El descubrimiento de Casas Grande




Casas Grandes (yacimiento arqueológico)
Casas Grandes (yacimiento arqueológico), zona arqueológica mexicana situada en el municipio de Casas Grandes (Chihuahua). Formada por casas comunales de adobe, algunas de las cuales son de cinco pisos, sus pobladores contaban con un asombroso sistema de conducción acuífera que abastecía a las casas desde un ojo de agua. En su descripción de 1565, el conquistador Francisco de Ibarra apuntaba que estaba habitado por indios guerechos, a los que denominó paquimé. Por trabajos de excavación se calcula que la ciudad de Paquimé pasó por varias etapas de ocupación denominadas: cerámica sin decoración (1-700 d.C.), viejo (700-1060), medio (1060-1340) y tardío (1340-1600). Fue edificada en un valle del desierto de Chihuahua, al pie de la sierra Tarahumara. En el yacimiento se encuentra influencia mesoamericana, iniciada en la denominada fase Buena Fe (1060-1200) del periodo medio. Posteriormente, en la fase Paquimé (1200-1261) es notable el auge del urbanismo: se construyeron montículos ceremoniales y habitaciones de varios pisos, y la influencia mesoamericana es más notable tanto en la construcción del tlachtli como en el culto a Quetzalcóatl y Xiuhtecuhtli. Dentro del centro principal se encuentran habitaciones y edificios ceremoniales, canales de desagüe, cisternas, hornos para cocer mezcal y canales de irrigación.
Entre sus edificios destacan: el mencionado tlachtli, que tiene forma de ‘I’ y cuenta con una plataforma para espectadores; el Montículo de la Cruz, que parece haber tenido una función astronómica; la Casa del pozo, formada por un conjunto de habitaciones que tenían pozos de agua subterráneos y en los que se hallaron baños de vapor, acequias para el abastecimiento de agua, dormitorios y fogones; al sur de la plaza se encuentra la Casa de las guacamayas, en la que hay jaulas con restos de diversas aves, por lo que se cree que sus plumas fueron utilizadas con fines ornamentales o rituales. Se localizaron también entierros con objetos de conchas y metales, muestra de la importante actividad comercial que mantuvieron con otros pueblos. El conjunto arquitectónico maravilla por la armonía entre las soluciones urbanísticas y el entorno natural. Anexo a la zona se encuentra el Museo de las Culturas del Norte. En diciembre de 1998, el yacimiento arqueológico de Casas Grandes fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El invento de las Casas de Borbón




Casas de Borbón
Casas de Borbón, dinastía ligada a varios tronos europeos, principalmente al español y al francés, originaria de la localidad francesa de Bourbon-l’Archambault, donde la familia tuvo su primer solar.
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LOS BORBONES EN FRANCIA
Palacio de Versalles
Uno de los más bellos ejemplos de arquitectura francesa, el palacio de Versalles, fue construido en la década de 1600 por el rey Luis XIV. Hoy es un museo de 1.300 habitaciones.

Ligados primero por vasallaje a los condes de Bourges, en el siglo X pasaron a depender directamente de la Corona francesa. Durante los siglos siguientes, la familia extendió su dominio sobre Autunois y Niverais (Auvernia), Combraille y Berry. Al mismo tiempo, el tronco común se dividió en tres grandes ramas: Borbón-Busset, que perdió la primogenitura al no reconocer Luis XI el matrimonio de Luis de Borbón (1438-1482) con Catalina de Egmont; Borbón-Montpensier, extinguida en el siglo XVII; y Borbón-La Marche, uno de cuyas subdivisiones, la de La Marche-Vendôme, recibió en la persona de Carlos, duque de Vendôme (1489-1537), el título ducal de Borbón de manos de Francisco I.
Luis XVI
Luis XVI, nieto de Luis XV y miembro de la Casa de Borbón, fue considerado un monarca bienintencionado pero débil. La gravosa carga fiscal y las extravagancias de la corte terminaron por provocar la Revolución Francesa. Murió en la guillotina por orden del régimen revolucionario.

En 1548, el matrimonio de Antonio de Borbón con Juana de Albret permitió a la familia acceder al trono de Navarra. En las postrimerías del siglo XVI, durante las guerras de Religión que asolaron Francia, el tercer hijo de aquel matrimonio, Enrique III de Navarra (1553-1610), casado con Margarita de Valois (1572), se convirtió en Enrique IV de Francia (1589) por ser el pariente varón más cercano —como descendiente directo del séptimo hijo de Luis IX— de Enrique III de Francia, que murió sin hijos. Superado por el momento el conflicto religioso con el Edicto de Nantes (1598), a Enrique IV y sus sucesores les ocupó la tarea de consolidar la dinastía. Luis XIV (1643-1715) fortaleció la unión entre Estado y familia real y llevó a Francia a la hegemonía continental, aunque fracasó en su intento de reformar la Ley Sálica, que imponía una sucesión lineal masculina excluyente para las mujeres en todos los casos.
Familia de Luis XVIII
Este grabado de 1807 muestra al futuro rey francés Luis XVIII (sentado, el segundo, de izquierda a derecha) y a su familia, en una representación de los principales componentes del grupo de los émigrés. Junto al conde de Provenza (título de Luis antes de llegar al trono), aparece, de pie, su hermano y futuro sucesor (como Carlos X), el conde de Artois.

Un bisnieto de Luis XIV ascendió al trono francés en 1715 como Luis XV. Su reinado, que duró hasta su fallecimiento, ocurrido en 1774, marcó el inicio de la crisis de la monarquía Borbónica francesa. Crisis que se acentuó y manifestó de forma definitiva durante el reinado de su nieto, Luis XVI, quien le sucedió en ese último año. El inicio de la Revolución Francesa, en 1789, marcó el principio del fin de la monarquía francesa. El propio Luis XVI murió ejecutado por los revolucionarios en 1792, y su hijo (Luis XVII), fallecido en 1795, tan sólo fue reconocido por los monárquicos.
La restauración de la monarquía francesa tuvo lugar en 1814, cuando un hermano de Luis XVI ascendió al trono con el nombre de Luis XVIII, tras la caída de Napoleón I Bonaparte. El propio Napoleón interrumpió el reinado de Luis XVIII cuando, un año después, volvió brevemente al poder en el llamado gobierno de los Cien Días. Carlos X, hermano de Luis XVIII, sucedió a éste en 1824 y hubo de abdicar con motivo de la Revolución de julio de 1830.
Una nueva rama de la Casa francesa de Borbón volvió a reinar ese mismo año de 1830, cuando un descendiente de Felipe I (duque de Orleans y hermano de Luis XIV), fue proclamado rey por la Asamblea Nacional tras la abdicación de Carlos X: Luis Felipe I de Orleans, hijo de Luis Felipe José de Orleans (Felipe Igualdad), fue el primer y único rey francés de la rama Borbón-Orleans. Resultó derrocado durante los acontecimientos revolucionarios de 1848. Los actuales pretendientes al trono francés, encabezados por el conde de París, pertenecen al linaje Borbón-orleanista.
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LOS BORBONES EN ESPAÑA
Fernando VI
El último rey español de la Casa de Habsburgo (o de Austria), Carlos II, falleció sin descendencia, lo que permitió que el siglo XVIII se iniciara con un miembro de la Casa de Borbón en el trono: Felipe V. La imagen representa a su hijo Fernando de Borbón —que reinaría como Fernando VI de España (1746-1759)—, cuando ya había recibido el título de príncipe de Asturias y, por tanto, el derecho sucesorio. El retrato fue pintado por el artista italiano Giovanni Antonio Pellegrini (Museo Naval, Madrid).

En 1700, el testamento de Carlos II de España —sin descendencia— permitió el acceso al trono de Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y de la infanta española María Teresa de Austria (hija del rey Felipe IV). Sin embargo, el temor a que los Borbones extendieran su dominio sobre la herencia de los Habsburgo españoles movió a Gran Bretaña, las Provincias Unidas y al Sacro Imperio a impugnar el testamento y declarar la guerra. La llamada guerra de Sucesión española finalizó con el reconocimiento general de Felipe V, a cambio de la renuncia de éste a sus derechos al trono de Francia y de la pérdida de los territorios italianos y flamencos.
Isabel II
Destronada en 1868, la reina española Isabel II abdicó dos años después en su hijo, el futuro Alfonso XII, favoreciendo el retorno al trono de la monarquía Borbónica, que se produciría en 1875. Isabel falleció, en 1904, en el exilio que le había llevado, 36 años antes, a París (Francia).

Los Borbones españoles del siglo XVIII —Felipe V (1700-1724 y 1724-1746), Luis I (1724), Fernando VI (1746-1759), Carlos III (1759-1788) y Carlos IV (1788-1808)— se dedicaron a una política de profundas reformas en todos los campos con la intención de devolver España a un lugar destacado entre las potencias europeas. Felipe V fue ayudado primero por consejeros franceses, relevados pronto por españoles pertenecientes a la primera generación de ilustrados. La política dinástica sostenida por Felipe V y su segunda esposa, Isabel de Farnesio, otorgó tronos en Italia a los hijos del matrimonio, dando origen a la rama Borbón-Sicilia. Los reinados de Fernando VI y Carlos III significaron la plenitud del reformismo, al mismo tiempo que se hicieron patentes los límites de la acción de gobierno. El desarrollo de la América española, cuyas posibilidades económicas aún estaban por explotar en su mayor parte, fue una de las tareas que recibieron más atención. El reinado de Carlos IV, que coincidió con el estallido revolucionario en Francia, se vio determinado por las tensiones interiores y la evolución de los acontecimientos exteriores. El agotamiento de los hombres y los programas ilustrados reformistas y la implicación de España en los sucesos internacionales ocasionaron una profunda crisis del Estado y de la dinastía, que llegó a su punto álgido en el enfrentamiento entre el rey Carlos IV y su hijo, el príncipe de Asturias y futuro Fernando VII. La conjura de El Escorial (1807) y el motín de Aranjuez (1808), promovidos por el círculo de don Fernando contra el favorito de los reyes, Manuel Godoy, provocaron el derrocamiento de Carlos IV y la proclamación de Fernando VII. Estas alarmantes muestras de la descomposición de la dinastía sucedían en una España ocupada por las tropas de Napoleón I Bonaparte, en cuyos planes figuraba ya el destronamiento de los Borbones y la inserción de España en la órbita imperial. El desprestigio de la familia real alcanzó su cima en las abdicaciones de Bayona, por las que Carlos IV y Fernando VII entregaron a Bonaparte sus derechos a la Corona de España, quien a su vez los transfirió a su hermano José (1808).
Alfonso XIII
El reinado de Alfonso XIII supuso una nueva etapa dentro del periodo de la historia de España que recibió el nombre de Restauración. En la grabación podemos escuchar al soberano de la Casa de Borbón, en 1921, alabando a las tropas españolas que combatían en Marruecos. La imagen reproduce un óleo de Fernando Álvarez de Sotomayor, pintado hacia 1920 y conservado en el Museo Naval de Madrid, en el que aparece el monarca vestido de almirante.

Con Felipe V se había introducido en España la Ley Sálica, establecida formalmente por Auto Acordado (10 de mayo de 1713). En una reunión de Cortes de 1789 fue derogada y se volvió al orden sucesorio tradicional de Castilla, regido por las Partidas (2,15,2). Pero como la ley no fue publicada, planteó graves problemas a Fernando VII (que verdaderamente reinó en España en 1808 y desde 1814 hasta 1833), quien sólo contaba con descendencia femenina.
Durante el siglo XIX y el XX todos los reyes y reinas de España han pertenecido a la dinastía Borbónica, excepto Amadeo I (1870-1873): Fernando VII (1808-1833), Isabel II (1833-1868), Alfonso XII (1875-1885), Alfonso XIII (1886-1931) y el nieto de éste, Juan Carlos I, que en 1975 comenzó su reinado y fue uno de los artífices de la transición española a la democracia, posterior al régimen dictatorial del general Francisco Franco.

El invento de la Casa de Contratación de Indias




Casa de Contratación de Indias
Casa de Contratación de Indias, organismo español de carácter colonial, su función era la de controlar el comercio con los territorios bajo soberanía hispana en las Indias, y estuvo en vigor desde 1503 hasta 1790.
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ORGANIZACIÓN DE LA CASA DE CONTRATACIÓN
Fundada por los Reyes Católicos el 20 de enero de 1503, su sede fue, hasta 1717 (en que se trasladó a Cádiz), el Cuerpo de los Almirantes del Alcázar Viejo de Sevilla. Como antecedente, cabe citar un organismo portugués destinado a centralizar el tráfico mercantil y la administración ultramarina: la Casa da Índia, fundada en 1499 en Lisboa.
Las Capitulaciones de Santa Fe (firmadas el 17 de abril de 1492) establecieron un monopolio compartido entre Cristóbal Colón y los Reyes Católicos que, al poco tiempo, dejó de funcionar. Por esta razón, se hizo necesaria una institución que controlara y monopolizara todo lo relativo a las Indias, al “trato” y “contrato”, se decía, con las nuevas tierras descubiertas. La Casa de Contratación, que en principio intentó monopolizar el comercio con las nuevas tierras, se vio desbordada por la rápida extensión del ámbito americano y pasó a ser el órgano competente en la inspección y control del movimiento de personas y mercancías, tanto en el aspecto fiscal (pago de impuestos), como en el técnico (cartas de navegación o formación de pilotos). La reglamentación de la Casa de Contratación se hizo mediante reales ordenanzas, dictándose las primeras en 1503 y rectificándose y ampliándose en 1510, 1531 y 1571. En las ordenanzas de 1503 se estableció la dotación de tres oficiales al servicio de la Casa: el factor, encargado de despachar y organizar; el tesorero, que recibía mercancías y dineros; y el contador o escribano, cuyo cometido era llevar los libros para asentar todo lo que el factor despachara y el tesorero recibiera.
En las ordenanzas de 1510 se detallaron los diversos libros que debían llevar los oficiales: el de asiento de salidas y entradas de bienes reales, el de registro de material destinado a las flotas, el de compras de materiales, el destinado a consignar los bienes de difuntos habidos en Indias o en las flotas, el de asiento de todas las cuentas que le remita el almirante y el de registro de las licencias de pasajeros (que suponía una determinada regulación del proceso de la emigración española a las Indias). Con el paso del tiempo, y a medida que el comercio con América adquiría mayor complejidad, surgió la necesidad de nombrar nuevos funcionarios, como el proveedor general de la Armada, el correo mayor, el artillero mayor y los visitadores de navíos.
En 1557, se instituyó el cargo de presidente de la Casa de Contratación como autoridad máxima de ese organismo, con la misión de organizar el trabajo de todos los funcionarios y velar por su fiel cumplimiento. Los oficiales de la Casa tenían también un cometido jurídico, aunque referido sólo a los asuntos comerciales relacionados con las Indias. En 1510, se nombró un juez letrado. La administración de justicia dio origen a nuevos cargos: un fiscal (1546) y un juez asesor (1553). Los asuntos de mayor entidad debía revisarlos y fallarlos el Consejo de Indias, creado en 1524, y al que sucedió la Secretaría de Marina e Indias, a principios del siglo XVIII, y posteriormente el Ministerio de Ultramar, ya en el siglo XIX. En 1583, se creó la Sala de Justicia dentro de la Casa de Contratación; se separaba así las funciones administrativa y fiscal de la judicial. En 1529, se creó el Tribunal de la Avería, fondo destinado a sufragar los gastos que originaba la protección armada de los buques mercantes.
Otra de las funciones fundamentales de la Casa fue el control y apoyo técnico a la navegación. Se creó el cargo de piloto mayor, que desempeñaron personajes tan insignes como Américo Vespucio (el primer piloto mayor, designado en 1508), Juan Díaz de Solís o Sebastiano Caboto. Además, se creó una oficina hidrográfica que puso en marcha la escuela de navegación, responsable de la formación y examen de los pilotos, y que se ocupó también de la construcción y reparación de los instrumentos náuticos y del registro de los nuevos descubrimientos en un mapa, el Padrón Real. Cualquier nave que se dispusiera a cruzar los océanos debía solicitar la correspondiente licencia y comprar las cartas de navegación.
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EL FINAL DE LA CASA DE CONTRATACIÓN
Casa de Contratación de Indias
La fotografía muestra una vista de la fachada del edificio donde se encuentra en la actualidad el Archivo General de Indias (Sevilla, España), que antiguamente albergó a la Casa de Contratación de Indias, el organismo que se encargó de controlar el comercio español con sus colonias americanas desde principios del siglo XVI hasta finales del siglo XVIII.

Durante más de dos siglos (hasta 1717), la sede de la Casa, que disponía del monopolio del tráfico con América, permaneció en Sevilla. Sin embargo, el puerto fluvial sevillano sobre el río Guadalquivir presentaba dificultades de calado para los buques de gran tonelaje que justificaron que se autorizase la carga y descarga en Cádiz, lo que propició el contrabando. Por ello, en 1535, se instituyó en Cádiz el Juzgado de Indias, integrado por un juez oficial y tres delegados de la Casa de Contratación, que controlaban el tráfico mercantil. En 1717, y por la aplicación de la política reformista de la dinastía de Borbón, se produjo un cambio de ubicación de las sedes: la Casa de Contratación se establecía en Cádiz y el Juzgado de Indias pasaba a Sevilla. La etapa gaditana de la Casa estuvo caracterizada por una continua decadencia, a causa de la sustitución del régimen de monopolio por el de libre comercio. En 1790, se suprimió definitivamente la Casa de Contratación.

Vivienda y la arquitectura




Vivienda (arquitectura)
Vivienda (arquitectura), espacio resguardado, adecuado como morada para el ser humano. Tanto si se trata de una humilde choza o de una mansión sofisticada, y al margen de su interés arquitectónico, la vivienda siempre ofrece un refugio seguro y es el centro de la vida cotidiana.
Las características concretas de una casa dependen del clima, del terreno, de los materiales disponibles, de las técnicas constructivas y de numerosos factores simbólicos como la clase social o los recursos económicos de sus propietarios. Hasta hace poco tiempo, en las zonas rurales, las personas han compartido su casa con los animales domésticos. Hoy las viviendas también pueden disponer de diversas zonas no habitables, como talleres, garaje o habitaciones de invitados, aparte de los diversos servicios que se necesitan en la vida diaria. Las casas se pueden construir por encima o por debajo del nivel de suelo, aunque la mayoría de las viviendas modernas están emplazadas en un nivel superior al del terreno, en ocasiones sobre sótanos semienterrados, especialmente en los climas fríos. Los materiales más utilizados son la propia tierra, madera, ladrillos, piedra, y cada vez en mayor medida hierro y hormigón armado, sobre todo en las áreas urbanas. La mayoría de las veces se combinan entre sí, aunque la elección depende del proyecto arquitectónico, de los gustos del cliente y, sobre todo, del precio del material o de la facilidad de su puesta en obra. Entre las instalaciones domésticas, cada vez están más extendidas la calefacción, cuyo diseño depende del clima y de los combustibles disponibles, el agua corriente caliente y fría y los cuartos de baño interiores.
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ARQUITECTURA VERNÁCULA Y SOCIEDADES TRIBALES
Vivienda tradicional de Vanuatu
Aproximadamente el 80% de los habitantes de Vanuatu vive en áreas rurales y la mayoría de ellos practica la agricultura de subsistencia. Gran parte de la población autóctona, cuyo miembros se denominan ni-vanuatu, vive en casas hechas con bambú y paja.

Una de las características principales de la arquitectura vernácula es el empleo de materiales autóctonos. Entre ellos, el más difundido en las zonas templadas y cálidas ha sido la tierra, que se puede utilizar cruda para fabricar adobes y tapiales, o cocida en forma de ladrillos. El adobe se compone de barro y paja, aglutinados por bloques constructivos que se secan al sol. El tapial, más adecuado para las tierras arenosas, se trabaja apisonando el material entre dos tablas hasta edificar un muro. Otro de los materiales de la construcción vernácula es la cal, aglutinante para la composición de morteros y uno de los revestimientos impermeables más empleados por el hombre. La segunda característica de las viviendas tradicionales es su perfecta adecuación al medio físico donde se enclavan. Así, en las zonas donde el calor del verano se hace insoportable, las habitaciones se disponen en torno a un patio, flanqueado por soportales que permiten que el aire fresco circule por todas las estancias. En las zonas frías, en cambio, las casas se concentran dentro de gruesos muros para conservar el calor del sol.
Casas-colmena zulúes
Las casas-colmena zulúes están construidas mediante capas de paja atadas a una estructura de ramas. Estas viviendas suelen tener planta circular, aunque existen numerosas variantes en toda el África negra.

En las sociedades tribales la vivienda suele constar de un único espacio, donde se desarrollan todas las actividades. A menudo se construye adosada a otra edificación vecina, y suele estar apartada del lugar de reunión de la tribu o del espacio sagrado. La forma de estas cabañas se repite a lo largo de todo el poblado, originando en ocasiones composiciones fantásticas, como las del pueblo dogon, en Sudán, o las de los pastores de Zambia. La mayoría de las chozas se construyen a partir de formas geométricas sencillas, como por ejemplo una planta circular coronada por una cubierta cónica. Los materiales de construcción son siempre los autóctonos: si se dispone de barro, se utiliza para rellenar los huecos entre la urdimbre de ramas, o se fabrican adobes o ladrillos. También se pueden emplear juncos secos, como en las zonas pantanosas del sur de Irak. En las zonas lluviosas, la mayoría de las casas tribales disponen de un hogar interior, ventilado a través de chimeneas o mediante un sencillo hueco en el centro de la choza.
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EL MUNDO ANTIGUO
Insula romana  
Las viviendas romanas solían responder a tres tipologías: la domus o vivienda unifamiliar, la villa o casa de campo de las clases más acomodadas y, finalmente, la insula o casa de vecinos, propia de las grandes ciudades como Roma, uno de cuyos modelos podemos apreciar en estas ilustraciones.

Los habitantes del antiguo Egipto vivían en casas bajas construidas con adobes sobre planta rectangular. Las excavaciones realizadas muestran que las casas de los esclavos solían tener entre dos y cuatro habitaciones y se arracimaban sobre una retícula ortogonal, con callejones estrechos que discurrían entre las largas hileras que componían el barrio, mientras que las viviendas de los capataces estaban mucho más desahogadas. En el Oriente Próximo las viviendas se adaptaban a las posibilidades constructivas: donde había barro eran comunes las casas de una sola estancia en forma de colmena; donde no se encontraba madera, sino sólo piedra, hasta las cubiertas se construían mediante bandas de este material. Por lo general, estas tradiciones han sobrevivido hasta nuestros días.
Exceptuando los palacios cretomicénicos, organizados en torno al megaron (sala de forma alargada), la vivienda griega permaneció como una vivienda sencilla y de pequeña escala durante siglos. Un pasadizo conducía desde la calle a un patio al que se abrían tres o cuatro habitaciones. Los romanos edificaron sus viviendas siguiendo tres tipologías: domus, insula y villa. En Pompeya se han conservado muchas domus, vivienda urbana o suburbana unifamiliar que ha llegado hasta nosotros como la más representativa de la cultura clásica. Estas viviendas suelen estar situadas junto a la calle que les sirve de acceso. Después de atravesar el vestíbulo se llega a un espacio semicubierto llamado atrio, mezcla de sala de estar y patio, en cuyo centro se encuentra el impluvium o pequeño estanque para recoger el agua de las lluvias. Desde el atrio se accede a todas las estancias de la casa y, por la parte del fondo, a un jardín conocido como hortus o peristilo si está rodeado de galerías de columnas. Las insulae eran los equivalentes a los bloques de apartamentos, viviendas plurifamiliares urbanas habitadas por las clases más humildes. La altura de estos edificios oscilaba entre tres y cinco pisos y solían responder a complejos programas funcionales. Las villas se pueden entender como casas solariegas de las familias más poderosas, y en ocasiones se convirtieron en auténticos complejos residenciales que ocupaban varias hectáreas entre jardines, pabellones y residencias. Véase Arte y arquitectura de Roma.
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LA EDAD MEDIA
Todas estas tipologías residenciales desaparecieron en Europa durante la alta edad media, coincidiendo con la crisis demográfica del continente. Aunque mucha gente vivía bajo la protección de los feudos y los castillos, otros muchos se hacinaban en pequeños habitáculos insalubres situados dentro de las murallas de las pequeñas ciudades. El campo era inseguro, y las cosechas descendieron a la vez que la población. Las prósperas granjas de la antigüedad desaparecieron, hasta que poco a poco las condiciones mejoraron a la sombra de los monasterios y de los núcleos urbanos en expansión. Apareció entonces una próspera clase mercantil que comenzó a construirse grandes casas señoriales en las ciudades y feudos rurales. Esta relativa calma mejoró las condiciones de vida de los siervos de la gleba, pero los problemas urbanos, agravados por la expansión demográfica de la baja edad media, mantuvieron en condiciones de miseria a la mayoría de sus habitantes. Hacia el final del medievo las casas señoriales evolucionaron hasta convertirse en palacios. Estas nuevas construcciones consistían en sofisticadas viviendas para la nobleza eclesiástica y mercantil, o para las familias gobernantes, que ocupaban un edificio entero y contenían estancias ceremoniales, aposentos para los señores y habitaciones para un gran número de sirvientes y cortesanos de todo tipo.
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DEL RENACIMIENTO AL SIGLO XIX
Viviendas colectivas en Copenhague
Las viviendas en medianera, agrupadas por hileras, aparecieron con el desarrollo de las ciudades modernas, para solucionar el problema de la escasez de suelo para construir. En la fotografía, viviendas situadas junto a un canal de Copenhague.

El palacio fue una de las tipologías residenciales que más evolucionó durante el renacimiento, convirtiéndose en un elemento urbano de gran escala, que se ha repetido más tarde en numerosas ocasiones. El primer palacio renacentista se construyó en Florencia y desde allí se extendió hacia el resto de Europa. En Francia se mezcló con el castillo medieval para originar el château, una residencia rural que se convirtió en el centro de la vida aristocrática desde el siglo XVI. Entretanto, se llevaron a cabo intentos para transformar las tipologías tradicionales de viviendas urbanas por edificios más o menos uniformes, que podían estar inspirados en los modelos de la antigüedad clásica. Se trataba así de obtener una nueva ciudad barroca, caracterizada por la amplitud de sus perspectivas y por la homogeneidad de sus fachadas.
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EL SIGLO XIX
La Revolución Industrial generó una gran explosión demográfica, propiciada por la aparición de una nueva clase social, el proletariado, que vivía hacinada, en condiciones miserables, junto a los grandes núcleos industriales. El problema del crecimiento urbano desmesurado, asociado al creciente interés de las clases medias por poseer una vivienda en propiedad, dio lugar a muy diversas soluciones, desde los ensanches de los antiguos centros medievales hasta las soluciones suburbiales en forma de ciudad-jardín. A finales del siglo XIX la vivienda se encontraba entre las preocupaciones más importantes de los arquitectos, y apareció una nueva ciencia que se ocupaba del planeamiento urbanístico, alertada por la expansión descontrolada de los núcleos urbanos (véase Urbanismo). Gracias a los nuevos tipos de transportes las ciudades crecieron en dos direcciones: a lo ancho, gracias a los transportes horizontales —ferrocarril, tranvía y automóvil—, a través de suburbios alejados del centro urbano donde el terreno era más barato y se podía vivir en contacto con la naturaleza; y a lo alto, a partir de la invención del ascensor en Estados Unidos, en bloques de apartamentos cada vez más altos que favorecieron la especulación sobre el precio del suelo.
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EL SIGLO XX
Casa Batlló
La fachada colorista y sinuosa de la casa Batlló, construida por el arquitecto catalán Antoni Gaudí entre 1904 y 1906, proporciona una nota expresiva al paseo de Gracia, dominado por los estilos historicistas del Eixample barcelonés.

El auge de la vivienda en propiedad pequeño-burguesa trajo consigo la pervivencia de los estilos historicistas en la construcción residencial. Hasta cierto punto, se podría decir que las tipologías modernas aún no han sido aceptadas, sobre todo en las obras unifamiliares. Ya hacia finales del siglo XIX una serie de arquitectos estaban proyectando viviendas según los principios y materiales que imponía su época. Entre ellos destaca la labor de Antoni Gaudí en Cataluña (España) y Victor Horta en Bélgica, especialmente gracias a sus edificios residenciales urbanos, y la de Charles Rennie Mackintosh en Escocia (Reino Unido) y Frank Lloyd Wright en Estados Unidos, que experimentaron sobre las casas aisladas rurales o suburbanas. Todos ellos llegaron a algunos principios que más tarde se convirtieron en la semilla de la arquitectura moderna, como la planta libre para obtener un espacio fluido continuo, o la posibilidad que brindaban los nuevos materiales de romper los muros mediante amplios ventanales. Después de la I Guerra Mundial, la vivienda se convirtió en el principal foco de atención para los arquitectos vanguardistas, y durante muchos años las mejores obras construidas del movimiento moderno fueron edificios residenciales, como la casa Steiner (1910) de Adolf Loos, la casa Schröder (1924) de Gerrit Rietveld, la casa Tugendhat (1930) de Mies van der Rohe, o la villa Savoie (1929-1931) y la Unidad de Habitación (1947-1952) de Le Corbusier.
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EL LEJANO ORIENTE
Casa tradicional china
Una vivienda en Hangzhou (China) reproduce el estilo tradicional de este país, que se ha mantenido inalterable durante siglos.

Las casas del subcontinente indio varían mucho dependiendo de la región, el clima y las tradiciones locales. En las villas o pueblos se encuentran casas de patio y otras compactas en torno a un espacio único, mientras que en las ciudades muy pobladas abundan los apartamentos. Los palacios, que se levantan en los lugares más diversos, pueden estar fortificados, y aquellos que se extienden por el terreno cuentan con construcciones dispersas como pabellones. La influencia occidental sólo se percibe en algunas zonas pequeñas y en los grandes núcleos urbanos. En China, la casa con patio y cubierta de tejas se ha conservado durante siglos. Es una casa amurallada, que simboliza el orden social de la familia extensa tradicional. En algunas zonas también se encuentran hileras de viviendas unifamiliares más sencillas, compuestas por una sola estancia y un pequeño patio o jardín. En el extremo opuesto de la escala social están los grandes conjuntos palaciegos, como el de la Ciudad Prohibida de Pekín. Los edificios que lo componen, dispuestos simétricamente sobre una vasta extensión de terreno, son una expresión pública de la aspiración divina de los emperadores.
En Japón, la casa tradicional se concentra en un espacio rectangular continuo, dividido por paneles móviles de papel de arroz que procuran una apariencia laberíntica, y solado mediante tatamis fabricados con paja de arroz. El edificio se construye en madera y se cubre con tejas y, si el terreno cuenta con suficiente espacio, se añade al conjunto un pequeño jardín. Una de las características más relevantes de la arquitectura residencial japonesa es la armonía de las proporciones y la simplicidad formal. La influencia occidental se ha dejado sentir en Japón más que en otros países orientales, pero, al mismo tiempo, muchos de sus arquitectos están entre los más destacados del movimiento moderno.

El invento de la Vivienda




Vivienda
Renovación urbanística en una calle de Nueva York
La renovación urbanística implica con frecuencia la demolición de viviendas desahuciadas y la construcción de otras mejores y más caras. Los críticos de tales programas señalan que es un método que desaloja a los residentes de bajos ingresos, debido a que los costes y mejoras realizadas en ciertos vecindarios necesariamente incrementan los alquileres o rentas. Generalmente, la rehabilitación urbana es la forma más usual de solucionar el problema de la renovación de la vivienda; para ello, los planificadores urbanos tienen en cuenta el entorno y los intereses de la comunidad. La fotografía muestra South Street Seaport, en Nueva York, antes y después de la renovación urbanística.

Vivienda, refugio temporal o permanente destinado a la habitación humana. Dada la necesidad que todas las personas tienen de un alojamiento adecuado, éste ha sido desde siempre un tema prioritario no sólo para los individuos sino también para los gobiernos. Por esta razón, la historia de la vivienda está estrechamente unida al desarrollo social, económico y político de la humanidad.
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HISTORIA
Desde las primeras civilizaciones se ha dedicado especial atención al tipo, ubicación y construcción de la vivienda. Los primeros tratados sobre su construcción se encuentran en el Código de Hammurabi, compilación de normas y leyes escritas para regir Babilonia que auspició el rey Hammurabi en el siglo XVIII a.C. Durante los imperios griego y romano, la planificación de las ciudades (véase Urbanismo) se centró casi exclusivamente en la localización de espacios adecuados para establecer viviendas, teniendo en cuenta su situación defensiva y su abastecimiento de agua. Esta misma inquietud se dio durante la edad media. En la Europa del siglo XIII, las ciudades se convirtieron en centros de intercambio comercial y sus murallas ofrecieron protección frente a los grupos de guerreros y saqueadores. Las personas podían resguardarse en las ciudades amuralladas junto a sus rebaños y cosechas, mientras el exterior era invadido por los enemigos. Esto aumentó la demanda de alojamiento. Durante siglos se sumaron nuevas viviendas, aunque su construcción se llevó a cabo de forma caótica. En las regiones que disfrutaban de un clima propicio, la ocupación ilegal (sin título o pago de renta) era cada vez más frecuente.
En el siglo XIX, con la llegada de la Revolución Industrial, se produjo un desplazamiento de la población hacia las ciudades, que sufrieron un crecimiento sin precedentes. Los trabajadores vivían en cobertizos, estaciones ferroviarias y sótanos de fábricas, espacios carentes de instalaciones sanitarias o agua corriente.
En la sociedad postindustrial del siglo XX, la calidad de la vivienda en los países en vías de desarrollo y en las zonas más degradadas de los países avanzados sigue siendo insuficiente y no se cubre la demanda de algunos sectores de la población. Sin embargo, dentro de las ciudades coexisten alojamientos abandonados, edificios superpoblados o funcionalmente obsoletos que, en algunos casos, comienzan a ser rehabilitados. En la actualidad existe una gran demanda de vivienda y un gran número de inmuebles que se podrían rehabilitar.
Esta situación ilustra el papel complejo que desempeña la vivienda en nuestra sociedad. Su función original fue proporcionar protección, seguridad y privacidad, pero hoy debe ofrecer otras ventajas adicionales: tener una ubicación adecuada (entorno saludable y proximidad al puesto de trabajo, a zonas comerciales y a centros educativos), un ambiente digno (calidad de la zona en cuanto a seguridad pública y a estética) y representar una buena inversión.
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POLÍTICA DE VIVIENDAS
Las políticas de vivienda de Estados Unidos, de los países de Europa occidental y de algunos países de América Latina presentan características análogas. Todos ellos han creado programas de construcción de viviendas públicas, de rehabilitación urbana y de creación de nuevas ciudades. Sin embargo, la intervención pública en el continente europeo es más antigua y cubre a más sectores de población.
Los países de la Unión Europea cuentan con amplios programas de regulación y construcción de viviendas que incluyen subvenciones para las familias afectadas por la demolición de sus hogares en zonas marginales, a las que se les ayuda a pagar un alquiler o se les realoja en viviendas de protección oficial. Alemania, Francia, Países Bajos y otros países ofrecen también préstamos para la adquisición de viviendas a un interés bajo o nulo.
En España, el desarrollismo de la década de 1960 y los movimientos migratorios propiciaron la creación de grandes núcleos suburbanos en torno a una especulación descontrolada. La atención política al problema de la vivienda ha formado parte de los programas de los partidos políticos desde 1977. Aunque en general se puede decir que han mejorado las condiciones urbanísticas de los nuevos entornos generados a partir de ese momento, el elevado precio del suelo sigue dificultando el acceso a la propiedad de la vivienda, un problema que afecta especialmente a los más jóvenes. Esta situación, en un marco cultural tradicionalmente orientado hacia la adquisición de viviendas en propiedad, ha favorecido el descontrol al alza de los precios de los alquileres.
La política de viviendas en la antigua URSS y Europa del Este se caracterizaba casi exclusivamente por las regulaciones y ayudas gubernamentales. Estos países fueron los primeros en construir grandes grupos de viviendas prefabricadas en áreas urbanas. Normalmente estaban construidos con hormigón pretensado, se producían en fábricas y a continuación se transportaban al lugar de destino, donde eran ensamblados para formar grandes unidades multifamiliares. La antigua URSS también fue pionera en la creación de nuevas ciudades, por lo general alrededor de grandes fábricas o centrales eléctricas.
La vivienda en los países en vías de desarrollo es inferior en cuanto a calidad y superficie, en comparación con la de los países más avanzados, ya que los esfuerzos de los gobiernos para mejorar las condiciones de la vivienda no son suficientes. En la década de 1970 algunos países adoptaron una política de “autoayuda”: cada familia recibía un pequeño terreno y el material de construcción para que ella misma construyera o mejorara su vivienda. Este tipo de acción se adoptó a gran escala en la India. En América Latina, donde se encuentran algunas de las megalópolis más grandes del mundo, como la ciudad de México, Río de Janeiro, Buenos Aires o Caracas, la desmesurada construcción de viviendas ha obedecido a programas políticos en los que se ha dado, en ocasiones, la especulación y la búsqueda del beneficio a corto plazo, en detrimento de los materiales empleados y su finalidad social. En otros casos como Brasilia, capital política de Brasil, cuya construcción comenzó en el año 1957, su finalidad fue descongestionar la superpoblada Río de Janeiro y su emplazamiento se decidió por razones de Estado y de colonización interior. Este modelo, a pesar de ciertos intentos pronto abortados, como en el caso de Argentina, no ha prosperado. Numerosas organizaciones, entre las que se encuentran el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (BIRD), tienen programas de asistencia habitacional y mejora de la calidad de las viviendas.
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PERSPECTIVAS
La vivienda es un elemento fundamental del tejido social y económico de una nación. Prácticamente ningún gobierno puede encontrarse satisfecho con las soluciones dadas a los diferentes sectores de población en este aspecto.
A comienzos de la década de 1990, los países occidentales afrontaron de forma general el déficit crítico de viviendas para los sectores con ingresos económicos más bajos, así como el aumento del número de indigentes, sobre todo en las grandes ciudades. La menor oferta de vivienda barata produjo una mayor demanda de viviendas en régimen de arrendamiento y, en consecuencia, un aumento del precio del alquiler y un descenso de la oferta. Además, hoy es preciso disponer de tipos de vivienda adaptados a las necesidades de las personas discapacitadas, de la tercera edad y de la población que vive en solitario, tres sectores que aumentarán aún más en el futuro. Se han propuesto muchas soluciones: rehabilitar edificios públicos, fundar asociaciones públicas y privadas, emitir bonos, conceder fondos públicos a organizaciones con fines no lucrativos, modificar las restricciones zonales, mejorar los programas de concesión de hipotecas y fomentar en las empresas los programas de ayuda a la vivienda para sus trabajadores.
Cada país tiene, además, su propia problemática. La mayoría de las grandes ciudades de Europa occidental tiene que hacer frente al crecimiento rápido, y a veces caótico, de los suburbios y a la descentralización de las ciudades, mientras que en la naciente Rusia y en Europa oriental la demanda de vivienda privada ha aumentado en los últimos años. La mayor parte de la población de los países en vías de desarrollo continúa emigrando a las grandes ciudades y demanda viviendas básicas; muchos de ellos se ven obligados a vivir en asentamientos marginales, con equipamientos tan precarios que apenas cubren las necesidades humanas más primarias. La infraestructura es mínima, pues normalmente carecen de agua potable, alcantarillado, suministro eléctrico o calles asfaltadas. Las casas suelen ser construidas por los propios residentes con materiales de desecho y, en la mayoría de los casos, no disponen siquiera de derechos para construir, ya que los terrenos han sido ocupados de forma ilegal. Véase Infravivienda.

El invento de la Casa Rothschild




Casa Rothschild
Casa Rothschild, término utilizado para referirse a las diversas ramas de una familia de la banca internacional. Los miembros de la familia descienden del financiero alemán Mayer Amschel Rothschild (1743-1812). Durante 200 años la casa Rothschild ejerció una gran influencia en la historia económica europea. Los miembros de la familia, presentes en las principales capitales financieras de Europa, han sido coleccionistas de arte, políticos y líderes de la comunidad judía internacional.
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EL FUNDADOR
El fundador de la casa Rothschild, Mayer Amschel, nació en Frankfurt del Main. Aunque quiso ser rabino, entró de aprendiz en un banco tras la muerte de sus padres. Posteriormente creó su propio banco en el barrio judío de la ciudad, y logró una gran reputación como financiero cuando pasó a ser consejero del conde de Hesse-Kassel, William IX. Mayer Amschel también fue nombrado agente financiero del Gobierno británico durante las guerras revolucionarias francesas. Con sus cinco hijos fundó cuatro bancos más en otras tantas ciudades europeas.
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LOS DESCENDIENTES
Amschel Mayer Rothschild (1773-1855), el primogénito, permaneció con su padre en Frankfurt para supervisar el crecimiento de los intereses de su banco, convirtiéndose posteriormente en el presidente de la empresa familiar. La filial bancaria de Frankfurt se disolvió en 1901.
Su segundo hijo, Salomon Rothschild (1774-1855) permaneció en Frankfurt hasta el final de las Guerras Napoleónicas. Fue entonces cuando creó una rama de la casa Rothschild en Viena, que se hizo cargo de gran parte de la banca del gobierno de los Habsburgo. Esta rama desapareció con la invasión alemana de Austria en 1938.
Nathan Mayer Rothschild (1777-1836), el tercer hijo, fundó la rama británica de la casa Rothschild en Londres, en 1805. Desempeñó un papel primordial en la gestión y financiación de las ayudas que el gobierno británico transfería a sus aliados durante las guerras napoleónicas. El hijo mayor de Nathan Mayer, Lionel Nathan Rothschild (1808-1879), su sucesor en la rama de Londres, financió al Gobierno británico en la compra de participaciones suficientes para poder controlar el canal de Suez en 1875. Lionel Nathan se convirtió en el primer miembro judío del Parlamento británico. Su hijo, sir Nathan Mayer, primer barón de Rothschild (1840-1915), también fue miembro del parlamento y, en 1855, se convirtió en el primer par judío de Gran Bretaña. El banco Rothschild de Londres continuó bajo la dirección de Lionel de Rothschild (1882-1942) y de Anthony Gustav de Rothschild (1887-1961), ambos tataranietos de Mayer Amschel. La rama de la casa Rothschild en Londres sigue siendo un importante establecimiento bancario en los países occidentales.
Karl Rothschild (1788-1855), el cuarto hijo de Mayer Amschel, estableció en Nápoles otra rama de la casa Rothschild en la década de 1820. Esta rama italiana nunca tuvo el éxito que obtuvieron las demás, y se disolvió alrededor de 1861.
El hijo menor, James Rothschild (1792-1868), fundó en París la rama francesa de la casa Rothschild en 1817. Durante más de 50 años fue el banquero más poderoso de Francia. También fue un importante filántropo, así como un líder de la comunidad judía francesa. Alphonse Rothschild (1827-1905), el primogénito de James, fue también un importante banquero y filántropo. El benjamín, Edmond James Rothschild (1845-1934), financió el establecimiento de comunidades judías en Palestina. Desde la II Guerra Mundial, la rama francesa de los Rothschild ha estado dirigida por tres descendientes directos de James Rothschild: el barón Guy de Rothschild (1909- ), el barón Alain de Rothschild (1910-1982), y el barón Elie Robert de Rothschild (1917- ). A pesar de que el poder de los Rothschild disminuyó con la aparición de nuevos métodos de financiación para el Estado a finales del siglo XIX y con las dos guerras mundiales, la rama del banco familiar en París conservó su primacía en círculos financieros. En 1982 el gobierno francés nacionalizó el banco.


El invento de la Casa flotante




Casa flotante
Casa flotante, embarcación diseñada como vivienda para navegar en vías fluviales. En su forma básica esta embarcación presenta un calado pequeño, un casco tipo gabarra y una estructura interior de vivienda. Algunos barcos tienen propulsión propia (remos, velas o motor) y otros tienen que ser remolcados. El uso de barcos especialmente diseñados y acondicionados para vivienda permanente se remonta a la antigüedad. Los chinos y otros pueblos orientales ya utilizaban este tipo de embarcación hace siglos. Los romanos construyeron palacios y templos flotantes. A principios del siglo XIX era corriente ver en los ríos norteamericanos (Ohio, Mississippi, etc.) cabañas sobre balsas o viviendas sobre barcazas. Últimamente se está extendiendo la utilización de casas flotantes como residencia veraniega.
En el siglo XIX, con el fin de utilizar las casas flotantes como barcos de recreo, se los dotó de motores diesel o de gasolina y de cascos más sofisticados especialmente diseñados para aguas interiores. Algunas casas flotantes disponen de motores de gran potencia que les permiten desplazarse a velocidades de entre 25 y 35 nudos, así como realizar recorridos costeros con buen tiempo.
Las casas flotantes modernas (con esloras de entre 9 y 30 m) pueden disponer desde pequeños habitáculos a amplias habitaciones con un alto grado de confort. Sus cascos están construidos con fibra de vidrio, acero o madera y por su diseño pueden fondear en aguas poco profundas e incluso en playas. Algunas embarcaciones disponen de sistemas de doble cableado, uno para la batería y otro para la conexión a la toma eléctrica en tierra firme, y están equipadas con ruedas retráctiles para su transporte por carretera.
En muchos países el riesgo de contaminación del agua por parte de estas embarcaciones está dando lugar al establecimiento de una normativa cada vez más estricta para este tipo de navegación.

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