Guerra de los Siete Años





El invento de las Guerras: Guerra de los Siete Años

Guerra de los Siete Años, serie de conflictos internacionales que se produjeron entre 1756 y 1763, con el objetivo de conseguir el control sobre Silesia, y la supremacía colonial en América del Norte y en la India. Participaron las principales potencias europeas, en concreto Prusia, Gran Bretaña y Hannover por un lado, y Austria, Sajonia, Francia, Rusia, Suecia y España, por otro. En el espacio norteamericano se denominó Guerra Francesa e India, y participaron Gran Bretaña y sus colonias americanas contra Francia y sus aliados algonquinos. La fase asiática dio lugar al dominio británico en la India.
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FASE EUROPEA
La guerra de los Siete Años
La guerra de los Siete Años, que comenzó en 1756, fue un conflicto librado entre Gran Bretaña y Francia por el dominio de los mares, las colonias norteamericanas no españolas y la India. En 1763 Gran Bretaña había adquirido la hegemonía sobre estos territorios.

La decisión austriaca de recuperar la rica provincia de Silesia, que había pasado a manos de Prusia en 1748, fue el motivo principal de la guerra de los Siete Años. María Teresa I de Austria consiguió el apoyo de Rusia, Suecia, Sajonia, España y Francia, con el único fin de declarar la guerra a Prusia y a su aliado, Gran Bretaña. Sin embargo, fue Federico II de Prusia quien inició las hostilidades, atacando y tomando Sajonia en 1756.
Durante la primera mitad de la guerra, ésta se decantó a favor de los prusianos, que derrotaron a los franceses en Rossbach, a los austriacos en Leuthen, en 1757, y a los rusos en Zorndorf (en 1758). Sin embargo, cuando Suecia entró en la contienda y casi toda Europa se opuso a Federico, el conflicto pareció dar un giro. Hacia 1759, Prusia Oriental se hallaba en manos de los rusos y Berlín había sido tomado, lo que hizo que la situación prusiana fuera desesperada. Sin embargo, dos factores importantes hicieron que se produjera el predominio prusiano al final de la guerra: uno fue el apoyo efectivo de Gran Bretaña y de Hannover que, si bien ninguno de ellos había combatido hasta entonces de forma eficaz, de repente vencieron a los franceses; el segundo factor, y más importante, fue la retirada de la guerra (1762) de Rusia y Suecia, debido a que, a la muerte de Isabel Petrovna, emperatriz de Rusia, en 1762, su sucesor, Pedro III, que era un gran admirador de Federico, rápidamente firmó un tratado de paz.
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FASE AMERICANA
La guerra Francesa e India
La Guerra Francesa e India (1754-1763) fue el último de una serie de enfrentamientos (1689-1763) librados entre Gran Bretaña y Francia para lograr la hegemonía en América del Norte. La contienda concluyó con la completa victoria de los británicos, y los territorios franceses de América del Norte fueron repartidos entre los vencedores y España.

En América del Norte, la guerra comenzó en 1754. La rivalidad colonial entre Francia y Gran Bretaña, debida al control de las lucrativas factorías de pieles y a las tierras situadas al oeste de los montes Apalaches, así como a los derechos de pesca en la costa de Terranova, fue creciendo poco a poco. Los franceses, mediante una estrategia de cerco, esperaban contener la colonización inglesa hacia el oeste, sobre todo en el valle de Ohio, donde los plantadores de Virginia habían establecido varias factorías peleteras en 1749, y así poder unir, gracias a la construcción de una cadena de fuertes, sus territorios canadienses con sus posesiones del sur de Nueva Orleans.
Durante los dos primeros años de guerra, vencieron las fuerzas francesas, logrando una importante y sorpresiva victoria en la defensa de Fort Duquesne. Sin embargo, en 1757, el político británico William Pitt el Viejo, que estaba a favor de los prusianos, se hizo cargo de la política exterior británica y puso al general británico James Wolfe al mando de las tropas en el Nuevo Mundo. La intrépida estrategia de Pitt logró derrotar a los franceses: hacia 1760, los británicos habían conquistado todo el Canadá francés.
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FASE INDIA
La guerra de los Siete Años: fase india
Gran Bretaña derrotó a las tropas francesas destacadas en la India en la batalla de Plassey, lo que impidió a Francia establecer su control sobre los territorios indios. Esta victoria permitió a la Compañía de las Indias Orientales británica gobernar en esta región.

Gran Bretaña también alcanzó sus objetivos en la India, acabando por completo con los planes franceses para hacerse con el control del país. Responsable en gran parte del éxito fue el militar británico Robert Clive. El suceso más importante de la guerra, inscrita en el contexto de las denominadas guerras de Carnatic, fue la batalla de Plassey.
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TRATADO DE PAZ
La guerra de los Siete Años acabó de forma oficial en 1763. El 10 de febrero de ese mismo año, se firmó el Tratado de París para solucionar las diferencias entre Francia, España y Gran Bretaña. Uno de los términos del acuerdo fue la adquisición, por parte de Gran Bretaña, de casi todo el Imperio Francés en América del Norte. Los británicos obtuvieron de España Florida, San Agustín y la bahía de Pensacola y los franceses se quedaron con sus posesiones en la India, pero bajo severas restricciones militares que imposibilitarían la creación de un Imperio francés allí. No se produjeron cambios territoriales en el continente europeo.
El 15 de febrero se firmó el Tratado de Hubertusburg (Sajonia). Este acuerdo confirmó la titularidad prusiana de Silesia y convirtió a Prusia en una destacada potencia europea.

Guerra de los Países Bajos




El invento de las Guerras:  Guerra de los Países Bajos

La guerra de los Países Bajos (1568-1648)
Este mapa muestra la distinta evolución de los territorios implicados en la llamada guerra de los Países Bajos, que enfrentó a éstos contra la Monarquía Hispánica entre 1568 y 1648.

Guerra de los Países Bajos, conflicto bélico que enfrentó a los reyes españoles de la Casa de Habsburgo con sus posesiones en Flandes desde 1566 hasta 1648. El territorio conocido históricamente bajo la denominación de Países Bajos (pero también, y de forma imprecisa, llamado Flandes) ocupaba un espacio geográfico que reunía la superficie de lo que en la actualidad son Bélgica, Luxemburgo y los propios Países Bajos, así como la región septentrional francesa de Artois.
Fueron una posesión de los duques de Borgoña desde finales de la edad media, y el rey español Carlos I (más tarde emperador Carlos V) los recibió en 1515 por herencia de su abuela paterna, María de Borgoña. Durante el reinado del hijo y sucesor de Carlos I, Felipe II, que dio comienzo en 1556, los Países Bajos se habían convertido en una pieza clave de la Monarquía Hispánica. En el momento en que el eje económico europeo basculaba hacia el océano Atlántico, la ciudad de Amberes era un emporio comercial y financiero fundamental para los intereses castellanos: el trigo báltico llegaba a España a través de esta plaza, que a la vez era el centro de distribución de las lanas de Castilla. Además, era el fundamento de uno de los ejes del comercio con las Indias.
La situación política de la zona era complicada, y ello dio lugar a una serie de revueltas en las que, en cada caso, primaron intereses sociales, económicos e ideológicos. Estas revueltas se producían, en ocasiones, de manera simultánea, otras veces se fundían en un movimiento único, pero siempre tenían el denominador común de la defensa de los privilegios locales, frente a lo que los flamencos consideraban la intromisión del poder autoritario y centralista de Felipe II.
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CAUSAS DE LA GUERRA
Guillermo de Orange-Nassau
Guillermo de Orange-Nassau está considerado uno de los grandes patriotas de la nación neerlandesa, al ser el principal líder de la lucha contra la Monarquía Hispánica de Felipe II. Su actividad resultó fundamental para que, por medio de la Unión de Utrecht (1579), nacieran la Provincias Unidas, núcleo del actual Estado de los Países Bajos.

La causa esencial de la guerra de Flandes (nombre por el que es conocido asimismo el conflicto) fue, sin duda, el enfrentamiento de intereses de una y otra parte, pero hubo ciertos factores que actuaron como desencadenantes. En la década de 1560, Felipe II impuso una serie de novedades sobre los territorios. Las principales de ellas fueron el control de las decisiones políticas a cargo del cardenal Antonio de Perrenot, señor de Granvela, y el acantonamiento en distintos lugares de tropas españolas. Destacaron asimismo las medidas religiosas adoptadas por el monarca español, como la introducción de los jesuitas o la creación de catorce nuevos obispados, que provocaron un amplio descontento. Por otra parte, muchos privilegiados comenzaron a utilizar el calvinismo en favor de sus intereses, más políticos y económicos que religiosos, e hicieron del apoyo a esta creencia la bandera de su idiosincrasia frente a la católica España. De entre los principales dirigentes que comenzaron a organizar un movimiento contra el gobierno español destacó desde un principio Guillermo de Orange-Nassau.
Conflictos durante el reinado de Felipe II
El reinado de Felipe II (1556-1598) estuvo marcado por una serie de claves de carácter global, pero con unos referentes concretos ineludibles. Por un lado, el enfrentamiento con el Imperio otomano en el mar Mediterráneo, al cual pueden ser adscritos, de forma general, los ataques piráticos lanzados sobre las costas hispánicas desde el norte de África, así como el episodio local de la sublevación de los moriscos de Las Alpujarras (1568-1571). El punto álgido de este frente se alcanzó en 1571 con la batalla de Lepanto. Por otra parte, el enfrentamiento con Inglaterra, con el dominio del océano Atlántico como trasfondo subyacente, cuyo hito crucial se produjo en 1588 con la fracasada acción de la Armada Invencible. Con anterioridad, en 1566, había surgido otro foco que terminaría por convertirse en escenario de conflicto permanente para el Rey Prudente: los Países Bajos, rebelados contra la Corona por cuestiones políticas (búsqueda de la independencia), económicas (la zona era un eje básico del comercio de la época) y religiosas (abrazo del calvinismo frente al catolicismo que representaba la Monarquía Hispánica). Los principales enemigos de Felipe II fueron pues, musulmanes y protestantes (anglicanos ingleses y calvinistas flamencos), un reflejo, no casual, del papel de máximo defensor del catolicismo en que el soberano se erigió. En el plano teológico, este aspecto tuvo su máxima expresión en el Concilio de Trento.

Estas circunstancias se conjuraron con la crisis de subsistencias de 1566 y la consiguiente sensibilización de la colectividad.
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DESARROLLO DEL CONFLICTO EN EL SIGLO XVI

La furia española
El 4 de noviembre de 1576 comenzó el saqueo de la ciudad de Amberes (en la actualidad, en Bélgica) a manos de las tropas españolas, descontentas por el impago de sus haberes. Tres días después, la violencia finalizó, dejando como vestigios los estragos producidos por la que pasó a denominarse 'furia española'. Este lienzo, pintado en el siglo XIX por H. Leys, conservado en los Museos Reales de Bruselas (Bélgica) y titulado La furia española, trata de reproducir uno de los instantes del saqueo.

En el verano de 1566 se produjo una oleada de desórdenes en las ciudades flamencas que se polarizó en el saqueo de iglesias y conventos. Felipe II, que según cartas de la época se hallaba 'gravemente ofendido' por la incapacidad de la alta nobleza para frenar estas acciones, tomó la decisión de enviar un año más tarde a los Países Bajos a Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, al mando de un gran ejército.
A partir de la llegada de éste, la tensión se transformó en un verdadero enfrentamiento bélico. El duque de Alba estableció el que pasaría a ser más conocido como Tribunal de los Tumultos, con una deliberada confusión de jurisdicciones, política y religiosa, y recurrió a una serie de impuestos destinados a paliar los gastos de la guerra, que enconaron a la burguesía. En este momento comenzaron a operar quienes la historiografía española dio el nombre de “mendigos del mar”, que llegaron a controlar el estuario del Escalda y a comprometer el tráfico comercial de Amberes. Además, Francia e Inglaterra vieron la ocasión de presionar a España apoyando a los rebeldes.
El duque de Alba no pudo poner fin a la revuelta y en 1573 fue relevado por Luis de Requesens y Zúñiga, quien llegó a los Países Bajos con el cargo de gobernador e instrucciones precisas de negociación. Debía salvaguardar, a toda costa, la soberanía española y la ortodoxia católica. Requesens era un hombre de opiniones moderadas, pero fue incapaz de romper la dinámica política de su predecesor; la guerra pues continuó, con desigual fortuna para las tropas españolas. Felipe II enviaba a los Países Bajos ingentes sumas de dinero (en 1574, concretamente, más del doble que en los dos años anteriores), pero los gastos del Ejército, que en esas fechas contaba con 86.000 hombres, superaban con creces las posibilidades económicas. En septiembre de 1575, el Rey declaró suspensión de pagos de los intereses de la deuda pública de Castilla y la financiación del Ejército de Flandes quedó cortada. Fue el revés definitivo para un hombre que había encajado a la fuerza un cargo, cuyos objetivos no había logrado encauzar. Requesens murió en marzo de 1576. El vacío de poder propició el 4 de noviembre de ese año el inicio del más célebre de los saqueos de Amberes, que sirvió de aglutinante para una rebelión general de católicos y calvinistas frente al Ejército español.
Felipe II encomendó el control de la situación a su hermano, Juan de Austria. Mediatizado por la escasez de recursos, el nuevo gobernador no pudo hacer otra cosa que aceptar la mayor parte de las condiciones de los rebeldes, lo cual no aclaró la complicada situación política. Juan de Austria murió en octubre de 1578 y fue sustituido por Alejandro Farnesio, uno de los mejores diplomáticos de la época y un formidable militar.

Alejandro Farnesio, duque de Parma
Hijo de Octavio Farnesio y de Margarita de Parma, heredó en 1586 los ducados italianos de Parma y Plasencia. Tras participar en 1571 en la batalla de Lepanto, su tío paterno, el rey español Felipe II, le nombró gobernador de los Países Bajos siete años después. Continuó desde ese cargo la llamada guerra de los Países Bajos, en la cual conquistó varias ciudades y recuperó para la Monarquía Hispánica, entre otras, las de Bruselas y Amberes. Más tarde colaboró con la Liga Santa, enfrentada a Enrique de Navarra (el futuro rey francés Enrique IV), en las llamadas guerras de Religión. El artista español Alonso Sánchez Coello le representó en este retrato juvenil que se conserva en la Galería Nacional de la ciudad italiana de Parma.

Los nobles católicos del sur mantenían la esperanza de un acuerdo honorable con el rey de España, en contra de la intransigencia de los burgueses calvinistas del norte, aglutinados en torno a la persona de Guillermo de Orange-Nassau. Alejandro Farnesio se valió de esta diversidad de intereses, logró controlar a los tercios y recibió enormes cantidades de plata procedente de las Indias.
En enero de 1579, diputados de las provincias de Holanda, Zelanda, Utrecht, Frisia, Güeldres y del territorio que circundaba la ciudad de Groninga (Ommelanden) firmaron la Unión de Utrecht, por medio del cual nacieron las Provincias Unidas. El acuerdo no mencionaba la autoridad del rey de España y comprometía a estos territorios a la lucha hasta la victoria total. Pocos días antes, los estados de Hainaut y Artois habían concluido la Unión de Arras, a la que pronto se uniría el Flandes valón.
En el Tratado de Arras, acordado en mayo de 1579, los valones reconocieron la plena autoridad de Felipe II, con lo que el sur de los Países Bajos quedó definitivamente integrado en los dominios españoles. Las provincias del norte continuaron la guerra, y el mar fue en adelante el campo de batalla fundamental. Los intereses de Inglaterra vinieron a incidir en una lucha perdida de antemano para los españoles. En efecto, tanto Inglaterra como Francia firmaron en 1596 con ellas la llamada Coalición de Greenwich, con el único objetivo de enfrentarse a la posición española en el orden internacional imperante. Después de haber acordado con Francia en mayo de 1598 la Paz de Vervins, Felipe II entregó los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia y al marido de ésta, el archiduque Alberto de Habsburgo, para que los gobernaran como soberanos conjuntos, con un estatuto de semiindependencia. Las provincias meridionales aceptaron, pero las septentrionales siguieron luchando.
El rey Felipe III, en el trono español desde 1598, reconoció oficialmente la independencia de los territorios septentrionales de los Países Bajos (Provincias Unidas) cuando el 9 de abril tuvo lugar en Amberes la firma de la denominada Tregua de los Doce Años.
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EL FIN DE LA TREGUA: LA GUERRA EN EL SIGLO XVII
Conflictos durante el reinado de Felipe IV
Durante el reinado de Felipe IV (1621-1665), la Monarquía Hispánica vivió un notable proceso de decadencia. En buena medida como consecuencia de la política de su valido, el conde-duque de Olivares, fueron múltiples las secesiones y sublevaciones de los distintos territorios que se encontraban bajo su cetro. Entre ellas, la guerra de Separación de Portugal, la rebelión de Cataluña (ambos conflictos iniciados en 1640), la conspiración de Andalucía (1641) y los distintos incidentes acaecidos en Navarra, Nápoles y Sicilia a finales de la década de 1640. A estos hechos se sumaban los distintos frentes extrapeninsulares: la guerra de los Países Bajos (reanudada en 1621 tras expirar la Tregua de los Doce Años) y la guerra de los Treinta Años. A su vez, el enfrentamiento con Francia en esta última (desde 1635) quedó conectado con el problema catalán.

Una de las razones de la intervención española en la guerra de los Treinta Años, que dio comienzo en 1618, ha de buscarse en los Países Bajos. Cuando la Tregua de los Doce Años estaba a punto de finalizar, Gaspar de Guzmán y Pimentel, el futuro conde-duque de Olivares, era partidario de reanudar la lucha, en tanto que en las Provincias Unidas el príncipe Mauricio de Nassau-Orange, hijo de Guillermo de Orange-Nassau (que había sido asesinado en 1584), encabezaba a un grupo de calvinistas y comerciantes especialmente interesados en volver a las armas.
En 1621, coincidiendo con el comienzo del reinado de Felipe IV, se reinició la guerra. Durante los primeros años las operaciones militares carecieron de espectacularidad, pero los recursos de las Indias llegados en 1624 permitieron a la Monarquía Hispánica llevar a cabo una gran inversión militar que condujo a Ambrosio de Spínola a la toma de Breda en junio del año siguiente. De forma paralela, la Armada española logró mejorar su posición en América.
La rendición de Breda
Conocido también como Las lanzas, este lienzo es una de las más afamadas y bellas muestras de la historia de la pintura. Lo pintó, hacia 1634, el sevillano Diego de Silva Velázquez para adornar el principal salón del palacio regio del Buen Retiro. En la actualidad, se conserva en el madrileño Museo del Prado. El cuadro representa la entrega de las llaves de la ciudad de Breda (Países Bajos) que efectuó Justino de Nassau a Ambrosio de Spínola, el 5 de junio de 1625. El hecho se enmarca en la denominada guerra de los Países Bajos que la Monarquía Hispánica mantuvo contra el intento, finalmente logrado, de independencia de esos territorios.

A partir de 1626, los intereses de España tomaron un rumbo diferente, acentuado a raíz de la captura en las cercanías de Cuba de la plata transportada por la flota de las Indias efectuada por la escuadra holandesa de Piet Heyn (1628). Sin embargo, y en contra de la opinión de Spínola, el conde-duque de Olivares decidió mantener una política agresiva frente a las Provincias Unidas, a pesar de que hasta después de la batalla de Nördlingen (1634) no consiguió el apoyo de los ejércitos imperiales.
La ayuda del Sacro Imperio Romano Germánico a las fuerzas españolas no fue más que simbólica y temporal; las dificultades económicas, financieras y políticas fueron en aumento desde 1638 y la sustitución de Olivares por Luis Menéndez de Haro y Guzmán, marqués de Carpio, en 1643, no varió sustancialmente el curso de la contienda. De hecho, en 1639, la derrota hispana en la batalla de las Dunas frente a una flota independentista ya había significado el ocaso del poderío naval español.
A comienzos de 1648 concluyó por medio la Paz de Westfalia la guerra de los Treinta Años. En el contexto de esos acuerdos, España buscó un tratado bilateral con las Provincias Unidas que se firmó en Münster el 30 de enero de ese año. Después de más de ochenta años de lucha, las Provincias Unidas vieron reconocida de forma definitiva su independencia, aunque los Países Bajos del sur continuaron siendo españoles hasta que en 1714 pasaron a incrementar las posesiones del Sacro Imperio Romano Germánico.

Guerra de la Liga de Augsburgo





El invento de la guerra: Guerra de la Liga de Augsburgo

Guerra de la Liga de Augsburgo o Guerra de la Liga de Habsburgo, también conocida como guerra de la Gran Alianza o de los Nueve Años, conflicto bélico que enfrentó a distintos países europeos contra Francia desde 1688 hasta 1697. En ella, las ambiciones expansionistas del rey francés Luis XIV fueron frenadas por una alianza formada principalmente por Gran Bretaña, las Provincias Unidas de los Países Bajos, y los Habsburgo austriacos que gobernaban el Sacro Imperio Romano Germánico. El objetivo principal de la Liga de Augsburgo fue mantener el equilibrio de poder entre las casas reales rivales de Habsburgo y Borbón, exacerbado por la incertidumbre sobre el sucesor del rey español Carlos II. La guerra también supuso la lucha entre Luis XIV y Guillermo III, estatúder de las Provincias Unidas y rey británico.
La guerra tuvo lugar en el continente europeo, Irlanda y el Mediterráneo, pero también afectó a las colonias de los contendientes: los partidarios de Francia y Gran Bretaña lucharon entre sí en el continente americano (lo que se conoció como la guerra del rey Guillermo) y en la India.
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LA LIGA DE AUGSBURGO
La Liga de Augsburgo se formó en 1686 entre el emperador del Sacro Imperio Leopoldo I, los electores de Baviera, Sajonia y el Palatinado, y los reyes de Suecia y España, como oposición a los intentos de Luis XIV de incrementar su influencia entre los príncipes alemanes. En 1688, Francia invadió Renania y la Liga se levantó en armas contra ella. Luis había contado con la ayuda de Jacobo II de Inglaterra, pero a principios de 1689 éste fue definitivamente destronado por el protestante y oponente de Luis XIV, Guillermo de Orange, debido a su intento de restablecer el catolicismo. A continuación, el Rey francés apoyó un intento en Irlanda de restaurar a Jacobo II en el trono, pero fracasó cuando el ya monarca británico Guillermo III de Orange triunfó en la batalla de Boyne, en 1690.
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LA GRAN ALIANZA
En 1689, el Emperador y las Provincias Unidas firmaron el Tratado de Viena con el propósito de recuperar las anexiones de Luis XIV. Los acuerdos posteriores (a los que se llegó durante los siguientes dieciocho meses) con Gran Bretaña, Brandeburgo, Sajonia, Baviera y España, formaron la esencia de la Gran Alianza contra Francia.
Francia se retiró de Renania, aunque tuvo éxito en sus campañas en el norte de Italia y Cataluña. La guerra en los Países Bajos se estancó al sucederse largos asedios. Guillermo III dirigió las fuerzas aliadas en la mayoría de las campañas de Flandes, pero su único éxito fue la reconquista de la ciudad de Namur (en la actual Bélgica). Las batallas importantes, como las de Fleurus (1690), Steenkerke (1692) y Neerwinden (1693) fueron escasas y no lo suficientemente decisivas como para llegar a un acuerdo de paz.
La flota francesa tuvo algunos éxitos en el canal de la Mancha, como el obtenido en la batalla de Beachy Head (1690), posiblemente la más importante victoria naval de los franceses sobre los británicos, de la cual aquéllos no supieron sacar provecho. En 1692, los británicos detuvieron a una fuerza invasora en Barfleur y los franceses fueron derrotados en la batalla naval de La Hogue; a pesar de ello, los corsarios franceses siguieron perjudicando el comercio aliado. En el Mediterráneo, la flota británica intentó detener a la flota francesa pero fracasó.
Aunque Francia tenía recursos para mantener fuerzas poderosas tanto en mar como en tierra, su tesorería no estaba preparada para un esfuerzo tan prolongado y extenso, y al final no pudo competir con los recursos combinados de Gran Bretaña y las Provincias Unidas.
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LA PAZ DE RYSWICK
En 1695, Luis XIV había comenzado a negociar, en secreto, con los miembros más débiles de la Gran Alianza. Al crecer las objeciones internas a los gastos bélicos y aumentar los fracasos militares, los cambios en el equilibrio del poder en Europa se hicieron inminentes y los líderes de la Gran Alianza vieron que era necesario llegar a un acuerdo de paz. Las negociaciones comenzaron en mayo de 1697 y terminaron en septiembre con la Paz de Ryswick, por la que Francia, aunque conservó Estrasburgo, devolvió la mayor parte del territorio capturado durante el conflicto (incluidas las zonas conquistadas a España en el sur de los Pirineos) y tuvo que reconocer a Guillermo III de Orange como rey británico.

Guerra de los Cien Años




El invento de la guerra:  Guerra de los Cien Años

Eduardo el Príncipe Negro
Eduardo, príncipe de Gales, era hijo del rey Eduardo III de Inglaterra. Conocido por el sobrenombre de El Príncipe Negro, debido al color de su armadura, fue un notable líder militar, protagonista de las victorias inglesas sobre los franceses en Poitiers y Limoges, durante la guerra de los Cien Años.

Guerra de los Cien Años, nombre por el que es conocido el conjunto de conflictos bélicos que, interrumpido por treguas y tratados de paz, dio comienzo en 1337 y finalizó en 1453, y en el cual se enfrentaron las dos grandes potencias europeas de la época: Inglaterra y Francia.
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CAUSAS DE LA GUERRA
Felipe VI de Francia
Felipe VI, primer soberano de la dinastía Valois, reinó en Francia desde 1328 hasta 1350. Su derecho al trono fue cuestionado por Eduardo III de Inglaterra, el cual lo reclamaba para sí. Esta controversia significó el inicio de la guerra de los Cien Años.

El pretexto inmediato para la ruptura de hostilidades fue la pretensión del rey inglés Eduardo III de ocupar el trono francés. Dicho monarca, perteneciente a la dinastía Plantagenet, alegó ser el heredero legal al trono de Francia, dado que su madre, Isabel de Francia, era hermana del último soberano francés de la dinastía de los Capetos, Carlos IV, que había muerto en 1328 sin dejar un descendiente varón. La respuesta francesa mantuvo que la corona no podía heredarse por línea femenina, por lo que el trono fue ocupado por Felipe VI, primo del rey fallecido y primer monarca de la dinastía Valois.
En realidad, el motivo de la disputa residía en el hecho de que los reyes de Inglaterra, desde Guillermo I el Conquistador (1066-1087), controlaban grandes zonas de Francia en calidad de feudos, lo que suponía una amenaza a la monarquía francesa. A lo largo de los siglos XII y XIII, los soberanos franceses intentaron, con creciente éxito, restablecer su autoridad sobre esos territorios. Eduardo III temió que la monarquía francesa, que ejercía gran autoridad sobre los señores feudales de Francia, le privara del ducado de Guyena (Aquitania), territorio que los reyes ingleses mantenían en calidad de feudo desde mediados del siglo XII.
Aunque se habían producido crisis previas, en general se considera la fecha del 24 de mayo de 1337 como la del inicio de la guerra de los Cien Años: ese día Felipe VI arrebató Guyena a los ingleses. La animosidad de Eduardo III hacia el monarca francés se intensificó cuando Francia ayudó ese mismo año a Escocia en las guerras que la monarquía inglesa había iniciado contra los reyes escoceses para ocupar el trono de ese país. La rivalidad entre Inglaterra y Francia por dominar el comercio con Flandes es considerada asimismo una causa determinante del origen del conflicto.
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FASES INICIALES DE LA GUERRA
Batalla de Crécy
La batalla de Crécy, librada en el norte de Francia el 26 de agosto de 1346, supuso el primer gran combate entre Inglaterra y Francia en la guerra de los Cien Años. La victoria fue para los ingleses, en buena parte gracias a la superioridad de su armamento. Esta imagen que recrea el enfrentamiento ilustra la Crónica de Jean Froissart.

En 1338, Eduardo III se proclamó rey de Francia e invadió desde el norte el país. Ninguno de los dos bandos obtuvo una victoria decisiva en tierra, si bien la flota inglesa derrotó en 1340 a la francesa frente a la ciudad de Sluis (en la actual provincia de Zelanda, en los Países Bajos), tras lo cual Inglaterra controló durante años el canal de la Mancha. Los dos reinos firmaron una tregua en 1343, pero Eduardo III invadió de nuevo Francia tres años después. El 26 de agosto de 1346 condujo a su ejército a una gran victoria sobre los franceses en la batalla de Crécy, y en 1347 conquistó la ciudad de Calais después de un duro asedio. Una serie de treguas fueron acordadas desde entonces, mas en 1355, Eduardo el Príncipe Negro, hijo del rey Eduardo III, tomó Burdeos. Los ingleses, usando como base esa ciudad, realizaron incursiones sobre gran parte del sur de Francia, arrasando ese territorio. En septiembre de 1356 el ejército inglés al mando del Príncipe Negro obtuvo una nueva gran victoria en Poitiers (centro oeste de Francia). En esa batalla fue capturado el rey francés Juan II, sucesor de Felipe VI desde 1350.
Batalla de Poitiers
Durante las primeras fases de la guerra de los Cien Años, en septiembre de 1356, Eduardo el Príncipe Negro, hijo del rey inglés Eduardo III, obtuvo una destacada victoria en Poitiers (Francia) contra las tropas francesas del rey Juan II el Bueno, el cual resultó capturado.

La Paz de Brétigny puso en 1360 fin a esa fase del primer periodo de la guerra. Los términos del tratado fueron, en general, favorables a Inglaterra, que se quedó en posesión de amplias zonas del territorio francés. En 1369, el monarca francés Carlos V, que había ejercido la regencia durante la cautividad de su padre, Juan II, y sucedido a éste cinco años antes, reinició la guerra. Una fuerza naval de la Corona de Castilla, aliada ésta con Francia, destruyó en 1372 una flota inglesa en el golfo de Vizcaya. Las tropas francesas, que, bajo las órdenes del condestable Bertrand du Guesclin, evitaron enfrentarse a campo abierto con los ingleses, se dedicaron a hostigarles y a cortar sus suministros.
Juan II el Bueno
Juan II, soberano de Francia desde 1350, fue capturado por los ingleses en la batalla de Poitiers, librada en 1356 en el contexto de la guerra de los Cien Años. Prisionero en Inglaterra, no regresó a su reino hasta 1360, pero, al no poder reunir la cantidad acordada en la Paz de Brétigny para su rescate, volvió a su cautiverio en Inglaterra, donde falleció en 1364.

Inglaterra pasó a combatir bajo una serie de circunstancias adversas: perdió a su mejor jefe militar al morir el Príncipe Negro en 1376; además, en 1377 falleció a su vez Eduardo III y fue sucedido por su nieto, Ricardo II, que tan sólo contaba con diez años de edad. El poderío bélico de Inglaterra quedó tan debilitado por la falta de un fuerte liderazgo que la táctica de guerrillas empleada por Du Guesclin devolvió a Francia gran parte del territorio entregado a Inglaterra por la Paz de Brétigny. Los enfrentamientos de este primer periodo acabaron en 1386, pero no se firmó una tregua hasta diez años más tarde.
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ÚLTIMAS BATALLAS
La batalla de Agincourt
Esta ilustración, extraída de las Vigilias de Carlos VII (1484), muestra la intensa lucha cuerpo a cuerpo mantenida en la batalla de Agincourt.

Esta nueva tregua debía durar 30 años, pero en 1414, el rey inglés Enrique V, segundo monarca de la Casa de Lancaster, aprovechándose de la virulencia de la guerra civil que sufría Francia en ese momento, reiteró la pretensión de la monarquía inglesa al trono francés. El soberano inglés inauguró una nueva etapa en la guerra al invadir el territorio francés en 1415. Francia, debilitada por el conflicto entre los duques de Borgoña y de Orleans, que se disputaban el control de la regencia que gobernaba el país en nombre del enfermo rey Carlos VI, fue derrotada en Harfleur (cerca de la actual ciudad portuaria de El Havre) y el 25 de octubre de ese año en la decisiva batalla de Agincourt. Enrique V, aliado con los duques de Borgoña, conquistó todo el territorio francés al norte del río Loira, incluida la ciudad de París.
El 20 de mayo de 1420 se firmó el Tratado de Troyes, por medio del cual el rey francés Carlos VI se vio obligado a casar a su hija, Catalina de Valois, con Enrique V, de forma que el monarca inglés pasaba a ser su heredero además de regente de Francia. Asimismo, el soberano francés hubo de declarar ilegítimo a su hijo Carlos, el hasta entonces delfín (futuro Carlos VII), y a repudiarle como heredero. Éste rehusó someterse al acuerdo y continuó la guerra contra Inglaterra, cuyo ejército arrojó a sus tropas más allá del Loira e invadió el sur de Francia.
En 1422 murieron el rey inglés Enrique V y el monarca francés Carlos VI. Tras el fallecimiento de este último, su hijo fue proclamado rey de Francia con el nombre de Carlos VII, pero los ingleses reclamaron el trono francés para Enrique VI, el sucesor de Enrique V, que entonces ni siquiera contaba con un año de edad, por lo que su tío, Juan de Lancaster, duque de Bedford, actuaba como su regente en suelo francés. Carlos VII fue reconocido como rey de Francia en los territorios al sur del Loira mientras que Enrique VI controlaba el área situada al norte de este río.
Juana de Arco
Cuando Juana de Arco tenía 13 años, convenció a un consejo de teólogos de que debía cumplir una misión divina: salvar a Francia en la guerra de los Cien Años. Obtuvo varias victorias militares sobre los ingleses en 1429. Mientras lideraba una campaña no autorizada un año después, fue juzgada y declarada culpable de herejía y quemada en una hoguera en 1431, pero la Iglesia revocó su condena 25 años después y posteriormente la canonizó.

Durante la invasión de la mitad meridional de Francia, que dio comienzo en 1428, el ejército inglés puso sitio a la ciudad de Orleans, última plaza fuerte que poseían los franceses. El punto de inflexión de toda la guerra de los Cien Años se produjo en 1429, cuando las tropas francesas, al mando de Juana de Arco, levantaron el asedio de Orleans, derrotaron a los ingleses en la batalla de Patay y les expulsaron hacia el norte. En julio de ese año, Carlos VII fue coronado rey de Francia en la catedral de Reims. Éste reforzó su posición en el trono francés al firmar en 1435 el Tratado de Arras, que no era sino una paz acordada por separado con el duque de Borgoña, Felipe III, aliado de Inglaterra hasta entonces. Al año siguiente, Carlos VII conquistó París a los ingleses.
Desde 1436 hasta 1449 no hubo acción militar alguna. En ese último año, los franceses atacaron a los ingleses en Normandía y en Guyena y recuperaron el primer territorio en 1450 y el segundo al año siguiente. Aunque nunca se firmó un tratado que pusiera fin de forma oficial a la guerra, la contienda cesó por fin en 1453, cuando Inglaterra sólo poseía Calais y algunas pequeñas zonas adyacentes, territorios que conservaría hasta que en 1558 la reina María I Tudor se vio obligada a combatir junto a su esposo, el rey español Felipe II, contra el monarca francés Enrique II. La victoria francesa permitió a éste recuperar la última posesión inglesa en Francia.
La guerra de los Cien Años supuso miles de pérdidas humanas en ambos bandos además de una enorme devastación de los territorios y propiedades en Francia. Tuvo importantes consecuencias políticas y sociales para este país: ayudó a establecer la idea de pertenencia a una nación, acabó con todas las pretensiones inglesas sobre territorios franceses, salvo el mencionado caso de Calais, e hizo posible la creación de unas instituciones de gobierno centralizadas que anunciarían la aparición del absolutismo monárquico.
A su vez, no se puede olvidar que todo este proceso bélico estuvo vinculado con otras cuestiones relativas a las relaciones internacionales de Europa, tales como la guerra de las Dos Rosas, que a partir de 1455 sumiría a Inglaterra en una serie de guerras civiles; la lucha interna que finalizó en 1369 con el acceso al trono castellano de Enrique II; o las confrontaciones que, desde principios del siglo XV, tuvieron lugar en Sicilia entre los monarcas franceses y la Corona de Aragón.

Guerra de la Independencia griega





Guerra de la Independencia griega

Guerra de la Independencia griega, conflicto mantenido entre el pueblo griego y el Imperio otomano, que se desarrolló desde 1821 hasta 1829, con las características de una revolución provocada por aquél con el objeto de conseguir su independencia.
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ORÍGENES DE LA REVOLUCIÓN GRIEGA
En 1770, ya se habían producido varias sublevaciones en el país, motivadas principalmente por el deseo de los campesinos de trabajar sus propias tierras (los griegos no tenían derecho a comprar terrenos a los propietarios turcos). Las revueltas habían sido alentadas por agentes rusos, pero éstos no habían podido facilitar ayuda a los rebeldes, por lo que los turcos (originarios del núcleo esencial que constituía el Imperio otomano, la península de Anatolia) consiguieron aplastar las rebeliones empleando tropas albanesas. A lo largo de los siguientes cincuenta años, la Revolución Francesa y la independencia estadounidense crearon un ambiente más favorable para las causas de los pueblos oprimidos, al mismo tiempo que la debilidad de los turcos había quedado demostrada por la sublevación serbia de 1804, que tardó en ser sofocada nueve años. De otro lado, los otomanos no conseguían aniquilar a las fuerzas de Alí Pasa, gobernador (pasa, pachá o bajá) de una provincia semiindependiente con capital en Ioanina, una ciudad del sur de Albania en aquella época, que, en la actualidad, pertenece a Grecia. La revuelta de Alí contra el sultán otomano Mahmud II, iniciada en 1820, brindó al pueblo griego la oportunidad de luchar por su independencia.
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INICIO DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA GRIEGA
Los turcos aplastaron una primera sublevación, dirigida por Alejandro Ypsilantis, patriota griego presidente en Odesa (en la actualidad, en Ucrania; en aquel entonces, parte del Imperio Ruso) de la sociedad denominada Hetairía, que había llegado a ser mariscal de campo del zar ruso Alejandro I; pero la siguiente, iniciada por Germanos, arzobispo de Patras, en el monasterio de Aghia Lavra (situado en el Peloponeso) el 25 de marzo de 1821, no tardó en triunfar. Los turcos respondieron a esta insurrección ahorcando al patriarca de Constantinopla, Georgios, y aplastaron a los rebeldes en Tesalia, Macedonia y el monte Athos; no obstante, los griegos contaban con la ventaja de su superioridad naval, por lo que la rebelión continuó, aunque con graves conflictos dentro de sus propias filas. En 1822, ya existían dos gobiernos griegos, uno en el continente y otro en la isla de Hidra; de forma que, en 1824, los rebeldes luchaban entre sí, además de combatir a los turcos.
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NAVARINO Y EL FINAL DEL CONFLICTO
Batalla de Navarino
En 1827, el marinero y pintor francés Louis Ganeray fue enviado a Grecia para realizar este cuadro conmemorativo de la batalla de Navarino. En su parte izquierda puede distinguirse el semicírculo formado por las flotas otomana y egipcia, atacadas por los barcos ingleses, franceses y rusos. La ciudad que aparece a la derecha, en la línea de costa opuesta, es Navarino (la actual Pilos). El resultado de este combate naval, saldado con la destrucción de las naves turco-egipcias, resultó decisivo en el curso de la guerra de la Independencia griega.

La situación cambió completamente en febrero de 1825, debido a la ayuda que Mehmet Alí proporcionó al Imperio otomano. Este poderoso pasa de Egipto envió al Peloponeso a su hijo, Ibrahim Bajá, al mando de un gran ejército. Sus fuerzas, compuestas principalmente por sudaneses, arrasaron y saquearon Grecia durante dos años, amenazando a los rebeldes con una derrota completa. Fue entonces cuando el ministro británico de Asuntos Exteriores, George Canning, indignado, entre otros motivos, por los rumores que revelaban que los prisioneros griegos estaban siendo vendidos como esclavos en El Cairo, persuadió a Rusia y Francia para que las tres potencias se unieran en un frente común y obligaran a cumplir el Tratado de Londres (6 de julio de 1827) a las partes en conflicto. En este acuerdo se proponía la proclamación de Grecia como Estado autónomo sometido a la soberanía otomana, protegido por el bloqueo naval de los tres aliados. El resultado fue la destrucción completa de las flotas de Turquía y Egipto en la bahía de Navarino, el 20 de octubre de 1827.
Los franceses enviaron tropas a Grecia, un ejército ruso marchó hacia Adrianópolis y la Armada británica se situó frente a la costa de Alejandría; sin embargo, sólo se puso fin a las hostilidades cuando Rusia y Turquía firmaron el Tratado de Adrianópolis el 14 de septiembre de 1829, por el que Turquía se comprometía a conceder la independencia total a Grecia y se ponía fin a la Guerra Turco-rusa que había tenido lugar con motivo de la revolución griega.
La victoria de los rebeldes y la consiguiente constitución de un Estado griego fue de una importancia capital, a pesar de que Creta y Tesalia quedaran bajo el poder otomano. Representó no sólo la derrota más grave que el Imperio otomano había sufrido hasta esos momentos, sino el primero de los movimientos nacionalistas que se sucedieron durante los cien años siguientes, con las consiguientes unificaciones italiana y alemana, y la concesión de la independencia a Irlanda.

Guerra de la Independencia española





Guerra de la Independencia argelina
Guerra de la Independencia española

Los fusilamientos del 3 de mayo
El levantamiento del pueblo madrileño el 2 de mayo de 1808, que produjo los fusilamientos de los sublevados ese mismo día y durante la mañana del día siguiente, marcó el inicio de la guerra de la Independencia española. Contagiadas del espíritu de resistencia alentado desde Madrid, diversas Juntas Provinciales se fueron constituyendo con el fin de dotar al país de un entorno institucional legítimo. Goya plasmó de forma dramática estos acontecimientos en su obra El 3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío (1814, Museo del Prado, Madrid).

Guerra de la Independencia española, conflicto entablado en territorio español contra la invasión francesa, perteneciente a una de las fases de las conocidas como Guerras Napoleónicas, que abarcó el sexenio que media entre el 2 de mayo de 1808 y el 4 de mayo de 1814, fecha ésta en la que el rey Fernando VII retomó el gobierno absoluto. También denominada por la historiografía no hispana como guerra de España o, si se hace extensible la conflagración al caso portugués, como Guerra Peninsular, su duración transcurrió durante años no sólo de enfrentamiento bélico para expulsar a los franceses, sino también, pese a las fuertes resistencias, de profundos cambios sociales en una línea liberal burguesa.
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EL LEVANTAMIENTO
Joachim Murat
Nombrado en 1808 rey de Nápoles por su cuñado, el emperador Napoléon I Bonaparte, Joachim Murat había mandado pocos meses antes los ejércitos franceses que invadieron España. Siete años más tarde combatió infructuosamente contra el Imperio Austriaco y perdió el trono napolitano. Este retrato suyo es obra del pintor francés de la primera mitad del siglo XIX François Gérard y se encuentra en el palacio de Versalles.

Napoleón Bonaparte había pactado con el rey español Carlos IV, mediante el Tratado de Fontainebleau, firmado el 27 de octubre de 1807 —a través del valido de éste, Manuel Godoy—, la ocupación de Portugal, a fin de hacer efectivo el bloqueo comercial contra Gran Bretaña (el denominado Sistema Continental). De esta manera, las tropas francesas del emperador Napoleón I (compuestas por 24.000 hombres al mando del general Pierre-Antoine Dupont) entraron en España como aliados, pero aquél decidió enseguida controlar militarmente el país para, ante las desavenencias reales entre Carlos IV y su heredero Fernando VII, desbancar a la Casa de Borbón y sustituirla por su propia familia, concretamente por su hermano, quien pasaría a ser el rey José I.
Para asegurarse la menor resistencia posible, Napoleón, mediante la argucia de actuar de árbitro entre padre e hijo, consiguió que ambos se trasladasen hasta la ciudad de Bayona, situada en el suroeste francés. El objeto era paralizar al Estado español. Ambos tuvieron que abdicar a favor de Napoleón entre el 5 y el 6 de mayo de 1808. Para completar el descabezamiento se pretendía trasladar a toda la familia real hacia el cautiverio, incluido el infante don Antonio, que había quedado al frente de una Junta de Gobierno.
Cadáveres de Daoíz y Velarde
Dos de los principales héroes madrileños de la resistencia antifrancesa durante el 2 de mayo de 1808 fueron los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde. En esta pintura de José Nin y Tudó (Museo Municipal de Madrid) aparecen los cadáveres de ambos en la cripta de San Martín.

El levantamiento contra los franceses tuvo lugar de forma espontánea en Madrid en la mañana del 2 de mayo. España estaba sin gobierno y buena parte ocupada militarmente. De las viejas autoridades únicamente se podía contar con los capitanes generales de Zaragoza, José de Rebolledo Palafox, y de Valladolid, Gregorio García de la Cuesta. El pueblo recuperó la soberanía: por todas partes surgían juntas provinciales, las cuales crearon a su vez una Junta Central (25 de septiembre de 1808). Entre mayo y junio toda España se había levantado en armas.
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FASES DE LA GUERRA
Batalla de Bailén
La victoria lograda por el general español Francisco Javier Castaños sobre el francés Pierre-Antoine Dupont en la estratégica localidad de Bailén permitió a los ejércitos españoles abrirse camino hacia Madrid, de donde hubo de salir el hermano de Napoleón I, José Bonaparte, quien había sido coronado rey de España por los invasores.

En cuanto a los efectivos iniciales, los franceses contaban con unos 100.000 hombres que ocupaban buena parte de la mitad norte de España, salvo Asturias y Galicia. El Ejército español disponía de unos efectivos similares, aunque con un material obsoleto.
El duque de Wellington
El duque de Wellington fue un general británico célebre por su victoria sobre Napoleón en la batalla de Waterloo en 1815. También ayudó a la causa española en la guerra de la Independencia contra las fuerzas napoleónicas. Además de militar, fue dirigente del Partido Tory en el Parlamento británico.

Desde junio hasta octubre de 1808 tuvo lugar la primera fase de la contienda, cuyo hecho de armas más relevante fue la inesperada victoria española en Bailén por parte de Francisco Javier Castaños (19 de julio).
Sir John Moore
El británico John Moore recibió el mando de 10.000 hombres que debían servir como refuerzos para el ejército que desde 1808 combatía en la península Ibérica en los primeros momentos de la Guerra de la Independencia española. En octubre de ese año, recibió la orden de apoyar a los españoles en su lucha contra los franceses; Moore avanzó hacia Valladolid desde Lisboa. Tras capitular Madrid, tuvo que retirarse ante la amenaza de las fuerzas napoleónicas. El ejército de Moore, compuesto por 20.000 hombres, recorrió más de 300 km atravesando montañas y soportando la nieve y la lluvia hasta detenerse en La Coruña para proteger el embarque. Las tropas francesas de Nicolas Jean de Dieu Soult lo atacaron el 19 de enero de 1809, pero fueron derrotadas y perdieron a más de 2.000 hombres. Sin embargo, Moore, herido de metralla, falleció en el transcurso de la batalla. Su heroica muerte inspiró el famoso poema de Charles Wolfe (1791-1823): "Le enterramos en secreto en plena noche, con nuestras bayonetas mirando al suelo".

Napoleón, sorprendido por la derrota que echaba por tierra el mito de su imbatibilidad, decidió emplearse a fondo. Vino personalmente a España al frente de un impresionante Ejército de 150.000 hombres. Daban comienzo las campañas de 1809, con suerte adversa para las tropas españolas y sus aliadas luso-británicas. En este contexto surgió la guerra de guerrillas, invención española a fin de hostigar continuamente y a través de los medios más diversos a los franceses. El resultado fue que buena parte del Ejército francés tuvo que realizar asimismo labores de policía. Era la guerra total que provocó una sofisticada guerra de nervios.
Nicolas Soult
Nicolas Jean de Dieu Soult fue uno de los más destacados militares franceses durante las Guerras Napoleónicas. Combatió en numerosas batallas al frente de los ejércitos de Napoleón I, al lado del cual también estuvo durante el periodo de los Cien Días. Aunque tras la batalla de Waterloo sufrió destierro, posteriormente fue rehabilitado y ejerció diversos cargos diplomáticos y gubernamentales en los regímenes posteriores.

En 1810, los franceses llevaron a cabo un redoblado esfuerzo para acabar con la contienda española. Las fuerzas desplazadas se aproximaron a los 270.000 hombres. Sin embargo, cosecharon un doble fracaso: no pudieron tomar Cádiz (sede de las Cortes) ni tampoco Lisboa, la capital portuguesa.
Durante 1811 y 1812 tuvo lugar una guerra de desgaste. El papel de la guerrilla fue decisivo. Además, Napoleón se vio obligado a sacar tropas de España para el frente ruso. De todas formas, aún permanecían en territorio peninsular unos 200.000 hombres. Fue el momento en que el general británico Arthur Colley Wellesley, más tarde duque de Wellington, consiguió los primeros éxitos: Salamanca y Arapiles (junio-julio de 1812). José I se vio obligado a abandonar Madrid y trasladar la corte a Valencia. Andalucía quedaba definitivamente liberada.
La última fase comprendió los años 1813 y 1814. Los franceses conservaban un Ejército de 100.000 hombres. Los españoles contaban con 130.000 más los 70.000 de los ejércitos anglo-portugueses mandados por Wellington. En la primavera de 1813, José I fijó la corte en Valladolid. Pronto tuvo que retirarse ante el Ejército aliado que avanzaba por el valle del Duero. Los franceses fueron derrotados en Vitoria (junio), Pamplona (agosto), San Marcial y San Sebastián (septiembre). Las tropas aliadas anglo-españolas consiguieron penetrar en territorio francés, llegando a Tarbes y Toulouse en marzo y abril de 1814.
Fernando VII ya había sido liberado por Napoleón tras la firma del Tratado de Valençay (11 de diciembre de 1813). El Rey cruzó la frontera el 24 de marzo de 1814. El 11 de abril se firmó el armisticio con el jefe de las tropas francesas en la península Ibérica, Nicolas Jean de Dieu Soult, lo que puso fin a una dura guerra de casi seis años, si bien ésta puede darse definitivamente por acabada cuando, semanas más tarde, Fernando VII volvió a asumir el gobierno tras su regreso al trono.
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GUERRA Y REVOLUCIÓN
Las Cortes de Cádiz
Las reuniones de las Cortes establecidas en la ciudad española de Cádiz tras la invasión napoleónica de la península Ibérica culminaron con la redacción, aprobación y promulgación de la primera Constitución de la historia de España. Esta pintura, La promulgación de la Constitución de 1812, obra de Salvador Viniegra que actualmente se encuentra en el Museo Histórico Municipal de Cádiz, ilustra el momento en que tuvo lugar tal acontecimiento.

Al mismo tiempo que se estaba llevando a cabo una guerra de independencia, tenía lugar una soterrada revolución liberal. Los cambios protagonizados tanto por la Junta Central (desde el 25 de septiembre de 1808 hasta el 29 de enero de 1810), las Regencias (del 29 de enero de 1810 al 4 de mayo de 1814) y, sobre todo, por las Cortes de Cádiz fueron decisivos.
Se llevó a cabo una profunda reforma política (de entre cuya legislación cabe destacar el origen del constitucionalismo español, es decir, la Constitución de 1812, y toda otra serie de leyes, como la de Libertad de prensa de 1810), el desmantelamiento de la sociedad estamental (reforma de la Iglesia, reforma militar, abolición del régimen señorial, libertad industrial y comercial) y muchas otras medidas de signo liberal.
Por otra parte, el país quedó materialmente destrozado y la sociedad desvertebrada, pero aún con gran presencia de las fuerzas estamentales (como da prueba el denominado Manifiesto de los Persas) que pronto, con el regreso de Fernando VII (4 de mayo de 1814), recondujeron la situación hacia los viejos moldes, volviendo a un más férreo absolutismo.

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