Invento de la Literatura ecuatoriana




Literatura ecuatoriana, recorrido histórico a través de los autores y las obras literarias (narrativa, poesía, ensayo, teatro) escritas en la República del Ecuador.
Podemos considerar que la literatura ecuatoriana se inicia en el ámbito prehispánico con la cultura de la civilización incaica, cuyos dominios alcanzaron el actual territorio de Ecuador (véase Reino de Quito). Durante la colonia surgieron los primeros poetas dignos de mención: en el siglo XVII destacó Jacinto de Evia (1629-?) y en el XVIII Juan Bautista Aguirre (1725-1786). En esa misma época sobresalen el narrador y político Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo, buen representante de las inquietudes renovadoras que mostraban los intelectuales en la segunda mitad del siglo XVIII, como demuestran los diálogos que tituló Nuevo Luciano o despertador de ingenios (1779), y Juan de Velasco (1727-1792) con su Historia del Reino de Quito (1789).
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EL SIGLO XIX
En el primer tercio del siglo, marcado por las luchas por la independencia y la influencia de la Ilustración, hay que mencionar al poeta neoclásico José Joaquín Olmedo con La victoria de Junín. Canto a Bolívar (1825) y Oda al general Flores, vencedor de Miñarica (1835). En el ensayo destacaría después Juan Montalvo, notable prosista, clásico y casticista, y figura relevante del catolicismo liberal y democrático, con títulos como Siete tratados (1882), Las catilinarias (1882) o Geometría moral (1917). El romanticismo contó también con la poesía de Numa Pompilio Llona (1832-1907) o de Julio Zaldumbide (1833-1887) y, sobre todo, con la novela Cumandá o un drama entre salvajes (1879), con la que Juan León Mera ofreció una muestra destacada de literatura indigenista. La influencia del parnasianismo se dejó ver en poetas como César Borja (1852-1910) y Remigio Crespo Toral (1860-1939).
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EL SIGLO XX
Con A la costa (1904) y otras novelas de fuerte contenido social, Luis A. Martínez (1869-1909) realizó el primer análisis realista de la sociedad ecuatoriana, pero sólo al final de la década de 1920 la narrativa ofreció una verdadera riqueza. Otros representantes de la narrativa realista fueron Eduardo Mera (1871-1913) y Manuel J. Calle (1866-1918). De 1927 data la primera novela indigenista ecuatoriana, Plata y bronce, de Fernando Chaves (1902- ). Pablo Palacio fue el mejor representante de la orientación vanguardista, pronto desplazada por el crudo realismo de los escritores de la década de 1930. En esta época sobresalió el grupo de Guayaquil, integrado por Demetrio Aguilera Malta, José de la Cuadra, Alfredo Pareja Diezcanseco (1908- ), Joaquín Gallegos Lara (1911-1944) y Enrique Gil Gilbert (1912-1973), a los que después se unió Adalberto Ortiz (1914- ). También en la Sierra aparecieron novelistas, entre los que destacó Jorge Icaza con su alegato indigenista y su indagación en la identidad nacional. Ninguna promoción posterior alcanzó relieve semejante, aunque la narrativa ecuatoriana se ha ido enriqueciendo con las aportaciones sucesivas de escritores notables, como Pedro Jorge Vera (1914-1999), Alfonso Barrera Valverde (1925- ), Miguel Donoso Pareja (1941- ), Iván Egüez (1944- ), Abdón Ubidia (1944- ) y Eliecer Cárdenas (1950- ), entre otros.
Con la obra de Arturo Borja (1892-1912), Medardo Ángel Silva y otros poetas, el modernismo se afianzó tardíamente en el país. Después llegaron las manifestaciones casi siempre moderadas de las vanguardias, representadas sobre todo por Hugo Mayo (1898-1988), Jorge Carrera Andrade y Gonzalo Escudero (1903-1971), hasta que los integrantes del grupo Madrugada (1944), como César Dávila Andrade (1918-1967) y Jorge Enrique Adoum, conjugaron las preocupaciones sociales con la exaltación de la tierra americana, antes de buscar otras soluciones para expresar sus inquietudes existenciales más íntimas. Los poetas posteriores prefirieron esta última opción, que ofreció numerosos matices en las creaciones de Efraín Jara (1926- ), Jacinto Cordero (1929- ), Francisco Granizo (1928- ) y Euler Granda (1935- ). Con Ileana Espinel (1933- ) y Fernando Cazón (1935- ) la poesía se enriqueció de escepticismo, mientras las preocupaciones sociopolíticas impulsadas por la Revolución Cubana determinaban en buena medida la obra de los Tzántzicos, como Ulises Estrella (1939- ) y Raúl Arias (1944- ), entre otros. Rubén Astudillo (1938- ), Ana María Iza (1941- ), Bruno Sáenz (1944- ), Iván Carvajal (1948- ) y Sara Vanegas (1950- ) son también poetas notables.
Gonzalo Zaldumbide (1884-1965) y Benjamín Carrión han sido ensayistas destacados. Demetrio Aguilera Malta, Francisco Tobar García (1928- ) y José Martínez Queirolo (1931- ) sobresalen entre los dramaturgos.


Invento de la Literatura dominicana




Literatura dominicana, literatura producida por los nacidos en la República Dominicana. Contó con tempranas manifestaciones en la ciudad de Santo Domingo, entre las que destacan algunos sonetos de Leonor de Ovando y un entremés de Cristóbal de Llerena (c. 1540-c. 1610). La vida cultural entró después en decadencia, y no se reanimó con la independencia intermitente y precaria que los dominicanos consiguieron en el siglo XIX. Entre los escritores ligados al romanticismo destacaron el dramaturgo Francisco Javier Foxá Lecanda (1816-1865) y algunos poetas: José Joaquín Pérez (1845-1900), Salomé Ureña de Henríquez (1850-1897) y Gastón Fernando Deligne (1861-1913). Sólo a finales del siglo aparece la primera novela de relieve: Enriquillo (1879-1882), de Manuel de Jesús Galván (1834-1910), que reconstruyó la vida de la isla en la primera mitad del siglo XVI.
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EL SIGLO XX
El modernismo contó con poetas como Osvaldo Bazil (1884-1946) y Fabio Fiallo (1866-1942), pero merece recordarse sobre todo porque significó el impulso inicial de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), al que sus investigaciones y ensayos convertirían en una figura de extraordinario relieve intelectual iberoamericano, y también para su hermano Max Henriquez de Ureña, también ensayista notable. La vanguardia dio lugar después al postumismo de Domingo Moreno Jimenes (1894-1986) y Andrés Avelino García (1901-1974), aunque la proyección exterior de la poesía sólo se produjo con Franklin Mieses Burgos (1907-1976) y otros autores relacionados con la revista La poesía sorprendida (1943-1947). Por entonces realizaba sus mejores contribuciones a la poesía afroantillana Manuel del Cabral (1907-1999), cuyas preocupaciones sociales serían compartidas por Pedro Mir (1913-2000). Después han abundado los poetas: Freddy Gatón Arce (1920-1994), Máximo Avilés Blonda (1931-1988), Marcio Veloz Maggiolo (1936), Miguel Alfonseca (1942-1994), Norberto James Rawlings (1945), José Enrique García (1948), Cayo Claudio Espinal (1955) y José Mármol (1960) están entre los mejores.
La narrativa del siglo XX debe sus primeros resultados de interés a Tulio Manuel Cestero (1877-1950), que evolucionó desde el modernismo hacia el regionalismo. Juan Bosch (1909-2001), notable y frustrado político, destacaría sobre todo como autor de cuentos, y en los últimos tiempos sobresalen las novelas de Marcio Veloz Maggiolo. Virgilio Díaz Grullón (1924-2001), René del Risco (1937-1972) y Pedro Vergés (1945) también merecen atención. El poeta Héctor Incháustegui Cabral (1912-1979) fue un dramaturgo notable. Por sus contribuciones al teatro sobresalen también Franklin Domínguez (1931) e Iván García Guerra (1938).


Invento de la Literatura cubana




Alejo Carpentier
Alejo Carpentier (1904-1980) es el escritor cubano que, a pesar de su corta producción literaria, está considerado como uno de los artífices de la renovación de la literatura latinoamericana. Con un lenguaje rico, colorista y majestuoso incorpora todas las dimensiones de la imaginación —sueños, mitos, magia y religión— en su idea de la realidad.

Literatura cubana, recorrido histórico a través de los autores y las obras literarias (narrativa, poesía, ensayo, teatro) escritas en la República de Cuba.
Exterminada por causas diversas la población aborigen, Cuba desarrolló una sociedad europea y africana, con algún aporte chino. No quedan testimonios de literaturas indígenas. La isla empieza a figurar en los cronistas de Indias: Cristóbal Colón, Bartolomé de Las Casas, Bernal Díaz del Castillo.
En los primeros tiempos de la conquista ya había representaciones teatrales festivas, sacras y profanas, con textos especiales, pero la literatura cubana se puede considerar inaugurada con el poema épico-heroico de Silvestre de Balboa Espejo de paciencia (1608).
En el siglo XVII, las órdenes religiosas enseñan letras en sus centros educativos, se introduce la imprenta (1723) y se funda la Universidad de La Habana (1721). Entre los poetas líricos de la época se recuerda a José Surí y Aguilar y a Diego de Campos, y entre los historiadores, a Agustín Morell, Ignacio de Urrutia y José Martín Félix de Arrate y Acosta. Ya en el XVIII había un teatro autóctono y funcionaron Sociedades de Amigos del País corresponsales de las españolas y afines a la Ilustración. Por estas influencias y ambiente cultural se imprimió el periódico el Papel Periódico de La Habana. Entre los ilustrados cubanos destacan José Agustín Caballero, Francisco Arango Parreño y Tomás Rodríguez y los poetas neoclásicos Manuel de Zequeira y Manuel de Rubalcava.
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EL SIGLO XIX
Gertrudis Gómez de Avellaneda
Nadie diría al observar a esta gran dama serena y digna que su vida fue un cúmulo de desgracias y sinsabores. Pero es que Federico Madrazo, el retratista de personajes acomodados de Madrid de finales del XIX, no tenía ningún interés en que Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), escritora nacida en Cuba y una de las voces más auténticas del romanticismo hispano, pasara a la historia como una de sus heroínas desgarradas antiesclavistas o salvajes sometidas.

No hubo revolución de la independencia en Cuba hasta fines de siglo, pero, ya a principios de la centuria, apareció un poeta vigoroso, que anunció el romanticismo, de gran sentimiento y expresión clásica: José María Heredia. Es importante, por su obra de orientación, organización de tertulias y correspondencia, Domingo del Monte. Otros románticos notables son Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, y Juan Francisco Manzano. Entre los seguidores del regionalismo americano: José Jacinto Milanés. Y una de las figuras descollantes del romanticismo hispanoamericano: Gertrudis Gómez de Avellaneda.
Filósofos e historiadores como Félix Varela, José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero prepararon la generación de la independencia. Surgió también una novela antiesclavista con Cirilo Villaverde, Ramón de Palma y José Ramón Betancourt. Asimismo floreció una literatura de costumbres con José Victoriano Betancourt y José Cárdenas Rodríguez y un romanticismo tardío con la “reacción del buen gusto”: Rafael Mendive, Joaquín Lorenzo Luaces y José Fornaris. En la crítica merece recordarse a Enrique José Varona.
La figura de José Martí, coetáneo del modernismo, domina por su relieve político y literario. Entre los modernistas cuentan Julián del Casal, Juana Borrero, Carlos Pío, Federico Uhrbach, René López y Enrique Hernández Miyares.
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EL SIGLO XX
Tras la independencia surgieron los poetas de la República: Bonifacio Byrne, Regino Boti, José Manuel Poveda y Agustín Acosta. Luego, la poesía cubana se diversificó en el purismo de Eugenio Florit, Emilio Ballagas y Mariano Brull, en el negrismo de Nicolás Guillén y en el feminismo de Dulce María Loynaz.
La novela contó con Miguel del Carrión y Carlos Loveira, y el cuento con Luis Felipe Rodríguez, Enrique Labrador Ruiz y Lino Novás Calvo. El acento folclorizante lo puso Lydia Cabrera. En el ensayo antropológico y crítico, hay que reseñar a Fernando Ortiz y Medardo Vitier.
La vanguardia se expresó en la relevante Revista de Avance (1927-1930), de la que surgieron Juan Marinello, Jorge Mañach, Francisco Ichaso, Félix Lizaso y el fundamental novelista Alejo Carpentier.
En 1940 apareció el grupo de la revista Orígenes, de inspiración católica y preocupación cubanista, cuyo líder fue José Lezama Lima, y en el cual se integran Ángel Gaztelu, Gastón Baquero, Octavio Smith, Cintio Vitier, Fina García Marruz y Eliseo Diego.
Otro grupo importante es el de Renuevo, que surge poco antes de la Revolución Cubana, con Ángel Pou y Ángel Cuadra. La revolución de 1959 divide la literatura cubana entre los escritores del interior y los emigrados. En la isla se fundan las revistas Casa de las Américas (véase Casa de las Américas) Verde olivo, Lunes de revolución y El caimán barbudo. En el interior trabajan, entre otros, Virgilio Piñera, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Vicente Leñero y Lisandro Otero. Fuera de Cuba, exiliados, escriben una obra muy personal: Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Zoé Valdés, Reinaldo Arenas y Jesús Díaz. Un caso especial es Calvert Casey, nacido en Estados Unidos, nacionalizado cubano y que vivió en Europa.


El invento de la Literatura colombiana




Jorge Isaacs
Fragmento de María, única novela del escritor Jorge Isaacs, leído por un actor. Primera obra maestra de la literatura colombiana, es la historia de un amor que no llega a consumarse. Contada en primera persona por Efraín, la ilusión de su amor por María se transforma en la nostalgia del amor perdido.

Literatura colombiana, recorrido histórico a través de los autores y las obras literarias (narrativa, poesía, ensayo, teatro) escritas en la República de Colombia.
Empezó a ser una realidad en crónicas como la Historia de las conquistas del Nuevo Reino de Granada, del clérigo bogotano Lucas Fernández de Piedrahita, y Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada, más conocida por el extraño título de El carnero, de Juan Rodríguez-Freyle. En la producción poética temprana destacan el largo poema épico Elegías de varones ilustres de Indias (1589, primer volumen), de Juan de Castellanos, y la obra de Hernando Domínguez Camargo, destacado seguidor de Luis de Góngora. También merece mención la Madre Castillo (Francisca Josefa del Castillo y Guevara), prosista y poeta de inquietudes religiosas. La cultura colonial contó con algunas manifestaciones teatrales, que permiten anotar los nombres de Fernando Fernández de Valenzuela y Juan de Cueto y Mena.
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EL SIGLO XIX
Los años de la independencia coincidieron con los gustos neoclásicos, que representó sobre todo el poeta y dramaturgo José Fernández Madrid. Sobre esos gustos se superpuso el romanticismo de poetas como José Joaquín Ortiz, José Eusebio Caro, Julio Arboleda, Gregorio Gutiérrez González, Rafael Pombo y Rafael Núñez (1835-1894).
En la novela sobresalieron Eugenio Díaz Castro, con Manuela (1866), y sobre todo Jorge Isaacs, que con María (1867) consiguió una obra maestra. Ya al final del siglo el modernismo encontraría representantes muy destacados en los poetas José Asunción Silva y Guillermo Valencia. Silva escribió también la novela De sobremesa, aunque como narrador no pudo competir con el hoy casi olvidado José María Vargas Vila. Los estudios lingüísticos se desarrollaban gracias a Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo, mientras en el ensayo Baldomero Sanín Cano y Carlos Arturo Torre iniciaban una indagación en la identidad propia que habían de continuar más tarde Germán Arciniegas y otros escritores.
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EL SIGLO XX
Álvaro Mutis
El escritor colombiano Álvaro Mutis ha sido galardonado, entre otros, con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 1997, o con el Premio Cervantes, en 2001.

Los gustos poéticos finiseculares habían de mantenerse firmes por mucho tiempo, a pesar del acercamiento irónico al entorno que pronto llevó a cabo Luis Carlos López, de la parodia que intentó León de Greiff y de los matices que en la década de 1920 incorporaron Porfirio Barba, Luis Vidales y otros poetas conocidos como “los novísmos”. El ambiente tampoco se alteró a partir de 1939 con Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Arturo Camacho Ramírez y demás miembros del grupo Piedra y cielo. Frente a su esteticismo, Aurelio Arturo incorporaba territorios próximos al surrealismo, y por esa vía y otras avanzan los poetas de la revista Mito, fundada en 1955 por Jorge Gaitán Durán (1924-1962) y Eduardo Cote Lamus (1928-1964). De ahí surge Álvaro Mutis (1923), que a través de Maqroll el Gaviero creó una de las voces más personales de los últimos tiempos.
Gabriel García Márquez
El renombrado escritor colombiano Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982. En sus novelas y relatos breves se entremezclan realismo y elementos de naturaleza fantástica. Entre sus obras más conocidas destacan Cien años de soledad (1967),El otoño del patriarca (1975) y El amor en los tiempos del cólera (1985).

Las inquietudes relacionadas con el triunfo de la Revolución Cubana potenciaron el nadaísmo de Gonzalo Arango, Mario Rivero y Jaime Jaramillo Escobar. Más tarde el desencanto ganó progresivamente a la promoción de Giovanni Quessep, Jaime García Maffla, Juan Manuel Roca y Juan Gustavo Cobo Borda, poetas de calidad ya contrastada.
En cuanto a los narradores, la tradición del XIX se prolongó con Tomás Carrasquilla y otros autores mientras José Eustasio Rivera daba a conocer La vorágine (1924), la famosa novela de la selva devoradora. Aunque posteriormente destacaron Eduardo Zalamea Bordá y José A. Osorio Lizararo, el desarrollo de la ficción se produjo en la década de 1950. La violencia fue el tema fundamental de Eduardo Caballero Calderón, Manuel Mejía Vallejo, Álvaro Cepeda Samudio y otros novelistas entre los que pronto había de destacar Gabriel García Márquez, después el representante por excelencia del realismo mágico con Cien años de soledad (1967). Tardíamente se incorporaron al género Héctor Rojas Herazo y Pedro Gómez Valderrama, mientras los jóvenes buscaban nuevos caminos. Óscar Collazos, Albalucía Ángel, Fanny Buitrago, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Rafael Humberto Moreno-Durán, Marco Tulio Aguilera Garamuño y Andrés Caicedo (1952-1977) figuran entre los más destacados.
Desde la década de 1950 el teatro también ha experimentado gran auge, sobre todo gracias a los esfuerzos de Enrique Buenaventura y el Teatro Experimental de Cali. Como dramaturgos destacan Gustavo Andrade Rivera, Carlos José Reyes, Jairo Aníbal Niño, Esteban Navajas y José Manuel Freidel. Véase también Teatro latinoamericano.


El invento de la Literatura chilena




Literatura chilena, recorrido histórico a través de los autores y las obras literarias (narrativa, poesía, ensayo, teatro) escritas en Chile.
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PERIODO COLONIAL
La Araucana
Esta ilustración corresponde a la edición completa de La Araucana, impresa en Barcelona en 1592. Considerada la epopeya más famosa del renacimiento, es obra del poeta y conquistador español Alonso de Ercilla (1533-1594), quien participó en las luchas por la conquista de Chile (virreinato del Perú). Quedó tan impresionado por el valor de los araucanos que las figuras de los caudillos Caupolicán y Lautaro adquieren en su poema una dimensión heroica extraordinaria. Ercilla siguió el modelo de la épica culta en octavas reales de La Jerusalén conquistada de Lope de Vega, aunque superó a éste en imaginación y retratos coloristas. Fragmento de La Araucana leído por un actor.

Como sus nativos no conocían la escritura, en Chile (sometido a España desde mediados del siglo XVI hasta comienzos del XIX) la literatura nace en el seno de la cultura hispánica. Su iniciador es, precisamente, el conquistador Pedro de Valdivia, con sus Cartas (1545-1552) a Carlos I. En la más importante de ellas, describe con admiración las maravillosas bellezas del país. Poco después, en La Araucana (1569-1589), principal poema épico del siglo de oro español, Alonso de Ercilla y Zúñiga relata, en versos endecasílabos, la conquista de Chile. A imitación suya, Pedro de Oña, primer poeta nacido en Chile, publica Arauco domado (1596), muy inferior a su modelo.
En los siglos XVII y XVIII destacan historiadores y cronistas como Jerónimo de Bibar (Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de Chile), Alonso de Góngora y Marmolejo (Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575), Pedro Mariño de Lobera (Crónica del reino de Chile) Alonso de Ovalle (Histórica relación del reino de Chile ), Diego Rosales (Historia general del reino de Chile, Flandes Indiano), Francisco Núñez de Pineda (Cautiverio feliz); escritores de temas científicos, Juan Ignacio Molina (Compendio de la historia geográfica, natural y civil del reino de Chile), y teológicos, Manuel Lacunza (Venida del Mesías en gloria y majestad), y algún poeta de registro épico-histórico, como Fernando Álvarez de Toledo (Purén indómito). Así pues, durante la conquista y la colonia predomina la literatura de carácter referencial u objetivo.
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LA INDEPENDENCIA
En el fragor independentista, surge el periodismo político. Camilo Henríquez fue el editor del primer periódico chileno, La Aurora de Chile (1812).
También cultivan el género Manuel Salas (Carta al señor Patricio español); José Miguel Infante, fundador del periódico El Valdiviano Federal (1821); Juan Egaña y Antonio José de Irisarri. En años siguientes, Mercedes Marín del Solar escribe poesía (Canto fúnebre a la muerte de don Diego Portales) y se dan atisbos de dramaturgia en Manuel Magallanes (La hija del Sur). Fue un periodo activo y entusiasta, aunque de limitado vuelo artístico.
El movimiento de 1842, favorecido por el influjo de intelectuales extranjeros llegados al país (José Joaquín de Mora, Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento, Vicente Fidel López), es el primer intento orgánico por afirmar una literatura nacional. Lo representan en poesía, con excesiva imitación de románticos europeos, Salvador Sanfuentes (Inami), Guillermo Matta (Poesías líricas), Guillermo Blest Gana (Armonías) y José Antonio Soffia (Hojas de otoño); en narrativa, más auténticamente, José Victorino Lastarria (Peregrinación de una vinchuca), Alberto Blest Gana (Martín Rivas, Durante la Reconquista, El loco Estero), José Joaquín Vallejo (Artículos de costumbres), Vicente Pérez Rosales (Recuerdos del pasado) y Daniel Riquelme (Bajo la tienda); en el drama, Daniel Caldera (El tribunal del honor).
Después de 1850, la historiografía tiene señeros cultores en Diego Barros Arana, destacado periodista político (Historia general de Chile); Miguel Luis Amunátegui (Los precursores de la independencia de Chile), Benjamín Vicuña Mackenna (Vida del capitán general Bernardo O’Higgins) y Ramón Sotomayor Valdés (Historia de Chile durante 40 años). A finales de siglo, el poeta nicaragüense Rubén Darío renueva la lírica durante su estancia en Chile (Azul, 1888). Lo siguen, entrando ya en el siglo XX, entre otros, Carlos Pezoa Véliz (Alma chilena) y Manuel Magallanes Moure (La casa junto al mar).
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EL SIGLO XX
Gabriela Mistral
La poeta chilena Gabriela Mistral (1889-1957) obtuvo en 1945 el Premio Nobel de Literatura, reconocimiento que se daba por primera vez a las letras latinoamericanas. Su poesía está llena de emoción y calidez.

La literatura chilena muestra en el siglo XX una compleja evolución. A ello concurren tanto el natural proceso de renovación periódica de los criterios estéticos, como la influencia de factores externos.
Los comienzos de la centuria son marcadamente nacionalistas. La conmemoración de cien años de independencia política impulsa el interés consciente por lo propio, principalmente en el sentido del estudio y de la observación directa de la realidad del país y sus elementos constitutivos. En tal marco, la literatura descubre el campo chileno y sus personajes arquetípicos (con notorio énfasis en el huaso), el mar, y posteriormente la ciudad y su clase media.
Es la etapa del criollismo (o nativismo) en la narrativa y el teatro, con sus méritos y sus limitaciones. Entre los primeros, la renovación de temas y lenguaje y la apertura a las nuevas corrientes del relato en la Europa occidental, en Rusia y en Estados Unidos; entre las segundas, el exceso de documentación, la escasa inspiración creadora, la monotonía descriptiva y aun argumental. Alienta el criollismo, en narrativa, Baldomero Lillo (Sub Terra, Sub Sole), Mariano Latorre (Zurzulita, Cuna de cóndores) y Federico Gana (Días de campo); en el drama, Antonio Acevedo Hernández (Árbol viejo, Chañarcillo).
En la poesía, es el tiempo de la corriente mundonovista, que impregna de inquietud social y de tono popular la lírica modernista. No demora en producirse una reacción: la ‘querella del criollismo’, en las décadas de 1930 y 1940, que consiste en un polémico balance de la tendencia en boga, y con el segundo tercio de la centuria surge la narrativa imaginista, deseosa de un “par de alas para remontarse sobre un nacionalismo estrecho”, según escribió el crítico literario Hernán Díaz Arrieta, conocido como Alone.
Los imaginistas despliegan la fantasía, renuevan creativamente la temática, ampliándola, y el lenguaje, poetizándolo; en esta tendencia destacan los nombres de narradores como Augusto d’Halmar, que fue el primer escritor reconocido con el Premio de Literatura Nacional (Los alucinados, La sombra del humo en el espejo) y Pedro Prado (Alsino), fundadores del ‘Grupo de los Diez’.
La historiografía tiene en el siglo XX eximios cultores: José Toribio Medina (Historia de la literatura colonial de Chile), Francisco Antonio Encina (Historia de Chile, desde la prehistoria hasta 1891), Jaime Eyzaguirre (Fisonomía histórica de Chile). En la crítica literaria descuella Hernán Díaz Arrieta (Historia personal de la literatura chilena).
La lírica, sin desdeñar las aportaciones modernistas, asume —por obra de cultores excepcionales y en contacto con los gustos emergentes en otras latitudes— una más decidida originalidad y la experimentación de modalidades estéticas inéditas. Poetas neomodernistas y vanguardistas (véase Vanguardias) pasan a ser conocidos más allá de las fronteras: los primeros premios Nobel de Literatura hispanoamericanos Gabriela Mistral (Desolación, Tala, Lagar) y Pablo Neruda (Residencia en la tierra, Canto general), y el padre del creacionismo, Vicente Huidobro (Poemas árticos, Altazor o el viaje en paracaídas).
Si bien se alzan algunos movimientos minoritarios que buscan insistir en el buceo de lo propio y en una función social más directa de la literatura (como el angurrientismo, que propicia un acercamiento a la esencia cultural chilena mediante una prosa neorrealista, y el runrunismo, que persigue innovaciones en la actitud, en los criterios políticos y en los cánones estéticos de los poetas), progresivamente se va pasando del realismo al surrealismo y al irrealismo, en los diversos géneros. La creación se hace cada vez más autónoma de la realidad externa, cada vez más iconoclasta en cuanto a la técnica y al estilo. No se procura el análisis ni la denuncia de lo existente, sino un cierto trascendentalismo individualista.
Hacia mediados del siglo XX, empero, se toma conciencia de los profundos cambios experimentados por el mundo contemporáneo y —por mucho que Chile haya estado lejos del conflicto bélico— se perciben los efectos culturales y humanos de la II Guerra Mundial. Pequeños grupos de jóvenes intelectuales, por entonces estudiantes universitarios, asumieron el drama vivido en la humanidad y tras él la mentalidad que surgía en Europa, y buscaron en las letras el camino para expresar sus inquietudes y su testimonio. De esta suerte, desde una concepción de la autonomía de la obra literaria, pero en inextricable correlato con la realidad de un mundo en trance, surgen la llamada generación del 38 y, posteriormente, la generación del 50, conocida como generación del 57. Los escritores de esos periodos dieron lugar a una nueva narrativa y a una nueva dramaturgia, y la lírica escogió las vías de la antipoesía (Nicanor Parra y sus seguidores) y de la trasgresión. Habría que considerar, en novela, a Manuel Rojas (Hijo de ladrón), María Luisa Bombal (La amortajada), José Donoso (El obsceno pájaro de la noche), Volodia Teitelboim (Hijo del salitre); en poesía, a Nicanor Parra (Poemas y antipoemas), Humberto Díaz Casanueva (Réquiem), Eduardo Anguita (Venus en el pudridero), Gonzalo Rojas (Contra la muerte), Jorge Teillier (Muertes y maravillas), Fernando González Urízar (Los signos del cielo), Miguel Arteche (Fénix de madrugada), Raúl Zurita (Purgatorio); en el drama, a Luis Alberto Heiremans (El tony chico), Egon Wolff (Álamos en la azotea), Jorge Díaz (El cepillo de dientes).
Isabel Allende
Con la publicación de su primera novela, La casa de los espíritus (1982), una crónica familiar ambientada en el torbellino de cambios políticos y económicos acontecidos en Latinoamérica, Isabel Allende (1942- ) consiguió ser la primera novelista latinoamericana que obtenía reconocimiento universal inmediato.

Se propone y patentiza, así, una visión global de los contenidos del texto literario —sin fronteras en sus alcances—, una visión que desnude lo absurdo y lo grotesco, un discurso múltiple y aun incoherente, una estructura caótica, una desacralización de lo tradicional, una elaboración de nuevos símbolos, una perspectiva de acusado nihilismo, todo ello en correspondencia con un mundo en el que el hombre se debate entre signos y conceptos negativos: escepticismo, desorientación, incomunicación, frustración, desesperanza. Es la respuesta a un contorno y a una existencia sentidos como caóticos. Constituyen excepciones, en ese marco, aquellos pocos que proclaman un mensaje de matices luminosos, lo mismo que quienes no abandonan el cultivo de los esquemas más tradicionales.
En medio de tan hondas transformaciones del sentido y de las modalidades del hecho literario, Chile ha visto la aparición y desarrollo de valiosos escritores representativos de esas variadas posiciones y tendencias, indudablemente diferentes en su calidad y en su vigencia, pero, en su conjunto, artífices que comparten la construcción de un patrimonio abierto a los signos de los tiempos y apreciable por sus merecimientos artísticos. Entre los escritores nacidos después de 1935, y con una obra literaria ya consolidada en el mundo, cabe citar a Isabel Allende, Ariel Dorfman, Patricio Manns y Antonio Skármeta, entre otros.
Para reconocer y a la vez estimular la creación literaria en el país, desde 1942, en virtud de una ley de la República, se entrega el Premio Nacional de Literatura. Para su otorgamiento se considera la calidad del conjunto de la producción de un autor, sin discriminación de los géneros de su especialidad. Inicialmente anual, por una reforma legal se concede, desde 1972, cada dos años.
En el último tercio del siglo XX, el desarrollo de la literatura chilena —particularmente de la narrativa, su modalidad más cultivada— se ha visto notablemente influido por los cambios en la situación política del país. Si bien el gobierno de la Unidad Popular, a comienzos de la década de 1970, no alcanzó, por su brevedad, a constituir un marco suficiente para la eclosión de nuevas tendencias que se consolidaran, se dio amplia difusión masiva a la creación escrita, por la vía de una editorial estatal y otros medios, lo que favoreció principalmente a las obras de los creadores afines al régimen.
La instauración del gobierno militar, en 1973, revirtió sustancialmente la situación. Se prohibió la circulación de las creaciones de determinados autores y su inclusión en la enseñanza y lectura escolares, y se sometió a censura previa la publicación de nuevos libros. Una cantidad apreciable de escritores se radicó, voluntaria o involuntariamente, en el extranjero, y dio lugar a la llamada ‘literatura del exilio’, muchas de cuyas obras no pudieron ser leídas, durante varios años, en el país. En el interior, mientras tanto, siguió produciéndose una especie de ‘literatura intraexilio’, toda vez que los creadores buscaban modo de sortear las prohibiciones oficiales, a menudo autocensurándose o bien presentando indirectamente sus mensajes. De esa suerte, durante más de quince años, prevalece una narrativa que enfrenta una realidad en crisis e indaga en ella, centrando su interés en los mecanismos de poder o control sobre los demás, en su repercusión sobre las existencias individuales y en la conformación de un presente colectivo de rasgos agónicos o apocalípticos. Lo hace, sin embargo, desde una conciencia de la marginalidad, utilizando frecuentemente símbolos como el de la clausura o el de la confusión entre lo imaginario y lo real. Así ocurre en novelas como las de Guillermo Blanco, Jorge Edwards (El museo de cera), Isabel Allende (La casa de los espíritus) y otros autores. Encontramos elementos similares, pero con menor frecuencia, en poemarios, como en el caso de Raúl Zurita.
El género más explícitamente contestatario durante el régimen militar fue, sin duda, la dramaturgia (Juan Radrigán, Marco Antonio de la Parra y otros), favorecida por el carácter no impreso de sus textos y por la asistencia no masiva a sus espectáculos, que continuaron llevándose a cabo, aunque en determinados casos fueron también prohibidos.
Recuperados los cauces democráticos, al comenzar la década de 1990, si bien continúan dándose a conocer novelas sobre el periodo precedente, como las de Patricio Manns (El desorden en un cuerno de niebla) y Carlos Cerda (Morir en Berlín), surge una nueva generación, indistintamente llamada del 87 o post-golpe, y más habitualmente Nueva Narrativa, cuyos representantes, nacidos entre 1945 y 1970, se inspiran en el realismo de la cotidianidad urbana y su trasfondo político y social, en un estilo algo más directo pero que prosigue acudiendo a la poética de la sugerencia, y con una actitud de orfandad entendida como desasimiento respecto de la escritura narrativa tradicional. Entre otros, puede mencionarse como sus representantes a Ana María del Río (1948), Diamela Eltit (1949), Arturo Fontaine (1952), Jaime Collyer (1955), Pía Barros (1956), Diego Muñoz (1956), Ramón Díaz Eterovic (1956), Gonzalo Contreras (1958), Sergio Gómez (1962), Andrea Maturana (1969) y Alejandra Costamagna (1970). Esta promoción de escritores fue recibida con marcado interés y, si bien hoy la mayoría de ellos continúan publicando, parecen llamados a tener mayor vigencia los narradores aproximadamente coetáneos que prefieren la literatura de género (Marcela Serrano, 1951), ambientes exóticos (Luis Sepúlveda, 1949; Alberto Fuguet, 1964; o Pedro Lemebel, 1955), policiales (Roberto Ampuero, 1953), no urbanos (Hernán Rivera Letelier, 1950) o propios de otros países (Roberto Bolaño, 1953).
No se puede negar que en las recientes décadas la narrativa chilena ha mostrado dinamismo y capacidad de renovación, sin embargo, en los últimos años del siglo XX, ese género de la literatura ha ido cediendo lugar al ensayo, a los libros de análisis histórico, a las biografías y a otras modalidades de no ficción, que interesan cada vez más al público lector. Esto resulta explicable en una sociedad que quiere conocer más directamente su identidad y su inestable realidad, en una toma de conciencia posiblemente vinculada con la entrada a un nuevo milenio y con la proximidad del segundo centenario de la independencia nacional, que favorecería un estado de ánimo similar al ya producido en la misma dirección en torno a 1910.
Es prematuro anticipar las probables direcciones de la actividad literaria chilena en los años venideros. Pero es previsible su fecundidad dados el ambiente de libertad imperante y la aparición de escritores promisorios o nuevos talentos como Roberto Merino (1961), Francisco Mouat (1962) o Rafael Gumucio (1970), en narrativa, y Leonardo Sanhueza (1974) y Andrés Anwandter (1974), en poesía, además de numerosos prosistas y poetas menores de treinta años que todavía no publican en las grandes editoriales pero integran interesantes circuitos y foros creativos.
Los numerosos estímulos que operan desde hace algunos años, como el Premio Nacional, en favor de la creación, y los incentivos del Fondo de Desarrollo Artístico, del Consejo Nacional del Libro y la Lectura y de importantes fundaciones privadas, abren el juego para restablecer el equilibrio en el cultivo de los diferentes géneros, con recuperación de la lírica y de la dramaturgia respecto de su vigor en el periodo reciente.

El invento de la Literatura caribeña




Literatura caribeña, literatura oral y escrita de los países del Caribe, desde el periodo anterior a la llegada de los europeos en el siglo XV hasta la actualidad. Surge dentro de un contexto de culturas y lenguas plurales —francés, inglés, español, holandés. El criollo y los patois (lenguas criollas) se desarrollaron a partir de la mezcla de las lenguas europeas con las de los nativos americanos (el caribe y el arawak sobre todo) y las de los esclavos africanos. Los orientales, de la India, China y Oriente Próximo principalmente, han contribuido también a la diversidad cultural del Caribe.
Los tópicos de la literatura caribeña abarcan temas como la esclavitud, la emigración forzosa, el colonialismo y la descolonización, además de los aspectos culturales y sociales de la tradición, el paisaje y la comunidad o cuestiones tan universales como la identidad, la sexualidad, la familia, el dolor y la alegría o los usos de la imaginación.
Limitar el dominio de la literatura del Caribe a sus islas significa excluir una parte fundamental. Su origen está también en las costas caribeñas de América Central y de Surinam, Guyana, la Guayana Francesa y partes de la costa colombiana. Incluso la literatura de ciudades estadounidenses como Miami, Florida o Nueva Orleans comparte ciertos aspectos de la cultura caribeña. También se consideran parte de la literatura del Caribe obras de autores con ascendencia caribeña que viven en el extranjero, sobre todo en Europa y en los grandes centros urbanos de Estados Unidos.
2
LITERATURA ORAL
Es la forma más antigua en la literatura del Caribe, muy rica en tradiciones folclóricas, mitos, leyendas, canciones y poemas populares. Aún hoy pervive en músicas populares como el calipso, el son cubano o la bomba de Puerto Rico; en las narraciones sobrenaturales de la santería, el lucumi, el vudú, o los relativos a Shango y otras religiones africanas. En la literatura oral del Caribe abundan los refranes y dichos que reinterpretan tradiciones africanas, europeas e incluso de las Indias Orientales en fábulas de animales, Anansi o Añangá, historias fantásticas, relatos de la vida en la aldea y discursos y arengas retóricas.
3
PRIMERAS MANIFESTACIONES ESCRITAS
Durante la época en que los europeos esclavizaron a los pueblos indígenas americanos y africanos, entre los siglos XVI y XIX, la poesía y la autobiografía fueron los géneros más desarrollados en el Caribe. Las obras de este periodo introdujeron temas que se hicieron comunes en la literatura caribeña: el exilio, la emigración, el desplazamiento y la búsqueda de una identidad. La más significativa de las escritas en inglés es The History of Mary Prince, a West Indian Slave, Related by Herself (La historia de Mary Prince, una esclava de las Indias Occidentales, contada por ella misma, 1831).
Entre las primeras obras escritas en español deben citarse los poemas y la autobiografía que el esclavo Juan Francisco Manzano de Cuba redactó en las décadas de 1820 y 1830. Se reconoce a José María Heredia como uno de los primeros escritores románticos anticolonialistas. El esclavo Plácido, ejecutado en 1844 por su participación en un levantamiento de esclavos, publicó Poesías en 1838 y Poesías escogidas en 1842. Biografía de un cimarrón (1966) del escritor cubano Miguel Barnet, una novela basada en el relato de la vida de Esteban Montejo, un antiguo esclavo de 104 años, se considera también parte de la tradición narrativa de los esclavos a pesar de su fecha de publicación. Max Henríquez Hureña, de la República Dominicana, escribió varias obras nacionalistas en el siglo XIX. A Manuel de Jesús Galván se le considera uno de los creadores de la moderna literatura dominicana. Nacionalista e independentista, su obra Enriquillo (1882) evoca una sublevación indígena contra los españoles en los primeros momentos de la colonización. Las primeras novelas del Caribe francófono aparecieron en Haití a mediados del siglo XIX: Stella (1859) de Eméric Bergeaud, y Francesca, les jeux du sort (Francesca, los juegos del destino, 1873) y Le damné (El maldito, 1877), ambas de Demesvar Delorme.
4
LITERATURA DEL SIGLO XX
Alejo Carpentier
Alejo Carpentier es el escritor cubano que, a pesar de su corta producción literaria, está considerado como uno de los artífices de la renovación de la literatura latinoamericana. Con un lenguaje rico, colorista y majestuoso incorpora todas las dimensiones de la imaginación -sueños, mitos, magia y religión- en su idea de la realidad caribeña, de raíces africanas.

Todavía al iniciarse el siglo XX, muchos países caribeños no habían alcanzado su independencia, por lo que el desarrollo de tradiciones literarias nacionales no había comenzado. Así, por ejemplo Jamaica se independizó en 1962, Guyana en 1966, Granada en 1974, Bahamas en 1973, Dominica en 1978 y Belice en 1981.
4.1
Comienzos de siglo
En el ámbito del Caribe de habla francesa destaca la novela Batouala (1921) del antillano René Maran, ganadora del Premio Goncourt. En su llamada a la identificación con la cultura negra anticipa el término de la negritud, un movimiento de la década de 1930 que exalta la cultura y los valores africanos. Otro precedente de esta corriente es el estudio de la cultura haitiana Ainsi parla l’oncle (Así habló el tío, 1928) de Jean Price-Mars. Aunque la negritud nació en Francia, Léon-Gontran Damas, de la Guayana francesa, y Aimé Césaire, de Martinica, se cuentan entre sus fundadores. El poema de Césaire Regreso a la tierra natal (1939) está considerado uno de los textos clásicos de esta tendencia.
El movimiento negrista del Caribe de habla hispana recoge temas africanos que presenta de forma exótica buscando la inspiración en la identidad africana y negra. Entre sus autores se encuentran el portorriqueño Luis Palés Matos y Emilio Ballagas, de Cuba. Los poemas que el cubano Nicolás Guillén escribió en la década de 1930 comparten también ciertos aspectos de la negritud. Su obra, a menudo centrada en la lucha contra el colonialismo, incluye títulos como Motivos de son (1930), Sóngoro cosongo. Poemas mulatos (1931), West Indies, Ltd. (1934), Cantos para soldados y sones para turistas (1937) o El son entero (1947). Otro cubano, Alejo Carpentier, alcanzó gran reconocimiento con las novelas El reino de este mundo (1949) y Los pasos perdidos (1953), una exploración de la historia y las fuentes de la cultura caribeña.
El Caribe anglófono cuenta entre sus escritores más conocidos con los novelistas jamaicanos Tom Redcam (seudónimo de Thomas Macdermot), autor de Becka’s Buckra Baby (El hijo de Becka Buckra, 1904) y Herbert G. Lisser, autor de Jane’s Career (La carrera de Jane, 1914), The White Witch of Rosehall (La bruja blanca de Rosehall, 1929) y Under the Sun: A Jamaican Comedy (Bajo el sol: una comedia jamaicana, 1937). Pero tal vez sea el poeta de origen jamaicano Claude McKay el escritor más conocido de esta generación. Se trasladó a Nueva York tras escribir sus Constab Ballads (Baladas de Constab, 1912). Allí se convirtió en uno de los autores más importantes del movimiento negro del renacimiento de Harlem (véase Literatura estadounidense) durante las décadas de 1920 y 1930 con obras como Home to Harlem (De vuelta a Harlem, 1928) o Banana Bottom (1933). C. L. R. James, de Trinidad, autor de la novela Minty Alley (1936) y el ensayo histórico The Black Jacobins (Los jacobinos negros, 1938), protesta contra el colonialismo y ayuda a definir la política anticolonialista y los conflictos culturales de su época. Tuvo una participación decisiva en la fundación de las revistas literarias Trinidad en 1929 y The Beacon en 1931, ambas importantes para el desarrollo de la tradición literaria del Caribe. Destacan también en este periodo Alfred Mendes y Ralph de Boissière, ambos de Trinidad, que publicaron artículos, poemas y cuentos cortos en las mencionadas revistas.
4.2
Hasta 1960
En este periodo, en el que todavía muchos países no habían conseguido su independencia política, aparece una generación de escritores que dan voz en sus obras al deseo de liberación y presentan un retrato característico de la cultura caribeña. La novela New Day (Nuevo día, 1949) del jamaicano Vic Reid refleja el anhelo del “nuevo día” de la independencia. El también jamaicano Roger Mais retrata la población urbana desplazada y oprimida del Caribe en las novelas The Hills Were Joyful Together (Las colinas estaban alegres juntas, 1953) y Brother Man (Hermano hombre, 1954), con un lenguaje inspirado en los ritmos del jazz.
La poeta Una Marson convoca cadencias del blues en Tropic Reveries (Ensueños tropicales, 1930) y otras colecciones de poesía. En la novela A Morning at the Office (Una mañana en la oficina, 1950) Edgar Mittelholzer hace un retrato colorista del campo y la sociedad de Guyana. George Lamming, de Barbados, publicó en 1953 In the Castle of My Skin (En el castillo de mi piel) una de las primeras y más importantes aproximaciones de la literatura caribeña al mundo de la infancia y la adolescencia en un contexto colonial. La novela se centra en el enfrentamiento de tres muchachos con la pobreza, la educación colonial, el cambio social y la búsqueda de la identidad, cuyas esperanzas residen en la emigración a centros urbanos. Wilson Harris, de Guyana, resalta en su novela Palace of the Peacock (El palacio del pavo real, 1960) elementos de la mitología africana y de los indígenas americanos. Poems of Resistance from British Guiana (Poemas de resistencia de la Guayana británica, 1954) de Martin Carter introduce un tono de esperanza en la lucha contra el gobierno colonial.
El panameño Joaquín Beleño reflejó la humillación que padecían en su propio país los braceros que trabajaban en la Zona del Canal en obras como Luna verde (1951) o Gamboa Road gang o Los forzados de Gamboa (1960). El dominicano Manuel del Cabral trató de desarrollar una poesía afroantillana a través de la cual se consiguiera una identidad supranacional en obras como Doce poemas negros (1935) y Trópico negro (1943). El escritor puertorriqueño René Marqués afirma su nacionalismo frente a la hegemonía estadounidense en La víspera del hombre (1962).
En esta época aparecen también un numero significativo de escritoras. Beryl Gilroy, de Guyana, escribió varias novelas, cuentos de literatura infantil y una autobiografía. Algunas de sus obras fueron publicadas años más tarde, como Frangipani House (La casa de Frangipani, 1986), Boy-Sandwich (Chico-sandwich, 1989) o Steadman y Joanna (1991). Sylvia Wynter incorpora elementos de la cultura popular en The Hills of Hebron: A Jamaican Novel (Las colinas de Hebron: una novela jamaicana, 1966). Jean Rhys obtuvo gran éxito de crítica con sus novelas sobre mujeres atrapadas en situaciones que no pueden cambiar, entre ellas, Después de dejar al señor Mackenzie (1930), Buenos días, medianoche (1939) y Ancho Mar de los Sargazos (1966).
Julia de Burgos luchó por la independencia de su país y fue una rompedora de moldes tradicionales, a la manera de la pintora mexicana Frida Kahlo. De su vida hizo su tema de inspiración literaria como demuestran sus poemarios Poemas en veinte surcos (1938) y Canción de la verdad sencilla (1939). Otra puertorriqueña independentista y luchadora fue Dolores Rodríguez de Tío, autora de la letra del himno de Puerto Rico.
4.3
Por la independencia total
Derek Walcott
El poeta y autor teatral Derek Walcott recibió el Premio Nobel de Literatura en 1992. La mayor parte de su obra se centra en la vida y cultura de los pueblos caribeños. Su obra teatral más conocida es Sueño en la montaña del mono (1970), y entre sus libros de poesía, valorada por lo creativo y musical de su lenguaje, se cuentan El reino de la manzana estrellada (1979) y Omeros (1990).

Con la independencia aparecen dos poetas fundamentales en el Caribe anglófono: Derek Walcott, de Santa Lucía, y Edward Kamau Brathwhite, de Barbados. Walcott, premio Nobel de Literatura en 1992, es tal vez el escritor caribeño más conocido internacionalmente, no sólo por su obra poética, sino también por obras teatrales como Sueño en la isla del mono (1970). Entre sus libros de poemas destacan En una noche verde (1962), Otra vida (1973), El reino de la manzana estrellada (1979) y Omeros (1990).
En los mismos años Edwars Kamau Brathwaite desafió las estructuras formales de la poesía europea adoptando ritmos, referencias y giros lingüísticos de las tradiciones afrocaribeñas. En The History of the Voice: The Development of Nation Language in Anglophone Caribbean Poetry (La historia de la voz: el desarrollo del lenguaje nacional en la poesía caribeña anglófona, 1984) ensaya una definición de la mixtura lingüística del Caribe. En su obra poética y ensayística, con títulos como Rights of Passage (Derechos de pasaje, 1967), Masks (Máscaras, 1968) o Islands (Islas, 1969), Brathwhite amplia las posibilidades del lenguaje para escritores posteriores, los poetas orales jamaicanos Mutabaruka, Linton Kwesi Johnson y Jean Binta Breeze entre ellos.
V. S. Naipaul
Este escritor británico, nacido en Trinidad y de origen indio, es un escritor brillante que en sus novelas mezcla la sátira y el humor para plantear conflictos entre cultura tradicional y moderna.

V. S. Naipaul y Earl Lovelace son autores también notables en el ámbito caribeño de habla inglesa. Naipaul, nacido en Trinidad de familia india, es conocido por novelas como Una casa para el señor Biswas (1961) o Guerrillas (1975), que reflejan la vida de los indios en el Caribe. Su obra posterior, novelas y ensayos, está cada vez más centrada en países de Asia y África. Lovelace, también de Trinidad, trata la educación, la pobreza y la vida en las aldeas en novelas como The Schoolmaster (El maestro, 1968), The Dragon Can’t Dance (El dragón no sabe bailar, 1979) o Salt (Sal, 1996), con la que obtuvo el Commonwealth Writers Prize.
En la literatura caribeña francófona contemporánea destacan Daniel Maximin, de Guadalupe, y los martiniqueños Édouard Glissant y Patrick Chamoiseau. Maximin explora aspectos de la identidad negra en L’isolé soleil (El sol solo, 1981) y Soufrières (Minas de azufre, 1987). Las novelas de Glissant se adentran en la herencia afrocaribeña. Chamoiseau publicó en 1989 Éloge de la Créolité (Elogio del criollismo) un examen de la identidad cultural criolla escrito con Jean Bernabé y Raphaël Confiant, y, en 1992, ganó el Premio Goncourt con la novela Texaco.
La guadalupeña Maryse Condé está considerada una de las voces más importantes de la literatura femenina. Su novela Ségou (1984) obtuvo varios galardones en Francia. Simone Schwarz-Bart, también de Guadalupe, escribe sobre la búsqueda de una identidad en la novela considerada su obra maestra: Pluie et vent sur Télumée Miracle (Lluvia y viento sobre Télumée Miracle, 1972). Nancy Morejón es una de las voces poéticas más poderosas de Cuba, su Cuaderno de Granada (1984) es un homenaje a los que participaron en la revolución de 1983.


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