El invento de la literatura barroca




Luis de Góngora
La poesía innovadora del poeta español Luis de Góngora (1561-1627) suscitó desde sus orígenes enormes controversias entre sus defensores y detractores que duraron hasta 1927, año del tercer centenario de su muerte, cuando una nueva generación de poetas españoles, entre ellos, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Federico García Lorca, Rafael Alberti, lo aclaman como a uno de sus maestros rindiéndole un homenaje que las autoridades academicistas se habían negado a realizar. Este fragmento, recitado por un actor, pertenece a los primeros versos de Soledades. El retrato de la ilustración fue pintado por Diego de Silva Velazquez.

Barroco (literatura), periodo que sucedió al renacimiento, entre finales del siglo XVI y finales del siglo XVII, impregnó todas las manifestaciones culturales y artísticas europeas y se extendió también a los países hispanoamericanos.
Como etapa preparatoria, que coincide cronológicamente con el renacimiento y el barroco, debe tenerse en cuenta el manierismo. La palabra barroco tuvo originalmente un sentido peyorativo, ligado con la extravagancia y la exageración, que aún se mantiene en ciertos tópicos del lenguaje no especializado. Se dice que el término deriva del portugués barroco (castellano barrueco), que significa ‘perla irregular’. También suele relacionarse con baroco, nombre que recibe una figura del silogismo. El barroco expresa la conciencia de una crisis, visible en los agudos contrastes sociales, el hambre, la guerra, la miseria. Suele establecerse una distinción entre el barroco de los países protestantes y el de los países católicos (barroco de la Contrarreforma).
En el caso de España, aunque sin perder de vista el contexto europeo, José Antonio Maravall ha enumerado una serie de asuntos y tópicos literarios que definen una imagen del mundo y del hombre: la locura del mundo; la melancolía —Anatomy of melancholy, de R. Burton, es de 1621— la sensación de inestabilidad de los hombres y la fugacidad de las cosas; la revitalización del tópico del mundo al revés y la figura del gracioso en el teatro español como uno de sus representantes (“Soy el que dice al revés / todas las cosas que habla”, dice un personaje de El mejor alcalde, el rey de Lope de Vega); el mundo como laberinto, como gran plaza o mesón; la concordia de los opuestos (nuestra vida se “concierta de desconciertos”, dice el conceptista español Baltasar Gracián); el mundo como guerra y el hombre lobo del hombre.
Desde el punto de vista estético, sobresalen la búsqueda de la novedad y de la sorpresa; el gusto por la dificultad, vinculada con la idea de que si nada es estable, todo debe ser descifrado; la tendencia al artificio y al ingenio; la noción de que en lo inacabado reside el supremo ideal de una obra artística. La búsqueda de la novedad y de lo extraño explica la admiración del barroco por pintores flamencos como El Bosco, Arcimboldo y Brueghel el Viejo: así lo demuestran, entre otros textos, los Sueños del escritor español Francisco de Quevedo.
Entre los autores del barroco hispanoamericano, destacaron (el Inca) Garcilaso de la Vega (1539-1616) en Perú; Sor Juana Inés de la Cruz, sobre todo por su Primero Sueño (de clara influencia gongorina por su audacia formal) y El divino Narciso (cuyo antecedente es Eco y Narciso, del dramaturgo español Pedro Calderón de la Barca), y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, autor de una Historia chichimeca y traductor de poesía náhuatl en México; Martín del Barco Centenera (La Argentina y Conquista del Río de la Plata), extremeño que vivió más de veinte años en América; Pedro de Oña y Arauco domado en Chile; el canario Silvestre de Balboa y Espejo de paciencia en Cuba, y Hernando Domínguez Camargo, a quien el poeta Gerardo Diego cita en su Antología poética en honor de Góngora, y que vivió en Colombia.
2
CULTERANISMO Y CONCEPTISMO
"Polvo serán, mas polvo enamorado"
En los últimos tercetos del soneto Amor constante más allá de la muerte, que aquí recita un actor, Francisco de Quevedo recurre al juego de conceptos —visible sobre todo en el uso de la conjunción adversativa "mas"— para expresar la paradoja del amor, que triunfa más allá de la muerte. El retrato del autor es obra de Diego de Silva Velázquez.

La retórica barroca puede sintetizarse en la coexistencia de dos corrientes: el conceptismo y el culteranismo. Aunque generalmente suele afirmarse que se trata de dos estilos opuestos, lo cierto es que los dos buscan la complicación formal. El culteranismo intensifica los elementos sensoriales preocupado por el preciosismo y la artificiosidad formal a través de la metáfora, la adjetivación, el hipérbaton forzado o los efectos rítmicos y musicales del lenguaje; a esta tendencia pertenecen Luis de Góngora y Pedro Soto de Rojas. La crítica señala como ejemplo más significativo del culteranismo la Fábula de Polifemo y Galatea de Góngora, en cuya primera estrofa aparecen todos los procedimientos culteranos:


Era de mayo la estación florida
en que el mentido robador de Europa
—media luna las armas en la frente
y el sol todos los rayos de su pelo—,
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas.
El conceptismo debe su nombre a los Conceptos espirituales (1600-1612) de Alonso de Ledesma. Su juego formal se basa en la condensación expresiva y para ello se sirve de la polisemia, las elipsis, las oposiciones de contrarios o antítesis, las paradojas, todo lo que exija una agudeza conceptual y cuenta entre sus principales representantes a Francisco de Quevedo, Luis Vélez de Guevara y su El diablo cojuelo, la prosa de tipo moralista y satírico de Baltasar Gracián y autores de empresas o emblemas (véase Alegoría) como Diego de Saavedra Fajardo (1584-1648). En teatro, sobresale Pedro Calderón de la Barca, especialmente por La vida es sueño y El gran teatro del mundo, donde se entrelazan concepto y juego verbal. El tema del sueño y la duda sobre los límites entre apariencia y realidad permiten aproximar a Calderón con el dramaturgo inglés William Shakespeare. El conceptismo valora laconismo, por eso, a veces, se ha confundido con claridad estilística y precisión, algo de lo que carece por completo, como puede verse en la frase de Gracián característica de este estilo: “Lo bueno si breve, dos veces bueno”, que como se ve es ingeniosa pero ni precisa ni clara.
3
PROYECCIÓN DEL BARROCO
Mención aparte merece la proyección del barroco en la generación del 27, año del tricentenario de la muerte del poeta Luis de Góngora. Dámaso Alonso dedicó gran parte de su vida al estudio del poeta cordobés y Federico García Lorca le consagró una magnífica conferencia titulada “La imagen poética de don Luis de Góngora”. Gerardo Diego recuperó a los poetas Bocángel Unzueta y Pedro de Medina Medinilla. Luis Rosales, al conde de Salinas (1564-1630) y a Juan de Tasis, conde de Villamediana (1582-1622). Éste último, además de Góngora, figura entre los autores citados con frecuencia por el cubano José Lezama Lima. Otro cubano, Severo Sarduy, fue el creador del término neobarroco para designar, si no un regreso, una prolongación del barroco en el siglo XX. En 1868 un político conservador y brillante articulista, Francisco Silvela, se burlaba de los cursis y de los neoculteranos, aludiendo a quienes se valían de un lenguaje pretencioso para decir cosas que podían comunicarse de manera más sencilla.


El invento de la Literatura latina




Literatura latina, literatura de la Roma antigua, y de gran parte de Europa occidental durante la edad media y el renacimiento, escrita en latín.
2
LA TRADICIÓN LATINA
Las primeras manifestaciones de la literatura latina proceden del siglo III a.C. Después fue evolucionando y transformándose, a través de distintos géneros y formas. La desintegración del Imperio romano y el desarrollo gradual de las lenguas románicas a partir del latín vulgar (la lengua no literaria del pueblo llano) no afectó durante siglos la posición del latín como lengua literaria predominante en Europa occidental. La literatura latina, en una forma cristianizada, continuó desarrollándose durante la edad media, cuando el latín era la lengua oficial de la Iglesia católica. Con la aparición del humanismo, en el siglo XIV, y su énfasis por recuperar las formas clásicas del mundo antiguo, se dio un nuevo impulso creativo al latín, que se mantuvo hasta el siglo XVII. Hasta no hace mucho tiempo, en la cultura occidental el conocimiento de la literatura clásica latina (así como de la griega) era considerado condición necesaria de una sólida educación.
3
CARACTERÍSTICAS DE LA LITERATURA LATINA
La literatura romana se modeló a partir de la literatura griega y sirvió a su vez como referencia básica, especialmente en el renacimiento, para el desarrollo de las literaturas europeas posteriores. Por su estrecha dependencia formal de los modelos griegos, los escritores latinos ensalzaron las cualidades específicas de la cultura romana y, lo que es más importante, casi todos los escritores romanos contribuyeron con sus escritos a la misión civilizadora de Roma en el mundo. Los logros más importantes de la literatura latina se encuentran en la poesía épica y lírica, en la retórica, la historia, el drama cómico y la sátira, género literario que los romanos inventaron.
4
PERIODO PRIMITIVO
La literatura latina se inicia con Livio Andrónico, que llegó a Roma siendo un esclavo de habla griega. Tradujo en verso el poema épico de Homero, la Odisea, al latín, y escribió las primeras piezas dramáticas en esta lengua, así como traducciones de obras griegas. El primer escritor romano nativo fue Gneo Nevio (270-201? a.C.), que siguió el ejemplo de Livio Andrónico. Sus comedias tuvieron mucho éxito. Compuso también el Bellum poenicum, un poema épico sobre la primera de las guerras púnicas entre Roma y su rival Cartago. Sin embargo, el primer escritor romano verdaderamente importante fue Quinto Ennio, famoso por sus Annales, un poema enérgico y vigoroso que cuenta la historia de Roma y sus conquistas en versos hexámetros adaptados con éxito del griego al latín. El esfuerzo pionero de Ennio sirvió como modelo para la épica romana y fue muy imitado por poetas posteriores que refinaron las asperezas de su estilo.
Sólo se conservan fragmentos diseminados de estos primeros escritores, pero disponemos de 21 obras de teatro del primer dramaturgo importante de la literatura romana, Plauto. La comedia fue la más importante aportación romana al desarrollo del drama; las obras ágiles de Plauto sirvieron de modelo a la comedia europea posterior y han sido representadas e imitadas hasta hoy. Su mundo de amos ignorantes, esclavos astutos, doncellas inocentes y jóvenes sin esperanza que se enamoran absurdamente, fue heredado por el segundo autor romano de comedias, Terencio. Sus obras son quizá menos divertidas pero más conmovedoras que las de su predecesor.
Catón el Viejo, político conservador y enemigo implacable de Cartago, fue el primer maestro de la prosa romana. Orador hábil, proporcionó los primeros modelos a la retórica romana. Su tratado sobre agricultura, De agri cultura, aún se conserva. El gran maestro de la sátira, un género supuestamente inventado por Ennio, fue Cayo Lucilio, que introdujo el uso de palabras mordaces que ridiculizan despiadadamente una gran variedad de locuras humanas, tanto en el terreno privado como en el público. Sólo se conservan fragmentos de su obra.
5
LA EDAD DE ORO: POESÍA
Horacio
Horacio, destacado poeta de la Roma antigua, vivió durante la edad de oro de la literatura latina, en el siglo I d.C. Célebre por sus Odas, una colección de poemas breves de gran ironía y refinamiento, publicó también sátiras, cartas y poemas líricos.

El precursor de la época más brillante de la poesía romana fue Lucrecio, cuyo poema didáctico De rerum natura argumenta en versos elocuentes que los dioses no intervienen en asuntos humanos. Su finalidad era liberar a la gente de la superstición y del miedo a la muerte. Catulo, el primer gran poeta lírico en latín, se inspiró en modelos griegos. Sus poemas largos son complejos y eruditos, pero le caracterizan en mayor medida los poemas líricos más cortos, algunos de los cuales son puras declaraciones de amor a una mujer llamada Lesbia o están dedicados a su hermano muerto. En otros saca a relucir la vena de su ingenio mordaz e hiriente contra sus enemigos políticos. Su palabra rigurosa e intensa ha sido una fuerza impulsora en la historia de la lírica europea desde el redescubrimiento de su obra a comienzos del renacimiento.
Virgilio
Considerado como el poeta más grande de la Roma clásica, Virgilio, que vivió entre los años 70 y 19 a.C., compuso la Eneida, un poema épico de carácter mitológico, durante los últimos once años de su vida. Inspirado en la Iliada y la Odisea del poeta griego Homero, fue la primera obra maestra del estilo épico. Numerosos escritores posteriores siguieron los cánones de la obra de Virgilio, e incluyeron al poeta en sus textos y dibujos. Esta pintura de 1469 le representa escribiendo las Geórgicas (36-29 a.C.) delante de la estatua de la diosa griega Artemisa.

Reconocido como el más grande de los poetas latinos, tanto en vida como en tiempos posteriores, Virgilio escribió al principio de su carrera las Églogas, diez poemas pastorales que se convirtieron en modelos permanentes en su género. A estas siguieron las Geórgicas, poemas sobre la vida de los agricultores. Sin embargo, la obra maestra de Virgilio es la Eneida, un poema épico que narra cómo el héroe troyano Eneas viajó a Italia para encontrar el asentamiento donde se fundaría Roma. En este complejo poema, inspirado en la obra de Homero, contrasta el deseo de paz con la admiración tradicional de la virtud militar.
Ovidio
El poeta romano Ovidio, nacido en el año 43 a.C., escribió Metamorfosis, una serie de historias que constituyen uno de los poemas más importantes de todos los tiempos. Esta obra, que repasa la historia del mundo, desde la creación hasta la época de Julio César, ingeniosa y aguda, ha influido en numerosas generaciones posteriores de escritores.

El amigo de Virgilio, Horacio, se convirtió en el maestro de la oda adaptando hábilmente los metros griegos al latín. De su mejor poesía se desprende también un elegante sentido del humor. La tradición de la elegía de amor, que empezó Catulo, fue continuada de una manera tierna y melancólica por Alibio Tibulo (c. 48-19 a.C.). El último de los tres libros que se le atribuyen incluye poemas de amor directos y conmovedores escritos por su contemporánea Sulpicia, los únicos poemas que se conservan de una mujer romana.
Más dinámicas y complejas son las elegías de amor escritas por Sexto Propercio, registros turbulentos de sus difíciles amoríos con Cintia. La tradición elegíaca concluyó con la obra de Ovidio, que cultivó el género de una manera festiva. Prolífico poeta, es más conocido por su Ars amatoria, y por su obra más importante, la Metamorfosis, un largo poema que constituye una recuperación de gran parte de los mitos antiguos.
6
LA EDAD DE ORO: PROSA
Busto de Cicerón
A la oratoria debe, sobre todo, su fama el escritor y político romano Cicerón. Su actividad como político defensor a ultranza del Senado romano le costó el exilio en Macedonia, deportado por Julio César. Su hacer literario fue tan importante para el latín que su escritura se convirtió en modélica, no sólo en su época sino, incluso en siglos posteriores, especialmente durante el renacimiento.

La edad de oro de la poesía romana se correspondió con la de la prosa. El autor más destacado, Cicerón, fue un político y orador cuya retórica se convirtió en un modelo para la oratoria europea posterior. Los discursos más conocidos de Cicerón son los que profirió contra el conspirador político Catilina, pero otros muchos son igual de oportunos y certeros, por el magistral uso que hace de los ritmos y cadencias de la lengua latina, conjugados para alcanzar efectos persuasivos y contundentes. Cicerón destacó también con obras en prosa de un estilo más relajado, tratados sobre retórica y filosofía tales como los famosos textos sobre la amistad y los tiempos pasados. También se conserva gran parte de su reveladora y extensa correspondencia.
Igualmente famoso como escritor de prosa fue el contemporáneo de Cicerón, Julio César. Sus comentarios claros y enérgicos sobre La guerra civil y Comentarios sobre la guerra de las Galias (De bello civili y De bello gallico) también se convirtieron en importantes modelos en su género. El principal historiador romano fue Tito Livio, que escribió la larga historia de Roma Ab urbe condita, también conocida como Décadas, de la que sólo se conserva cerca de una cuarta parte y que continúa siendo una fuente básica de este periodo.
7
LA EDAD DE PLATA
Quintiliano
La obra más famosa de Quintiliano (c. 35-c. 95) son los 12 libros conocidos como Institutio Oratoria, escritos c. 95 d.C. En ellos, Quintiliano trata sobre los métodos, fundamentos y técnicas de la enseñanza y la oratoria.

A la edad de oro siguió lo que a menudo se conoce como la edad de plata de la literatura latina, en el siglo I d.C.; aunque sobrepasada por el brillo del siglo anterior, durante este periodo se produjo un valioso conjunto de obras importantes. La Eneida de Virgilio pareció consumar hasta tal punto la perfección del género épico que los poetas posteriores tuvieron más dificultades que ayudas por su ejemplo. Sin embargo, Lucano, cuya epopeya Farsalia narra incidentes de la guerra civil romana con un estilo animado, y Publio Papinio Estacio, un escritor muy admirado en la edad media, supieron abordar eficazmente la tradición épica. La Tebaida (91?), obra principal de Estacio, es una epopeya vigorosa y poco organizada que lleva al límite las formas del estilo virgiliano. Figura descollante de la edad de plata fue Séneca, tutor del famoso emperador Nerón. Séneca expuso las doctrinas de la filosofía estoica en cartas y tratados que tuvieron una gran influencia. Escribió varias tragedias que exploraban el tema del mal y sus consecuencias, la omnipresencia de la muerte, la culpa voluntaria e involuntaria, la pasión y el abuso de poder.
Durante este periodo se produjeron obras de interés en varios estilos satíricos. El esclavo Fedro, que se convirtió en hombre libre con el emperador Augusto, escribió en verso versiones latinas de las populares fábulas del griego Esopo. El escritor más original de su época fue tal vez el galante Petronio, cuyo sorprendente Satiricón (60?), una extensa obra en verso y prosa de la que sólo se conserva parte, es una narración enormemente entretenida que describe vivamente un amplio conjunto de excesos humanos. La sátira en verso está representada por el áspero y complejo Persio y el amargo, pero entretenido, Juvenal. La más corta de las formas poéticas, el epigrama, fue perfeccionada por Marcial, cuyos versos socarrones e ingeniosos son un modelo en su género.
La prosa del siglo I d.C. incluye la obra de varios escritores didácticos notables. Plinio el Viejo fue un autor prolífico cuya Historia natural sirvió durante generaciones como modelo de libro de texto sobre historia natural. La Institución oratoria (95?) del retórico Quintiliano es también un estudio importante dedicado a la teoría y práctica de la oratoria, que incluye además algunas de las críticas literarias romanas más equilibradas. Varios destacados historiadores escribieron también durante este periodo. Cornelio Tácito relató dramáticamente los acontecimientos de su época y la que lo precedió en sus Historias y Anales; escribió asimismo una famosa descripción de Germania y sus habitantes, Germania (98?). La vida de los Césares (121?), de Suetonio, es famosa por sus animadas biografías de los césares y su, a menudo, demoledora descripción de lo que para los lectores actuales es el periodo más rico de la historia romana.
8
ÚLTIMO PERIODO
Durante los siglos siguientes, la literatura romana declinó al mismo tiempo que la fortuna política del Imperio, pero destacaron unas pocas figuras. La Metamorfosis (también conocida con el título El asno de oro) de Lucio Apuleyo es una narración en prosa entretenida que incluye la historia, elegantemente relatada, de Cupido y Psique. En el siglo IV sobrevino un último impulso literario pagano con el sabio y perspicaz Ambrosio Teodosio Macrobio, que escribió una especie de sumario de la antigua cultura en su Saturnalia.
9
PRIMEROS ESCRITOS CRISTIANOS
San Jerónimo
San Jerónimo pasó a la historia por su traducción de la Biblia al latín, versión que fue conocida por el nombre de Vulgata y que la Iglesia católica, tras reconocer como auténtica en el Concilio de Trento, usó durante muchos siglos. Este retrato de san Jerónimo fue pintado por Alberto Durero en 1521.

Las primeras manifestaciones de escritura cristiana en latín se superponen a la última escritura pagana. El primer escritor cristiano importante fue Tertuliano, un maestro de la prosa. Uno de los escritores cristianos más influyentes de su época fue el padre de la iglesia san Ambrosio, conocido sobre todo por su correspondencia y por sus himnos. Aurelio Clemente Prudencio inauguró una nueva tradición en la poesía cristiana al emplear recursos de la literatura pagana para propósitos cristianos. Su Psychomachia, que presenta el alma como campo de batalla donde luchan las virtudes y las vicios, introdujo el uso de la alegoría en la poesía cristiana.
La prosa cristiana estuvo dominada por dos padres de la Iglesia: san Jerónimo y san Agustín. La obra más importante de san Jerónimo fue la traducción de la Biblia. Conocida como la Vulgata, ha sido la versión modelo en latín desde entonces, y ha influido enormemente en la prosa latina y europea.
La figura de san Agustín fue una de las más trascendentales en el pensamiento europeo medieval y renacentista. Sus obras principales, La ciudad de Dios (413-426) y las Confesiones (400?), emplean el estilo clásico de la retórica ciceroniana de manera conmovedora y personal para expresar un sentimiento de convicción cristiana. Otras obras de esta época, no especialmente cristianas en cuanto a su orientación, tuvieron una gran repercusión en el pensamiento cristiano posterior. De nuptiis Philologiae et Mercurii (400?) es el título que se popularizó de una curiosa obra de Marciano Minneo Félix Capella, que proporcionó a la cultura cristiana europea un medio para organizar el conocimiento secular representado por las siete artes liberales, el trivium y el quadrivium. De consolatione philosophiae, del cónsul Boecio, describe con maestría y sosiego cómo la vida espiritual puede ser una fuente de paz interior en tiempos adversos.
10
LITERATURA LATINA DE LA EDAD MEDIA
Reynard the Fox
Esta ilustración de un texto medieval francés representa a Reynard the Fox, héroe de innúmeros cuentos tradicionales. Reynard es la imagen típica de la astucia: ingenioso y manipulador, acaba saliendo airoso de la mayor parte de sus aventuras.

La literatura latina medieval prosigue la tradición de la literatura cristiana primitiva. San Isidoro de Sevilla reunió un compendio de la cultura de su época en los veinte libros de las Etimologías (623), que sirvieron como obra de referencia durante la edad media tardía. El género histórico fue también importante durante este periodo, con algunas obras interesantes desde el punto de vista literario. En el 731, el inglés Beda el Venerable escribió versos en latín, además de concluir una inestimable historia de la Iglesia en su país. La obra en prosa más admirada de su época fue la biografía de Carlomagno escrita por el erudito franco Einhard.
La corte de Carlomagno reunió a un notable grupo de poetas. Destacan entre ellos el erudito inglés Alcuino de York y el sabio arzobispo de Maguncia Rabanus Maurus, que pudo ser el autor del magnífico himno “Veni Creator Spiritus”. También fue esta una época de ejemplos notables en poesía litúrgica. La forma conocida como secuencia, cantos en latín para ser ejecutados durante la misa, surgió en el siglo IX y está particularmente asociada a Notker Balbulus, de la abadía de Gall.
Diversas clases de poemas largos fueron también característicos de la primera época de la edad media. La historia de Reynard the Fox, una fábula de animales, apareció en versos latinos en el siglo X. También se escribieron poemas épicos más serios. Especialmente notable es el poema heroico Waltharius, atribuido al monje suizo Ekkehard I el Viejo, basado en la vida del rey Walter de Aquitania.
Gran parte de la mejor poesía de la edad media fue anónima, en especial los versos líricos de la literatura goliárdica, escritos por estudiantes y monjes vagabundos, que cantaban los placeres de la bebida y el amor carnal, y ridiculizaban al clero y a la poesía devota tradicional. Estos poemas anónimos se conservan en varios manuscritos. Uno de los más conocidos es Carmina Burana. Mientras tanto continuó escribiéndose poesía religiosa, con ejemplos destacados como la secuencia conmovedora, también usada como himno, “Stabat Mater Dolorosa”, de Jacopone da Todi, y el impresionante “Dies Irae”, del fraile italiano Tomás de Celano.
Se conserva un número considerable de obras de teatro religiosas medievales que son antecesoras directas del drama moderno. Desarrolladas en un contexto de servicios litúrgicos, incluyen las formas conocidas como misterios (véase Autos). La monja germana Hrosvitha adaptó las técnicas dramáticas de Terencio a temas cristianos con resultados curiosos. Sin embargo, al margen de su obra, estos dramas son, en su mayor parte, anónimos.
La prosa de ficción fue también cultivada dentro de la literatura en latín popular, generalmente en forma de cuentos cortos; ejemplos de ellas son las colecciones ampliamente leídas del siglo XIII que se conocen por Gesta romanorum. La Legenda aurea, una colección de vidas de santos (véase Hagiografía) del arzobispo de Génova Jacobo de Voragine, también fue muy popular.
Durante este periodo el latín sirvió como lengua de cultura en Europa y se conserva un vasto conjunto de prosa especializada, como la filosofía escolástica. Algunos filósofos, como el sabio francés Abelardo, escribieron obras de mérito literario. Sus poemas de amor y canciones seculares se han perdido, pero se conservan sus himnos religiosos y la correspondencia intensa y conmovedora con su querida Eloísa. Dos obras importantes del poeta erudito Alain de Lille, Anticlaudianus y De planctu naturae, son intentos alegóricos y filosóficos por determinar el lugar de los seres humanos en el universo natural. Pese a que los escritores empezaron a emplear las lenguas vernáculas cada vez más, los tratados técnicos continuaron escribiéndose en latín. El gran poeta italiano Dante Alighieri empleó la lengua latina en tratados sobre el papel de la monarquía (De monarchia) y sobre los usos de la lengua italiana (De vulgari eloquentia).
11
LA LITERATURA LATINA DEL RENACIMIENTO
Utopía
Este grabado pertenece a la primera edición de Utopía (1516), obra del pensador y político inglés Tomás Moro, que sería canonizado por la Iglesia católica cuatrocientos años después de su fallecimiento, en 1935. El título original de esta prosa satírica de carácter social y político, escrita en latín, es De optimo reipublicae statu de que nova insula Utopia. Moro, cuyo enfrentamiento con el rey inglés Enrique VIII le costaría la vida años después, creó con ella una nueva palabra (utopía, 'lugar que no existe') y un género literario y filosófico. Su invención de una república ideal se enmarca en el humanismo renacentista de la época.

La última gran época de creatividad en latín, el renacimiento, se concretó en la obra del humanista italiano Petrarca en el siglo XIV. El humanismo fue un movimiento que pretendía recrear la experiencia clásica reviviendo el lenguaje, el estilo y los géneros de la literatura latina. La obra en latín más lograda de Petrarca incluye Secretum (1343), donde el poeta monologa y se somete a interrogatorio, así como su extensa correspondencia, en prosa y verso. La tradición de la prosa humanista en Italia fue continuada por escritores como Poggio, famoso por una brillante crónica de la Florencia de la época y por su Facetiae (1438-1452), una colección de divertidos relatos.
Durante el renacimiento, el latín continuó siendo la lengua técnica e intelectual en Europa. Los estudios lingüísticos del humanista italiano Lorenzo Valla abrieron el camino a eruditos futuros y tuvieron una enorme trascendencia en el pensamiento y el estilo literario de la época. En el campo literario destacan los escritos filosóficos de Marsilio Ficino, que trató de conciliar el platonismo con el cristianismo, y los de Giovanni Pico della Mirandola, famoso por su De hominis dignitate oratio (1486).
Al mismo tiempo que se desarrollaba la prosa en latín en la Italia del renacimiento, hubo una notable producción en verso. El mejor poeta fue Giovanni Pontano, en cuya obra se conjugan el vigor erótico y la exaltación de la vida familiar. Un exiliado griego, Michael Marullus, escribió vehementes himnos en latín dirigidos a los dioses paganos, y el humanista florentino Poliziano escribió poesía tanto en latín como en italiano. La obra de Marco Girolamo Vida incluye un importante tratado en verso sobre el arte de la poesía, Ars poetica, y su Christiad (1535) es quizá lo más parecido a una epopeya renacentista en latín. El tratado De arte dicendi (1556), del español El Brocense, es un ejemplo de las gramáticas prácticas comunes en la época.
Otras latitudes de Europa también fueron escenario de una obra excelente en latín que continuó la tradición iniciada en Italia. Entre las más significativas, destaca la del sabio humanista holandés Erasmo, cuya amplia producción incluye el divertido Elogio de la locura (1511). El estadista inglés Tomás Moro, amigo de Erasmo, escribió una obra visionaria en latín, Utopía (1516), que continúa siendo significativa en el pensamiento político occidental. La novela en latín más conocida del Renacimiento es Argenis (1621), del poeta y satírico escocés John Barclay. Entre la poesía escrita en latín más difundida en Europa se encuentra el apasionado Basia, del escritor holandés Johannes Secundus. El galés John Owen fue famoso por sus epigramas en latín. La tradición de la poesía latina en el norte de Europa continuó en el siglo XVII. Dos poetas jesuitas, Casimir Sarbiewski de Polonia y Jacob Balde de Alsacia, escribieron una poesía horaciana admirable de tema cristiano.


El invento de la literatura




Julio Cortázar
Puede que no haya literatura en el futuro, pero si la hay seguirá evolucionando. Esto es lo que se desprende de las palabras del escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984) y de su charla conferencia que dio con el título de 'Cortázar por él mismo', en París en 1957, en la que analizaba su vida y obra.

Literatura, término que designa un acto peculiar de la comunicación humana y que podría definirse, según la palabra latina que le da origen, como arte de escribir, escritura, alfabeto, gramática, conjunto de obras literarias. Pero litteratura deriva a su vez del latín litterae, ‘letras, caracteres, escrito, obra literaria’. El término no apareció en todas las lenguas al mismo tiempo: francés littérature (1120), italiano letteratura (siglo XIII), inglés literature (1375), alemán Literatur, portugués y español literatura (siglo XV). Lo que no se puede olvidar nunca es que es un arte cuyas manifestaciones son las obras literarias, es decir, “creaciones artísticas expresadas con palabras, aun cuando no se hayan escrito, sino propagado boca a boca”, según la definición de Rafael Lapesa. Esta importante aclaración permite considerar como literatura todas las obras anteriores a la invención de la imprenta y, sobre todo, las que no se han transmitido por escrito sino oralmente, es decir, el amplio cuerpo del folclore, los cuentos tradicionales, los chistes y hasta los proverbios que corren en boca del pueblo.
Este término también se aplica al conjunto de obras escritas de un país (literatura griega, argentina, catalana); de una época (literatura medieval, literatura contemporánea); de un estilo o movimiento (literatura romántica, surrealista, creacionista).
Cualquier texto escrito no es literatura; sólo lo serán aquellos que estén realizados con arte. Una obra literaria tiene un valor estético en sí misma, que hace que sea apreciable, valorable o medible en cualquier momento, pero también está sujeta a los valores estéticos de la época, del lector o del crítico que determinan lo que está escrito con arte y lo que no. El paso del tiempo es quien dirime este asunto.
2
CARACTERÍSTICAS DE LA OBRA LITERARIA
La singularidad de la obra literaria, en comparación con otras manifestaciones artísticas como una escultura, cuadro o composición musical, es que su materia prima son las palabras y las letras, es decir, el lenguaje, del que todas las personas se sirven para expresarse, la mayoría de las veces sin pretensiones estéticas. Una instancia no es una obra literaria, ni un informe de una compañía de seguros por muy bien escrito que esté. La razón principal es que quien o quienes los han escrito no han pretendido realizar una creación artística. Sin embargo, hay textos técnicos que sí lo son, como el Informe en el expediente de Ley Agraria, porque su autor, Jovellanos, sí tenía inquietudes literarias.
Así pues, se suele admitir que para que un texto tenga valor literario debe reunir las siguientes características: intención del autor en realizar una creación estética; uso de un lenguaje literario, lo que no significa que tenga que estar cargado de figuras retóricas o de vocablos cultos y poéticos; validez universal, esto es, que no vaya dirigida a una sola persona (receptor individual), sino a un público general y desconocido (receptor universal); destinada a gustar, a proporcionar un placer estético por encima de consuelo, alegría, información o formación.
La literatura, entendida como producto elaborado del lenguaje, influye también en la conciencia que los hablantes tienen de su propia lengua. Recoge los usos de la calle pero cada escritor, a su vez, mediante su manera singular de combinar las palabras, de transgredir incluso la sintaxis normativa, estimula (como otras artes) una nueva percepción del mundo y de los términos que lo designan; renuncia a los lugares comunes y a los tópicos que transmiten, precisamente, una visión adocenada y simplista de las relaciones entre los seres humanos. La literatura, en tal sentido, aun guiándose por sus propias leyes de composición, no puede desprenderse de los cambios sociales, del contexto histórico que le ha dado origen ni de las demás áreas del conocimiento humano.
Tendencias más recientes de la crítica literaria y de la reflexión estética consideran que no debe aislarse el estudio de una obra literaria de otros productos que, como los géneros introducidos por los medios de comunicación de masas (cómic, fotonovela, telenovela, canción popular), aportan datos para el estudio y la comprensión de un fenómeno que depende de los cambios sociales y de la revisión permanente de la juicios de valoración artística. El posmodernismo y, sobre todo, el neobarroco aparecen como nuevas respuestas o hipótesis destinadas a poner en cuestión el amplio campo denominado literatura. 

La trama literaria





Trama (literatura), organización de acontecimientos y acciones en una obra narrativa o dramática, y también el esquema general que un autor traza para obtener un efecto artístico determinado. La trama se diferencia del argumento en que busca establecer conexiones causales entre los distintos elementos de la narración más que la simple sucesión de una secuencia de acontecimientos.
2
CONCEPCIONES DE LA TRAMA
Northrop Frye
La obra del crítico literario canadiense Northrop Frye identifica y analiza los arquetipos o tópicos, encontrados en el mito, la literatura y la imaginación popular. La obra más importante de Frye es Anatomía de la crítica (1957).

En el siglo IV a.C., el filósofo griego Aristóteles articuló algunos aspectos importantes de la trama en su Poética, aunque críticos posteriores han desafiado y adaptado sus teorías. Aristóteles define la trama como “el principio fundamental” de la tragedia y “la imitación de la acción”, y formula la teoría de la “trama unificada”, esto es, una trama con planteamiento, nudo y desenlace, cuyas partes tienen funciones independientes, pero también contribuyen al todo narrativo. En esta trama los elementos están “tan conectados que la transposición o eliminación de cualquiera de ellos deformaría el todo”. En el modelo aristotélico el fin de la trama, su resolución, a menudo es precipitado por una catástrofe, que puede haber sido provocada por un súbito revés de la fortuna (peripeteia) e ir acompañado del conocimiento de una verdad antes ignorada (anagnorisis). Si estos elementos se manejan bien, la trama crea una serie de expectaciones y una sensación de intriga en el lector o espectador que se verá satisfecha cuando aquélla se resuelva.
Aristóteles formuló sus teorías para describir la tragedia; el posterior auge de la comedia y, en particular, la aparición de la novela, exigieron un desarrollo de sus planteamientos. Muchos críticos han discutido la relación entre la trama y el personaje. El novelista Henry James resaltó que no resulta fácil distinguirlos: “¿Qué es el personaje sino la determinación de un episodio? ¿Qué es el episodio sino la ilustración de un personaje?”. El desarrollo de la trama está influido por la naturaleza y las acciones de sus personajes, y éstos están, por lo menos en parte, definidos por lo que sucede en aquélla. En una novela o pieza teatral bien resuelta los dos deben desarrollarse en armonía. En su libro Aspectos de la novela (1927), E. M. Forster apunta que las exigencias de la trama pueden, a veces, debilitar a los personajes, al exigirles una contribución excesiva a su desarrollo, privándolos de vitalidad. Concluye diciendo que la trama requiere invenciones demasiado obvias y artificiales para resolverse que disminuyen el impacto general de la novela.
A partir de la década de 1920, han proliferado las teorías sobre la composición estructural de la novela, la poesía y el teatro. Northrop Frye, cuya Anatomía de la crítica (1957) contribuyó sobremanera a desarrollar la llamada crítica arquetípica, que distinguía cuatro tipos de trama o mithoi en griego, correspondientes a las cuatro estaciones del año y expresadas en los géneros de la comedia (primavera), el romance (verano), la tragedia (otoño) y la sátira (invierno). La crítica bajtiniana, o dialógica, rechaza la afirmación aristotélica de la primacía de la trama y desarrolla la idea de la novela como un foro de voces y valores irreconciliables cuyo significado último permanece indeterminado. Las teorías del estructuralismo, postestructuralismo y de la desconstrucción también han cuestionado la posibilidad de una trama unificada que progrese inexorablemente hacia su resolución.
3
TIPOS DE TRAMA
Existen muchas formas en las que un autor puede construir una trama para conseguir sus intenciones artísticas. En muchas de las tragedias de Shakespeare, por ejemplo, la trama reside en el conflicto entre el personaje principal o protagonista y otro personaje envuelto en una intriga contra él. En Otelo, por ejemplo, el villano o antagonista, Yago, destruye, movido por la envidia, la confianza de Otelo en su esposa Desdémona. En Macbeth existe también un conflicto entre el héroe y su conciencia cuando choca con su ambición, lo que, en parte, está personificado en Lady Macbeth. En las comedias de Shakespeare la trama, que habitualmente se refiere a la posible unión o reunión de parejas de amantes, se nutre de intriga y malentendidos, a menudo con una trama secundaria que se hace eco de la primera y la refleja. Las tramas secundarias se utilizan en varios géneros para reforzar el interés de la totalidad de la obra y para actuar como otro vehículo de sus temas y preocupaciones.
En lo que se refiere a la novela, los tipos de trama han abundado desde su aparición en el siglo XVII. Las primeras novelas inglesas, como las de Henry Fielding y Daniel Defoe, a menudo consistían en series de episodios conectados por un personaje central, como el náufrago Robinson Crusoe o el pícaro Tom Jones. En esa época también fue popular la novela epistolar, una novela narrada a través de un intercambio de cartas, cuyo exponente más célebre fue Samuel Richardson en sus novelas Pamela, o la virtud recompensada (1740) y Clarissa (1747-1748). Las novelas realistas del siglo XIX suelen presentar tramas extremadamente complejas en las que un gran conjunto de personajes interactúan a través de largos periodos de tiempo contados por un narrador omnisciente. En algunos casos recurrían a una complicación legal o financiera, por ejemplo el codicilo a un testamento en La pequeña Dorrit (1855-1857), de Charles Dickens, o las condiciones restrictivas del testamento del señor Casaubon en Middlemarch (1871-1872) de George Eliot.
La trama ha despertado particular interés en los novelistas del siglo XX, que han buscado ampliar sus límites mediante la experimentación radical con la forma narrativa. La aparición del modernismo a principios de siglo abrió la puerta a una corriente de escritura basada en el flujo de la conciencia, en la que la trama tradicional está relegada a las emociones y sentimientos de los personajes, que se comunican al lector con la mayor inmediatez posible. En Al faro (1927), de Virginia Woolf, el objeto aparente de la trama, una excursión a un faro cercano, se frustra continuamente y la acción avanza, en realidad, con el acceso a los pensamientos de cada personaje. Muchas novelas contemporáneas intentan eliminar o subvertir los métodos tradicionales de la trama para sorprender las expectativas del lector y comentar el propio proceso de escritura. Esta escuela literaria se ha llamado antinovela o nueva novela. Vladimir Nabokov, Italo Calvino o Umberto Eco han escrito novelas que ponen en duda la posibilidad de determinar un significado en los textos de ficción.


Entradas populares

Me gusta

Seguidores