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Nuevos géneros literarios en el invento de la literatura española




Hacia 1550 surgen varios géneros literarios hasta entonces desconocidos. Entre ellos se encuentran la novela pastoril, la novela morisca y la novela picaresca.
La novela pastoril, que narra las aventuras y desventuras amorosas de pastores idealizados, es un género que ya había florecido con antelación en Italia y Portugal. El ejemplo más notable de novela pastoril en lengua española es La Diana, del portugués Jorge de Montemayor.
La novela morisca fue una invención española que combinó las tendencias literarias de los siglos anteriores con las del siglo XVI, presentando los relatos caballerescos de la guerra contra los moros en forma de novela. Su primer ejemplo es el relato anónimo Historia de Abencerraje y la hermosa Jarifa (1598).
Tanto las novelas pastoriles como las moriscas presentan imágenes idealizadas de la naturaleza humana. Por el contrario, la novela anónima Lazarillo de Tormes (1554) muestra una visión pesimista de la sociedad a través de los ojos de un pícaro que sirve a diversos amos. Esta obra es el prototipo de la novela picaresca que floreció a comienzos del siglo XVII. El Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, y la Historia de la vida del Buscón, de Quevedo, son los ejemplos más sobresalientes del género picaresco. Este género literario alcanzó un gran éxito en España y en el extranjero, influyendo de manera determinante en la novela europea del XVIII.
Los escritores de novela picaresca presentan una visión sombría de la humanidad, no menos distorsionada a su manera que la imagen idealizada de la literatura bucólica o de caballerías. En contraposición a esa visión deformada de la naturaleza humana, la obra de Miguel de Cervantes Saavedra, y en especial Don Quijote de la Mancha (1605-1615), presenta una imagen completa de la humanidad, que refleja tanto su grandeza como sus debilidades. Es probable que Cervantes comenzara a escribir el Quijote con la única intención de tramar una historia divertida y burlarse de la moda de los libros de caballerías, que constituían la literatura de evasión en aquella época. Desde las primeras páginas, sin embargo, el libro presenta una historia cuya naturaleza multidimensional alcanza un grado al que hasta entonces ninguna narrativa europea se había aproximado. Loco y sabio, grotesco y admirable, Don Quijote se muestra ante el lector como un ser humano verosímil y creíble, a pesar de su compleja naturaleza y de los vaivenes a que lo somete el enfrentamiento de su mundo onírico con la realidad. Igual de creíble y complejo es el personaje de su escudero, Sancho Panza. El prosaico punto de vista del escudero contrasta, moderándolas, con las ilusiones de su señor; y lo cómico es que Sancho, al mismo tiempo, las comparte. El libro ofrece un cuadro completo de la sociedad española y universal en una asombrosa diversidad de temas, personajes, ideas y técnicas narrativas.
La influencia de Don Quijote de la Mancha se extiende a lo largo de los siglos. Cada periodo sucesivo de la cultura europea ofrece su propia interpretación de la novela y la considera un modelo para nuevos tipos de narrativa. Los doce relatos que componen las Novelas ejemplares (1613), obra también de Cervantes, tienen una gran fuerza narrativa, y su imaginativa novela bizantina Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1619) es una de las obras maestras de la prosa barroca española.
3.4
Prosa no narrativa
Baltasar Gracián
"Lo bueno, si breve, dos veces bueno", frase conceptista por excelencia, corresponde al escritor Baltasar Gracián. Sagaz escrutador de lo humano, llegó a igualar a los grandes maestros de la sátira con El criticón. Este fragmento pertenece a esta obra, considerada la más representativa de la novela alegórica española.

Las obras no narrativas próximas al ensayo fueron uno de los principales logros de la literatura española del siglo XVII. Entre los ejemplos más destacados de este género se encuentran las Empresas políticas (1640), de Diego Saavedra Fajardo, en las que el autor analiza su idea del príncipe cristiano ideal; la sátira Los sueños (1627), de Quevedo, una serie de fantasmagorías que se proponen fustigar los vicios de la sociedad; y la novela alegórica El criticón (1651-1657), de Baltasar Gracián, que presenta una interpretación pesimista de todas las experiencias humanas, exceptuando el esfuerzo intelectual, y que influyó notablemente en filósofos europeos de la talla de Schopenhauer y Nietzsche que comprendieron, quizá mejor que dentro de España, la profundidad y la sutileza del pensamiento de Gracián. Todas estas obras emplean el estilo denominado conceptismo, que se caracteriza por su extraordinaria concisión.
Una de las figuras más importantes de la historia de la literatura española es Francisco de Quevedo, cuyos brillantes escritos analizan los males políticos, económicos y sociales de España. Los ensayos políticos —Política de Dios (1635), Marco Bruto (1644)— representan solo un aspecto de su prosa, que también incluye obras ascéticas, filosóficas y satíricas. Obsesionado con la grandeza del pasado y la decadencia del presente, Quevedo quiso reflejar también el desencanto, la violencia y lo grotesco. Su poesía, que abarca desde lo amatorio hasta la política y la sátira, es rica y variada. Manejó con maestría tanto el tono clásico como el popular.

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