La invención del Teatro español




Teatro español, evolución histórica del teatro en España desde sus orígenes hasta nuestros días.
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ORÍGENES. EL TEATRO MEDIEVAL
El teatro español, como el europeo, surge vinculado al culto religioso. La misa, celebración litúrgica central en la religión cristiana, es en sí misma un ‘drama’, una representación de la muerte y resurrección de Cristo. Serán los clérigos los que, en su afán didáctico por explicar los misterios de la fe a los fieles mayoritariamente incultos y analfabetos, creen los primeros diálogos teatrales: los tropos, con los que escenificaban algunos episodios relevantes de la Biblia. Estas representaciones, que tenían lugar dentro de las iglesias, en el coro o parte central de la nave, se fueron haciendo más largas y espectaculares dando lugar a un tipo de teatro religioso que fue el teatro medieval por excelencia. Poco a poco se fueron añadiendo elementos profanos y cómicos a este tipo de representaciones que, por razones de decoro, terminaron por abandonar las iglesias y comenzaron a realizarse en lugares públicos: en los pórticos y atrios de las iglesias, plazas, calles y cementerios.
En España se conservan muy pocos documentos escritos y menos obras teatrales de estos siglos. La muestra más antigua de teatro castellano es el Auto de los Reyes Magos de finales del siglo XII, escrito en romance y probablemente de origen franco. Pero puede decirse que hasta el siglo XV no empezó a cultivarse como tal el género, con Juan del Encina, Lucas Fernández y Jorge Manrique, si se exceptúan los juegos juglarescos populares.
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SIGLO XVI
Los parámetros medievales seguirán siendo la clave del teatro español hasta que, en el siglo XVI, se inicia el camino de la modernización que culminará en la creación de un género: la comedia nueva del siglo XVII. El siglo XVI es, por tanto, un momento de búsqueda y convivencia de varias tendencias: la dramaturgia religiosa (Gil Vicente), el clasicismo (Juan de la Cueva), los italianizantes (Juan del Encina, Bartolomé Torres Naharro) y la tradición nacionalista (Juan de la Cueva). La obra dramática más importante de este periodo es La Celestina de Fernando de Rojas. En realidad es una comedia humanista, hecha más para la lectura y reflexión que para la escena. Se trata de una obra excepcional, magnífico retrato de la época y modelo de la literatura galante posterior. Es, sin embargo, una obra de tan complicada estructura dramática (alrededor de 20 actos) que no fue representada en su época y que sigue teniendo enormes dificultades para su puesta en escena.
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SIGLO DE ORO
El siglo XVII es el siglo de oro del teatro en España. Es un momento en el que las circunstancias sociales y políticas determinan una situación excepcional: la representación pública se convierte en el eje de la moral y la estética. Las ‘apariencias’ son fundamentales. El mundo es un gran teatro y el teatro es el arte más adecuado para representar la vida. Se crean las primeras salas teatrales llamadas corrales de comedias, que eran gestionadas por las Hermandades, verdaderos precedentes del empresario teatral moderno (véase Teatro de Almagro). Van a proliferar los autores, las obras y las compañías. El teatro deja de ser un acontecimiento restringido para convertirse en un producto competitivo, sujeto a las leyes de la oferta y la demanda. Un interesante debate teórico acompaña el nacimiento y desarrollo de esta forma nueva de entender el teatro. Dos autores de la época nos sirven para ilustrar el sentido y la evolución de este debate y del arte teatral: Cervantes y Lope de Vega.
Cervantes, el gran novelista español, no obtuvo el éxito que creía merecer en el teatro y esto se debió, probablemente, a que su teatro tenía unas características que no respondían a los gustos del público. Es, en efecto, un teatro que quiere ser ‘espejo de la vida humana’, en el que el texto tiene una gran importancia y donde los personajes no son simples estereotipos. Con los años se le ha dado el valor que merece, especialmente a los divertidos entremeses, obras cortas de temática popular. Por el contrario, Lope de Vega acertó con el gusto del público barroco cuya intención al acudir al teatro era entretenerse, pasar un buen rato, más que asistir a un ‘acto cultural’. Les agradaba especialmente que las representaciones fueran espectáculos completos: con música, baile y, sobre todo, muchos efectos escénicos (apariciones y desapariciones, cambio de escenas, caídas y vuelos, entre otros). El propio Lope de Vega, que supo utilizar estas tramoyas como nadie, ironizaba en uno sus textos:
Teatro: —¡Ay, ay, ay!
Forastero: —¿De qué te quejas, teatro?
Teatro: —¡Ay, ay, ay!
Lope de Vega
El dramaturgo español y creador del teatro nacional, Lope de Vega (1562-1635), abruma en su grandeza; Miguel de Cervantes le llamó "monstruo de la Naturaleza" con cierta envidia y desprecio aunque también reconoció que había logrado "el cetro de la monarquía teatral". La fecundidad literaria de Lope de Vega es impresionante; cultivó todos los géneros vigentes en su tiempo, dando además forma a la comedia. Escribió unas 1.500 obras teatrales, muchas de ellas perdidas, entre las que se encuentran auténticas joyas de la literatura universal como El caballero de Olmedo. El fragmento leído corresponde al final del acto III, cuando Tello encuentra a su señor moribundo.
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Forastero: —¿Qué tienes, qué novedad es ésta?
Teatro: —¿Es posible que no me veas herido, quebradas las piernas y los brazos, lleno de mil agujeros, de mil trampas y de mil clavos?
Forastero: —¿Quién te ha puesto en este estado tan miserable?
Teatro: —Los carpinteros, por orden de los autores.
Las obras de Lope de Vega impusieron las características centrales de la comedia nueva: escritura en verso polimétrico, ruptura de las unidades de lugar y tiempo, mezcla de elementos cómicos y trágicos, estructura en tres actos divididos en cuadros. Todas estas características tienen un único fin: mantener al espectador interesado en la trama hasta el final. La mayoría de las comedias trataban asuntos de honra, ya que la honra, fama pública, la apariencia al fin y al cabo, era una de las grandes preocupaciones del hombre barroco.
Los grandes dramaturgos de la época, además de Lope de Vega (que escribió unas 1.500 obras de teatro) son, entre otros, Tirso de Molina, Juan Ruiz de Alarcón, Francisco Rojas Zorrilla y Agustín Moreto. Mención aparte merece Pedro Calderón de la Barca, autor de algunos de los dramas fundamentales de la historia del teatro, como La vida es sueño y El alcalde de Zalamea, y creador, como Lope lo fue de la comedia nueva, del auto sacramental. Éste es un tipo de teatro religioso vinculado al sacramento de la eucaristía. Se trata de una pieza didáctica en un acto que siempre tiene la función de ensalzar la fe. El auto sacramental, junto a la comedia nueva, forma el núcleo del teatro barroco español.
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LA ILUSTRACIÓN
El siglo XVIII estuvo marcado en España, por primera vez, por la intervención del Estado en la orientación teatral del país. Bajo el influjo de las ideas de la Ilustración, se creó un movimiento de reforma de los teatros de Madrid, encabezado por Leandro Fernández de Moratín. El cometido principal de este movimiento era recomendar una serie de obras y prohibir otras, bajo la premisa de fomentar exclusivamente ideas que amparasen la verdad y la virtud, apoyando las representaciones que supusieran enseñanza moral o adoctrinamiento cultural. Entre las obras prohibidas figuraban algunas del siglo de oro, pero sobre todo se censuraba a aquellos autores contemporáneos que insistían en la fórmula del siglo anterior. Es preciso señalar que, pese a la censura ejercida, los objetivos de la reforma tenían tintes que hoy llamaríamos progresistas. El estado de la comedia española era francamente deplorable, cumplida cuenta de ello dio Moratín en La comedia nueva o el café (1792), contundente ataque contra los excesos del posbarroquismo. Entre las propuestas de la reforma estaba la obligación de hacer repartos de papeles fundados en las aptitudes de los intérpretes, la dignificación del poeta y la valoración de la figura del director. Sin embargo, y pese a los bienintencionados programas ilustrados, las que triunfaron en el siglo XVIII fueron las llamadas comedias de teatro y las comedias de magia. En ambas, los recursos tramoyísticos tenían un protagonismo casi absoluto. Había encantos, duendes, diablos, enanos que se convertían en gigantes. Los lugares de la acción competían en exotismo. Por más que el género fue objeto de la ironía y el desprecio de los neoclásicos, que veían en él todas las exageraciones de un posbarroquismo mal asimilado, el público respaldaba con entusiasmo este tipo de comedias.
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EL MOVIMIENTO ROMÁNTICO
El romanticismo español no pasa de ser un movimiento arrebatado, con apenas quince años de presencia en el teatro. Sin duda la guerra de la Independencia y el posterior absolutismo de Fernando VII retrasaron la aparición de un movimiento que, como es sabido, tenía tintes altamente revolucionarios. No obstante, podemos decir que los románticos españoles coinciden, en sus grandes directrices, con los alemanes y franceses: afán de transgresión, que explica las frecuentes mezclas de lo trágico y lo cómico, el verso y la prosa, tan denostadas por los neoclásicos; abandono de las tres unidades; especial atención a temáticas que giran en torno al amor, un amor imposible y platónico con el telón de fondo de la historia y la leyenda y abundantes referencias a los abusos e injusticias del poder; unos héroes misteriosos, cercanos al mito, abocados a muertes trágicas pero siempre fieles a su motivo amoroso o heroico. En este sentido, el héroe romántico por excelencia es el protagonista del Don Juan Tenorio de Zorrilla (véase Don Juan). En su romántica versión del mito, Zorrilla dota a la leyenda de unos inusitados niveles de teatralidad y, sobre todo, muestra a un personaje capaz de redimir con el amor su condición de burlador, obteniendo así el consiguiente perdón divino que dos siglos antes le negara Tirso de Molina.
En cuanto a las formas de representación, hay que destacar que es en este periodo —y las ideas de Larra, que dedicó muchos de sus artículos a los problemas que acosaban al teatro, influyeron en este sentido— cuando los actores se plantean por primera vez la necesidad de renovar las técnicas de interpretación. “Es preciso que el actor” —apunta Larra— “tenga casi el mismo talento y la misma inspiración que el poeta, es decir que sea artista”. La inauguración, en 1830, del Real Conservatorio de Música, fue el primer paso hacia la consolidación de los estudios de interpretación.
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SIGLO XX
A finales del siglo XIX y comienzos del XX no se produce en España la renovación del arte dramático que sucede en otros países gracias a la obra de directores y autores como Stanislavski, Gordon Craig, Appia, Chéjov o Pirandello. Aquí el teatro es, sobre todo, un entretenimiento para el público burgués que acude con asiduidad a las representaciones. Las compañías teatrales formadas por las grandes actrices y actores del momento, que son además empresarios, están dedicadas a complacer los gustos de este público conservador y convencional. Los casos de Gabriel Martínez Sierra o de la compañía de Margarita Xirgu, dispuestos a jugarse el dinero y el prestigio en el descubrimiento de nuevos autores y en innovaciones estéticas, son excepcionales. También resultan excepcionales las aportaciones de Adrià Gual, creador del Teatre Intim que realizaba una programación de corte europeo. Lo corriente fue el éxito de aquellos autores que como José Echegaray, Premio Nobel de Literatura en 1904, complacían las expectativas del público teatral burgués. Benito Pérez Galdós, otro autor de reconocido prestigio, es un caso diferente. Galdós se atrevió a crear unos personajes femeninos que, como la protagonista de su drama Electra (1901), se enfrentan al fanatismo y al oscurantismo. Las obras de Jacinto Benavente señalan el final del tono melodramático, grandilocuente y declamatorio en el teatro. Benavente inicia con Los intereses creados (1907) o La malquerida (1913) el realismo moderno.
La otra tendencia del teatro español de comienzos de siglo es el teatro de carácter popular, el drama social de corte costumbrista que termina derivando en una forma estilística original: el sainete. Su mayor representante será Arniches (1866-1943), creador de la tragedia grotesca, un tipo de obras que caricaturizaban a la clase media. Aunque no se debe olvidar que el tipo de crítica que planteaba este teatro estaba siempre mitigada por los intereses comerciales.
El caso de Valle-Inclán es, en cambio, el de un autor totalmente al margen de cualquier planteamiento comercial en la creación de sus obras. Esto le permitió una libertad creativa que sitúa su teatro muy por encima del de sus contemporáneos. El de Valle es un teatro innovador, crítico, profundamente original. Sus novedosos planteamientos escénicos recibieron el nombre de esperpentos por presentar desde el escenario una deformación estética y sistemática de la realidad. Para Valle-Inclán, como para Shakespeare, el teatro es un espejo de la realidad, pero en este caso un espejo deformante. El teatro de Valle-Inclán no recibió en su momento la consideración que merecía, como tampoco la recibieron el resto de los autores de la generación del 98: Azorín, Pío Baroja o Unamuno. Son una excepción los hermanos Machado, que obtuvieron un gran éxito de público con dramas como La Lola se va a los puertos (1929) o La duquesa de Benamejí (1932).
Pronto los autores con planteamientos no comerciales buscaron otras formas de poner en escena sus obras al margen de los grandes teatros. Entre estos intentos de crear un teatro vanguardista destaca la labor de los teatros universitarios: El Búho de Max Aub y La Barraca de Eduardo Ugarte y García Lorca. Este último, uno de los grandes poetas del siglo, fue de los pocos miembros de la generación del 27 que se interesaron por el teatro. Lorca utilizó en sus obras gran diversidad de fuentes de inspiración: lo popular en Bodas de sangre (1933) o Mariana Pineda (1927); el guiñol con un matiz valleinclanesco en sus Títeres de cachiporra, Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín (1933), La zapatera prodigiosa (1930), y los movimientos de vanguardia como el surrealismo en El público (1930) o Así que pasen cinco años (1930). La colaboración de García Lorca con Margarita Xirgu permitió que la obra del dramaturgo-poeta llegase a ser vista en los escenarios de los principales teatros españoles. Entre las puestas en escena que la actriz y empresaria llegó a montar cabe destacar el estreno en Barcelona de Mariana Pineda con decorados de Salvador Dalí. El estallido de la Guerra Civil española en 1936 y el asesinato de Lorca vinieron a frustrar la carrera de un autor que aunaba un talento extraordinario y vanguardista con la difícil cualidad de gustar al público tradicional del teatro.
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EL TEATRO DURANTE EL FRANQUISMO
José María Rodero
El actor José María Rodero fue una de las principales figuras de la escena española. Debutó como protagonista en 1950 con la obra de Antonio Buero Vallejo En la ardiente oscuridad. A partir de entonces, su carrera estuvo jalonada de interpretaciones memorables. Esta imagen fue tomada en 1986 en un momento de su actuación en la obra de Luigi Pirandello Enrique IV.
Abilio Lope/Corbis
Después del trauma de la guerra, los dramaturgos de la posguerra se enfrentaron a una férrea censura que hacía difícil, sino imposible, ofrecer una visión crítica de la realidad. Dos son las figuras que emergen en esta sociedad cerrada desenmascarando, aunque desde perspectivas diferentes, la realidad de la que nadie quería hablar públicamente: Buero Vallejo y Alfonso Sastre. El teatro de Buero investiga en la condición trágica y ambigua de la libertad humana, mientras que la obra de Sastre, inseparable de su trayectoria comunista, concibe el teatro como un instrumento de acción revolucionaria. A fines de la década de 1950 surge una nueva promoción, la de los autores de la llamada generación perdida. Autores como Lauro Olmo, Martín Recuerda o Luis Matilla adquieren pronto, por su marginación sistemática de los escenarios públicos y comerciales, conciencia de grupo. Coinciden igualmente en sus planteamientos y temáticas: siguiendo con la línea del realismo crítico, hablan de la explotación del hombre por el hombre y de la injusticia social. A lo largo de la década de 1960 aparece un nuevo grupo de autores, tan castigados por la censura como los anteriores. Se caracterizan, en términos generales, por su rechazo del realismo y por su interés experimentalista. Su estilo teatral se integra en las nuevas formas del teatro de vanguardia, desde las del teatro del absurdo a Artaud, Brecht o Grotowski. Entre estos autores destacan José Ruibal, Francisco Nieva o Fernando Arrabal. Este último es el autor de alguna de las piezas más representativas del teatro europeo de este siglo. Es también en las décadas de 1960 y 1970 cuando se produce la efervescencia de los denominados grupos independientes, vinculados a la figura de un director o autor o experimentando, con fórmulas de creación colectiva. Estos grupos surgen con una decidida vocación de resistencia antifranquista y una actitud de búsqueda en cuanto a concepciones escénicas y técnicas interpretativas. Apartados de los círculos del teatro oficial, su labor se fue introduciendo en universidades, centros culturales y colegios mayores. Grupos como Tábano, el TEI (Teatro Estable Independiente), Goliardos, Cómicos de la Legua, Esperpento o muchos otros contribuyeron a dinamizar la vida teatral española en las postrimerías del franquismo.
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LA ESCENA ESPAÑOLA ACTUAL
Nuria Espert
La actriz y directora catalana Nuria Espert es una de las figuras más internacionales del panorama escénico español. Llevada por su interés hacia el mundo de la música, su trabajo como directora no se ha ceñido al ámbito del teatro, sino que también ha realizado en numerosas ocasiones montajes operísticos, entre ellos el de Madame Butterfly, Rigoletto y Carmen.
Manuel Zambrana/Corbis
Con la vuelta de la democracia se produjo una renovación del teatro oficial. Directores, hombres y mujeres de teatro hasta entonces vetados —Miguel Narros, Nuria Espert— y otros nombres nuevos, como Lluís Pascual, acceden a la dirección de los teatros nacionales, centrando sus programaciones en los grandes dramaturgos clásicos y contemporáneos y recuperando a los autores españoles del 98 y principios de siglo, como Lorca o Valle-Inclán.
El énfasis en la revitalización de textos considerados clásicos se ha asociado a una crisis de producción de textos dramáticos originales. Sin embargo, los grupos independientes van perdiendo vigor y presencia en la escena española. Tan sólo unos pocos han subsistido y han podido mantener una continuidad: Els Joglars, dirigido por Albert Boadella, cuyos montajes siempre polémicos y provocadores cuentan con el apoyo incondicional del público; Comediants, que reivindica un teatro festivo, de grandes máscaras, de gigantes y cabezudos, un teatro que entronca con el folclore y las fiestas populares, un teatro de espacios abiertos; o La Fura dels Baus, grupo que se autodefine como “organización delictiva dentro del panorama actual del arte”, y en cuyos montajes se subvierten todos los supuestos de la representación teatral, empezando por el espacio del público, constantemente violentado por la acción. En consonancia con las tendencias internacionales, estos grupos tienen una visión del teatro como espectáculo total, no exclusivamente textual, incluyendo en sus montajes otras formas de expresión artística como la fotografía, el vídeo, la pintura o la arquitectura.

Teatro del Siglo de Oro español

AUTOR
OBRA
Lope de Rueda (c. 1505-1565)
Los engañados
Eufemia
El rufián cobarde
Juan de Timoneda (1520-1583)
Turiana
Territorio sacramental
Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616)
El trato de Argel
La destrucción de Numancia
Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados
Lope de Vega (1562-1635)
Lo fingido verdadero
La hermosa Esther
El mejor alcalde, el rey
El perro del hortelano
El villano en su rincón
Fuenteovejuna
Peribáñez y el comendador de Ocaña
El caballero de Olmedo
La dama boba
Los melindres de Belisa
Guillén de Castro (1569-1631)
El conde Alarcos
Las mocedades del Cid
Las hazañas del Cid
La fuerza de la sangre
Tirso de Molina (1579-1648)
El burlador de Sevilla y convidado de piedra
El vergonzoso en palacio
El condenado por desconfiado
Marta la piadosa
Don Gil de las calzas verdes
Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (1581?-1639)
La amistad castigada
La cueva de Salamanca
Las paredes oyen
La verdad sospechosa
Pedro Calderón de la Barca
(1600-1681)
El príncipe constante
El médico de su honra
El alcalde de Zalamea
La vida es sueño
El gran teatro del mundo
La dama duende
Casa con dos puertas, mala es de guardar
No hay burlas con el amor
¿Cuál es la mayor perfección?
Francisco Rojas Zorrilla (1607-1648)
Del rey abajo ninguno
El cobrador más honrado
García del Castañar
Donde hay agravios no hay celos
El mejor amigo, el muerto
Agustín Moreto (1618-1669)
San Franco de Sena
Los jueces de Castilla
El valiente justiciero
El lindo don Diego
El desdén con el desdén

Teatro español de los siglos XVIII y XIX

AUTOR
OBRA
Vicente García de la Huerta
(1734-1787)
Raquel (1775)
Nicolás Fernández de Moratín
(1737-1780)
La petimetra (1762)
Lucrecia (1763)
Hermesinda (1770)
Guzmán el Bueno (1777)
Gaspar Melchor de Jovellanos
(1744-1811)
Pelayo (1769)
El delincuente honrado (1773)
Tomás de Iriarte (1750-1791)
El señorito mimado (1787)
La señorita malcriada (1788)
Guzmán el Bueno (1791)
Leandro Fernández de Moratín
(1760-1828)
El viejo y la niña (1790)
La comedia nueva o el café (1792)
El barón (1803)
La mojigata (1804)
El sí de las niñas (1806)
Francisco Martínez de la Rosa
(1787-1862)
La viuda de Padilla (1814)
La conjuración de Venecia (1834)
Ángel Saavedra, duque de Rivas
(1791-1865)
Don Álvaro o la fuerza del sino (1835)
Juan Eugenio Hartzenbusch
(1806-1880)
Las hijas de Gracián Ramírez (1831)
Los amantes de Teruel (1837)
Doña Mencía (1838)
Los polvos de la madre Celestina (1840)
La jura de Santa Gadea (1845)
José de Espronceda (1808-1842)
Blanca de Borbón (1832 o 1833)
Ni el tío ni el sobrino (1834)
Mariano José de Larra (1809-1837)
Macías (1834)
Antonio García Gutiérrez
(1813-1884)
El trovador (1836)
El rey monje (1837)
Simón Bocanegra (1843)
Venganza catalana (1864)
Juan Lorenzo (1865)
Gertrudis Gómez de Avellaneda
(1814-1873)
Saúl (1849)
Baltasar (1858)
José Zorrilla (1817-1893)
El puñal del godo (1843)
Don Juan Tenorio (1844)
Más vale llegar a tiempo que rondar un año (1845)
El rey loco (1847)
La creación y el diluvio universal (1848)
Traidor, inconfeso y mártir (1849)


Teatro español de la segunda mitad del siglo XX

AUTOR
OBRA
Miguel Mihura (1905-1977)
Tres sombreros de copa (1932)
Sublime decisión (1955)
Mi adorado Juan (1956)
Melocotón en almíbar (1958)
Maribel y la extraña familia (1959)
Ninette y un señor de Murcia (1964)
Sólo el amor y la luna traen fortuna (1968)
Antonio Buero Vallejo (1916-2000)
Historia de una escalera (1949)
En la ardiente oscuridad (1950)
El concierto de San Ovidio (1962)
El tragaluz (1967)
El sueño de la razón (1970)
La Fundación (1974)
Diálogo secreto (1984)
Lázaro en el laberinto (1986)
Música cercana (1989)
Fernando Fernán Gómez (1921- )
La coartada (1975)
Las bicicletas son para el verano (1978)
Los domingos, bacanal (1980)
José Ruibal (1925- )
La ciencia del birlibirloque (1956)
Los mendigos (1957)
El asno (1962)
Su majestad la sota (1965)
El hombre y la mosca (1968)
La máquina de pedir (1969)
Alfonso Paso (1926-1978)
Los pobrecitos (1957)
Juicio contra un sinvergüenza (1958)
La boda de la chica (1960)
Alfonso Sastre (1926- )
Uranio 235 (1946)
Cargamento de sueños (1949)
El cubo de la basura (1951)
Escuadra hacia la muerte (1953)
La mordaza (1954)
Guillermo Tell tiene los ojos tristes (1955)
En la red (1959)
La cornada (1960)
Francisco Nieva (1929- )
El rayo colgado (1952)
Tórtolas, crepúsculo... y telón (1953)
El corazón acelerado (1953)
El combate de Ópalos y Tasia (1953)
La Pascua negra (1955)
El aquelarre del Pitiflauti (1961)
Pelo de tormenta (1962)
Es bueno no tener cabeza (1966)
La señora tártara (1970)
Funeral y pasacalle (1971)
Antonio Gala (1930- )
Los verdes campos del Edén (1963)
Anillos para una dama (1973)
¿Por qué corres, Ulises? (1975)
Petra Regalada (1980)
Samarkanda (1985)
Carmen, Carmen (1988)
La truhana (1992)
Fernando Arrabal (1932- )
Pic-Nic (1952)
El triciclo (1953)
El laberinto (1956)
El cementerio de automóviles (1957)
El arquitecto y el emperador de Asiria (1966)
Oye, patria, mi aflicción (1975)
Las delicias de la carne (1985)
José Luis Alonso Santos (1942- )
La estanquera de Vallecas (1981)
Bajarse al moro (1982)
Álbum familiar (1982)
Fermín Cabal (1948- )
Briones (1978)
Vade retro (1982)
Esta noche gran velada (1983)
Caballito del diablo (1985)
Ello dispara (1990)
Travesía (1992)
Castillos en el aire (1995)

Teatro español de la primera mitad del siglo XX

AUTOR
OBRA
Miguel de Unamuno (1864-1936)
Raquel encadenada (1921)
Medea (1933)
El hermano Juan (1954)
Ramón María del Valle-Inclán
(1866-1936)
Águila de blasón (1907)
Romance de lobos (1908)
Cuento de abril (1910)
La marquesa Rosalinda (1913)
Luces de Bohemia (1920)
Divinas palabras (1920)
Los cuernos de don Friolera (1921)
Cara de plata (1922)
Las galas del difunto (1926)
Carlos Arniches (1866-1943)
La señorita de Trévelez (1916)
Los caciques (1920)
La chica del gato (1921)
Don Quintín el amargao (1924)
Jacinto Benavente (1866-1954)
El nido ajeno (1894)
Los intereses creados (1907)
La malquerida (1913)
Azorín (1873-1967)
La fuerza del amor (1901)
Old Spain (1926)
Brandy, mucho brandy (1927)
Angelita (1930)
Manuel Machado y
Antonio Machado
(1874-1947 y 1875-1939)
Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel (1926)
Juan de Mañara (1927)
Las adelfas (1928)
La Lola se va a los puertos (1929)
La prima Fernanda (1930)
La duquesa de Benamejí (1930)
Federico García Lorca
(1898-1936)
El maleficio de la mariposa (1920)
Mariana Pineda (1927)
La zapatera prodigiosa (1930)
El público (1930)
Así que pasen cinco años (1931)
Bodas de sangre (1933)
Yerma (1934)
Doña Rosita la soltera (1935)
La casa de Bernarda Alba (1936)
Enrique Jardiel Poncela
(1901-1952)
Una noche de primavera sin sueño (1927)
Usted tiene ojos de mujer fatal (1933)
Angelina o el honor de un brigadier (1934)
Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936)
Eloísa está debajo de un almendro (1940)
Los ladrones somos gente honrada (1941)
Rafael Alberti (1902-1999)
El hombre deshabitado (1931)
Fermín Galán (1931)
El adefesio (1944)
Noche de guerra en el Museo del Prado (1956)
Alejandro Casona (1903-1965)
Prohibido suicidarse en primavera (1937)
La dama del alba (1944)
La barca sin pescador (1945)
Los árboles mueren de pie (1949)
La tercera palabra (1953)
Max Aub (1903-1972)
Espejo de avaricia (1925)
San Juan (1943)
El rapto de Europa, o siempre puedes hacer algo (1946)


El invento del término Novísimos




Novísimos, nombre que surgió de la antología realizada por José María Castellet, Nueve novísimos poetas españoles (1970) y que tuvo una enorme repercusión, ya que se produjo una gran reflexión sobre estética y lírica, en los medios de comunicación, sobre la poesía española, cosa que fue muy positiva y sorprendente, dada la poca relevancia que se le daba en el momento no sólo a la poesía, sino también a cualquier hecho cultural.
Castellet, en el prólogo del libro, explica que su intención es constatar “la aparición de un nuevo tipo de poesía cuya tentativa es, precisamente, la de contraponerse —o ignorar— a la poesía anterior”, es decir, que estos novísimos poetas representaban una ruptura. Lo cierto es que este libro se acogió con bastantes prejuicios: unos lo consideraron una operación de mercadotecnia semejante al que se estaba operando con el boom de la Literatura latinoamericana, otros, una capilla que pretendía arrogarse la vanguardia de la estética del momento, y no hubo quien tomó esta obra como un capricho y desahogo personal del antólogo.
Los nueve novísismos estaban divididos en dos grupos: los ‘seniors’, Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión y José María Álvarez, que eran los nacidos entre 1939 y 1942; y la ‘coqueluche’, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix y Leopoldo María Panero, nacidos entre 1944 y 1948.
La característica común de estos poetas era claramente la ruptura con las formas poéticas anteriores y mostraban un interés por la despreocupación formal, por las técnicas elípticas, de collage, por las referencias populares y la búsqueda de elementos o asuntos exóticos, misteriosos, cinematográficos, propios de la mitología contemporánea.


El invento de la Novela picaresca




Novela picaresca, extensa obra de ficción, por lo general de carácter satírico, cuyo personaje principal es un individuo cínico y amoral (véase Novela). La novela picaresca narra una serie de incidentes o episodios de la vida del protagonista que se presentan en orden cronológico sin entremezclarse en una trama sólida. El género se originó en España a mediados del siglo XVI y tomó su nombre de la figura del pícaro. El primer ejemplo de novela picaresca español es el Lazarillo de Tormes (1554), de autor desconocido, la autobiografía de un pillo que sirve a diversos amos aprovechándose invariablemente de ellos. El principal ejemplo de la picaresca alemana es El aventurero Simplicissimus (1669), del escritor Hans Jakob Christoph von Grimmelshausen. En Francia cabe destacar Historia de Gil Blas de Santillana (4 volúmenes, 1715-1735), fruto de la pluma de Alain René Lesage, y en Inglaterra Moll Flanders, escrita por Daniel Defoe. En América Latina la obra que inicia el género novelesco es, precisamente, El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, reflejo de la novela picaresca española.
La novela picaresca es uno de los géneros más representativos, genuinos y populares de la literatura española y posteriormente derivó hacia la novela de aventuras o cuadros de costumbres. Utiliza el esquema tradicional de los libros o novelas de caballería, pero lo hace con una voluntad claramente desmitificadora, a partir de la crítica a la sociedad de la época. La estructura es un relato en primera persona de episodios o la vida del autor que vienen a justificar su situación final poco afortunada. Sin embargo, la novela picaresca no constituye un género claramente diferenciado, pues el propósito de sus autores es siempre distinto. Entre las principales obras del género cabe mencionar el Guzmán de Alfarache (1599), de Mateo Alemán, o la Historia del buscón llamado don Pablos (1626), de Francisco de Quevedo, donde la estructura autobiográfica cede en importancia ante la brillantez del lenguaje. Otros títulos y continuaciones de las obras maestras ya citadas son: La pícara Justina (1605), de Francisco López de Úbeda, La hija de la Celestina (1612), de Alonso Jerónimo de Salas, La vida del escudero Marcos de Obregón (1618), de Vicente Espinel y El siglo pitagórico (1644), de Antonio Enríquez Gómez.


El invento de la Novela de caballerías




Miguel de Cervantes Saavedra
El escritor español Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) está considerado como una de las figuras fundamentales de la literatura universal, al igual que su novela Don Quijote de la Mancha, una obra ambiciosa, con una temática rica y variada, llena de humor y ternura y que consigue llegar y entretener a los más variados públicos. El conocido principio de la inmortal obra es lo que aquí lee un actor. El retrato de la ilustración se le atribuye al pintor Juan de Jáuregui.

Novela de caballerías, género narrativo que tuvo su máximo desarrollo en España entre los siglos XIV y XVII, y que en su momento también se llamó libro de caballerías.
Muy semejantes a las novelas de aventuras, los libros de caballerías se basan —según Gonzalo Torrente Ballester— en la odisea de un caminante que se enfrenta a múltiples azares —batallas, desafíos, amores, pérdidas, reencuentros y tránsitos—, normalmente en un espacio lejano y exótico. Un rasgo bastante común en estas obras es que el autor afirma que el texto procede de un manuscrito que él ha encontrado; de ahí la parodia que realiza Cervantes al respecto en el Quijote, cuando alude a que el texto lo ha sacado de una traducción que un morisco hizo de un texto de un historiador llamado Cide Hamete Benengeli (véase Miguel de Cervantes: El Quijote como juego literario).
La primera novela importante es Libro del caballero Zifar, compuesto hacia 1300, que utiliza la técnica del sermón: cada personaje o situación es un ejemplo y figura de realidades espirituales.
Con el Amadís de Gaula, cuya versión original de principios del siglo XIV está perdida casi por completo y que se conoce por la refundición que a finales del siglo XV realizó Garci Rodríguez de Montalvo, el género comienza a fijarse, gracias a la calidad del texto. Durante el siglo XVI hubo abundantes imitaciones y continuadores del Amadís, cuyo resultado más interesante puede que sea Amadis de Grecia (1530) de Feliciano Silva. Llegaron a realizarse casi veinticinco libros tanto en España como en Europa hasta bien entrado el siglo XVI. Otro ciclo importante fue la serie de Palmerín, que se inició con Palmerín de Oliva (1511) del que se realizaron once impresiones hasta 1580, y uno de los mejores libros de la serie fue Palmerín de Inglaterra (1547-1548) escrito en portugués por Francisco de Morais. Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell, es otro ejemplo en lengua catalana, publicado en 1490, y, según Miguel de Cervantes, “es el mejor libro del mundo”.
Las novelas de caballerías encontraron grandes detractores desde sus orígenes. Se les criticaba por su inverosimilitud, inmoralidad y descuidado lenguaje. Durante mucho tiempo se dijo que eran libros que leían gentes de escasa formación, pero la realidad es que interesaban a todos los estamentos sociales y culturales y eso se ha demostrado por lo que dicen de ellos personajes como santa Teresa de Jesús, el humanista Juan de Valdés y hasta el emperador Carlos V.
Los antecedentes de la novela de caballerías deben situarse en la difusión europea, con gran influencia española, de tres ciclos épicos medievales: el artúrico, el carolingio y el troyano. El código moral caballeresco se entrelaza con el código erótico —el caballero brinda sus empresas a la dama de su elección—, y ello explica los puntos comunes entre la novela caballeresca y la novela sentimental, en la que el paisaje de las hazañas se hace alegoría del deseo amoroso y su búsqueda. Mario Vargas Llosa ha estudiado la actualidad de las novelas de caballerías, hasta el punto de afirmar que el coronel Buendia, de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez “parece descender en línea recta de los cruzados caballerescos”.


El invento de la Novela bizantina




Novela bizantina, género narrativo de novela de aventuras, que se desarrolló ampliamente en España y otros países europeos durante los siglos XVI y XVII, cuya característica consiste en que recurren a lo fantástico e inverosímil, y que el lector reconoce como irreales.
Alcanzaron gran difusión y popularidad gracias al desarrollo de la imprenta, si bien, en cuanto género literario, todavía no gozaban del prestigio de la poesía y el teatro. Con todo, las relaciones que se establecieron entre esas formas narrativas y la tradición helénica clásica, continuada siglos después en Italia por Boccaccio y otros autores, hicieron que fueran estimadas como ‘poemas épicos en prosa’. Predominaban en ellos el viaje y la búsqueda, con episodios muy complejos entre los que no faltan naufragios, raptos, reconocimientos sorprendentes entre los personajes (anagnórisis), y otras enrevesadas peripecias argumentales.
La primera novela bizantina en español fue la Historia de los amores de Clareo y Florisea, y los trabajos de la sin ventura Isea, publicada en 1552, y de la que es autor Alonso Núñez de Reinoso. Es un relato que cuenta con todos los elementos definitorios del género: el enamoramiento, el voto de fidelidad, el parentesco aparente, los desplazamientos por mar, el cautiverio, los sueños premonitorios, las muertes simuladas, el regreso a la patria y las bodas como premio a la constancia. Según declara su propio autor, era una adaptación libre de Leucipa y Clitofonte del autor clásico griego Aquiles Tacio, que conoció a través de la versión de Ludovico Dolce en Amorosi ragionamenti. Pero Menéndez y Pelayo afirma que Núñez de Reinoso tuvo que conocer directamente la obra de Aquiles Tacio por la traducción italiana que realizó Aníbal Coccio y que se publicó en 1551, lo que se nota especialmente en la parte dedicada a las desdichas de Isea.
Selva de aventuras, de Jerónimo de Contreras, publicada en 1565, es otra de las novelas bizantinas más características.
A comienzos del siglo XVII aparece una de las novelas del género de mayor alcance, El peregrino en su patria (1604), de Lope de Vega. Incluye bastantes poemas y cuatro autos sacramentales.
Por su parte, de Miguel de Cervantes se publicó póstumamente su obra Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617), que, como todas las novelas bizantinas, desarrolla un asunto amoroso. Anteriormente ya había publicado, dentro de sus Novelas ejemplares (1613), algunos relatos que seguían pautas helenísticas, como La española inglesa y El amante liberal. Con todo, y a pesar de su ambición, la crítica considera que Persiles y Sigismunda es decepcionante.


El invento del Mester de juglaría




Mester de juglaría, frente al isosilabismo del mester de clerecía, el mester de juglaría se caracteriza por la mayor libertad métrica. Aun en las obras identificadas en líneas generales con la clerecía, se advierte la influencia juglaresca, sobre todo en las vacilaciones en la rima y en la medida de los versos. Su momento de máximo apogeo corresponde a los siglos XII y XIII aunque se prolongó hasta el XIV. Una obra como el Libro de Buen Amor, aunque utiliza la cuaderna vía y, por tanto, es obra de 'clérigo' (de hombre culto), el hecho de que en ella figuren coplas de escolares y de ciegos, con un lenguaje popular y chispeante, permite que también se incluya entre las obras del mester de juglaría. En la Razón deamor, del siglo XIII, predominan las asonancias de versos octosílabos, que se deslizan hacia los eneasílabos, como ocurre también en los Denuestos del agua y el vino. Otros textos oscilan entre el heptasílabo y el eneasílabo, metro este último que se mantiene sin interrupción desde el siglo XIII en la poesía popular.
El mester de juglaría se apoya en la tradición oral y sus temas son las hazañas y gestas de héroes reales, históricos o míticos.


El invento del Mester de clerecía




Juan Ruiz, Arcipreste de Hita
El poeta español Juan Ruiz (c. 1283-c. 1350), también conocido como Arcipreste de Hita es uno de los poetas más exuberantes no solo de la literatura española sino de la europea medieval. Muy en la línea del italiano Giovanni Boccaccio y del inglés Geoffrey Chaucer, realizó una obra culta que daba entrada a los anhelos y posición de la naciente burguesía medieval urbana. Su Libro de Buen Amor, una de cuyas páginas reproduce la ilustración, es un texto fundamental de las letras españolas, una de cuyas estrofas en cuaderna vía recita un actor.


Mester de clerecía, escuela literaria española de los siglos XII y XIII que se entendía como un oficio de hombres cultos. La oposición entre mester de clerecía y mester de juglaría proviene de la segunda estrofa del Libro de Alexandre (primera mitad del siglo XIII):


Mester traigo fermoso, non es de joglaría,
mester es sin pecado, ca es de clerezía;
fablar curso rimado por la cuaderna vía,
a sílabas contadas, ca es grant maestría.
En estos versos se afirma un arte poética: combinación estrófica llamada 'cuaderna' (del latín quaterna, 'cuatro cada vez') cuya vía es un curso rimado consonante de cuatro versos a sílabas contadas (isosilabismo): alejandrinos divididos en dos hemistiquios de siete sílabas cada uno. La estrofa citada permite entrever que el mester de juglaría no respeta la métrica (es anisosilábico) y, por tanto, carece de maestría y es hablar con pecado (con error). Es Gonzalo de Berceo quien lleva a su máxima expresión el uso de la cuaderna vía, de procedencia francesa. Junto con Berceo debe citarse, por la regularidad métrica (que no se cumple en otros autores), el Rimado de Palacio de Pero López de Ayala (1332-1407).
El Libro de Alexandre es el primer texto en el que se utiliza este estilo. Es un extenso poema, sobre Alejandro Magno, de más de diez mil versos del que se han conservado dos manuscritos, uno de finales del siglo XIII, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, y otro del XV, que está en la Biblioteca de París. No se sabe cuándo se escribió pero suele datarse en la primera mitad del siglo XIII.
El libro es un poema épico sobre Alejandro Magno —personaje sobre el que se escribieron muchas historias durante la edad media— que se inicia con su infancia y acaba con su muerte. La finalidad es ensalzar al héroe y tiene gran erudición, sin embargo, cae en anacronismos tales como que Alexander forma parte de los Doce Pares de Francia o que Aquiles se esconde en un convento de monjes.
El Libro de Apolonio es también otra obra primeriza en cuaderna vía, de más de dos mil versos, compuesta en la primera mitad del siglo XII en la que se narran las gestas del rey Apolonio de Antioquía que, al descubrir que ha cometido incesto, huye, pasa mil penalidades y pruebas, y al final se reconcilia con todos sus familiares. Es una obra dinámica y delicada, cuyo tema procede de la tradición popular europea.
La cuaderna vía prospera hasta finales del siglo XIV, con oscilaciones entre versos de 14 y versos de 16 sílabas, dado el vigor en español del octosílabo. Por otra parte, la rigidez de la cuaderna vía hizo que muchos poetas abandonasen el alejandrino en busca de otras combinaciones métricas. Lo fundamental del mester de clerecía es, por tanto, la tendencia hacia una composición isosilábica, cualquiera que sea el metro elegido.


El invento de la Literatura de española en exilio





Literatura española del exilio, la escrita por los españoles que marcharon al exilio después de la derrota en la Guerra Civil española (1936-1939) y que, regresados o no a España, vivieron con ese carácter hasta la muerte de Francisco Franco (1975). La mayor parte de ellos se afincaron en países hispanoamericanos, aunque también en Estados Unidos (Jorge Guillén, Federico de Onís, Américo Castro, Pedro Salinas), en París (Jorge Semprún), en la Unión Soviética y en otros países.
La actividad de estos exiliados fue múltiple: creación literaria, fundación de revistas y editoriales, cátedras universitarias, periodismo, orientación de grupos y renovación de tendencias. Su ámbito lingüístico fue mayoritariamente español, pero hubo también escritores en gallego (Eduardo Blanco Amor, Rafael Dieste, Alfonso Rodríguez Castelao) o en catalán (Josep Carner, Joaquín Xirau).
Entre las revistas literarias y de pensamiento fundadas por exiliados cabe recordar: en México, Nuestra España, La España Peregrina, Taller (dirigida por el mexicano Octavio Paz), Romance, Ultramar, Cuadernos Americanos; en Argentina, Pensamiento Español, Correo Literario, Realidad, Galeuzca; en Cuba, Atentamente; en Colombia, Espiral; en Venezuela, España; en Chile, España Libre; en Uruguay, Temas; en París, Libre, Cuadernos de Ruedo Ibérico.
En materia de editoriales, en México, aparece Séneca y en cierta medida, el Fondo de Cultura Económica; en Cuba, La Verónica; en Argentina, Losada, Sudamericana, Emecé, Santiago Rueda y Bajel.
El número de escritores emigrados sería interminable, y se han publicado algunos censos y obras de carácter bibliográfico, que recogen algunas listas, casi todas ellas incompletas.
Notable, por el trabajo previo realizado, y la fecha de su publicación es la obra impresa de Los intelectuales españoles en América (1936-1945) de Julián Amo y Charmion Shelby, con prólogo de Alfonso Reyes, elaborada en la Biblioteca del Congreso, de Washington, editada por la Standford University Press (1950) y reimpresa en Madrid (1994).
En el exilio republicano estuvieron representantes de todas las formas literarias, corrientes y estilos, de todas las escuelas y tendencias. En poesía, se exiliaron la mayor parte de los componentes de la generación del 27. También se exiliaron algunos que, sin tomar decidido partido por algún bando en pugna, se alejaron de la España en conflicto: José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala, Gregorio Marañón, Azorín, Pío Baroja. Caso especial es el de Antonio Machado, que permaneció fiel a la República hasta el último momento y encerrado en un campo de concentración, murió en Francia al poco de llegar.
Algunos de estos escritores, aparte de seguir cultivando su memoria personal y colectiva y el recuerdo, intelectivo o apasionado de la patria lejana, produjeron obras de tema americano como Max Aub, Francisco Ayala o Ramón José Sender.

El invento del Lazarillo de Tormes




Lazarillo de Tormes, novela picaresca española de autor desconocido, considerada por muchos críticos literarios como la primera novela moderna. Aunque probablemente existió una edición anterior, quizá de 1552 o 1553, las primeras ediciones conservadas son las de 1554, impresas en Burgos (Juan de Junta), Amberes (Martín Nucio) y Alcalá de Henars (Salcedo), con el título de La vida del lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades.
Los críticos no se ponen de acuerdo en cuanto a la fecha de redacción, debido a que las pocas referencias históricas que ofrece el texto no son fáciles de rastrear. El supuesto anticlericalismo del Lazarillo de Tormes ha llevado también a la polémica entre los estudiosos de la obra respecto a su autoría. Entre ellos, Américo Castro defiende que el autor debió ser un converso, mientras que Manuel J. Asensio postula la existencia de un escritor impregnado de espíritu erasmista.
El Lazarillo de Tormes consta de siete capítulos o “tratados” de muy variable extensión. Es una novela escrita en primera persona, a la manera de carta dirigida a una persona de rango superior (“vuestra merced”), en un acto de obediencia y rendición de cuentas, sin comentarios ni reflexiones de orden moral. En este autobiografismo reside la primera gran innovación de las muchas que presenta la obra: el Lazarillo de Tormes es la narración de la trayectoria vital de un ser de vergonzosa extracción social y de su lucha por la supervivencia.
Lázaro, antihéroe por excelencia, nos proporciona datos sobre su vida: nació junto al río Tormes, en Salamanca, y es hijo de un molinero y de una viuda amancebada con un negro. Por la obra desfilan los diversos amos a los que ha servido y de los cuales se ha aprovechado invariablemente: el mendigo ciego y ruin, el cura avaro, el escudero deseoso de aparentar, el fraile de la Merced, el buldero (un clérigo dedicado al lucrativo negocio de vender bulas papales), el capellán o el alguacil. El protagonista de la novela vivirá una sucesión de experiencias que irán paulatinamente socavando su integridad moral, en un proceso educativo subvertido. Finalmente, Lázaro obtendrá el oficio real de pregonero en Toledo y nos cuenta cómo un arcipreste le propone el matrimonio con su criada, que además es también su barragana. Desde esa situación actual vergonzante, Lázaro refiere su caso a esa “vuesa merced” que aparece ya en el prólogo.
El autor del Lazarillo de Tormes aprovecha elementos preexistentes en la tradición folclórica (el propio protagonista está inspirado en materiales tradicionales), así como motivos pertenecientes a la literatura culta, para contarnos la historia de una vida, en un relato que es fiel reflejo de la incertidumbre de la España de la Época, expuesta a una grave crisis económica y a una profunda miseria moral. Esta obra, prototipo de la novela picaresca que florecería en la literatura española de comienzos del siglo XVII, muestra una visión pesimista de la sociedad a través de los ojos de un pícaro.


El invento de la La Celestina




La Celestina, obra medieval por excelencia con la que se inicia la modernidad literaria en España y que sería la obra cumbre de las letras españolas de no ser por la existencia del Quijote.
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EL AUTOR
'El bachiller Fernando de Rojas acabó la Comedia de Calisto y Melibea y fue nascido en la Puebla de Montalban' dicen los versos acrósticos que sirven de presentación a la obra. Durante mucho tiempo se ha especulado sobre la veracidad de la afirmación y la identidad real del autor, pero, aunque no se tenga una gran información sobre Rojas, a la crítica actual le parece incuestionable que el bachiller nació en la Puebla de Montalbán (Toledo) hacia el 1470 en el seno de una familia acomodada de judíos conversos. Puede que no alcanzara el título de bachiller pero sí estudió leyes en la Universidad de Salamanca. También está documentado que fue alcalde, en varias ocasiones, de Talavera de la Reina, y que allí se casó y vivió. Por el inventario de sus bienes se sabe que contaba con una abundante biblioteca de libros jurídicos y profanos, entre ellos, muchos históricos, enciclopédicos e incluso la obra latina del poeta italiano Petrarca; de estas lecturas proceden las abundantes referencias a libros clásicos que, a partir del acto segundo de La Celestina, aparecen en la obra. Murió en 1541 en Talavera de la Reina.
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PRIMERAS EDICIONES Y FIJACIÓN DEL TEXTO
Portada de La Celestina
Esta portada de una de las ediciones de La Celestina de 1502 y que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid recoge el momento crucial de la obra, el encuentro amoroso entre Calisto y Melibea en el jardín de su casa. La ilustración parece un boceto para la representación, incluso figuran las iniciales de los nombres de los personajes. Tras Melibea se encuentra su criada Lucrecia y detrás de Calisto está Pármeno, cuidando su caballo. Celestina aparece fuera de escena llamando con la aldaba en casa de

La Celestina tuvo un éxito de publico extraordinario desde su primera aparición por eso se conservan bastantes ejemplares que proceden de primeras ediciones antiguas e incluso tempranas traducciones. El texto de estas ediciones no es el mismo ya que el autor fue modificando la obra. La primera edición y más antigua de las conservadas se imprimió en Burgos, por Fadrique de Basilea en 1499, y consta de dieciséis actos con el título de Comedia de Calisto y Melibea. Hubo después varias segundas ediciones de Toledo, Valencia y Salamanca (1500), de las que se conserva la de Toledo, impresa por Pedro Hagenbachc, que añade los versos acrósticos. Estos libros tienen en común el título, que constan de dieciséis actos, que incluye una carta del autor a un amigo en el que le dice que se ha encontrado un texto anónimo y que como le ha gustado mucho ha decidido reunirlo todo en un acto —el primero— y concluir la obra. Después siguen los versos acrósticos sobre la intención de la obra en los que figura su nombre, aunque ningún ejemplar está firmado. Entre 1502 y 1507 aparecieron muchas ediciones ampliadas y con el título de Tragicomedia de Calisto y Melibea, y también El libro de Calisto y Melibea y de la puta vieja Celestina, en Sevilla, Toledo, Salamanca y Zaragoza; ésta, de 1507, es la más antigua que se conserva de la Tragicomedia, que inserta cinco actos nuevos entre el XIV y el XV de la Comedia, fijándose el texto en veintiún actos definitivamente. Dado el enorme éxito de la obra y la garra del personaje de la alcahueta empezó a llamársela La Celestina, título que ha triunfado, y además el nombre del personaje ha pasado a designar en el léxico español a aquellas mujeres que median en amores bien por interés o gusto.
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ARGUMENTO
La acción de La Celestina se construye sobre los amores de Calisto y Melibea, en torno a los cuales se incorporan otros episodios que a su vez son causa y consecuencia del argumento principal. Calisto, de noble linaje y claro ingenio, persiguiendo un halcón entra en la huerta de casa de Melibea, joven, rica y de serenísima sangre; queda prendado de ella; intenta hablarle pero ésta le despide con gesto airado. Marcha a su casa compungido y su criado Sempronio le convence para que use los servicios de una vieja alcahueta llamada Celestina. Los criados se ponen de acuerdo con ella en repartir el dinero que consiga sacarle a Calisto. Celestina cumple su misión y Melibea se entrega a Calisto. Los criados van a casa de Celestina a reclamar su parte, mas cuando ésta se niega a darles nada, ellos la matan, y ante los gritos de las pupilas de Celestina, Elicia y Areúsa, acude la justicia, los prende y ejecuta públicamente. Elicia y Areúsa deciden vengar las muertes y, sabiendo que esa noche los amantes se verán en la torre de casa de Melibea, envían a un brabucón contra Calisto, el cual al oír ruidos intenta acudir en ayuda de su criado, se cae de la escala y muere. Melibea se desespera y ante la presencia de su padre se tira de la torre.
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SU GÉNERO LITERARIO
En la obra todo es diálogo; los personajes se van definiendo por lo que dicen y hacen, sin necesidad de anotaciones de un autor externo, por eso se ha valorado la teatralidad de La Celestina. Pero como consta de veintiún actos, con cambios de escenarios constantes y variados —el huerto, la casa de Calisto, la casa de Melibea, la casa de Celestina, la torre, varias calles—, hace muy difícil su montaje escénico; por eso se ha dicho que se trataba de una obra de teatro irrepresentable. La crítica actual la clasifica como una comedia humanista, que es un género creado por Petrarca en Italia en el siglo XIV y que alcanzó un gran desarrollo en el renacimiento europeo. Se caracterizaba por un argumento sencillo cargado de tensión dramática, con mucho diálogo y con fines moralizantes o educadores. Lo importante era el texto y la enseñanza, lo de menos que fuese representable o no, aunque siempre cabía la posibilidad del escenario circular en una plaza que con efectos lumínicos alumbrase el rincón en el que tenía lugar la acción. Quienes defienden La Celestina como obra educadora no representable se apoyan en algunos párrafos largos, de difícil dicción, en sus muchas citas eruditas y en las resonancias de los clásicos que se perderían en una audición ligera. Lo cierto es que Rojas utilizó el castellano y no el latín propio de estas comedias, introdujo un realismo fuera de lo común, además de caracterizar, con gran profundidad psicológica a todos sus personajes y que por lo tanto creó una gran obra precursora de la modernidad.
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MEDIEVALISMO Y RENACENTISMO EN LA CELESTINA
El argumento de La Celestina procede de una comedia latina medieval Panphilus, que cuenta cómo un caballero enamora a una dama gracias a los ardides de una vieja, que a su vez está tomada de las comedias de Plauto. La deuda al Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita es indudable. Calisto y Melibea son prototipos del amor cortés y en la obra se tocan los tres grandes temas medievales: el amor, la fortuna y la muerte. Pero anuncia el renacimiento porque ninguno de estos temas se trata de una manera jerarquizada sino individualizada: cada personaje es autónomo y se labra su propio fin, con independencia de cuál sea su cuna y rango social. Hay también una sensualidad más exaltada que reprimida y en ningún momento se plantea la posibilidad de que los jóvenes enamorados tengan intención de casarse como hubiese sido el fin natural en el teatro coetáneo. A Rojas le interesa retratar una sociedad desasosegada y explorar el mundo de las pasiones humanas, lo que le aleja de los ejemplos medievales de premios y castigos transcendentes según la vida llevada.
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LOS PERSONAJES
Celestina se alza como el personaje central de la obra por su inteligencia, habilidad, avaricia, falsedad y malas artes. Es el lado oscuro medieval y pecador, y a la vez quien va repartiendo sexualidad y pasiones porque también las ha conocido. Será su avaricia lo que la conduzca a la muerte, no sus artes para despertar el deseo en jóvenes que están deseando caer en sus redes. Calisto y Melibea proceden del amor cortés pero serán los arquetipos físicos de la poesía renacentista sentimental, aunque Rojas va más allá y en su indagación humana no duda en presentar a un joven indolente dispuesto a gastar su fortuna por satisfacer su deseo y en manifestarse ante su diosa Melibea como un ser vulgar y grosero ante su apetito carnal. Melibea es un personaje lleno de matices: es la más espiritual de la obra, lo que no significa que sea ingenua, es tentada y una vez que su lujuria se ha despertado lucha por no caer en el deshonor que presiente que se le avecina, mas no puede resistirse. En definitiva son personajes humanos y creíbles que se van transformando conforme avanza la acción.
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LENGUAJE Y ESTILO
Hay en La Celestina una fusión constante entre lo erudito y lo vulgar, entre lo retórico más elaborado y el lenguaje llano más directo, entre la cita clásica y el refrán. A Calisto y Melibea les corresponde el lenguaje propio de las clase cultas y del mundo universitario de la época de los Reyes Católicos. Celestina y los criados usan un lenguaje popular con registros picarescos y realistas muy elaborado por Rojas, ya que no sólo usan refranes, como marca la tradición para caracterizar el habla popular, sino que incluso se permiten bromas a propósito de citas filosóficas y humanistas. Este doble registro lo utilizará de una manera genial Miguel de Cervantes, especialmente en Don Quijote de la Mancha, novela que ha suplantado a La Celestina el privilegio de ser la obra cumbre de las letras españolas.


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