La Retórica




Busto de Cicerón
A la oratoria debe, sobre todo, su fama el escritor y político romano Cicerón. Su actividad como político defensor a ultranza del Senado romano le costó el exilio en Macedonia, deportado por Julio César. Su hacer literario fue tan importante para el latín que su escritura se convirtió en modélica, no sólo en su época sino, incluso en siglos posteriores, especialmente durante el renacimiento.

Retórica, en su sentido más amplio, teoría y práctica de la elocuencia, sea hablada o escrita. La retórica hablada es la oratoria. La retórica define las reglas que rigen toda composición o discurso en prosa que se propone influir en la opinión o en los sentimientos de la gente y, en tal sentido, es una forma de la propaganda. Se ocupa, pues, de todos los asuntos relacionados con la belleza o vigor del estilo (véase Figuras retóricas). En un sentido más estricto, la retórica se ocupa de los principios fundamentales que tienen que ver con la composición y enunciación del discurso oratorio: inventio (del verbo invenire, encontrar o definir el tema del que se va a hablar); dispositio (disposición de las partes); elocutio (elección de las palabras, ligada con el ornato y las figuras); memoria (memorización) y actio (relacionada con el acto de emisión del discurso, próxima a la representación teatral). Las tres primeras son las fundamentales desde el punto de vista de la obra escrita.
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RETÓRICA CLÁSICA
El poder de elocuencia que demuestran Néstor, Odiseo y Aquiles en la Iliada llevó a muchos griegos a considerar a Homero como el padre de la oratoria. El establecimiento de las instituciones democráticas en Atenas en el 510 a.C. volvió esencial para todos los ciudadanos el desarrollo de la habilidad oratoria; así fue como surgió un grupo de maestros, conocidos como sofistas, que se propusieron hacer que los hombres hablasen mejor según las reglas del arte. Protágoras, el primero de los sofistas, realizó un estudio de la lengua y enseñó a sus alumnos cómo hacer que la causa más débil se tornase más fuerte. Se dice que el verdadero fundador de la retórica como ciencia fue Corax de Siracusa, quien la definió como 'artífice de la persuasión' y escribió el primer manual sobre este arte. Otros maestros fueron Tisias, alumno de Corax, también de Siracusa; Gorgias de Leontium, que fue a Atenas en el 427 a.C.; y Trasímaco de Calcedón, quien también enseñó en Atenas. Antifón, el primero de los llamados Diez Oradores Áticos, fue el primero en combinar la teoría y la práctica de la retórica. Con Isócrates, el gran maestro de la oratoria en el siglo IV a.C., el arte de la retórica llegó a ser un estudio cultural, una filosofía con un propósito práctico.
Platón satirizó el tratamiento más técnico de la retórica, con su énfasis en la persuasión más que en la verdad, en el diálogo Gorgias, y en Fedro discutió los principios que conformaban la esencia del arte retórico. Aristóteles, en su Retórica, definió la función de la retórica basándola, más que en la persuasión, en el descubrimiento de 'todos los medios disponibles de persuasión'. Recalcó, por tanto, la importancia de la victoria dialéctica mediante un razonamiento persuasivo y ordenado de la verdad, más que en dominar a los oyentes apelando a sus emociones. Consideraba a la retórica como arte hermana de la lógica. En Roma, al principio, fueron griegos los encargados de enseñar retórica formal, y los grandes maestros de la retórica teórica y práctica, Cicerón y Quintiliano, estuvieron influidos por los modelos griegos. Cicerón escribió varios tratados sobre la teoría y la práctica de la retórica, pero el más importante fue De inventione. El famoso De Institutione oratoria de Quintiliano todavía es válido por el amplio tratamiento que hace de los principios de la retórica y la naturaleza de la elocuencia ideal. Las disertaciones escolares del temprano imperio se encuentran en las suasoriae (disertaciones persuasivas) y en las controversias del retórico Séneca el Viejo, padre del filósofo, ambos nacidos en Córdoba (España). Las primeras corresponden al género deliberativo y estaban destinadas a los niños. Las segundas, pertenecientes al género judicial, eran practicadas por los estudiantes mayores. Durante los cuatro primeros siglos del Imperio romano, enseñaban retórica los maestros llamados sofistas, término que equivalía entonces a un título académico.
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RETÓRICA MEDIEVAL Y RENACENTISTA
La Retórica constituyó, junto con la Gramática y la Dialéctica, el Trivium, es decir, las tres disciplinas preliminares de las siete artes liberales que se impartían en las universidades. Las principales autoridades medievales en retórica fueron tres estudiosos romanos de los siglos V, VI y VII: Marciano Capella, autor de las Bodas de Mercurio y Filología, tratado basado en una alegoría de las siete artes liberales (además del Trivium, el Quadrivium: Aritmética, Astronomía, Geometría y Música); Flavio Casiodoro, historiador y fundador de monasterios, célebre por sus Institutiones diuinarum et saecularium litterarum, cuyo segundo libro contiene una relación de las siete artes liberales; e Isidoro de Sevilla, arzobispo español autor de las Etimologías, una obra enciclopédica que reúne la erudición del mundo antiguo.
Durante el renacimiento, el estudio de la Retórica continuó basándose en las obras de escritores como Cicerón, Quintiliano y Aristóteles, cuya Poética se difundió, desde finales del siglo XV hasta el XVII, gracias a traducciones italianas. Los manuales de Retórica, casi todos en latín, se convirtieron sobre todo en guías para escribir bien, para saber hacer versos. Este proceso lo desarrollarían los jesuitas, dando mayor relieve a la noción de orden, expresada en la identidad entre disciplina escolar, disciplina del pensamiento y disciplina de lenguaje. Destacan los manuales de los padres Núñez, Susius y Suárez. El primero, en su Institución, incluye ejercicios, las tres partes fundamentales de la retórica (invención, ordenamiento y estilo) y una parte moral (la sabiduría). En 1541, el fraile jerónimo Miguel de Salinas publicó en Alcalá de Henares una Retórica en lengua castellana 'para que con ella, no sabiendo latín, pudiese entender algo de lo que los retóricos latinos y griegos ponen acerca de la ciencia del bien hablar y escribir y aprovecharse de ello'. De 1604, en Toledo, es la primera edición de Eloquencia española en arte de Bartolomé Jiménez Patón. La importancia de la construcción retórica se revela, a través de aspectos parciales, en textos como el Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega y en los comentarios dispersos que, sobre el uso del lenguaje y la composición del texto, aparecen en Cervantes.
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RETÓRICA MODERNA
A pesar de su decadencia a partir de finales del siglo XVIII, la retórica siguió brindando recursos para su ejercicio en el terreno de la oratoria política y del debate de ideas. Desde una perspectiva más libre de manuales, autores como Victor Hugo (a pesar de su grito de 'muerte a la retórica'), Baudelaire, Valéry, van ofreciendo las normas modernas de una nueva retórica. Que la retórica haya sido reducida al ámbito del manual y del texto escolar, no quiere decir que en ellos resida su significado original. Gracias a Arnold Schering (1877-1941), es posible afirmar que el sistema didáctico musical era adaptación del retórico: hay también en la música un 'arte de hallar' (la inventio), como lo demuestran las Invenciones de Bach. En el ámbito literario ha habido intentos de sustitución del término y de su propia estructura: de la poética a la estilística, de las artes poéticas a los manifiestos de las vanguardias. Está claro que la nueva retórica, a partir de investigadores como Roland Barthes, Roman Jakobson (retórica y lingüística), Tzvetan Todorov, el formalismo ruso, el new criticism angloamericano, Lacan y el psicoanálisis, el grupo de Agustín García Calvo, entre otros, es una prolongación enriquecida de la antigua porque, glosando a Ernst Robert Curtius, ¿cómo subsistir sin una exposición de la retórica que se renueve constantemente y que siga de cerca las producciones artísticas modernas?


La Poesía




Andrés Bello
El escritor y político venezolano, Andrés Bello (1781-1865), cultivó diversos géneros literarios, desde la poesía hasta los ensayos históricos y filosóficos. Pero su obra de mayor relieve es la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, considerada uno de los textos más importantes en la historia científica de la lengua española. El fragmento leído por un actor corresponde a la obra Alocución a la Poesía.

Poesía, forma del discurso literario o artístico que se rige por una singular disposición rítmica y por la relación de equivalencia entre sonidos e imágenes. La poesía o discurso poético (que a menudo se usa como sinónimo de verso para oponerla a la prosa) une a veces la organización métrica a la disposición rítmica y, en esos casos, puede tener una estructura estrófica. Según el filólogo español Tomás Navarro Tomás, “la línea que separa el campo del verso del de la prosa se funda en la mayor o menor regularidad de los apoyos acentuales”.
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LA NATURALEZA DE LA POESÍA
La poesía puede considerarse como una de las artes más antiguas y difundidas. Originalmente unida a la música en la canción, se fue independizando y el ritmo propiamente musical fue sustituido por el ritmo lingüístico. Este fenómeno ha motivado ciertas definiciones de poesía en las que se otorga papel relevante a la métrica y deja de lado prácticas poéticas, como la basada en versículos (de la Biblia a Walt Whitman, Allen Ginsberg y Pablo Neruda, entre otros) o el verso libre, en las que importa más lo rítmico que lo estrictamente métrico.
Desde un punto de vista métrico, la poesía traslada al lenguaje una experiencia humana emocional y sensualmente significativa. El metro puede basarse en la intensidad de las sílabas (fuertes o débiles) o en su acentuación. Si una sílaba es fuerte o débil, acentuada o inacentuada, depende de una cuestión de longitud —más larga o más corta—, como en el verso árabe o en el verso clásico griego y latino. En el verso griego, por otra parte, tanto el tono como la longitud silábica cumplen un papel en la determinación del acento. También depende de la intensidad más fuerte o más suave, como en el verso latino medieval y, en general, en el verso germánico. No todas las lenguas, sin embargo, tienen diferencias tan señaladas en el énfasis silábico; tampoco todos los poetas eligen explorar estas diferencias para crear modelos rítmicos. En muchas lenguas, el ritmo poético depende menos de las diferencias entre las sílabas que de la longitud del verso. Ésta se deriva del número total de sílabas en un verso (verso silábico), como en la poesía francesa, italiana, china, japonesa y galesa; o del número de sílabas acentuadas en un verso (verso acentual), como en la antigua poesía inglesa aliterativa; o por la combinación de número y acento. En español, los versos pueden ser métricos, cuando poseen el mismo número de sílabas; amétricos, si no mantienen esa igualdad silábica. Éstos también se llaman asilábicos o irregulares y pueden ser acentuales, cuando repiten en número variable el mismo tipo de cláusulas rítmicas (véase Versificación); libres, cuando no se rigen por medida silábica ni por igualdad de cláusulas rítmicas. También los hay fluctuantes, cuando se someten a ciertos límites silábicos o rítmicos.
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FORMAS POÉTICAS
San Juan de la Cruz
San Juan de la Cruz (1542-1591) es el poeta místico más puro y de expresión más intensa de la literatura española. Su poesía se centra en la reconciliación de los seres humanos con Dios a través de una serie de pasos místicos que se inician con la renuncia a las distracciones del mundo. Se ha señalado la riqueza y variedad de su léxico, sorprendente dentro de una obra tan breve, pero que explota a fondo las posibilidades de fervor religioso y estético que inspira el misticismo español, al que lleva a cumbres inalcanzables. El audio recoge el inicio del Cántico espiritual.

La incorporación de nuevas formas de construir poesía, como el poema en prosa o la prosa poética, del mismo modo que la fusión entre lo narrativo, lo lírico y hasta ciertos rasgos de teatralidad en la poesía tradicional (la poesía pastoril, por ejemplo), hace cada vez menos convincente la teoría que reduce lo poético a la disposición en versos que, a veces, se combinan en estrofas. El ritmo acentual acaba siendo el rasgo determinante y, por tanto, ni siquiera el aspecto estrictamente métrico (la cantidad de sílabas) resulta distintivo. A través de las sucesivas etapas de la poesía española, han coexistido la versificación amétrica y la regular. Comprueba Tomás Navarro Tomás que la estructura rítmica del Cantar de Mio Cid, con su fluctuación en hemistiquios de seis, siete y ocho sílabas, es la que perdura en la prosa castellana. Si, por otra parte, en un poema importan, junto con la regularidad acentual, las distintas pausas que hacen a la respiración del texto, debe tenerse en cuenta que la conversación también se sostiene en una base rítmica y que ésta, elaborada artísticamente, conduce al poema. El ritmo del habla, en otras palabras, sustenta el ritmo de la construcción poética. Tomemos, por ejemplo, una estrofa del poema “Walking Around” de Pablo Neruda: “Sucede que me canso de mis pies y mis uñas / y mi pelo y mi sombra. / Sucede que me canso de ser hombre. / Sin embargo sería delicioso / asustar a un notario con un lirio cortado / o dar muerte a una monja con un golpe de oreja. / Sería bello / ir por las calles con un cuchillo verde / y dando gritos hasta morir de frío”.
Desde el punto de vista métrico, se combinan versos alejandrinos (1º, 5º y 6º), endecasílabos (3º y 4º), dodecasílabos (8º y 9º), un heptasílabo (2º) y un pentasílabo (7º). Estos dos últimos pueden entenderse como descomposición de un dodecasílabo. Los seis primeros versos tienen acentos regulares en la sexta y la décima sílabas y su primer acento oscila entre la segunda y la tercera. El séptimo introduce una variante con respecto a los anteriores: acento en cuarta, énfasis repetido en los dos últimos y éstos, a su vez, acentúan la novena y, por fuerza, la decimoprimera. En el último verso, los tres últimos acentos caen sobre la i: gritos, morir, frío, efecto anticipado en sería, ir y cuchillo.
Salvo en el séptimo verso, donde se da un ritmo trocaico (oóoóo), y en la alternancia troqueo (óo)- dáctilo (óoo) - anapesto (ooó) de los dos últimos, en general se impone la frecuencia acentual del dáctilo (óoo) y del yambo (oó).
Además de los acentos, hay otros recursos fónicos (véase Figuras retóricas) que enriquecen el poema: paronomasias entre sucede, canso, sombra, ser, sin, sería, delicioso, asustar; entre pies y pelo; entre sombra y hombre; entre muerte y monja; entre calles y cuchillo; entre bello, calles y cuchillo; entre gritos, morir y frío; terminaciones semejantes (notario y lirio, monja y oreja) que, a su vez, introducen, desde el punto de vista semántico, antítesis con intención irónica; rimas internas asonantes (notario y cortado); polisíndeton, es decir, uso repetido de las conjunciones entre dos o más términos o frases (...de mis pies y mis uñas / y mi pelo y mi sombra). Al no haber rimas finales, resulta interesante observar —para entender los acordes, la música del poema— cuáles son las vocales finales acentuadas más frecuentes. En este caso, a pesar de la libertad compositiva, llama la atención la simetría: -U (uña) -O O O (sombra, hombre, delicioso) -A (cortado) -E E E (oreja, verde, bello) -I (día); y, analizando las más frecuentes (O y E), se comprueba que las átonas finales son las mismas (A-E-O: sombra-oreja; hombre-verde; delicioso-bello).
En un poema en prosa de Juan Ramón Jiménez, “Orillas nocturnas” (Diario de un poeta recién casado), puede descubrirse también una regularidad rítmica que lo define como poesía y que, por tanto, revela una vez más que el verso no es su único instrumento: “Un campo muy bajo, casi sin campo, terroso, gris, seco. Un cielo muy alto, cielo sólo, blanco. Un gran olor a heno, áspero abajo, purísimo arriba. ¿Se van a separar la tierra y el cielo?... Grillos y estrellas, enredados, atan el paisaje”.
Desde el punto de vista de la frecuencia acentual, hay un predominio dactílico, con algunas formas trocaicas, como en “cielo sólo, blanco” (óoóoóo). Aunque no haya intención de adaptarse a una norma métrica, merece la pena medir la duración de los distintos periodos entre puntos para descubrir que el primero tiene 17 sílabas (6: un campo muy bajo; 5: casi sin campo; 6: terroso, gris, seco, grupo este último con compensación entre la s de gris y la de seco y que demuestra que no siempre coincide el acento gramatical con el rítmico pues los fundamentales acentos van en la segunda sílaba y en la penúltima, según el esquema (oóo), en el que gris resulta átona), el segundo 12 (6: un cielo muy alto; 4: cielo sólo; 2: blanco), el tercero 18 (7: un gran olor a heno; 5: áspero abajo; 6: purísimo arriba), el cuarto 12, el quinto 15 (5: grillos y estrellas; 4: enredados; 6: atan el paisaje). Destacan además las asonancias internas en a-o (campo-bajo-campo, alto-blanco, áspero abajo, enredados), en e-o (seco, cielo, heno), y una sola vez en i-o (purísimo, grillo).
La organización musical del texto abarca las semejanzas fónicas, a manera de acordes, y también las variaciones que incluyen el contraste entre un tipo de sucesión rítmica y otro, las correspondencias entre ciertos sonidos y la atmósfera que se pretende comunicar, el uso de los signos de puntuación como reveladores de pausas expresivas.
Aunque puedan captarse diferencias rítmicas entre un poema (en verso o en prosa) y un fragmento de prosa narrativa, es verdad que las dos formas artísticas ofrecen la posibilidad de descubrir rasgos métricos y musicales —del sonido a los silencios— coincidentes. Un excelente ejemplo se encuentra en los periodos rítmicos del Ulises del novelista irlandés James Joyce, cuya riqueza ha sido trasladada satisfactoriamente al castellano por José María Valverde. El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante también ha puesto su talento de escritor en acción para traducir otras obras de Joyce.
En lengua española existen varios casos de prosa cuidada y atenta al ritmo. Si éste no existe, no sirve de pretexto el lugar común según el cual el ritmo es patrimonio de la poesía. Ejemplos como Gabriel Miró (“Comienza el color en la raya del mar. Amanece en las aguas un huerto de granados, de naranjos, de cidros”, Años y leguas), Luis Martín Santos en Tiempo de silencio, Julio Cortázar en Rayuela, José Lezama Lima o el propio Cabrera Infante, bastarían para demostrar que cuando la prosa es buena no se aparta del quehacer poético en sentido amplio.
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TIPOS DE POESÍA
La condensación, una marcada tendencia al uso de imágenes y un fuerte componente emotivo y sensual son características de la amplia variedad de poemas llamados líricos. Resultan más fácilmente definibles las otras grandes divisiones de la poesía: narrativa (poemas épicos, baladas, romances, cuentos y fábulas en verso) y dramática (la poesía como discurso directo en circunstancias específicas). La poesía lírica, sin embargo, abarca desde himnos, nanas, cantos de taberna y canciones populares hasta la enorme variedad de poemas y canciones de amor; desde las punzantes sátiras políticas hasta la más o menos oscura poesía filosófica; desde las epístolas en verso a las odas; desde los epigramas y sonetos a las elegías.
Existe una clara distinción entre la poesía como arte puro y la llamada poesía didáctica, cuyo extremo lo constituyen ciertos recursos mnemotécnicos (“treinta días trae noviembre, con abril, junio y septiembre”) o los intentos de hacer el aprendizaje más entretenido. En la tradición clásica se hablaba del prodesse et delectare (‘instruir deleitando’) y ese fue el ideal dominante durante varios siglos. El siglo XIX y sobre todo el XX inauguran la búsqueda de una literatura que, sin abandonar las preocupaciones morales, se base más en la respuesta individual y, con ella, en el papel cada vez más relevante del lector, que habrá de tener una actitud participativa, capaz de leer entrelíneas y de extraer sus propias conclusiones. Cuando el interés de la comunicación se centra en el conocimiento por sí mismo o en la instrucción práctica, el término poesía resulta inapropiado. En sus Geórgicas, Virgilio intenta en realidad instruir a sus lectores en el arte de la agricultura. En obras de este tipo, se impone la necesidad de una expresión clara de un ordenamiento lógico y de una presentación completa por encima de la proyección poética de la experiencia humana.
Entre los poetas líricos, los japoneses han aportado un ejemplo insuperado de concisión y brevedad. Las dos formas favoritas son el tanka, con una tradición ininterrumpida de unos 13 siglos, y el haiku, cuyo origen se remonta al siglo XVI y ha tenido una notable influencia en los poetas occidentales a principios del siglo XX. Ambas formas renuncian a la rima y se basan en el cómputo silábico: el tanka abarca 5 versos, dos pentasílabos (primero y tercero) y tres heptasílabos (segundo, cuarto y quinto). El haiku tiene sólo tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, respectivamente (17 sílabas en total).
El haiku, que se ha definido como una especie de satori o iluminación, podría considerarse el emblema de la poesía por su capacidad de condensar sensaciones, imágenes y, más aún, esbozos de una imagen. Vinculado con la filosofía zen, importa captar un momento mínimo que suele pasar inadvertido a la mirada habitual. No es la subjetividad poética lo que importa sino ese hallazgo que habla de una comunicación con el universo. El haiku se difunde en la literatura occidental desde principios del siglo XX: primero en Francia, donde Paul Louis Chochoud publica en 1905 un libro de poemas y en 1906 un ensayo titulado Los epigramas líricos de Japón; en Inglaterra, entre 1908 y 1912, se reunieron varios poetas interesados en el haiku, entre ellos Hilda Doolittle y Ezra Pound, quien llegó a decir que “es mejor presentar una sola imagen en toda la vida que producir obras voluminosas”.
En España y América, el haiku no resultó una forma extraña, sobre todo por su proximidad con el epigrama, la adivinanza y la seguidilla, que alterna versos de siete y cinco sílabas. El primer poeta que escribe haikus es el mexicano José Juan Tablada, quien visitó Japón en 1900. Lo más común entre los poetas de lengua española es recuperar la brevedad del haiku (“poesía miniatura”, dice Tablada) sin que se cumpla necesariamente el canon de las 17 sílabas. Sin embargo, a través de la sucesión 5-8-4, la fórmula ideal se realiza en este poema de Tablada:
“Tierno saúz / Casi oro, casi ámbar, / Casi luz...”, donde la densidad reside en la gradación lumínica (oro-ámbar-luz), captada como impresión gracias al adverbio casi, y en la unión de esos matices de color (sensación visual) con el atributo tierno (¿sensación táctil, gustativa, alusión a su delicadeza y fragilidad?). La imagen del saúz (sauz o sauce) se esboza mediante una sinestesia, es decir, la aproximación de dos dominios sensoriales.
Además de Tablada, otros poetas modernistas se acercaron al haiku y a la poesía japonesa: por ejemplo, el español Manuel Machado. Entre los poetas posteriores, destacan el ecuatoriano Carrera Andrade, los mexicanos Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Octavio Paz y Alfredo Boni de la Vega (1914-1965), compilador de la primera antología del ‘haikai hispano’, en 1951. Este último es autor, además, de un haiku fiel al modelo que tiene mucho de adivinanza: “Flor de tristeza que se abre cuando el llanto del cielo empieza”. Solución: el paraguas.
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TRADICIÓN POÉTICA
El caso de la influencia de la poesía japonesa en la literatura occidental permite plantearse el vínculo de la poesía con la tradición. Todas las vanguardias del siglo XX, aunque buscan en la experimentación nuevas formas de concebir y practicar la poesía, no pueden desligarse de lo que han sido los grandes testimonios poéticos de distintos periodos históricos. La ruptura con lo anterior supone también continuidad porque, en definitiva, en la base de la nueva creación está la relectura de los viejos poetas. Como dice Michel Foucault, “lo nuevo no está en lo que se dice, sino en el acontecimiento de su retorno”. Lamentablemente, muchos poemas se han perdido en el transcurso de los siglos, porque existían sólo como parte de la tradición oral o bien porque muchos manuscritos desaparecieron por su deterioro paulatino o fueron destruidos. Parte de la destrucción se produjo por causas naturales; en ocasiones, por el saqueo de bibliotecas y centros de enseñanza; algunos, como en el caso de la magnífica poeta griega Safo, por culpa de la intolerancia. Durante la era cristiana, los escritos de Safo acabaron en la hoguera y sólo se salvaron 700 versos: unos porque estaban incluidos en antologías libres de condena; otros en citas hechas por escritores cuyas obras sobrevivieron; otros, por fin, porque ciertos embalsamadores egipcios llegaron a envolver a las momias con tiras de papiros donde había escritos versos suyos. De algunos escritores griegos sólo sobreviven sus nombres. La invención de la imprenta en el siglo XV favoreció en gran medida las oportunidades de supervivencia del libro. Los avances tecnológicos del siglo XX en tareas de almacenamiento y recuperación hacen teóricamente posible preservar cualquier poema. Frente a lo que se ha conservado de los últimos cinco mil años, las futuras generaciones de lectores tendrán acceso a una enorme cantidad de versos del pasado.
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EL ORIGEN DE LA POESÍA
Sin embargo, está a nuestro alcance la cantidad suficiente de poesías de otros tiempos como para deducir de ellas algunos aspectos perdurables de la expresión poética, más allá de las épocas o las culturas.
En inscripciones jeroglíficas egipcias del 2600 a.C. se han encontrado tipos de poesía que hoy siguen resultando familiares: se trata, evidentemente, de canciones, aunque sólo se ha conservado la letra y no la música, que abarcan géneros diversos como lamentos, odas, elegías, himnos. Muchas de ellas tienen significación religiosa, rasgo que, además de acercarlas a la poesía de otros pueblos antiguos como sumerios, hititas, asirio-babilónicos, judíos, permite enunciar la hipótesis de que los orígenes de la poesía se encuentran en la expresión comunitaria, probablemente asociada con la danza, del espíritu religioso. En consecuencia, el ritmo de la danza puede marcarse no sólo con pasos, palmas o gritos rítmicos, sino también con palabras cantadas. La canción, pues, funda la poesía y la música instrumental. Cantos de labor (también encontrados en inscripciones funerarias egipcias del tercer milenio a.C.), nanas, canciones de juegos y otras formas acompañantes de actividades rítmicas debieron desarrollarse al mismo tiempo que las canciones religiosas. El aspecto ritual de la poesía es aún evidente en las canciones de muchas culturas, entre los chamanes y en fórmulas de encantamiento, ensalmos y conjuros, como el que se dice en Galicia mientras se quema el orujo para hacer la queimada.
También la poesía narrativa remonta sus orígenes a la práctica religiosa. En diferentes momentos de su evolución, las canciones épicas cuentan los mitos de la creación y de los dioses; la vida de los semidioses; y, finalmente, la vida de los héroes históricos. Así ocurre con la epopeya babilónica del Gilgamesh, con la Iliada y la Odisea de Homero, con el Ramayana y el Mahabharata indios, la epopeya medieval francesa Canción de Roldán (Chanson de Roland), la anglosajona Beowulf, la castellana del Cantar de Mio Cid. La poesía de índole dramática también está vinculada a lo religioso, como ocurre en los antiguos festivales griegos y en la liturgia cristiana.
Cuando la tradición del poema cantado cede el paso a la tradición escrita, es decir, cuando las palabras se seleccionan y combinan independientemente de las necesidades melódicas, se impone el aspecto visual de la poesía. Así surgen experiencias como los caligramas (véase Apollinaire) que, de todos modos, ya aparecían en algunos poetas griegos antiguos y en la poesía de los siglos XVII y XVIII español; la poesía concreta; la poesía fonética que, a pesar de su fundamento en las onomatopeyas y en la armonía imitativa, sigue siendo un fenómeno de escritura. Destacan en estas experiencias el brasileño Haroldo de Campos, el mexicano Octavio Paz, los españoles Juan Hidalgo y Joan Brossa, por citar sólo algunos ejemplos.
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EL FUTURO DE LA POESÍA
Wallace Stevens
El escritor estadounidense Wallace Stevens veía al poeta como una persona que encontraba armonía en el caos del mundo. Su primera obra publicada, Harmonium (1923), incluye algunos de sus poemas más conocidos, entre ellos “Sunday Morning” y “Trece maneras de mirar a un mirlo”.

Ciertos avances tecnológicos como el ordenador pueden modificar formalmente la poesía, pero no su importancia, porque, como cualquier otro arte, sobresale por su capacidad de adaptación a los nuevos recursos y a las nuevas necesidades. La poesía, por otra parte, no es exclusivamente un fenómeno libresco. Acciones poéticas o performances, recitales públicos, combinación de poesía e imagen en muchas experiencias de vídeo, hablan a las claras de su vitalidad y tal vez de un impulso ligado también a sus orígenes: el de convertir la palabra en un rito compartido.
Para mayor información, véanse los artículos sobre tipos y formas de poesía y sobre movimientos poéticos; véanse también las biografías de los poetas y los artículos sobre las literaturas de los diferentes países.


El Pareado




Pareado, combinación de dos versos rimados entre sí que pueden constituir estrofa o insertarse en una estructura mayor. La rima más frecuente es la consonante, aunque puede haber asonancia, sobre todo en algunos refranes (“piedra sobre piedra, a las nubes llega”). Puede haber pareados de versos de arte menor que, por influencia de la poesía didáctica francesa, aparecen en ciertos textos de los siglos XII y XIII en la literatura española: Razón de amor con los denuestos del agua y el vino “Qui triste tiene su coraçón / benga oyr esta razon”, Vida de Santa María Egipcíaca “Perdió las carnes e la color, / que eran blancas como la flor”, Elena y María “que el mio defende tierras / e sufre batallas e guerras, / ca el tuyo yanta e yaz / e siempre está en paz”. Raramente aislado, salvo en proverbios, sentencias, aleluyas o moralejas, se puede encontrar el dístico en los estribillos que, en los villancicos, comprenden un verso suelto y el pareado propiamente dicho: “Más vale trocar / Placer por dolores, / Qu´estar sin amores”. En el siglo XX, Jorge Guillén recurre al dístico propio de las aleluyas y también practicado por Góngora. En su poema Amor a una mañana dice, por ejemplo: “Hacia toda tu hermosura / Mi palabra se apresura”. Como variante del pareado de versos de arte menor debe citarse el perqué, llamado “aquelindo” en Cervantes, que incluye, antes y después de cada pareado octosilábico, versos sueltos.
Hay también pareados de arte mayor. El pareado de endecasílabos (o de endecasílabo y heptasílabo) suele aparecer en la estrofa final de la canción petrarquista (“con sus blandas querellas / que nunca día ni noche cesan de ellas”, Garcilaso). El pareado de alejandrinos se encuentra en autores como Baudelaire, Verlaine y, en la literatura española, en Iriarte, Rubén Darío y Antonio Machado, por ejemplo en el poema Orillas del Duero: “Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario. / Girando en torno a la torre y al caserón solitario, / ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno, / de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno”.


La Oda




Oda (del griego, odé, ‘canto’), las odas eran originalmente poemas para ser cantados con el acompañamiento de un instrumento musical. De tono elevado, estaba destinada a exaltar la vida de un individuo, a conmemorar un hecho importante o a describir la naturaleza de manera más intelectual que emocional.
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ODAS CLÁSICAS
Safo
Safo, décima musa, poeta griega de gran lirismo y sensibilidad. Esta pieza se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles (Italia).

En Grecia, existían dos tipos de odas: las corales y las cantadas por una sola voz (monodia). Las primeras, elaboradas según los movimientos del coro en el drama griego, tenían una estructura triádica: la estrofa, la antiestrofa y el epodo, este último con ritmo y forma diferente de las dos partes anteriores. El máximo representante de la oda coral es Píndaro, cuya obra incluye 45 odas que conmemoran, entre otras celebraciones, los Juegos Olímpicos.
Distribuida en una serie de estrofas iguales, la oda destinada a una sola voz fue cultivada por Safo, Alceo y Anacreonte. La lírica monódica influyó en los poetas latinos Horacio y Catulo, que la prefirieron por su estilo más personal que el de la oda pindárica. Ambos poetas, de todos modos, escribieron odas para la recitación y no para el canto.
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ODAS MODERNAS
Poetas como el italiano Bernardo Tasso y el español Garcilaso de la Vega buscan imitar a Horacio a través de una fórmula poética que sustituya a la canción petrarquista. Gracias a la influencia de Garcilaso en España se difunde la lira (véase Versificación), estrofa de cinco versos endecasílabos y heptasílabos que a su vez origina el surgimiento de formas mixtas como la canción alirada, con variantes que abarcan entre cuatro y nueve versos. Merece citarse la ‘Oda a la vida retirada’ de fray Luis de León. Pero existe otro tipo de estrofa, más próxima a Horacio que la lira de Garcilaso: es el cuarteto-lira, combinación de cuatro versos endecasílabos y heptasílabos con rima cruzada (AbAb) o abrazada (AbBa). Variantes del cuarteto-lira son la estrofa sáfica y la estrofa de la Torre. A la primera pertenece la “Oda Sáfica” de Esteban Manuel de Villegas (1589-1669), cada una de cuyas cinco estrofas abarca tres endecasílabos sáficos (con acento rítmico normalmente en la primera sílaba y forzosos en la 4ª, 8ª y 10ª), sueltos, y un pentasílabo:
“Dulce vecino de la verde selva, / Huésped eterno del abril florido, / Vital aliento de la madre Vénus, / Céfiro blando; / Si de mis ansias el amor supiste, / Tú, que las quejas de mi voz llevaste, / Oye, no temas, y á mi ninfa dile, / Dile que muero.”
La estrofa de la Torre deriva su nombre de Francisco de la Torre (siglo XVI) y consta de cuatro versos sin rima, tres endecasílabos y un heptasílabo. Influyó con variantes en autores neoclásicos, románticos y modernistas, entre ellos Gustavo Adolfo Bécquer (“Volverán las oscuras golondrinas”), José Martí, Miguel de Unamuno y Gabriela Mistral.
Entre los poetas contemporáneos autores de odas —y sus variantes— se encuentran Miguel de Unamuno, Pablo Neruda (Alberto Rojas viene volando, Odas elementales), Blas de Otero, Ricardo Molinari, Federico García Lorca y Jorge Luis Borges, quien, en su ‘Oda escrita en 1966’, combina tres estrofas, dos de 10 versos y una de 16, con un terceto que cierra el poema a manera de epodo: “Nadie es la patria, pero todos lo somos. / Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, / Ese límpido fuego misterioso”.
En Francia, Pierre de Ronsard (siglo XVI) escribió odas a la manera de Píndaro y de Horacio. Entre los ingleses, se destacan Edmund Spenser, también del siglo XVI, autor de epitalamios; John Milton (siglo XVII), que imita a Píndaro; y, en el siglo XX, el poeta W.H. Auden. El autor norteamericano Allen Tate es autor de “Oda sobre los muertos confederados”.


La Novela policiaca




Novela policiaca, relato de misterio en el que se plantea un enigma criminal, por lo general un asesinato, investigado por una o más personas. El protagonista suele ser un detective o un oficial de policía y la narración se ofrece en primera o en tercera persona. El encargado de la investigación interroga a los sospechosos y reúne pruebas para reconstruir el crimen. El detective comparte con el lector las pistas que va encontrando, pero no revela su significado hasta el final de la novela.
La investigación se basa en el análisis del móvil, las circunstancias y los medios, y el caso se resuelve tras eliminar a todos los sospechosos que no se ajustan a estos criterios. Con el fin de que la trama resulte difícil para el detective e interesante para el lector, el autor va sembrando de obstáculos el desarrollo de la investigación: diversos sospechosos, nuevos casos de asesinato, pretextos para desviar la atención del lector y, a menudo, episodios de violencia. Sólo al final, se desenmascara al culpable y se explican los pasos seguidos para resolver el caso.
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PRIMEROS RELATOS POLICIACOS
Edgar Allan Poe
Fragmento de El cuervo de Edgar Allan Poe recitado por un actor: "Una vez, en una aterradora medianoche, mientras yo reflexionaba, débil y cansado, / sobre un gran volumen de extrañas y curiosas materias de una ciencia olvidada, / mientras daba cabezadas, casi dormido, de pronto hubo unos golpecitos, / como de alguien que llamara suavemente, llamara a la puerta de mi cámara."

El fundador del género fue el escritor estadounidense Edgar Allan Poe, creador del personaje de C. Auguste Dupin. Los métodos de deducción de Dupin y sus excéntricos hábitos personales sirvieron de modelo para todas las novelas policiacas posteriores. Dupin hizo su aparición en abril de 1841, cuando la Graham’s Magazine publicó el relato de Poe Los crímenes de la calle Morgue, ya un clásico del género. El personaje de Dupin está inspirado en el primer detective de la vida real, François Eugène Vidocq, jefe del Departamento de Investigación Criminal de París.
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EL IMPACTO DE SHERLOCK HOLMES
Los relatos policíacos se hicieron realmente populares en 1887, fecha en que el Beeton’s Christmas Annual publicó Un estudio en escarlata, la novela de Arthur Conan Doyle en la que se presenta por primera vez el detective más famoso de todos los tiempos, Sherlock Holmes. En la obra de Conan Doyle se aprecia claramente la influencia de Poe. El autor confirió a su personaje una personalidad similar a la de Dupin, e igualmente excéntrica. Pese al enorme éxito obtenido con sus novelas policiacas, Conan Doyle no tardó en cansarse de su detective y decidió matarlo, pero tuvo que devolverle la vida ante las numerosas protestas de los lectores.
Agatha Christie y Ngaio Marsh
La británica Agatha Christie (a la izquierda) y la neozelandesa Ngaio Marsh (a la derecha) están consideradas dos de las mejores escritoras de novela policiaca del siglo XX. Esta foto las muestra en 1960 en el Hotel Savoy de Londres.

Las novelas de Sherlock Holmes popularizaron el género tal como hoy se lo conoce. Sus numerosos seguidores han intentado modelar a sus héroes a imagen y semejanza de este personaje único y omnisciente. A partir de 1920, año en que comienza lo que podríamos llamar la edad de oro del género policiaco, Agatha Christie alcanzó un éxito similar al de Conan Doyle con una serie de magistrales historias policiacas basadas en el personaje de Hercules Poirot.
Sir Arthur Conan Doyle
El novelista inglés sir Arthur Conan Doyle creó a Sherlock Holmes, el detective más famoso de la historia de la literatura. Desde su presentación en Un estudio en escarlata (1887), aparecería en 68 obras posteriores. Cansado de su personaje, el autor intentó matarlo en Las memorias de Sherlock Holmes (1894). Sin embargo, sucumbió ante el clamor de sus lectores y le resucitó para las siguientes obras.

La obra de Conan Doyle sembró una nueva conciencia entre los autores del género, que se diferenció así de otros tipos de literatura de crímenes y misterio. Durante la década de 1930 los escritores se esforzaron en poner a prueba la inteligencia del lector ofreciendo casos sumamente complicados, como el clásico de la habitación cerrada.
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LA NOVELA POLICIACA EN ESTADOS UNIDOS
Raymond Chandler
Raymond Chandler, autor de novelas policiacas y creador del personaje de Philip Marlowe, un duro y honesto detective privado.

Durante la década de 1920 surge una nueva variedad de historia policiaca difundida a través de las revistas de la época: el thriller. Esta nueva corriente se propuso derribar las barreras que separaban la ficción detectivesca de otros géneros populares, como la intriga y los relatos de espías. Entre los más destacados autores estadounidenses figuran Dashiell Hammett, creador de Nick Charles y Sam Spade, y Raymond Chandler, creador de Philip Marlowe, uno de los detectives más populares del siglo XX. Muchas obras de ambos escritores han sido llevadas al cine con gran éxito. Los detectives más famosos de la tradición policiaca estadounidense son tipos duros que trabajan más por dinero que por diversión. Si bien estas historias respetan todas las reglas clásicas del género, el énfasis se pone más en la acción, y la intriga pasa a ocupar una posición secundaria. A partir de 1950 esta tendencia da paso a la novela de procedimiento policial, basada en el modus operandi de los detectives reales para resolver sus crímenes. La diferencia con la tradición anterior estriba en que el lector no encuentra aquí héroes, sino hombres falibles de carne y hueso especialmente entrenados para el desarrollo de su oficio.
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LA NOVELA POLICIACA EN FRANCIA
Fue el gran poeta simbolista Charles Baudelaire quien dio a conocer el género en Francia traduciendo las obras de Edgar Allan Poe. Posteriormente llegó también la corriente inglesa encabezada por Conan Doyle, en un momento en que el género francés ya contaba con su propio personaje de ficción, el inspector Lecoq, fruto de la imaginación del novelista Émile Gaboriau. Estas dos influencias son decisivas en la obra de Gaston Leroux, que en 1907 escribe su primera y más famosa novela, El misterio del cuarto amarillo. Su popular detective Joseph Rouletabille, un joven y audaz periodista con unas dotes de análisis y deducción extraordinarias, es el protagonista de un ciclo de novelas enormemente populares entre los lectores franceses. El novelista francés de origen belga, Georges Simenon, ocupa un lugar de honor en la narrativa policiaca, con su célebre personaje del comisario Maigret, un investigador de la verdad muy humano, cuyo método consiste más que en deducir en intuir el motivo del crimen. Las novelas de Simenon se alejan de los esquemas tradicionales de la investigación y ofrecen intensos retratos psicológicos de personajes que se mueven en un mundo de soledad y hastío frente a la derrota. Entre su vastísima producción (casi 500 novelas) cabe mencionar Maigret (1934) o El testamento Donadieu (1937).
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LA NOVELA POLICIACA EN EL ÁMBITO LATINOAMERICANO
A diferencia de Francia y los países anglosajones, el género policiaco no goza de una tradición amplia en los países hispanohablantes hasta bien entrado el siglo XX. Entre los principales impulsores del relato detectivesco cabe citar a los escritores argentinos Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, profundo conocedor del género y traductor de algunos de los principales títulos extranjeros. Ambos autores firmaron conjuntamente narraciones en clave de enigma como Un modelo para la muerte o Dos fantasías memorables. La novela policiaca en España surge a principios del siglo XX, como resultado de las influencias inglesa y francesa, el éxito de las crónicas periodísticas de sucesos y los antecedentes literarios de las novelas de bandoleros. En esta línea se inscriben algunos de los primeros relatos policíacos españoles, como El clavo (1853) de Pedro Antonio de Alarcón y La incógnita (1889) de Pérez Galdós, ambas basadas en delitos reales. A comienzos del siglo XX cabe citar a Emilia Pardo Bazán, que cultiva el género en diversos cuentos y una novela corta titulada La gota de sangre (1911). Este primer periodo, caracterizado por su primitivismo técnico y argumental, se inscribe en el modelo racionalista de las novelas de misterio. Entre 1939 y 1975 el género experimenta un importante desarrollo bajo la influencia del cine negro estadounidense. A finales de la década de 1950, y durante la década siguiente, comienza a dar muestras de mayor firmeza y solidez, con las obras de Mario Lacruz, El inocente (1953), y el ciclo de Francisco García Pavón protagonizado por el municipal de Tomelloso, Plinio, un divertido y atípico detective rural. En este último la intriga criminal se combina con la novela costumbrista y humorística. Pero es a partir de la década de 1970 cuando puede hablarse de una novela policiaca autóctona. Desde ese momento la lista de escritores y obras no ha dejado de crecer tanto en cantidad como en calidad. Entre la extensa nómina de novelistas españoles que han cultivado el género, desde entonces, cabe citar a Manuel Vázquez Montalbán, con su ya larga serie de Pepe Carvalho, iniciada en 1972, que opera la mayoría de las veces en Barcelona y cuyas características originales se las da el ser charnego (nacido en Cataluña de padres emigrantes), ex-comunista y gourmet, además de tener un gran cinismo y contar con los confidentes y amigos más singulares del barrio chino barcelonés. Cabe citar también a otros escritores como Juan Madrid, Eduardo Mendoza o Andreu Martín. En Brasil, uno de los escritores más importantes de literatura policiaca es Rubem Fonseca, autor de El gran arte (el crimen) y de Vastas emociones y pensamientos imperfectos, entre otras obras.


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