La Novela




Jorge Isaacs
Fragmento de María, única novela del escritor Jorge Isaacs, leído por un actor. Primera obra maestra de la literatura colombiana, es la historia de un amor que no llega a consumarse. Contada en primera persona por Efraín, la ilusión de su amor por María se transforma en la nostalgia del amor perdido.

Novela, narración extensa, por lo general en prosa, con personajes y situaciones reales o ficticios, que implica un conflicto y su desarrollo que se desenlaza de una manera positiva o negativa. El término novela (del italiano novella, ‘noticia’, ‘historia’, que a su vez procede del latín novellus, diminutivo de novus, ‘nuevo’) procede de las narraciones que Giovanni Boccaccio empleó para designar los relatos y anécdotas en prosa contenidos en su Decamerón. Ahora bien, como género es el resultado de la evolución que arranca en la epopeya y se continúa en el romance.
2
ORÍGENES DE LA NOVELA
Desde la antigüedad se han escrito narraciones en prosa a las que se ha aplicado de manera indiscriminada el término novela. Muchos relatos que más tarde se incorporaron a la tradición literaria europea tienen su origen en Egipto. El primer texto indio que cabe considerar como precursor de la novela es quizá el Daśakumāracarita (Cuentos de diez príncipes), un romance en prosa de Dandin, escritor en sánscrito de finales del siglo VI d.C. La primera novela en opinión de algunos expertos es el relato japonés Cuento de Genji (siglo XI), de Murasaki Shikibu. El género gozó de gran popularidad entre los griegos durante los primeros siglos de la era cristiana. Dignas de mención son las Etiópicas de Heliodoro de Emesa; las Efesias de Jenofonte de Éfeso y Dafnis y Cloe, el más exquisito de los relatos pastoriles, generalmente atribuido a Longo. Los principales ejemplos de novela escritos en latín son las Metamorfosis o El asno de oro, de Lucio Apuleyo, y el Satiricón, generalmente atribuida a Petronio.
El relato largo en verso narrativo, la abundante cantidad de romances en prosa y los fabliaux franceses florecieron en Europa durante la edad media y su contenido se alimenta de los recuerdos contados y transmitidos por la tradición sobre los héroes más o menos históricos o legendarios y sus proezas. Estas obras contribuyeron al desarrollo de lo que más adelante será la novela pero que en esta época no tiene nombre como género, y se les conoce tanto como ‘libro’ —piénsese en la doble denominación libro o novela de caballerías, por ejemplo—, ‘historia’ o ‘tratado’ (Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, 1491, de Diego de San Pedro).
3
LA NOVELA EN EL SIGLO XVI
La perspectiva antropocéntrica que caracterizó al renacimiento tuvo una repercusión importante en el desarrollo de la novela. En efecto, el punto de vista del autor se desplaza y deja de observar a los héroes antiguos para fijar la mirada en los individuos de su época, fuesen éstos pastores, mendigos, hidalgos, clérigos, soldados, zagalas, alcahuetas o monjas. Además la narración se detenía en su forma de vida y en sus conflictos, generalmente amorosos, aunque también propios de los azares de la vida cotidiana: económicos, de aventuras o de supervivencia. Esto supuso un cambio transcendental que marcó el comienzo de la tendencia realista, con el nacimiento en España de la novela picaresca, autobiografía de un personaje de baja extracción social, vagabundo y servidor de una sucesión de amos: el pícaro. Los ejemplos más destacados del género son El lazarillo de Tormes (1554), de autor anónimo, y el Guzmán de Alfarache (1559-1604), de Mateo Alemán. Entre 1605 y 1612, el escritor español Miguel de Cervantes publicó la gran novela que, por sus innovaciones en el género, señalaría el origen de la novela contemporánea: Don Quijote de la Mancha. Esta novela narra las aventuras de un caballero enloquecido por sus innumerables lecturas de novelas de caballería.
Frente a esta tendencia realista se desarrolló otra idealista o de evasión representada por la novela pastoril, cuya primera gran manifestación es Los siete libros de Diana (1559?) de Jorge de Montemayor, o la sentimental, que trata el tema amoroso desarrollado de una manera poética, como puede verse en Siervo libre de amor (c. 1440) de Juan Rodríguez del Padrón.
En la América española, aparecen a lo largo del siglo XVII ejemplares de obras en las que se mezcla la novela, el relato pastoril y ciertos elementos ascéticos y religiosos, reflejo fiel de la ideología dominante. El pastor de Nochebuena, de Juan de Palafox, obispo mexicano, es la muestra representativa de ese género, en el que también se inscriben Los sirgueros de la Virgen, de Francisco Bramón, una de las primeras novelas barrocas en América (1620), y El desierto prodigioso, de Pedro de Solís y Valenzuela.
4
EL SIGLO XVIII: EL AUGE DE LA NOVELA
A lo largo del siglo XVIII, la novela se convierte en un género enormemente popular y los escritores comienzan a analizar la sociedad con mayor profundidad y amplitud de miras, pero es la novela sentimental la que triunfa plenamente en este siglo. Ofrecen un retrato revelador de personas sometidas a las presiones sociales o en lucha por escapar a ellas, y realizan una crítica implícita tanto de los personajes que intentan ignorar las convenciones sociales como de la sociedad incapaz de satisfacer las aspiraciones humanas.
Los profundos cambios sociales experimentados en este periodo como resultado de la primera Revolución Industrial provocan la aparición de nuevos conflictos entre dos clases emergentes: la burguesía y el proletariado. Estas tensiones se reflejan claramente en la novela, que se propone ser un medio de intervención crítica y un instrumento de difusión de las ideas, al tiempo que analiza el nacimiento de una conciencia individual enfrentada a la realidad colectiva. Durante este periodo cabe destacar las novelas de Diderot, Defoe, Swift, Fielding, Marivaux, Rousseau o Goethe.
4.1
Desarrollo de los géneros
Jane Austen
La escritora inglesa Jane Austen fue autora de numerosas novelas que se centran en la clase media de su país. En obras como Orgullo y prejuicio (1813), quedó de manifiesto su atenta percepción de los pequeños detalles con los que ilustraba la vida cotidiana de sus personajes. Ha pasado a la posteridad por su profunda comprensión de los sentimientos y por la brillantez e ingenio de su estilo descriptivo.

Las diversas categorías de novela aparecidas durante el siglo XVIII no son independientes ni se excluyen mutuamente. La novela didáctica expone teorías sobre la educación u opiniones políticas y el ejemplo más famoso del género es Emilio o De la educación, obra del filósofo francés Jean-Jacques Rousseau. La novela gótica introduce el elemento del terror a través de apariciones, sucesos sobrenaturales, cadenas, mazmorras, tumbas y una naturaleza que muestra su rostro más sobrecogedor. La primera novela gótica fue El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole.
La comedia de costumbres ha sido uno de los géneros más populares en la novela británica y refleja a través del lenguaje y el comportamiento el conflicto entre diferentes personajes condicionados por su cultura y su entorno social. Entre los primeros autores del género cabe citar a Fanny Burney, pero su principal exponente es, sin lugar a dudas, Jane Austen, autora de novelas como Orgullo y prejuicio (1813) y Emma (1816). Las protagonistas son normalmente muchachas que buscan el conocimiento de sí mismas y que no siempre logran marido. El ingenio, la ironía y la percepción psicológica de Austen se combinan con un estricto sentido de los modos adecuados de conducirse en sociedad.
A lo largo del siglo XVIII se observa en Europa una reinvención o transformación radical del género novelesco que afecta tanto a los mecanismos de la producción del texto como a los de su recepción. La novela pasa a convertirse en vehículo de transmisión de ideas y conocimientos. Sin embargo, la fortaleza de los modelos ingleses y franceses aconsejó a los novelistas de otros países optar por la vía de la adaptación o la traducción directamente antes que emprender un camino propio. El fenómeno de las traducciones y adaptaciones se generaliza así en el último cuarto de siglo, propiciando el resurgimiento de la narrativa tras un periodo de relativa mediocridad. En España, la novela más representativa de este periodo es Fray Gerundio de Campazas (1758), del jesuita español José Francisco de Isla. Aun siendo una novela ilustrada con la clara finalidad didáctica de censurar a los malos y ampulosos predicadores, tiene un desarrollo entre picaresco y quijotesco, pues al fin y al cabo se siguen los pasos, es decir, aventuras y desventuras, del pintoresco predicador.
5
EL SIGLO XIX: DESARROLLO DE LA NOVELA MODERNA
El siglo XIX ofrece un panorama más variado. Es el momento en el que surgen ambiciosos proyectos de ciclos novelescos que quieren ser espejo e interpretación de la realidad social. Los grandes maestros de la novela moderna son quizá Stendhal y Honoré de Balzac.
5.1
Francia
Alexandre Dumas padre
El escritor francés Alexandre Dumas escribió más de 1.200 obras durante su vida. Es sobre todo conocido por sus novelas Los tres mosqueteros (1844) y El conde de Montecristo (1844).

Stendhal se perfila como el gran psicólogo del amor, la ambición y el ansia de poder, y es autor de obras magistrales como Rojo y negro o La cartuja de Parma, en las que aparece un nuevo tipo de héroe, el inadaptado social. Balzac, por su parte, se convierte en el principal historiador de la Francia de su tiempo con su vasta obra en 47 volúmenes, La comedia humana, un retrato de la sociedad francesa marcado por la ambición material y el desarrollo tecnológico.
Honoré de Balzac
Honoré de Balzac, uno de los más importantes novelistas de la literatura mundial, escribió más de cien obras que destacan por sus soberbias descripciones de la vida en la Francia de su tiempo y por la intensidad de los retratos de sus personajes. Su obra fundamental, La comedia humana, es una obra que comprende unas noventa novelas, en las que se presenta al lector una amplia y colorista panorámica de la sociedad francesa del siglo XIX.

La siguiente generación de novelistas franceses manifiesta un profundo interés por la novela como obra de arte y medio para el análisis casi científico de la sociedad. Gustave Flaubert se propone, con Madame Bovary y La educación sentimental, escribir sobre la vida cotidiana sin abandonar el sentido clásico de la forma. Flaubert opinaba que el novelista debe abordar sus temas con la objetividad de un científico. Otro gran novelista francés, Émile Zola, compartía con Flaubert la pasión por la ciencia y concebía la novela como una suerte de laboratorio donde el autor experimenta con seres reales. Fruto de esta concepción es su serie de veinte novelas Los Rougon-Macquart, donde analiza los efectos de la herencia y el entorno sobre los miembros de una familia francesa.
5.2
Gran Bretaña
Charles Dickens
Una de las pocas incursiones que hizo Dickens en la novela histórica fue en Historia de dos ciudades, situada en tiempos de la Revolución Francesa. Un actor lee este fragmento: "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la insensatez, era la época de la creencia, era la época de la incredulidad, era la estación de la luz, era la estación de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación…"

La característica más destacada de la novela moderna, así como del espíritu moderno, es su conciencia de la historia. A lo largo del siglo XIX, dominado en Gran Bretaña por la figura de Walter Scott, la novela histórica se convierte en el género más popular. Entre los principales novelistas europeos influidos por Scott cabe citar al italiano Alessandro Manzoni, con Los novios, y a Alexandre Dumas padre y Victor Hugo en Francia.
Otra gran preocupación de los novelistas británicos fue la crítica social, reflejada en sus novelas a través del diálogo, la caracterización y la descripción, desarrolladas por los maestros del siglo XVIII. Dickens realiza una crítica despiadada de la sociedad victoriana, no tanto por su realismo como por su capacidad para inventar personajes y situaciones cómicas que se presentan a veces con simpatía, a veces con profundo desdén, pero siempre con la más absoluta intensidad. Su vida y su literatura se sustentan sobre metáforas tan ilustrativas como el entierro, la cárcel o el renacimiento. Las novelas de Dickens, el más grande autor inglés desde Shakespeare, alcanzan la intensidad propia del drama poético. Otros autores dignos de mención son Thackeray (La feria de las vanidades), George Eliot (Middlemarch) y Trollope (Las torres de Barchester), que ofrecen un análisis detallado y lúcido de la vida británica en los momentos decisivos del siglo.
Algunos escritores victorianos optaron por alejarse de los males urbanos y buscar refugio en la vida rural. Tal es el caso de Emily Brontë, autora de Cumbres borrascosas, una apasionada novela dramática en la que expone el conflicto entre dos seres tan opuestos como las brumas del invierno y el sol estival, y que destaca por su intensidad lírica y su lograda estructura. Su hermana, Charlotte Brontë, es autora de una gran novela, Jane Eyre, en la que revela la psicología de una joven dotada de un gran ardor intelectual y espiritual, que sabe muy bien lo que vale y exige igualdad del hombre al que ama.
5.3
Estados Unidos
Henry James
El escritor estadounidense Henry James se trasladó a Inglaterra en 1875, con poco más de treinta años. Por ello, sus novelas, relatos y ensayos revelan los contrastes entre Europa y Estados Unidos. Su estilo, caracterizado por la riqueza psicológica de sus personajes, fue adquiriendo, una gran complejidad, escondida tras unos argumentos aparentemente sencillos.

Los novelistas estadounidenses William Gilmore Simms y Nathaniel Hawthorne afirmaban que sus obras de ficción literaria no eran novelas sino romances. En opinión de Hawthorne las condiciones de vida en Estados Unidos hacían imposible escribir novelas. En cierto sentido la novela estadounidense aún conserva algo de los viejos romances y a menudo manifiesta un carácter alegórico y mítico. La letra escarlata (1859), de Hawthorne, explora con sutileza la naturaleza del pecado y la conciencia puritana. Otro destacado novelista que se sirvió del método simbólico, Herman Melville, escribió un gran drama poético sobre la conquista de lo absoluto, simbolizada en la persecución de una ballena: Moby Dick (1851).
El novelista Mark Twain censura con grandes dosis de ironía y humor en Las aventuras de Huckleberry Finn (1884) los vicios de una sociedad autocomplaciente. Este libro contribuyó asimismo al nacimiento de un estilo literario típicamente estadounidense, al demostrar las enormes posibilidades expresivas de la lengua coloquial.
Pese a que su conocimiento de la dinámica social no era tan sólido como el de los novelistas victorianos, los escritores estadounidenses no ignoraron los grandes cambios sociales de la edad dorada. Uno de los autores más destacados de finales del siglo XIX y principios del XX, Henry James, se estableció en Europa con la intención de convertirse en el sucesor de Flaubert. Sus novelas, centradas en el tema de la explotación de la inocencia en manos de la experiencia, y que en cierto modo reflejan la explotación de América por parte de Europa, se caracterizan por su preocupación formal y estética. James se proponía dotarlas de la intensidad propia de la mejor poesía o la pintura.
5.4
La novela rusa
Durante el siglo XIX, marcado en Rusia por el fervor intelectual y el compromiso político, la novela se convierte en un arma contra el despotismo y la censura y en un vehículo para la expresión de ideas éticas y filosóficas. En este marco se produce el nacimiento del realismo narrativo que domina la segunda mitad del siglo. Destacan en este periodo tres grandes maestros: Nikolái Gógol, Fiódor Dostoievski y Liev Tolstói. Gógol supo conquistar un lugar completamente autónomo dentro de la literatura rusa y su influencia es determinante en toda la generación de narradores de la segunda mitad del siglo. Dostoievski es el padre de la moderna novela psicológica y de ideas. Convencido de que la naturaleza humana se define por sus extremos, realizó un profundo análisis de la desesperación y la marginación. Sus novelas Crimen y castigo (1866) y Los hermanos Karamazov (1879-80) figuran entre las obras de mayor repercusión en la literatura y el pensamiento universal. Tolstói logra representar de manera global la compleja realidad de su país. Sus novelas Guerra y paz (1865-1869) y Ana Karénina (1875-1877) representan la fuerza del instinto y de los afectos en el ámbito de lo cotidiano.
5.5
España
Hacia mediados de siglo XIX se inicia el desarrollo del género realista en España. En sus primeras manifestaciones no tendrá la hondura ni el análisis crítico de las novelas que se están escribiendo en Europa, pero a finales de siglo alcanzará un gran esplendor narrativo. Entre los más destacados representantes del género cabe mencionar a Juan Valera (Pepita Jiménez, 1874), Alarcón (El sombrero de tres picos, 1874) y José María de Pereda (Sotileza, 1885), educados en el romanticismo; y Emilia Pardo Bazán (Los pazos de Ulloa, 1886), Leopoldo Alas (La regenta, 1884-1885) y Blasco Ibáñez (Cañas y barro, 1902), que abordan cuestiones como las trabas sociales a la libertad individual, la virtud y la condena del vicio e introducen temas de carácter regionalista. Hacia finales de la centuria esta fértil corriente confluye en la obra de Benito Pérez Galdós. Autor de casi un centenar de novelas, Galdós se convierte en testigo excepcional de la historia de España y logra calar profundamente en el espíritu de la época. Entre su abundante obra, cabe destacar los Episodios nacionales (1873-1879), Fortunata y Jacinta (1886-1887), Tristana (1892) y Misericordia (1897).
5.6
Latinoamérica
La novela hispanoamericana en el siglo XIX se planteó desde sus inicios como expresión de una conciencia nacional, cargada de elementos sociales y morales, que pretendía asumir el carácter de documento histórico. Después de dos siglos de literatura esta línea sigue viva en las obras actuales, cuyos temas siguen siendo el nacionalismo, la intensificación de lo autóctono, la lucha por la libertad frente a los dictadores y tiranos, y una permanente denuncia social y moral.
El romanticismo duró mucho en América e intensificó los temas políticos y sociales, de carácter histórico o problemática inmediata. Los argentinos Esteban Echeverría, con El matadero (1871), un relato que anticipa el realismo, y José Mármol con Amalia (1851-55), inician el romanticismo social en obras que son al mismo tiempo crónica de una época. Guatimozín (1846), de la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, relato de la conquista de México, y Enriquillo (1877), del dominicano Manuel de Jesús Galván, que cuenta las experiencias de los conquistadores, son ejemplos de una reelaboración romántica de temas históricos.
Simultáneamente, se desarrolló una línea de novelas, en clave lírico-sentimental, cuyo máximo exponente se encuentra en María (1876), del colombiano Jorge Isaacs, considerada la mejor novela romántica hispanoamericana.
El movimiento de Reforma en México influyó en el desarrollo de la novela histórica y de contenido moralizante, en un periodo de transición al realismo costumbrista. Juan Díaz Covarrubias había publicado Gil Gómez el insurgente (1858), pero poco más tarde las obras más conocidas fueron Los bandidos de Río Frío (1889), folletín costumbrista, y El Zarco (1886), de Ignacio Manuel Altamirano, de intención reformadora y enseñanza moral.
El colombiano Eugenio Díaz Castro escribió Manuela (1878), novela criolla y costumbrista, que tuvo amplia aceptación. Al filo de ambos siglos, el mexicano Rafael Delgado escribió muchas obras de inclinación naturalista, entre las que destacan La Calandria (1890), Angelina (1893) y Los parientes ricos (1903).
En la misma línea están el argentino Eduardo Gutiérrez, con Juan Moreira (1880), de tema gauchesco, y la interesante novela indigenista Aves sin nido (1889), de la peruana Clorinda Matto de Turner, que plantea los problemas de los indios y su proyección social.
El realismo europeo influyó sobremanera en los escritores hispanoamericanos, que siguieron las huellas de Zola y Balzac. A caballo entre dos siglos, el realismo latinoamericano continúa el costumbrismo y el naturalismo para dar paso, con los nuevos autores, a un modernismo múltiple que derivará hacia distintas expresiones inicialmente regionalistas.
6
EL SIGLO XX: BÚSQUEDA Y EXPERIMENTACIÓN
Manuscrito de En busca…
Último cuaderno del manuscrito de En busca del tiempo perdido, novela de novelas.

En el curso del siglo pasado la novela sufrió importantes transformaciones temáticas y estilísticas. Los temas psicológicos y filosóficos cultivados por los novelistas de finales del siglo XIX alcanzan la cima de su desarrollo con las tres principales figuras literarias del primer tercio del siglo XX: Marcel Proust, Thomas Mann y James Joyce. En busca del tiempo perdido, uno de los proyectos literarios más ambiciosos de todos los tiempos, supone por parte de Proust un análisis minucioso de la memoria y el amor obsesivo, en un complejo contexto de cambio social. Este grandioso fresco de la sociedad francesa de comienzos del siglo XX introduce un nuevo modo de narrar y escribir y provocará una auténtica revolución en toda la literatura posterior. La obra de Mann, de la que cabe destacar Los Buddenbrook y La montaña mágica, analiza con lucidez y virtuosismo literario los grandes problemas de nuestro tiempo, fundamentalmente la guerra y la crisis espiritual en Europa. Ulises de Joyce es uno de los libros fundamentales de la literatura moderna y su repercusión ha sido tal que se habla de literatura pre y post-joyciana. Inspirada en la epopeya homérica, la novela narra un solo día en la vida de Leopold Bloom. La obra de Joyce se propone compendiar todos los aspectos del hombre moderno y su relación con la sociedad. Para ello se sirve del monólogo interior, técnica que permite al lector introducirse en la mente de los personajes y habitar en su inconsciente. La complejidad de esta novela, que revela una vasta erudición, se refleja en el lenguaje a través de la invención de nuevas palabras y construcciones sintácticas.
Otros grandes novelistas europeos del siglo XX comparten con Mann la preocupación por transmitir sus ideas filosóficas a través de los personajes. Los más destacados son el alemán Hermann Hesse (El lobo estepario, 1927), cuyo interés por los componentes irracionales del pensamiento y ciertas formas del misticismo oriental anticipó en cierto sentido las posturas de las vanguardias europeas; los españoles Pío Baroja (El árbol de la ciencia, 1911) y Miguel de Unamuno (Niebla, 1914; Abel Sánchez, 1917); los escritores y filósofos franceses Albert Camus (La peste, 1947) y Jean-Paul Sartre (La náusea, 1938) —principales exponentes de la corriente existencialista—, que abordan en sus obras temas como el absurdo, el dolor y la soledad de la existencia; el novelista checo Franz Kakfa (El proceso, 1925; El castillo, 1926), creador de una singular obra de carácter alegórico y difícil interpretación que gira en torno al tema fundamental de la culpa y la condena; el irlandés Samuel Beckett (Molloy, 1951), muy próximo a Kafka en sus parábolas de la futilidad humana y a Joyce en su afición a los juegos de palabras; o el estadounidense William Faulkner, heredero de Joyce y Proust y autor de novelas sumamente complejas sobre la derrota y el desmoronamiento existencial.
Thomas Mann
El escritor de origen alemán Thomas Mann, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1929, está considerado como una de las figuras literarias más destacadas del siglo XX. En su obra narrativa, en la que aparecen personajes sumidos en profundos conflictos espirituales, utilizó la ironía y el análisis psicológico. En su conocida obra La montaña mágica (1924), analizó en detalle la Europa de su época.

La influencia de Tolstói en escritores posteriores se ve reforzada en Rusia por la estética marxista. Máximo Gorki (La madre, 1907) y Borís Pasternak (Doctor Zhivago, 1956) siguen abordando la relación entre los problemas personales y los acontecimientos políticos. El exiliado Vladimir Nabokov (Lolita, 1955; Pálido fuego, 1962), que escribió en alemán y en inglés, desprecia las preocupaciones morales y filosóficas de Tolstói y opta por el esteticismo de Proust.
Tras la II Guerra Mundial se produce el llamado boom de la literatura latinoamericana. Entre los principales representantes de esta corriente destacan el argentino Julio Cortázar (Rayuela, 1963), el colombiano Gabriel García Márquez (Cien años de soledad, 1967), el mexicano Carlos Fuentes y el peruano Mario Vargas Llosa.
6.1
Gran Bretaña
El escritor polaco en lengua inglesa Joseph Conrad fue el novelista de las situaciones límite, del hombre que lucha por ser fiel a una concepción ideal de sí mismo. Conrad fue marino por espacio de veinte años y su experiencia en el mar le proporcionó el material de sus principales novelas. En ellas celebra la vida en el mar y el exotismo oriental. Uno de los grandes estilistas de nuestro tiempo, entre las principales novelas de Conrad cabe citar Lord Jim (1900) y Nostromo (1904).
Alrededor de 1914 la fe en las ciencias sociales pasa a ocupar temporalmente un lugar secundario entre los pensadores progresistas y el psicoanálisis se sitúa en el centro de todas las preocupaciones. La teoría del complejo de Edipo (al parecer la clave de las relaciones sexuales) ofreció a D. H. Lawrence la inspiración para su novela Hijos y amantes (1913). En novelas posteriores, como El amante de Lady Chatterley (1928), Lawrence analiza la naturaleza de la sexualidad femenina.
Virginia Woolf desarrolló la técnica del monólogo interior introduciendo, a diferencia de Joyce, una organización mayor de los elementos inconscientes. Lo prueban obras de gran penetración psicológica como La señora Dalloway (1925), Al faro (1927) y Las olas (1931).
Tras la muerte de Joyce, la crítica ha señalado la falta de humor y originalidad en la narrativa inglesa. Entre los autores más brillantes destaca Graham Greene, que cosechó un amplio éxito de público con sus novelas de pecadores perseguidos por un Dios bondadoso.
6.2
Estados Unidos
Philip Roth
La polémica novela La queja de Portnoy, autobiografía escrita en 1969, proporcionó notoriedad pública al escritor estadounidense Philip Roth. La trama se centra en la confesión del personaje, Alexander Portnoy, desde el diván del psicoanalista. El tratamiento explícito dado por Roth a las cuestiones sexuales le originó conflictos con los sectores conservadores de la sociedad, que pretendieron sacar sus libros de circulación.

Los novelistas estadounidenses de la primera mitad del siglo XX reflejaron la sociedad con voluntad reformista o revolucionaria. Algunos se preocuparon ante todo por denunciar la injusticia, como John Dos Passos o John Steinbeck.
Las novelas de F. Scott Fitzgerald (El gran Gatsby, 1925; Suave es la noche, 1934), Ernest Hemingway (Adiós a las armas, 1929; Por quién doblan las campanas, 1940) y Nathanael West (El día de la langosta, 1939) se caracterizan por el uso coloquial del lenguaje. La propensión al mito de los novelistas estadounidenses se pone de manifiesto en la obra de William Faulkner, especialmente en Luz de agosto (1932) y Absalom, Absalom (1936).
Tras la II Guerra Mundial destaca un importante grupo de autores judíos que sitúan la ficción estadounidense a la altura de la novela rusa del siglo XIX: Norman Mailer (Los desnudos y los muertos, 1948), Saul Bellow (Las aventuras de Augie March, 1953) y Philip Roth (Adiós, Columbus, 1959). Entre los principales autores contemporáneos cabe mencionar a John Updike, Joyce Carol Oates y Toni Morrison.
6.3
España
Juan Marsé
La narrativa del barcelonés Juan Marsé profundiza en la memoria de la posguerra de su ciudad natal y recrea unos personajes realistas, marginados o representativos de ciertos estratos sociales de la época, a los que el autor aplica siempre una mirada crítica.

Con la llegada del siglo XX se inicia en España un amplio movimiento de renovación cultural y artística —perfectamente ejemplificado en las obras de Unamuno, Azorín, Valle-Inclán y Baroja— que da lugar en el primer tercio del siglo a una prosa enormemente plural y rica tanto estilística como temáticamente. La novela de la década de 1920 rompe con la disposición lineal del tiempo y asimila la influencia de las vanguardias plásticas, los avances científicos y técnicos, el cosmopolitismo y el nacimiento del cine, al tiempo que alerta contra los peligros de deshumanización que acechan tras este complejo proceso social. En esta línea se inscriben los escritores Ramón Pérez de Ayala, Gabriel Miró y Gómez de la Serna, que intentan encontrar un equilibrio entre la conciencia ética y la conciencia estética o artística.
Tras la Guerra Civil y la instauración de la dictadura franquista se produce un grave empobrecimiento intelectual en la vida española. Los escritores que no se han exiliado se ven obligados a reducir su universo narrativo al ámbito de lo cotidiano y la intimidad, mientras que otros se acomodan a la nueva situación. Entre los principales narradores de posguerra cabe citar a Camilo José Cela (La familia de Pascual Duarte, 1942), Gonzalo Torrente Ballester (Javier Mariño, 1943), Miguel Delibes (La sombra del ciprés es alargada, 1947) y Carmen Laforet (Nada, 1945).
Juan Benet
Juan Benet, autor de Volverás a Región y Saúl ante Samuel, protagonizó una de las líneas de ruptura de la narrativa española, superando el realismo social de los años de la posguerra y primando el estilo frente al asunto.

Durante la década de 1950 este individualismo de carácter existencialista da paso a un realismo consciente de la dimensión social, al tiempo que se amplía y enriquece el horizonte formal de la novela. Sobresalen en este periodo La colmena (1951), de Cela; y El Jarama (1956), de Rafael Sánchez Ferlosio. La década de 1960 supone para la novela la clausura del periodo de posguerra, el reencuentro con algunos novelistas del exilio y el acercamiento hacia el experimentalismo europeo. Este proceso comienza con la novela Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín Santos, y culmina con una serie de personales y sólidas realizaciones que aparecen a mediados de la década, entre las que cabe mencionar las obras de Juan Benet (Volverás a Región, 1968) y Juan Goytisolo (Señas de identidad, 1966).
En vísperas de la muerte de Franco el proceso de experimentación produce sus frutos en importantes creaciones de Juan Benet (Un viaje de invierno, 1972), Gonzalo Torrente Ballester (La saga/fuga de J.B., 1972), Juan García Hortelano (El gran momento de Mary Tribune, 1972) o Juan Marsé (Si te dicen que caí, 1973).
6.4
Latinoamérica
Dentro de la corriente naturalista se sitúan el argentino Eugenio Cambacérès con En la sangre (1887), sobre la vida de los emigrantes, y el mexicano Federico Gamboa, con Santa (1908), su obra más leída, en la que apunta la decadencia moral de la sociedad mexicana de principios del siglo XX.
El modernismo supone una multiplicación temática que va desde el cosmopolitismo, con matices históricos y psicológicos, como La gloria de Don Ramiro (1908) del argentino Enrique Larreta, hasta las obras de carácter regionalista, como Don Segundo Sombra (1926), la mejor novela de Ricaldo Güiraldes, de tema gaucho, o Raza de bronce (1919), del boliviano Alcides Arguedas, una visión realista y objetiva del problema indígena.
La revolución mexicana, en el primer tercio del siglo, favoreció el florecimiento de novelistas, entre ellos Mariano Azuela, con Los de abajo (1916), premio Nacional de Literatura, y Martín Luis Guzmán, con El águila y la serpiente (1928).
La novela regionalista, que había producido obras de inspiración criolla y denuncia social, dejó paso a las llamadas ‘novelas de la tierra’, verdadero canto a la naturaleza americana, que presentaban el enfrentamiento entre los hombres y el medio, sus luchas y trabajos por transformar la realidad. Abrió el ciclo La vorágine (1924), del colombiano José Eustasio Rivera, impresionante cuadro de costumbres, que narra la destrucción del individuo por la naturaleza y alcanzó su momento culminante con Doña Bárbara (1929), del venezolano Rómulo Gallegos, pedagogo, periodista, presidente de la República y excelente paisajista. Una de las obras más representativas de esta tendencia fue La marquesa de Yolombó (1928), del colombiano Tomás Carrasquilla, que describe la fascinante historia de un personaje femenino en lucha contra el medio, en pleno ambiente minero de Antioquía.
A partir de 1940 se produjo una clara ruptura con el realismo anterior, el realismo social, para dar paso, a través de un largo proceso de maduración, al llamado realismo mágico, que algunos autores han llamado “lo real maravilloso americano”. Mientras el regionalismo seguía las pautas renovadoras del modernismo, las nueva novela era más un vehículo del conocimiento del hombre y de la realidad en la que éste se inserta.
Aparecen obras de gran interés: El señor Presidente (1946), del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, premio Nobel en 1967, que describe magistralmente la deformación del poder político; Los pasos perdidos (1953) y El siglo de las luces (1962) del cubano Alejo Carpentier, el renovador de la novela del momento; Al filo del agua (1947), del mexicano Agustín Yáñez, auténtico fresco histórico narrativo.
Pero el compromiso político de los escritores latinoamericanos iba a encontrar muy pronto, en las luchas revolucionarias contra la dictadura, nuevos motivos y exigencias expresivas. Al filo de la década de 1960 la multiplicidad de autores, la renovación estilística y la internacionalización de sus obras se vieron favorecidas por una coyuntura irrepetible: el triunfo de la Revolución Cubana, que provocó una explosión de simpatía y optimismo; la aparición de numerosas revistas que apoyaban y promovían esa circunstancia histórica y, sobre todo, la fuerza de producción y la capacidad expansiva de la industria editorial catalana, que pretendía dominar y recuperar los mercados lectores de América Latina.
La institución de los premios Biblioteca Breve y Nadal fue una oportunidad bien aprovechada. Gracias a esas circunstancias se consolidó el llamado boom de la novela latinoamericana, cuyos rasgos definitorios son: preocupación por la estructura narrativa, experimentación lingüística, invención de una realidad ficcional propia, intimismo y rechazo de la moral burguesa. El boom tuvo sus teóricos, como el uruguayo Carlos Rama; sus promotores, como el argentino Julio Cortázar, el colombiano Gabriel García Márquez o el mexicano Carlos Fuentes, e incluso sus detractores, como le ocurrió al cubano Guillermo Cabrera Infante, en una etapa inicial.


Nanas y rimas infantiles




Nanas y rimas infantiles, estrofa de versos, generalmente de arte menor (véase Versificación), que a menudo se acompaña por una melodía sencilla; se suelen cantar para dormir, entretener o educar a los pequeños. Federico García Lorca, en su conferencia titulada Canciones de cuna españolas, afirma que “la canción de cuna perfecta sería la repetición de dos notas entre sí, alargando sus duraciones y efectos”, y que en la melodía, mucho más que en el texto, “se refugia la emoción de la historia”.
Las rimas infantiles se utilizan como elemento lúdico y también como recurso didáctico. Conocidísima es la que distingue los meses por su duración:

Treinta días trae noviembre
con abril, junio y septiembre;
de veintiocho sólo hay uno,
los demás de treinta y uno,

que proviene de un poema medieval francés. Deben mencionarse también los juegos rimados para aprender a contar el tiempo, memorizar el alfabeto, los juegos ortográficos: Allá se lo haya el aya si no halla al niño debajo del haya, o las fórmulas mnemotécnicas ligadas con las operaciones como la suma: “dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis”, donde la cadencia está asegurada por la medida silábica; en este caso, se trata de cuatro periodos hexasílabos. Autores como Rafael Alberti recurren a este tipo de rimas para otorgar valor poético a conceptos ligados con la enseñanza:

“Nadie sabe Geografía
mejor que la hermana mía”.

María Elena Walsh tiene una ‘Canción para comer puré’ que dice:

Una nube blanca
cayó en la cocina:
la recogeremos
con la cucharita.

Deben incluirse en este contexto las aleluyas o aucas, pareados octosilábicos que, de difusión popular, también instruyen y deleitan. Véase Literatura infantil.


Literatura mística




Santa Teresa de Jesús
Teresa de Jesús (1515-1582), monja carmelita, escribió El libro de mi vida por imposición de su confesor. Por lo tanto no se trata ni de un diario personal ni de una autobiografía voluntaria; es un texto escrito sabiendo que alguien lo va a leer y analizar buscando la causa y razón de los arrebatos místicos que la santa decía pasar. En este fragmento, leído por una actriz, Teresa de Ávila cuenta de una manera ingenua y chispeante lo que de niña entendía que pudiera ser el martirio.

Mística (literatura), término derivado del adjetivo latino mysticus, tomado del griego mystikós ‘relativo a los misterios religiosos’. La mística está vinculada con una práctica interior de lo religioso que supera y no puede explicarse sólo desde el punto de vista racional, doctrinal o dogmático. Presente en la religión hebrea, en la musulmana, a través de corrientes como el sufismo, en la católica o en el budismo zen, participa de la experiencia de lo extremo.
San Juan de la Cruz
San Juan de la Cruz (1542-1591) es el poeta místico más puro y de expresión más intensa de la literatura española. Su poesía se centra en la reconciliación de los seres humanos con Dios a través de una serie de pasos místicos que se inician con la renuncia a las distracciones del mundo. Se ha señalado la riqueza y variedad de su léxico, sorprendente dentro de una obra tan breve, pero que explota a fondo las posibilidades de fervor religioso y estético que inspira el misticismo español, al que lleva a cumbres inalcanzables. El audio recoge el inicio del Cántico espiritual.

En la historia de la mística y su literatura habrá que tener en cuenta la mística alemana del siglo XIV, con su máximo representante, Maestro Eckhart (1260-1328), autor de Tratados y Sermones. Su actividad como predicador, que prolongaba el deseo de las órdenes mendicantes de transmitir la verdad divina, le exigió hacerse de un lenguaje capaz de apresar y comunicar lo inefable de la verdad de Dios que, según él, es “inteligencia pura”. Al hablar del desasimiento, por ejemplo, afirma que consiste “en el hecho de que el espíritu se halle tan inmóvil frente a todo cuanto le suceda, ya sean cosas agradables o penosas, honores, oprobios y difamaciones, como es inmóvil una montaña de plomo ante el soplo de un viento leve”.
2
LITERATURA MÍSTICA ESPAÑOLA
Dos siglos después se desarrolló la literatura mística española, representada sobre todo por san Juan de la Cruz (1542-1591) y santa Teresa de Jesús (1515-1582). En el primero, autor de poemas como el Cántico espiritual, recreación del Cantar de los cantares de Salomón, y Llama de amor viva, se encuentran huellas de las interpretaciones bíblicas cristianas o judías, de la literatura mística del catalán Ramon Llull (1232-1316), del alemán Eckhart (“Mi alma está desasida / de toda cosa criada”, dice san Juan), de san Bernardo y san Buenaventura, pero sobre todo de la poesía mística musulmana de autores como Ibn Arabi de Murcia e Ibn al Farid.
En el misticismo sufí, san Juan de la Cruz encontró símbolos como el vino o la embriaguez mística, la noche oscura del alma, el pájaro solitario, el alma como jardín místico. Desde el punto de vista del lenguaje, la investigadora Luce López-Baralt ha destacado la “poética del delirio”: así como Eckhart se esforzaba por comunicar lo inefable, san Juan de la Cruz recupera las imágenes desconcertantes, los cambios abruptos y hasta la incongruencia de los tiempos verbales. Esta poética aún se mantiene en las prosas en las que el poeta pretende explicar el Cántico espiritual en función de la doctrina, otorgando a una misma imagen distintos valores simbólicos.
Éxtasis de santa Teresa
El Éxtasis de santa Teresa, obra realizada en el siglo XVII por el escultor italiano Gian Lorenzo Bernini, constituye uno de los ejemplos más dramáticos de la escultura barroca, en la que aparece la santa en trance místico, atravesada más por los rayos metálicos de la luz divina que por la flecha del ángel.

En Las virtudes del pájaro solitario, Juan Goytisolo recupera novelísticamente esta tradición y la poesía de san Juan, como en la imagen del vino mezclado con la saliva del Amado: “Bébelo puro o mézclalo con la saliva del Amado, cualquier otra mixtura sería sacrilegio”.
Santa Teresa, en cambio, adopta un estilo más sencillo y expone directamente sus incomprensiones o sus dificultades para expresar la experiencia de Dios. El padre Jerónimo Gracián, que la estimulaba para que escribiera Las Moradas, justificaba la tendencia de santa Teresa a la imprecisión en el uso de las palabras relacionadas con la experiencia mística: “Una éxtasis, en cuanto en ella se junta nuestra voluntad con la de Dios, se llama unión; en cuanto eleva las potencias y las levanta, se llama vuelo del alma; en cuanto es altísimo conocimiento de Dios, se llama mística teológica, etc. Todos estos nombres son verdaderos y declaran algo deste espíritu”. Lo que Jerónimo Gracián se ve obligado a justificar es, en rigor, la gran riqueza de la literatura de santa Teresa. A esos términos deberán añadirse otros como embebecimiento, arrebatamiento, arrobamiento.
Si la experiencia mística es la de la unión definitiva con Dios, el grado superlativo de tal arrobamiento es la supresión de la palabra, el silencio. Mientras la unión y la quietud del desasimiento y la inmovilidad no llega, sólo queda el camino del vértigo verbal. Despojada de sus connotaciones religiosas, ésta es la gran enseñanza de la mística en la búsqueda de la Palabra: que todo lo diga en el terreno literario. Así parecen haberlo entendido muchos poetas contemporáneos, desde Mallarmé a un poeta español, estudioso de san Juan de la Cruz, como José Ángel Valente. En ese estadio, el fervor místico, otra forma de la comunicación erótica (“Amada en el Amado transformada”), se confunde con ese otro rasgo de la plenitud latente en la palabra poética.


Los Libros de viajes




Libros de viajes, género literario que ha gozado de una enorme popularidad durante siglos, pese a que su definición sigue resultando difícil. Por lo general se entiende como libro o relato de viajes el que se ajusta a una o más de las siguientes características: relato no ficticio escrito en primera persona del singular (o plural) que describe un viaje a través de un país extranjero con numerosas observaciones sobre el paisaje, la geografía, la flora, la fauna, los habitantes, el modo de vida, la historia y las costumbres sociales del país.
Además de toda esta información objetiva, el libro de viajes cuenta invariablemente una aventura. A menudo se basa en los emocionantes incidentes del itinerario o los dramas históricos relacionados con las localidades visitadas por el narrador. Otra sólida tradición del género es la nostalgia romántica del Edén perdido, desterrado en Occidente por la industrialización, pero aún discernible en las gentes y los paisajes de lugares remotos. En estos casos, y como suele ocurrir con las crónicas de los conquistadores y descubridores, cuyo relato es en principio no ficticio, lo literario y la imaginación desbordante de sus autores hacen que los datos reales e históricos se entremezclen con descripciones próximas a la ficción literaria.
2
PRIMERAS MUESTRAS DEL GÉNERO
La idea de un viaje por tierras desconocidas ha resultado sumamente atractiva para los escritores desde los orígenes de la literatura occidental. El ejemplo arquetípico es la Odisea, la epopeya homérica del siglo IX a.C. que narra el largo viaje de Odiseo desde Troya, una vez terminada la guerra, hasta Ítaca, su isla natal.
Los escritores no han sido los únicos fascinados por el tema del viaje; también el público europeo ha acogido siempre con entusiasmo cualquier descripción de lugares o personajes exóticos. Gran parte del atractivo y la vitalidad de la que gozan las obras del historiador griego Heródoto, desde el siglo V a.C., reside en sus descripciones de primera mano de las observaciones realizadas durante sus viajes por Asia Menor, el norte de África y la región del mar Negro.
La obra que más ha contribuido a configurar el libro de viajes moderno y que ha generado el mayor número de imitadores ha sido Libro de las maravillas del mundo, de Marco Polo, una de las obras más difundidas durante la edad media y uno de los libros de viajes más famosos de todos los tiempos. Al aragonés se tradujo entre 1377 y 1396, y Juan I de Castilla ordenó su traducción al castellano en 1385. Narra la misión de un noble comerciante veneciano del siglo XIII en la corte china del emperador mongol Kublai Kan. Mediante una lograda combinación de aspectos sociales, hechos históricos y leyendas, como la descripción de hombres con rabo y cara de perro, esta obra proporcionó a Europa una valiosa información sobre el Lejano Oriente y la sociedad china, al tiempo que reavivó el interés de los europeos por los viajes.
Libro español de viajes es Liber Sancti Jacobi, una compilación del siglo XII atribuida a Aymerico Picaud sobre el Camino de Santiago, en el que se recogen descripciones de lugares, así como relatos, homilías y oraciones. Pero quizás el más interesante y novedoso sea el del andaluz Pero Tafur, Andanças e viajes de un hidalgo español (1454). Es el diario de un comerciante por los países del Mediterráneo.
3
EL LIBRO DE VIAJES EN LA ÉPOCA COLONIAL
No es mera coincidencia que uno de los periodos de mayor popularidad del relato de viajes fuese precisamente la época de la expansión colonial y el desarrollo científico en Occidente. El género satisfacía plenamente las preocupaciones de la Europa del siglo XVII. Los libros de viajes, con sus historias ambientadas en tierras lejanas, habitadas por gentes exóticas y que reflejan otros modos de vida, lograron satisfacer el apetito de un público ávido de novedades y ansioso por descubrir nuevos horizontes. Destacan así las cartas de exploradores como Hernán Cortés, que ofreció a Europa una primera y seductora visión del extraordinario Imperio azteca mexicano. El anónimo Viaje de Turquía (1557), atribuido a Cristóbal Villalón pero también, según los estudios encabezados por Marcel Bataillon, a Andrés Laguna, es un libro original en el que un condenado a galeras dialoga sobre lo que ha visto y la filosofía de la época.
A lo largo del siglo XVIII, y sobre todo durante el reinado de Carlos III, la Corona española impulsó buen número de expediciones científicas, que sus protagonistas recogieron en sendos libros de viajes, como los de Jorge Juan y Santacilia, Malaspina y Alexander von Humboldt, a la vez que enriquecían el conocimiento científico de la realidad americana.
El libro de viajes, sin embargo, satisfacía algo más que una simple curiosidad de sillón. Este tipo de obras aportó a Europa una importante información práctica sobre geografía, navegación, rutas terrestres, productos comerciales y mercados potenciales, información que resultó sumamente valiosa para las aventuras comerciales y militares emprendidas por los europeos. Constituye un ejemplo significativo el Viaje por Marruecos del español Alí Bey, seudónimo del aventurero Domingo Badía, que en sus libros contó las experiencias de sus viajes por el norte de África como enviado de Godoy en misión diplomática secreta.
En la ciudad de Lima, en la época virreinal, se publicó en 1775 una obra anónima, Lazarillo de ciegos caminantes, en la que su autor narra, con toda clase de detalles, un viaje de Montevideo a Lima, con la descripción de las costumbres, curiosidades y datos que va encontrando, entre los gauchos y las comunidades negras, a lo largo de su camino. Tampoco faltaron las reseñas culturalistas que hicieron los intelectuales ilustrados sobre países y ciudades que consideraban más civilizados que el propio, como los retratos que hizo sobre Italia o Londres Leandro Fernández de Moratín. El romanticismo cultivó el género con extraordinario entusiasmo por todo lo que ofrecía de exotismo e idealización. Ciertamente no son libros realistas; es la anécdota, lo folclórico, el tópico lo que se busca y consolida. Stendhal, Prosper Mérimée, lord Byron son algunos de los ejemplos más notables.
4
EL LIBRO DE VIAJES EN EL SIGLO XX
Los viajes de Paul Theroux
Las obras del escritor estadounidense Paul Theroux se basan en su experiencia como profesor en África y en Asia durante las décadas de 1960 y 1970. Su novela La costa de los mosquitos (1982) fue llevada al cine por el director australiano Peter Weir en 1986. Theroux ha registrado en varias obras, además, sus experiencias de viaje en tren.

Una vez concluida casi definitivamente la exploración del planeta a comienzos del siglo pasado, los escritores de libros de viajes se alejaron progresivamente de la forma tradicional del reportaje empírico.
Ilustración para Veinte mil leguas de viaje submarino
Ilustración de Alphonse de Neuville (1835-1885) para Veinte mil leguas de viaje submarino (1870), de Jules Verne. Nemo, capitán del Nautilus, el arponero Ned Land y sus compañeros observan un cefalópodo gigante salido de las profundidades.

Durante los últimos 150 años no han cesado de lamentar la desaparición del auténtico viaje y la figura del viajero asfixiado por el turismo de masas, fenómeno que conduciría definitivamente a la muerte del género. Sin embargo, la variedad formal demostrada por éste a lo largo del siglo niega estas profecías y pone de manifiesto que el libro de viajes continúa gozando de gran vitalidad y popularidad.
Paul Bowles
Paul Bowles en Casablanca, en septiembre de 1989.

Con el siglo XX experimentó un nuevo cambio y se convirtió en un tema que se ceñía a cualquier género literario y movimiento o estilo artístico. Así nadie puede negar que Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, o Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón Jiménez, son impresiones de viajes sobre Nueva York. El Viaje a la Alcarria (1948) de Camilo José Cela, en el que se observa y analiza más la persona que los paisajes propiamente dichos, inauguró y revitalizó el género, que no ha dejado de cultivarse.
Actualmente, el libro de viajes se confunde muchas veces con el reportaje periodístico o el libro memorialista de impresiones personales que un autor da sobre un lugar, generalmente resaltando aquello que tiene de diferente con respecto a su lugar de origen. Así hay que entender los libros de Julio Camba sobre muchas de las ciudades europeas en las que residió, o los de Paul Bowles sobre Marruecos y África, e incluso los trabajos de Elias Canetti, que en el fondo son estudios antropológicos. Una experiencia interesante, porque vincula la tradición con un enfoque lírico-narrativo, es la obra del escritor italiano Italo Calvino titulada Las ciudades invisibles (1972). En la línea propia del género fantástico y de un autor como Henri Michaux, Calvino construye un itinerario por ciudades imaginarias partiendo del pretexto histórico de los viajes de Marco Polo.
Habría que considerar dentro de los libros de viajes las narraciones de ciencia ficción, que no sólo introducen un nuevo espacio (estrellas, planetas, viajes a través del tiempo, mundos remotos e inexistentes) sino también anticipan deseos o proyectos que, tarde o temprano, se cumplen históricamente. Valga como ejemplo el viaje a la Luna, anticipado en el año 160 d.C. por Luciano de Samosata, en 1656 por Cyrano de Bergerac y en 1865 por Jules Verne.


Jitanjáfora o Limerick




Jitanjáfora o Limerick (verso), término adoptado por Alfonso Reyes, en 1929, a partir de una estrofa del escritor cubano Mariano Brull: 

“Filiflama alabe cundre
ala olalúnea alífera
alveolea jitanjáfora
liris salumba salífera”.
Designa aquellos poemas de creación popular o individual en los que prima el efecto fónico, el juego de palabras y el sinsentido. Su condición esencial es el humor, muchas veces la captación candorosa de un encuentro casual entre palabras dispares, y abarca variedades tales como las frases onomatopéyicas e interjectivas, trabalenguas, ciertas nanas, glosolalias pueriles, los ensalmos, las canciones populares que desdeñan la lógica y la gramática, las estrofas bobas, los gritos de guerra o de los equipos deportivos. Como antecedentes de este gusto por el disparate verbal se encuentran los Disparates trobados de Juan del Encina, el Convite a su madrastra de Jorge Manrique (“Verná luego un ensalada / de cebollas albarranas, / con mucha estopa picada / y cabeçuelas de ranas”) o las invenciones léxicas de Quevedo, entre otros.
En el siglo XIX inglés debe citarse el caso de Edward Lear, autor de los llamados limericks que, aunque absurdos, responden a una estructura precisa que ha estudiado Gianni Rodari en su Gramática de la fantasía. Entre sus obras figuran Libro del nonsense (1846) y Más sobre el nonsense (una selección de ambos se ha editado en castellano como Disparatario). Importante también en lengua inglesa es la contribución de Lewis Carroll. En el siglo XX, recuperando la propia tradición y la de los autores ingleses citados, sobresalen Ramón Gómez de la Serna y sus Greguerías; Oliverio Girondo (sobre todo En la masmédula); Federico García Lorca, quien, en 1928, pronunció una conferencia sobre las “Canciones de cuna españolas”, en la que incluyó varios ejemplos, entre ellos esta nana de Burgos:

“Échate, niño, al ron ron,
que tu padre está al carbón
y tu madre a la manteca
no te puede dar la teta”.


La Greguería




Greguería, género breve creado por Ramón Gómez de la Serna, próximo al epigrama y a la captación súbita de una imagen cuya gracia reside en la transgresión de la lógica previsible. También puede asociarse al chiste.
El mismo Gómez de la Serna define a la greguería como la suma del humorismo y la metáfora y como 'el atrevimiento a definir lo que no puede definirse'. Por su brevedad, se vincula también con el haiku, ese 'telegrama poético', según dice Ramón. Las primeras greguerías remontan a 1910. Su autor eligió este término —cuyo significado original es gritería confusa— por su valor eufónico. Citamos algunos ejemplos: 'Aparecen días tan húmedos que hasta los tenedores sienten reuma'; '¡Oh!: puñetazo por sorpresa en un ojo de lo escrito'; 'Las románticas se tocaban un bucle como si hablasen por teléfono con ellas mismas'. Pueden encontrarse greguerías en ciertas máximas de autores como Enrique Jardiel Poncela, Noel Clarasó, Ricardo Güiraldes y Oliverio Girondo, a quien Gómez de la Serna dedica el volumen de su selección de Greguerías de 1910 a 1960, calificándolo como el 'escritor más original y fantasmagórico de la literatura argentina'. Uno de los títulos de Girondo, “Membretes”, continúa la estética de las greguerías y ayuda a precisar aún más el significado de este género breve. Un membrete es, según la definición del Diccionario del español actual, de Manuel Seco, el “nombre o título de una persona o de una entidad, impreso o grabado en su papel de correspondencia”. Si al significado estricto, propio de la organización burocrática, se le añade humor, se afirma una tendencia propia de la literatura y el arte contemporáneos: la ruptura con la solemnidad y el gusto por la parodia de las convenciones.


El Género fantástico




Escena de El mago de Oz
El mago de Oz fue realizada en 1939, y es una de las películas más populares de todos los tiempos. Basada en el libro de L. Frank Baum, la historia gira alrededor de Dorothy, que es transportada por un ciclón desde Kansas al mundo de Oz. En esta escena, Dorothy acaba de abrir la puerta de su casa para descubrir Oz.

Género fantástico, género literario que describe hechos sorpresivos o imprevisibles en la vida cotidiana y que se interesa, en consecuencia, por trascender los límites y obtener una percepción más aguda y menos superficial de la realidad inmediata. La fantasía puede ser un recurso placentero, que estimula el gusto por el vuelo imaginativo, o un medio tendente a exacerbar emociones como el miedo, la perplejidad, el terror, la incertidumbre. Desde el punto de vista conceptual, la fantasía puede entenderse como la forma antagónica del dogma, siempre que no se la someta a una interpretación unívoca y, por tanto, tendenciosa.
2
ANTIGÜEDAD DE LA FICCIÓN FANTÁSTICA
Estatua de Gilgamesh
Esta estatua del palacio de Sargón II en Jorsabad representa a Gilgamesh domesticando a un joven león. Gilgamesh, rey babilonio, es el héroe del poema épico basado en la refundición de relatos sumerios. Según el mito, los dioses enviaron a Enkidu para desafiar a duelo a Gilgamesh. Ambos personajes acabaron trabando amistad y compartieron varias aventuras. Esta estatua se encuentra en el Museo del Louvre, en París.

Según el escritor argentino Bioy Casares, el género fantástico “es tan viejo como el miedo”. Definitivamente la ficción fantástica precede a la realista. El Poema de Gilgamesh de los antiguos sumerios es ya ficción fantástica y algunos papiros del antiguo Egipto contienen narraciones mágicas. Apuleyo, autor romano, trata en El asno de oro temas como la metamorfosis y la magia. Textos medievales como la Divina Comedia de Dante, La muerte de Arturo (1469-1470) de Thomas Malory o el Roman de la rose de Jean de Meun y Guillaume de Lorris entran de lleno en lo maravilloso, lo sobrenatural y lo monstruoso. De modo parecido se encuentran conjuntos de relatos fantásticos en la antigüedad de culturas alejadas de Europa, el Océano de historias de la India o Las mil y una noches árabes son dos ejemplos claros.
3
ORÍGENES DEL GÉNERO
Edgar Allan Poe
Fragmento de El cuervo de Edgar Allan Poe recitado por un actor: "Una vez, en una aterradora medianoche, mientras yo reflexionaba, débil y cansado, / sobre un gran volumen de extrañas y curiosas materias de una ciencia olvidada, / mientras daba cabezadas, casi dormido, de pronto hubo unos golpecitos, / como de alguien que llamara suavemente, llamara a la puerta de mi cámara."

Los orígenes de lo fantástico, como género de la literatura occidental distinto del realismo convencional, pueden rastrearse hasta el siglo XVIII, cuando novelas góticas como El castillo de Otranto (1764) de Horace Walpole o Los misterios de Udolfo (1794) de Ann Radcliffe comenzaron a explotar ciertos temas extravagantes y sobrenaturales que serían retomados una y otra vez por escritores posteriores de literatura fantástica. Otras fuentes de inspiración llegarían de la búsqueda en baladas medievales, de la traducción que Antoine Galland hizo de Las mil y una noches al francés (1704-1717) y de los estudios y publicaciones sobre el folclore y las leyendas europeas. Los temas clásicos de la literatura fantástica, los que se han desarrollado desde el siglo XVIII hasta hoy, incluyen la aparición del llamado Doppelgänger (véase Fantasma), los mundos paralelos, los pactos con el diablo, las historias alternativas, las búsquedas mágicas, la realidad invadida por sueños o hechizos monstruosos. Entre las primeras obras maestras de la literatura fantástica figuran la fantasía oriental Vathek (1786), de William Beckford, los relatos dentro del relato de El manuscrito encontrado en Zaragoza (1804-1814) del aristócrata polaco Jan Potocki, o las colecciones de cuentos publicadas por el alemán E. T. A. Hoffmann en las primeras décadas del siglo XIX.
Aunque el novelista gótico Charles Brockden Brown fue probablemente el primer autor fantástico norteamericano, y Nathaniel Hawthorne produjo historias como “El joven Goodman Brown”, es Edgar Allan Poe el mejor de los iniciadores del género en América, tanto en prosa como en verso. También puede verse a Poe como un pionero de la literatura de terror y de ciencia ficción. Durante los siglos XIX y XX se va haciendo más borrosa la frontera entre los géneros, pero probablemente sea mejor considerar el terror y la ciencia ficción como subgéneros dentro del fantástico. En el siglo XIX, Edward Lear y Lewis Carroll jugaron y experimentaron con el lenguaje y las paradojas de la lógica. (En estos y en muchos otros casos es difícil trazar la línea que separa la ficción fantástica para niños de la escrita para adultos). Otros escritores, como Charles Dickens, George MacDonald o William Morris, hicieron un uso didáctico de la fantasía, poniéndola al servicio de la ética cristiana y la alegoría. Esta tendencia continuó durante el siglo XX con ejemplos tan notables como la novela de G. K. Chesterton El hombre que fue jueves (1908) y el ciclo de novelas para niños Historias de Narnia, de C. S. Lewis.
4
TENDENCIAS MODERNAS
Iain Banks
El novelista y escritor escocés de ciencia ficción Iain Banks publicó en 1984 su primera novela, La fábrica de las avispas, una obra polémica sobre la depravación de la infancia. Banks ha publicado además, entre otras obras, El camino del cuervo (1992) y Complicidad (1993). Firma sus libros de ciencia ficción como Iain M. Banks.

En los tiempos modernos, los escritores americanos y británicos han tendido a cultivar una literatura fantástica destinada al consumo masivo. Escritores europeos y latinoamericanos como Jorge Luis Borges, Italo Calvino, Mijaíl Bulgakov o Michel Tournier se han centrado en la producción de obras más literarias e intelectuales que, a veces, coinciden con las ideas y la imaginería expresionista y surrealista. El realismo mágico, un tipo de fantasía en el que los acontecimientos más extraños se narran de forma llana y realista, ha estado dominado por los latinoamericanos, sobre todo Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. De todos modos, otros escritores, como la británica Angela Carter, el checo Milan Kundera y el italiano Calvino, han escrito también obras pertenecientes a esta subcategoría de lo fantástico. Una obra de Italo Calvino como El caballero inexistente, título seguramente inspirado por el Museo de la novela de la Eterna de Macedonio Fernández, se sirve claramente del recurso de lo fantástico a través del humor: encuentro de lo visible (la armadura) y lo invisible (el cuerpo del caballero), de lo aparente y lo real, recurso que, a su vez, pone en cuestión los límites del realismo vulgar.
J. R. R. Tolkien
Un maestro del género fantástico fue este profesor de Oxford, gran especialista de literatura medieval, J. R. R. Tolkien. Su novela El Hobbit la escribió como una obra de literatura infantil. Pero es en El señor de los anillos (tres volúmenes), continuación de la anterior, donde perfeccionó el género narrando la eterna lucha entre el bien y el mal en un escenario mágico medieval entre hadas, elfos, enanos y elementos mágicos.

Se puede establecer una amplia distinción entre baja y alta fantasía. En la baja fantasía, lo fantástico irrumpe en el mundo real y cambia alguno de sus aspectos, como ocurre, por ejemplo, en La metamorfosis de Franz Kafka, donde un hombre se despierta convertido en un “monstruoso insecto”. La alta fantasía, al contrario, imagina un mundo completamente alternativo, generalmente muy detallado. El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien es uno de los ejemplos más conocidos de alta fantasía. Junto con la serie de novelas de Robert E. Howard dedicadas a Conan, el bárbaro, la trilogía de Tolkien ha sido una de las principales fuentes de inspiración para el posterior desarrollo del subgénero fantástico de gran consumo conocido como “espada y brujería”. En años recientes, Terry Pratchett e Iain Banks han escrito parodias sobresalientes de los clichés más abundantes en este subgénero. Pese a todo, la trilogía de Gormengast (1946-1959) de Mervyn Peake y El rey que fue y será (1958) de T. H. White son ejemplos notables de alta fantasía que no cae en los tópicos.
5
EL CINE FANTÁSTICO
El cine, gracias a su habilidad para representar lo extraordinario, se ha convertido en un vehículo importante para el género fantástico en el siglo XX. La película de Georges Méliès Viaje a la luna (1902), al igual que la mayoría de las que dirigió su autor, es una fantasía que se sirve de efectos especiales para simular lo inexistente. Muchos de los clásicos del primer cine pertenecen también al género fantástico, entre ellas El gabinete del doctor Caligari (1919, de Robert Wiene) o El Golem (1920, de Paul Wegener). La categoría de lo fantástico ha producido una amplia variedad de películas, desde las que provocan un gran desconcierto emotivo e intelectual hasta las que ofrecen la ocasión de un hilarante entretenimiento. Esta variedad sólo puede sugerirse citando algunos títulos: El mago de Oz (1939, de Victor Fleming), La bella y la bestia (1945, de Jean Cocteau), Giulietta de los espíritus (1965, de Federico Fellini), Céline y Julie van en barco (1974, de Jacques Rivette), Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores (1974, de Monty Python), Superman (1978, Richard Donner; 1980 y 1983, Richard Lester; 1987, Sidney J. Furie), La historia interminable (1984, Wolfgang Petersen; 1990, George Miller), El señor de los anillos: La comunidad del anillo (2001), basada en la obra del J.R.R. Tolkien.
Durante las últimas décadas del siglo XX, se ha desarrollado la creación de juegos de ordenador, que abundan en el uso de estos temas fantásticos, como las misiones mágicas, los combates con monstruos o las ciudades de laberintos.


Entradas populares

Me gusta

Seguidores