otros idiomas, como el hurrita del norte de Mesopotamia, Siria y Asia Menor, el eblaita de Siria, el hitita, el luvio, el palaico y el ático, que se hablaron en Anatolia y Asia Menor, el urartio, también conocido como vánico, de Armenia y el elamita de Persia. Por otro lado, se desarrollaron nuevos sistemas de escritura, que empleaban las cuñas como formas básicas para sus caracteres, pero que diferían de las formas babilónicas tanto en las configuraciones como en el uso estricto de ellas. Tales sistemas dieron lugar en Siria a la aparición de la escritura ugra de la lengua ugra, una lengua semítica, y en Persia a la aparición de la escritura persa que representó el persa arcaico desarrollado en el periodo aqueménida (del 550 a.C. al 330 a.C.).
2
PROCEDIMIENTOS INICIALES DE LAS INSCRIPCIONES CUNEIFORMES
Las primeras inscripciones cuneiformes estaban formadas por pictogramas. No puede decirse que fuera más sencillo el grabar líneas rectas en la arcilla con un punzón, que trazar las líneas irregulares de los pictogramas. Se inventó un punzón afilado a propósito para realizar las inscripciones y, poco a poco los trazos de los pictogramas se fueron convirtiendo en los esquemas de los caracteres cuneiformes, que se fueron estilizando cada vez más, de forma que apenas recordaban la perfil inicial de aquellos pictogramas de donde surgieron. En un primer momento cada signo sólo representaba una palabra. Pero como había palabras que no se podían expresar por medio de un pictograma, se representaron con los de otros objetos que los recordaban (por ejemplo, bien por medio de una estrella, estar de pie o ir por medio de un pie) y así ciertos símbolos representaban más de una palabra. Puesto que las palabras del sumerio fueron en su mayoría monosilábicas, desde los primeros momentos los signos se emplearon como meras sílabas, sin tener en cuenta su significado original. Los símbolos que tenían más de una lectura, como palabras y como ideogramas, también adquirieron el valor de sílabas. Por eso, con tantas lecturas fueron polisémicos, o polífonos. Junto a esto hay que tener en cuenta que el sumerio es un idioma con bastantes palabras de sonido parecido o igual, es decir, había muchos símbolos homónimos.
Una vez desarrollado completamente, el sistema cuneiforme posee más de 600 signos. Casi la mitad se emplearon como ideogramas o como sílabas, los restantes sólo fueron ideogramas. Algunos signos sirvieron como determinantes, conocidos por determinativos, que indicaban la clase a la que pertenecía la palabra (del tipo hombre, árbol, piedra). A lo largo de su existencia, el sistema era una mezcla de ideogramas y sílabas. Cuando se aplicaba a una lengua diferente, los ideogramas se podían emplear, porque se entendían al representar objetos. Con el tiempo se tendió a simplificar la escritura y a reducir el número de signos, sobre todo los polisémicos o polifónicos, para evitar la ambigüedad, con lo que se daba el primer paso para establecer el alfabeto, en el que cada signo representa un sonido, cosa que nunca había ocurrido en el sistema cuneiforme; este estadio sólo lo han conseguido las escrituras ugras y persa antigua.
3
LOS INTENTOS DE TRADUCCIÓN
Nadie sospechó el significado de las cuñas cuando los primeros viajeros que descubrieron unas ruinas encontraron en ellas escrituras cuneiformes, especialmente en las ruinas de la ciudad de Persépolis que estuvo en lo que hoy es Irán. Pietro della Valle, un viajero italiano, en el año 1621 dio cuenta de la existencia de una inscripción de 413 líneas que había en la pared de una montaña en Behistun, al oeste de Persia y copió algunos signos. En 1674 un mercader francés llamado Jean Chardin publicó grupos completos de caracteres cuneiformes y se dio cuenta de que las inscripciones aparecían siempre en series de tres formas paralelas. El primer progreso real en aras a descifrar la roca de Behistun lo realizó Carsten Niebuhr, un alemán que formaba parte de una expedición científica danesa a Oriente Próximo entre 1761 y 1767. Tuvo el acierto de pensar que la triple inscripción había que transcribirla como un único texto que estuviera escrito bajo tres tipos distintos de escrituras, aunque fueran desconocidas, y en 1777 publicó la primera copia correcta de la inscripción de Behistun. Aquella gran inscripción trilingüe de Darío I rey de Persia estaba escrita en caracteres cuneiformes en tres idiomas: persa, elamita (antes llamado lengua de Susa) y babilonio. Esos sistemas de escritura fueron los que emplearon los reyes de Persia de la dinastía Aqueménida para conseguir que sus normas legales fueran conocidas por las tres naciones que dominaban.
La escritura del persa en caracteres cuneiformes fue la primera que se descifró. Los investigadores alemanes Oluf Gerhard Tychsen y Georg Friedrich Grotenfend y el filólogo danés Rasmus Christian Rask identificaron algunos signos. Casi todo el sistema fue descifrado por el orientalista francés Eugéne Burnouf; por otro lado, el británico Henry Creswicke Rawlinson, especialista en Asiria, interpretó el texto que había copiado por sí mismo de la montaña de Behistun y publicó sus resultados en 1846. Se consiguió descifrar antes la escritura cuneiforme persa por el conocimiento que se tenía de la lengua india pahlevi. El sistema persa es el más sencillo y reciente entre las escrituras cuneiformes. Consta de 36 caracteres que son prácticamente alfabéticos, aunque algunos signos se usaron con valor silábico. Además posee una palabra que sirve para dividir. Su empleo quedó restringido a los límites que fijan los años 550 a.C. al 330 a.C. El texto más antiguo podría tratarse de una inscripción de Ciro el Grande en Pasargada y el más reciente el de Artajerjes en Persépolis (que reinó entre 358 a.C. al 338 a.C.).
La escritura del elamita en caracteres cuneiformes suele recibir el nombre de segunda forma, porque aparece en segundo lugar en las inscripciones trilingües de los reyes aqueménidas. Quien primero intentó descifrarla fue el orientalista danés Neils Ludvig Westergaard en 1844. A la hora de traducirla, fue de gran importancia el hecho de que estuviera repetida palabra a palabra en las inscripciones trilingües, porque no sirvió de ayuda ninguna lengua conocida, moderna ni muerta. Contiene 96 signos silábicos, 16 ideogramas y 5 determinativos. Los caracteres del elamita están bastante claros, aunque haya dudas en el caso de unas cuantas palabras. La versión babilónica del texto de Behistun se descifró gracias al trabajo conjunto del orientalista francés Jules Opert, el orientalista irlandés Edward Hincks, el arqueólogo francés L. Fréderick Joseph Caignart de Saulcy y Rawlinson. La lengua escrita bajo este tercer sistema cuneiforme presentó una gran similitud con los dialectos semíticos que eran ya muy conocidos, hecho decisivo a la hora de descifrarla. Las inscripciones de Behistun fueron la primera pista, pero se sabe que el babilonio empleó escritura cuneiforme 2.000 años antes de que se grabara la piedra de Behistun. Se han encontrado muchos testimonios muy antiguos bajo escritura cuneiforme en Babilonia, Nínive y otros lugares cerca de los ríos Tigris y Éufrates. Se grababa en sellos, cilindros, piedras, obeliscos, estatuas y en las paredes de los palacios. Han aparecido muchas tablillas de cerámica, algunas de 22 centímetros de largo por 15 de ancho y otras son mucho más pequeñas aún de unos dos centímetros y medio. A menudo su escritura es muy pequeña. En algunas tablillas hay seis líneas en el espacio de dos centímetros, por lo que hay que leerlas con lupa.
4
CONOCIMIENTO MODERNO DE LA ESCRITURA CUNEIFORME
La prueba definitiva de que los primeros signos fueron pictogramas no se tuvo hasta que se encontraron las primeras inscripciones. El alemán Friedrich Delitzch sostuvo en 1897 un punto de vista contrario, al mantener que los pictogramas surgieron a partir de un número relativamente pequeño de signos básicos. Las combinaciones de estos signos, mantenía Delitzch, dieron lugar con el paso del tiempo a cientos de signos cuneiformes. Esta teoría ha recibido un cierto apoyo, aunque otros investigadores se inclinaron por el origen pictográfico de los signos cuneiformes. El orientalista estadounidense George Aaron Bartonin lo demostró en 1913 en su obra Origen y desarrollo de la escritura babilónica, que presentaba una colección de 288 pictogramas pertenecientes a las inscripciones cuneiformes más tempranas y fijaba su evolución. Según Bartonin, los primeros signos se dibujaron siguiendo el cuerpo humano y sus partes; luego mamíferos, pájaros, insectos, peces, árboles, estrellas y nubes, tierra, agua, construcciones, barcos, mobiliario, utensilios domésticos, fuego, armas, ropas, objetos de culto, mallas, redes, cacharros e instrumentos musicales. Las excavaciones realizadas por los arqueólogos alemanes, que se llevaron a cabo desde 1928 hasta 1931 en Uruk, que hoy es Warka, en Irak, proporcionaron los ejemplos más antiguos que se conocen y eran unas tablillas de arcilla que tenían inscritos unos pictogramas.
La transcripción de la escritura cuneiforme ha contribuido en gran medida al conocimiento que hoy se posee sobre Asiria, Babilonia y el antiguo Oriente Próximo. El Código de Hammurabi, con sus caracteres cuneiformes, es uno de los monumentos más importantes que nos ha dejado la antigüedad precristiana. Las inscripciones que se descubrieron en 1929, gracias a las excavaciones francesas en Ras Shamra al norte de Siria, han demostrado que sus caracteres cuneiformes correspondían a un alfabeto consonántico. Se cree que se usó entre el 1400 a.C. y el 1200 a.C. La mitología escrita en este alfabeto conocido por el Ras Shamra, ha arrojado luz sobre la vida religiosa de la antigua Siria y ha obligado a reinterpretar ciertos aspectos de la Biblia.


La Paleografía





Paleografía, en sentido amplio, es el estudio y análisis de los documentos que se escribieron en las edades antigua y media. Cabe entender la paleografía de forma más restringida como el estudio de los documentos que se han escrito sobre materiales perecederos como el papiro, las tablillas enceradas, el pergamino, el cuero y el papel. En otros casos se ha limitado su campo de estudio a los testimonios escritos en griego, latín y lenguas derivadas. Está relacionada con la Epigrafía que es la ciencia dedicada a estudiar las inscripciones grabadas en piedra o metal.
2
MATERIALES ANTIGUOS EMPLEADOS EN LA ESCRITURA
Sello antiguo
Durante siglos los sellos y marchamos sirvieron para garantizar tratados, intercambios y documentos. Una de las primeras formas de imprimirlos consistía en presionar sobre arcilla húmeda o cera dos piedras que tenían grabada en relieve una misma figura: una en positivo y otra en negativo, al hacerlo creaban un distintivo que era una marca reproducible. Este sello de un toro procedente de la India es una muestra característica del 2300 al 1750 a.C.

Los materiales más usados en la antigüedad fueron las tablillas enceradas, los rollos de papiro y más tarde los códices o libros de cuero. Los papiros se disponían en unas tiras de seis a nueve metros de longitud y fueron el material más empleado en la época clásica, siendo de uso común en el periodo de tiempo comprendido entre el 500 a.C. hasta más allá del 300 d.C. Presentaban algunos inconvenientes, puesto que había que enrollarlos después de cada lectura, eran de incómodo manejo y, además, el principio y el final de cada rollo solía deteriorarse con mucha frecuencia, lo que ha producido muchas lagunas y huecos en los textos de los autores clásicos.
Se sabe que en la antigua Roma se empleaba el cuero para las obras literarias desde el siglo I d.C. y que en Grecia se había usado mucho antes e incluso de una manera generalizada. En torno al siglo IV, se transfirieron a los códices los textos literarios griegos y romanos, y les dieron forma de libro imitando la configuración de las tablillas enceradas. Los códices eran más manejables y más cómodos para la consulta de obras extensas. No obstante, no se transcribió la totalidad de las obras griegas ni tampoco las de la última época anterior a Cristo, por lo que muchas no han llegado hasta nuestros días.
3
LOS ESTILOS ANTIGUOS
Tanto en los rollos de papiro como en los códices, los textos en prosa se escribieron en dos columnas. Las palabras no se separaron hasta el siglo IX, aunque en algunos textos e inscripciones se utilizaron unos puntos y unas marcas que cumplían esa misión. Estas prácticas explicarían los muchos errores de transcripción que cometieron los escribanos, que solían ser personas poco cultas o descuidadas.
Durante mucho tiempo resultó complicado descifrar los manuscritos medievales como consecuencia de estos errores en las copias, así como por el uso de contracciones, abreviaturas y enlaces que se utilizaban por dos motivos, por ahorrar trabajo y por economizar materiales que eran muy caros. Rara vez se usaban las abreviaturas en los primeros manuscritos, pero con el paso del tiempo se fueron haciendo cada vez más frecuentes.
Los escribas de la antigüedad empleaban dos estilos que se conocen como escritura libraria, que se hacía a mano, y otro más rápido, también a mano, que se ha llamado cursiva documental, empleada para los documentos que no eran literarios, sino relacionados con la vida diaria. Los manuscritos que existen de los autores clásicos están escritos bajo la forma libraria o bajo una forma de influencia cursiva que se desarrolló a lo largo de la edad media.
Todos los manuscritos griegos y latinos que se escribieron en la edad antigua y en la medieval, se clasifican bien dentro de la escritura en mayúscula, esto es, de letras grandes, o en minúscula, de letras pequeñas. La escritura en mayúsculas se subdivide en: (1) capitales, ya sea en trazos cuadrados, realizados con mucho cuidado para que sus ángulos recuerden las inscripciones en piedra, o de capitales llamadas rústicas, más alargadas y de trazos oblicuos y pequeños cruces realizados con más libertad; y (2) unciales, que son las capitales modificadas por trazos curvos y ángulos, que eran más fáciles de trazar. La escritura en minúsculas es el resultado de escribir mayúsculas con rapidez y consecuencia de la influencia de la cursiva; las letras cambian de forma y se hacen más pequeñas, pero la escritura en minúsculas es diferente a la cursiva en muchos casos.
4
LA ESCRITURA GRIEGA
El primer papiro griego de carácter literario es un fragmento de los Persae del poeta Timoteo, que está escrito en letras capitales, parecidas a las de las inscripciones. Los documentos precursores de la escritura uncial aparecen en el siglo I d.C., y sus características esenciales se pueden seguir en los papiros hasta los siglos VI y VII d.C. En la historia de los papiros griegos se pueden distinguir tres periodos: el tolemaico, desde el 330 hasta el 30 a.C.; el romano, desde el 27 a.C. hasta el 305 d.C., caracterizado por los trazos redondeados y adornados; y el bizantino, desde el 360 hasta la conquista de Egipto por los árabes en el año 640, caracterizado por un estilo decorativo.
Los manuscritos más antiguos son los tres grandes códices unciales de la Biblia: el códice Vaticano, el códice Sinaítico y el códice Alejandrino de los siglos IV y V. Son tres manuscritos en griego del Nuevo Testamento que están escritos básicamente en caracteres unciales y sobre unos rollos de papiro. En torno al siglo VII la escritura inclinada uncial es la más corriente; se caracteriza por los contrastes entre los trazos gruesos y los suaves, y se la conoce como uncial eslavona porque sirvió de base al alfabeto eslavo.
5
LA ESCRITURA ROMANA
La paleografía latina comienza con los caracteres en mayúscula, como se comprueba en los manuscritos más antiguos que existen, caso de las obras de Virgilio de los siglos IV al V d.C.; eran caracteres capitales, cuadrados y rústicos. Tanto la forma libraria como la uncial se emplean desde el siglo V al VIII, y están presentes en las obras bíblicas y patrísticas. La forma cursiva se generalizó, y como estaba muy influida por la mayúscula libraria, se creó un estilo nuevo denominado semiuncial, que se convirtió en la forma popular libraria con sus modificaciones. Esta forma clara y hermosa influyó en la libraria medieval. A partir del siglo VII casi toda la escritura libraria era en minúsculas, resultado de una evolución de la cursiva que realizaron los copistas quienes incluyeron rasgos de la uncial y la semiuncial. Los primeros ejemplos del estilo cursivo se encuentran en los letreros de las paredes y en tablillas enceradas que se han encontrado bajo las ruinas de la ciudad de Pompeya, escritas todas ellas antes del año 79 d.C. A partir de las letras cursivas se han desarrollado las letras minúsculas y se han convertido en los llamados estilos nacionales que aparecen en la edad media, donde cada nación adoptó su propio estilo.
6
EVOLUCIÓN DE LOS ESTILOS NACIONALES
Durante la edad media aparecieron siete grandes estilos caligráficos: el lombardo del sur de Italia, que se practicó en los monasterios italianos de La Cava y Montecassino; también conocido como beneventanocasiense, se empleó entre los siglos IX y XIII. El visigodo, que se utilizó en la península Ibérica entre los siglos VIII y XII. No se puede hablar de una sola forma de escritura, pues en esos momentos los árabes rigen Al-Andalus y surge una síntesis de culturas, a la que no escapa la escritura, que muestra su estilo en los manuscritos mozárabes. Aquí las letras son de menor tamaño que en la escritura uncial y semiuncial. Los códices, que son documentos históricos y textos literarios, dan lugar a toda una escuela de iluminadores o ilustradores (llamados beatos), cuya mejor expresión la representa el Beato de Liébana. Su obra Comentarios al Apocalipsis de San Juan y a la profecía de Daniel está ilustrada con gran riqueza iconográfica e incorpora una forma colorista y brillante de adornar las letras iniciales de cada sección, así como la figura humana. A partir del reinado de Alfonso X (siglo XIII) la escritura recibe la influencia francesa, nunca ausente, del estilo gótico. El llamado estilo insular, presente en Inglaterra e Irlanda es más conservador que el continental y procede de la escritura semiuncial; es de trazos angulares y fue llevada a Irlanda durante los siglos IV y V.
Durante los siglos VII y VIII, en Francia aparece el estilo precarolingio o merovingio, que se modificó durante el reinado de Carlomagno, momento en el que se presta una gran atención a la copia de manuscritos anteriores. Los copistas, que escribían sobre un pupitre, produjeron una caligrafía sencilla y muy hermosa sobre la base de las letras semiunciales que se llamó minúscula carolingia. A partir de ese momento cada nación de Europa crea su propia escritura al reformar esta grafía que todos conocían.
En el siglo XII se extiende el uso de la llamada escritura gótica, o letra negra; era una modificación de la minúscula carolingia que había sustituido las curvas de sus trazos por ángulos. De difícil lectura, no sólo por su carácter angular, sino también por el uso excesivo de contracciones y abreviaturas, aunque en otro tiempo fue la forma elegida para la imprenta, hoy apenas se usa.
El renacimiento del estilo carolingio tuvo lugar en Italia durante el siglo XIV, donde se desarrolló un estilo muy bello y regular, que condujo a la llamada caligrafía humanista del siglo XV, y que triunfó por su claridad y por haber recuperado las letras romanas de la escritura semiuncial del primer periodo. Estas minúsculas son las precursoras de las letras que hoy están vigentes.


Entradas populares

Me gusta

Seguidores