El invento del modernismo




Rubén Darío
El poeta nicaragüense, Rubén Darío (1867-1916), es un hito en las letras hispanas. Fue el gran embajador del modernismo, un movimiento literario, netamente hispano, que se complace en una poesía esteticista, llena de musicalidad y temas inspirados en ambientes refinados, elegantes y etéreos rococós. El libro Azul… de Darío es una miscelánea de verso y prosa, publicada en 1888 en Chile y que está considerado como el primer gran libro modernista. El fragmento leído por un actor corresponde a Poemas. El retrato de la ilustración fue pintado por Daniel Vázquez Díaz.

Modernismo, movimiento literario encabezado por Rubén Darío y cuyo texto inicial es Azul..., miscelánea de verso y prosa, publicada en 1888 en Chile.
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ANTECEDENTES DEL MODERNISMO
Se reconocen antecedentes y concordancias en otras figuras del mismo periodo, como los cubanos José Martí y Julián del Casal, el colombiano José Asunción Silva, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera y el español Salvador Rueda. El modernismo coincide con un rápido y pujante desarrollo de ciertas ciudades hispanoamericanas, que se tornan cosmopolitas y generan un comercio intenso con Europa, se comparan con las urbes estadounidenses y producen un movimiento de ideas favorables a la modernización de las viejas estructuras heredadas de la colonia y las guerras civiles. A la vez, estos años son los de la confrontación entre España y Estados Unidos por la hegemonía en el Caribe, que terminó con el desastre colonial de 1898, hecho que dará nombre a la generación del 98, que tuvo importantes relaciones con el modernismo.
En América, la definitiva salida de los españoles planteaba el dilema de norteamericanizarse o reafirmarse en su carácter hispánico o, más en general, latino, para lo cual se remontan las fuentes a los clásicos de Grecia y Roma, cribados por los modelos franceses. Las ciudades copian a París y los escritores buscan nuevas referencias culturales en la contemporánea poesía francesa: Charles Baudelaire y su descubrimiento de la “horrenda belleza”, sucia y efímera, de la moderna ciudad industrial; Arthur Rimbaud, el cual, lo mismo que el estadounidense Walt Whitman, hallará que la vida industrial es un nuevo género de hermosura; Paul Verlaine y su culto al Parnaso, como el lugar donde viven y escriben los aristócratas de las letras; Stéphane Mallarmé, quien proclama la nueva poética del símbolo, es decir, de las combinaciones que el lenguaje formula a partir de su propia musicalidad y su estricta matemática, a la manera del antiguo pitagorismo (véase Pitágoras).
Frente a lo moderno de la América anglosajona, Rubén plantea lo modernista de la América latina, convirtiendo lo moderno en un manierismo, en una manera de decir, que convulsiona las costumbres poéticas, renovando el léxico, las metáforas, la versificación y las cadencias del verso, en buena parte por la revalorización de antiguas fuentes hispánicas olvidadas: Gonzalo de Berceo y su mester de clerecía, y, sobre todo, los barrocos Luis de Góngora y Francisco de Quevedo.
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CARACTERÍSTICAS DEL MODERNISMO
Salvador Díaz Mirón
Está considerado como el gran poeta modernista mexicano, pero Salvador Díaz Mirón cultivó también la novela naturalista con una visión determinista del mundo muy marcada.

El preciosismo, el exotismo, la alusión a nobles mundos desaparecidos (la edad media caballeresca, las cortes de los Luises en Francia, los emperadores incas y aztecas, las monarquías china y japonesa), la mención de objetos preciosos, crean el paisaje modernista que se consolida con los viajes de Rubén a España (desde 1892) y su instalación en Buenos Aires en 1893. El modernismo será seguido en América Latina por figuras como el argentino Leopoldo Lugones, el uruguayo Julio Herrera y Reissig, el boliviano Ricardo Jaimes Freyre y el mexicano Salvador Díaz Mirón, al tiempo que en España lo adoptan Ramón del Valle-Inclán, Manuel Machado, Francisco Villaespesa, Eduardo Marquina y ciertos aspectos del teatro “idealista” de Jacinto Benavente.
En cualquier caso, es un parteaguas entre lo anticuado y lo actualizado, y quienes reaccionen contra él lo tendrán de obligada referencia.
Políticamente, el modernismo deriva hacia destinos variables, pero siempre dentro del planteamiento inicial, que opone lo latino a lo anglosajón: el argentino Lugones será socialista, conservador y fascista; el uruguayo José Enrique Rodó, democrático y progresista; el argentino Alberto Ghiraldo, anarquista; el guatemalteco Salomón de la Selva y el hondureño Froylán Turcios se adherirán al sandinismo.
En filosofía, el modernismo reacciona contra el positivismo, interesándose por la teosofía de Annie Besant y Helena Blavatsky, así como por los estudios de Max Nordau sobre la degeneración, y las nuevas filosofías de la vida de Henri Bergson y Arthur Blondel.
En narrativa, se opone al realismo, optando por la novela histórica o la crónica de experiencias de alucinación y locura, y la descripción de ambientes de refinada bohemia, a menudo idealizados líricamente. Asimismo, introduce un elemento erótico con la aparición del personaje de la mujer fatal, que lleva a los hombres hacia el placer y la muerte. Cierto modernismo secundario popularizó estas actitudes en las obras del guatemalteco Enrique Gómez Carrillo y el colombiano José María Vargas Vila.


El invento del romanticismo




Romanticismo (literatura)
Gustavo Adolfo Bécquer
Del escritor romántico español Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) se recuerdan tanto sus Rimas, que marcaron el punto de partida de la poesía moderna española, como las Leyendas, unas composiciones en prosa etéreas y misteriosas. Las Rimas, una colección de setenta y seis poesías, publicadas con el título inicial de El libro de los gorriones, poseen una cualidad esencialmente musical y una aparente sencillez que contrasta con la sonoridad un tanto hueca del estilo de sus predecesores. Un fragmento de la Rima 39 es lo que recita un actor. El retrato de la ilustración fue pintado por su hermano Valeriano.

Romanticismo (literatura), movimiento literario que dominó la literatura europea desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX. Se caracteriza por su entrega a la imaginación y la subjetividad, su libertad de pensamiento y expresión y su idealización de la naturaleza. El término romántico se empleó por primera vez en Inglaterra en el siglo XVII con el significado original de 'semejante al romance', con el fin de denigrar los elementos fantásticos de la novela de caballerías muy en boga en la época.
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ORÍGENES E INSPIRACIÓN
Hacia finales del siglo XVIII los gustos literarios en Alemania y Francia se alejan progresivamente de las tendencias clásicas y neoclásicas (véase Clasicismo). Los autores románticos encuentran su primera fuente de inspiración en la obra de dos grandes pensadores europeos: el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau y el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe.
2.1
El espíritu romántico
Johann von Herder
El filósofo y crítico literario alemán, Johann von Herder, fue la figura más destacada del Sturm und Drang, movimiento precursor del romanticismo en su país.

Fue precisamente Rousseau quien estableció el culto al individuo y celebró la libertad del espíritu humano al afirmar 'Siento antes de pensar'. Goethe y sus compatriotas, el filósofo y crítico Johann Gottfried von Herder y el historiador Justus Möser, incidieron en aspectos más formales, colaborando en una serie de ensayos titulados Von deutscher Art und Kunst (Sobre el estilo y el arte alemán, 1773), una obra en la que ensalzan el espíritu romántico manifestado en las canciones populares alemanas, la arquitectura gótica y las obras de Shakespeare. Goethe se propuso imitar la libertad estilística de Shakespeare en su Götz von Berlichingen (1773), un drama histórico sobre un caballero rebelde del siglo XVI. La obra, que justifica la insurrección contra la autoridad política, inauguró el movimiento literario conocido como Sturm und Drang (tormenta e impulso), considerado como precursor del romanticismo alemán. En esta tradición se inscribe también la célebre novela de Goethe Las desventuras del joven Werther (1779). Esta obra, que figura entre las principales referencias del movimiento romántico, exalta los sentimientos hasta el punto de justificar el suicido por un amor no correspondido, y establece un tono y un estado de ánimo imitado por los autores románticos tanto en sus obras como en su vida personal: una tendencia al frenesí, a la melancolía, al hastío del mundo y a la autodestrucción.
2.2
El estilo romántico
William Wordsworth
Estos versos blancos (recitados por un actor) forman parte de la obra romántica de William Wordsworth. "El nacer no es sino sueño y olvido. / El alma que amanece con nosotros, estrella de nuestra vida, / se ha puesto tras un ocaso que ignoramos, / y viene de lejos, sí; / mas no privada del todo de recuerdos, / y no completamente desnuda, / pues arrastra nubes gloriosas de donde venimos / desde Dios, que es nuestra morada."

El prólogo a la segunda edición de las Baladas líricas (1800), escrito por los poetas ingleses William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge, se considera el manifiesto literario del romanticismo. En él se destaca la importancia del sentimiento y la imaginación en la creación poética y se rechazan las formas y los temas literarios convencionales. De este modo, en el desarrollo de la literatura romántica de todos los países predomina la imaginación sobre la razón, la emoción sobre la lógica y la intuición sobre la ciencia, lo que propicia el desarrollo de un vasto corpus literario de notable sensibilidad y pasión que antepone el contenido a la forma, estimula el desarrollo de tramas rápidas y complejas y se presta a la fusión de géneros (la tragicomedia y la mezcla de lo grotesco y lo sublime), al tiempo que permite una mayor libertad estilística.
Las convenciones clásicas, como las famosas tres unidades de la tragedia (tiempo, espacio y acción), cayeron así en desuso, y la creciente demanda de lirismo y espontaneidad, cualidades que los seguidores del romanticismo encontraron en la poesía popular y los romances medievales, generó un enorme rechazo de la regularidad métrica, la rigidez formal y otros aspectos de la tradición clásica. En la poesía inglesa el verso libre sustituyó al pareado que dominó la poesía del siglo XVIII. Los primeros versos del drama Hernani (1830), obra del gran escritor romántico francés Victor Hugo, se alejan de las normas de versificación francesas del siglo XVIII, mientras que en el prefacio a su Cromwell (1827), un documento crítico de gran importancia en sí mismo, Hugo no sólo defiende su ruptura con la estructura dramática tradicional, sino que justifica además la introducción del elemento grotesco en el arte. Los escritores románticos sustituyeron también a los héroes universales de la literatura dieciochesca por héroes más complejos e idiosincrásicos. Gran parte del teatro, la novela y la poesía romántica se entregan a la celebración del 'hombre corriente' de Rousseau.
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LOS GRANDES TEMAS ROMÁNTICOS
Con la difusión del movimiento romántico a los demás países de Europa, ciertos temas y actitudes, a menudo entremezclados, se sitúan en el centro de las preocupaciones de los escritores del siglo XIX.
3.1
Anarquismo
Alfred de Vigny
El escritor francés Alfred de Vigny, uno de los más destacados representantes de los primeros años del romanticismo, es autor de una obra de marcado carácter intelectual y filosófico. En los poemas titulados Los destinos expresa un profundo aislamiento espiritual y ensalza los valores humanos del amor y la bondad. En el drama romántico Chatterton (1835), basado en la vida del poeta británico Thomas Chatterton, Vigny exalta la figura de un artista que reúne todas las virtudes y que encarna el espíritu romántico.

Gran parte de los movimientos libertarios y abolicionistas de finales del siglo XVIII y principios del XIX tienen su origen en conceptos de la filosofía romántica como pueden ser el deseo de liberarse de las convenciones y la tiranía, y el gran valor de los derechos y la dignidad del ser humano. Del mismo modo que los temas racionales, formales y convencionales característicos del neoclasicismo estaban abocados al rechazo, los regímenes autoritarios que favorecieron y auspiciaron este movimiento hubieron de enfrentarse inevitablemente a importantes revueltas populares. La política y los temas sociales fueron claves en la poesía y la prosa románticas en todo el mundo occidental, y fructificaron en documentos humanos, notables por su vigor y su vigencia en el mundo actual. El año de 1848 estuvo marcado en Europa por el estallido de graves revueltas políticas, y la corriente romántica fluyó con fuerza en Italia, España, Austria, Alemania y Francia.
Alessandro Manzoni
Las obras del novelista, poeta y autor teatral italiano Alessandro Manzoni reflejan el patriotismo y la religiosidad de la literatura romántica italiana de comienzos del siglo XIX. Manzoni alcanzó el reconocimiento internacional con su novela Los novios (1825-1827), un cuento romántico sobre dos amantes cuya boda impide un tirano. Ambientada en la ciudad de Milán del siglo XVII, bajo la dominación española, incorpora elementos históricos, cómicos y religiosos, y supone un duradero ejemplo de literatura accesible por su lenguaje cotidiano, que inauguró una fructífera tradición dentro de la literatura italiana.

En Guillermo Tell (1804), del dramaturgo alemán Friedrich von Schiller, un oscuro montañés medieval se convierte en símbolo inmortal de la lucha contra la tiranía y el gobierno extranjero. En la novela Los novios (1827), del escritor italiano Alessandro Manzoni, una pareja de campesinos derrota finalmente el feudalismo en el norte de Italia. Lord Byron y Percy Bysshe Shelley, que encarnan para los lectores de poesía inglesa la figura del poeta romántico por antonomasia (tanto en su estilo vital como en sus obras), protestaron airadamente contra los males políticos y sociales de la época y defendieron la causa de la libertad en Italia y Grecia. El poeta ruso Alexandr Serguéievich Pushkin, cuya admiración por las obras de Byron es manifiesta, alcanzó la fama con su 'Oda a la libertad' y como muchos autores románticos fue perseguido por subversión política y condenado al exilio.
Percy Bysshe Shelley
Influido por el espíritu ilustrado del siglo XVIII, el poeta inglés Percy B. Shelley personificó el espíritu liberal rebelándose contra la restricciones de la política y la religión de su país. Escribió poemas apasionados e impulsivos de gran lirismo y romanticismo. La crítica le ha considerado como uno de los poetas más importantes en lengua inglesa.

El desencanto generalizado de los románticos con la organización social se plasmó a menudo en la crítica concreta de la sociedad urbana. La casa del pastor (1844), del poeta francés Alfred de Vigny, manifiesta la convicción de que una morada humilde posee más dignidad que un palacio. Anteriormente Rousseau había afirmado que las personas nacen libres, pero la civilización las encadena. Este sentimiento de opresión se expresó con frecuencia en la poesía, como revela la obra del visionario inglés William Blake, quien en su poema 'Milton' (c. 1808) habla de los 'oscuros molinos satánicos' que comenzaban a desfigurar la campiña inglesa; o el largo poema de Wordsworth El preludio (1850), que alude a

'... las sofocantes y atestadas guaridas urbanas donde el corazón humano enferma'.
3.2
Naturaleza
Uno de los rasgos principales del romanticismo fue su preocupación por la naturaleza. El placer que proporcionan los lugares intactos y la (presumible) inocencia de los habitantes del mundo rural se observa por primera vez como tema literario en la obra 'Las estaciones' (1726-1730), del poeta escocés James Thomson. Esta obra se cita a menudo como una influencia decisiva en la poesía romántica inglesa y su visión idílica de la naturaleza, una tendencia liderada por el poeta William Wordsworth. El gusto por la vida rural se funde generalmente con la característica melancolía romántica, un sentimiento que responde a la intuición de cambio inminente o la amenaza que se cierne sobre un estilo de vida.
3.3
La pasión por lo exótico
Duque de Rivas
Dos obras caracterizan el teatro romántico español, Don Juan Tenorio de José Zorrilla, y Don Álvaro o la fuerza del sino de Ángel Saavedra, duque de Rivas (1791-1865). Se considera esta segunda obra como el paradigma del teatro romántico español por sus grandes pasiones, muertes trágicas y escenarios exóticos. Su autor fue un aristócrata andaluz, liberal y que participó activamente en la política de su tiempo.

Imbuidos de un nuevo espíritu de libertad, los escritores románticos de todas las culturas ampliaron sus horizontes imaginarios en el espacio y en el tiempo. Regresaron a la edad media en busca de temas y escenarios y ambientaron sus obras en lugares como las Hébridas de la tradición ossiánica, como en la obra del poeta escocés James MacPherson (véase Ossián y baladas ossiánicas), o el Xanadú oriental evocado por Coleridge en su inacabado 'Kubla Jan' (c. 1797). Una obra decisiva fue la recopilación de antiguas baladas inglesas y escocesas realizada por Percy Thomas; sus Reliquias de poesía inglesa antigua (1765) ejercieron una influencia notable, tanto formal como temática, en la poesía romántica posterior. La nostalgia por el pasado gótico se funde con la tendencia a la melancolía y genera una especial atracción hacia las ruinas, los cementerios y lo sobrenatural.
3.4
El elemento sobrenatural
El gusto por los elementos irracionales y sobrenaturales figura entre las principales características de la literatura inglesa y alemana del periodo romántico. Esta tendencia se vio reforzada en un sentido por la desilusión con el racionalismo del siglo XVIII, y en otro por la recuperación de una abundante cantidad de literatura antigua (cuentos populares y baladas) realizada por Percy y los eruditos alemanes Jacob y Wilhelm Karl (Grimm y el escritor danés Hans Christian Andersen o el español Gustavo Adolfo Bécquer, que tanto influyó en los poetas hispanoamericanos. A partir de estos materiales surge, por ejemplo, el motivo del doppelgänger (el doble). Muchos escritores románticos, especialmente los alemanes, se mostraron fascinados con este concepto, que en cierto modo refleja la preocupación romántica por la propia identidad. El poeta Heinrich Heine escribió un poema apócrifo titulado 'Der Doppelgänger' (1827); otra obra basada en el mismo tema es El elixir del diablo (1815-1816), una novela corta de E. T. A. Hoffmann; y lo mismo cabe afirmar de La increíble historia de Peter Schlemihl (1814), de Adelbert von Chamisso, un relato sobre un hombre que vende su sombra al diablo. Mucho tiempo después el gran maestro ruso Fiódor Mijáilovich Dostoievski escribió su famosa novela El doble (1846), un estudio sobre la paranoia de un modesto oficinista.
La coincidencia del periodo romántico con la revolución de independencia en Hispanoamérica favoreció la importación y amplia difusión del movimiento, pero no fue de 'las ideas sino de los tópicos, no del estilo sino de la manera, del subjetivismo sentimental'. Según un crítico moderno fue más un calco que una ideología.
Los patriotas hispanoamericanos que vivieron en Londres, a principios de siglo, regresaron cargados de influencias y modelos. Las señas de identidad del romanticismo hispanoamericano fueron: nacionalismo, exaltación de lo autóctono, lucha por la libertad, denuncia social y moral.
3.5
El declive del romanticismo
Hacia mediados del siglo XIX el romanticismo comienza a dar paso a nuevos movimientos literarios: los parnasianos y el simbolismo en la poesía y el realismo y el naturalismo en la prosa, pero siguió cultivándose en toda Europa y América, sin su carga original audaz, como un calco repetitivo y con gran éxito de lectores.
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EL ROMANTICISMO ESPAÑOL
Reunión de poetas
José Zorrilla se dio a conocer en el entierro de Larra donde leyó unos versos como homenaje al poeta suicidado que se convirtió en el manifiesto romántico español. Antonio María Esquivel pintó este cuadro conocido como Reunión de poetas o Una lectura de Zorrilla en el estudio del pintor (1846) donde, parece ser, repitió su lectura ante la familia romántica española. El cuadro se conserva en el Museo del Prado, Casón del Buen Retiro, Madrid.

El romanticismo llega a España con retraso con respecto al resto de los países europeos, y no es particularmente fecundo. Su desarrollo está condicionado por la situación política marcada por el absolutismo de Fernando VII. El erudito José Joaquín de Mora, exiliado en Francia, envió a los Bochl de Faber (véase Fernán Caballero), entonces en Cádiz los primeros romances protorrománticos, y más tarde, durante su exilio en Londres (1823), junto con Alcalá Galiano y Blanco White, fue uno de los impulsores del romanticismo español. Tras la muerte del monarca y el regreso de los exiliados se señala el año de 1834 como fecha del triunfo del romanticismo en España. Se estrenan entonces La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa, Macías de Larra y se publican las Poesías de Salas y Quiroga. Algunos críticos señalan el fin del auge romántico en las letras españolas hacia 1844, año del estreno del Don Juan Tenorio de Zorrilla. El principal exponente del romanticismo en España, que supo sintetizar en su vida y su obra el espíritu romántico, fue José de Espronceda, considerado por algunos el primer gran poeta español moderno. Entre sus principales obras cabe mencionar Poesías (1840), donde reúne las composiciones realizadas hasta ese momento, y El diablo mundo (1840).


Siglo de oro de la literatura




Siglo de oro (literatura), término que implica una época de esplendor literario, político y militar. Los escritores del siglo XVI y de comienzos del XVII fueron conscientes muchas veces de estar viviendo una época de esplendor en todos los ámbitos, pero sólo ocasionalmente se sirvieron de la expresión “siglo de oro” para referirse a ella.
El ejemplo más notable lo ofrece de forma tardía, aunque con un sentido político, Bartolomé de Góngora en El corregimiento sagaz (1656): “Dejando yo ahora los varones heroicos en todo género de aquel siglo del prudente Rey don Phelipe, baste decir que en él floreció el mismo Rey en quien hago epílogo del talento más escogido (en su modo) de aquella edad a mi parecer Siglo de Oro”. El término edad de oro, mucho más frecuente, sobre todo hasta Miguel de Cervantes, sirvió en este momento una vez más para recrear, con nostalgia, el mito de una era de felicidad y paz, a la que habían seguido otras de plata, cobre y hierro, que recorría la cultura occidental desde Hesíodo.
Será en la segunda mitad del siglo XVIII cuando arraigue el concepto de siglo de oro para designar a la literatura del siglo XVI, en especial a la poesía —la novela, a pesar del creciente interés por Cervantes que se produce en esta época, fue menos apreciada y el teatro apenas tenido en cuenta. En 1713, el Diccionario de autoridades todavía define así el siglo de oro: “Fue el espacio de tiempo que fingieron los poetas haber reinado el dios Saturno, en el que decían habían vivido los hombres justificadísimamente, y, por extensión, se llama así cualquier tiempo feliz”. Pero ya en los Orígenes de la poesía castellana (1754), Luis José Velázquez dice de este periodo: “Esta tercera edad (desde Carlos V hasta Felipe IV) fue el Siglo de Oro de la poesía castellana; siglo en que no podía dejar de florecer la buena poesía, al paso que habían llegado a su aumento las demás buenas letras”. En los Diálogos de Chindulza (1761), Manuel Lanz de Casafonda nos revela, a través de las palabras de un italiano, cómo el término había arraigado entre los ilustrados: “Traigo muchos libros preciosos, así en prosa como en verso, en especial de traducciones de las mejores obras de la antigüedad, hechas por los hombres más sabios del siglo XVI, que los españoles llaman el Siglo de Oro”. Gaspar Melchor de Jovellanos, en una carta a su hermano, fechada en 1779, precisa: “Antes que acabase el dorado siglo XVI había ya producido España muchos épicos, líricos y dramaturgos comparables a los más célebres de la antigüedad. Casi se puede decir que estos bellos días anochecieron con el siglo XVI. Los Góngoras, los Vegas, los Palavicinos, siguiendo el impulso de su sola imaginación, se extraviaron del buen sendero que habían seguido sus mayores”. José Cadalso, en sus Cartas marruecas (número XXI), afirma que Alonso García Matamoros, maestro de Retórica de la Universidad de Alcalá de Henares, era “uno de los hombres mayores que florecieron en el siglo nuestro de oro, a saber, el decimosexto”.
Algunos eruditos tuvieron que ampliar esas fechas a las primeras décadas del siglo XVII para poder rescatar a autores como los Argensola o Esteban Manuel de Villegas, quienes, al menos en parte de su obra, se habían mantenido al margen de los gustos barrocos entonces imperantes. En el Parnaso español (1768), Francisco Cerdá y Juan José López de Sedano, en su deseo de confeccionar una antología con poetas que, además de “competir con los de Grecia y Roma”, pudieran en adelante “servir de modelo para fijar el buen gusto de la Nación”, llegan hasta mediados del siglo XVII. Algo parecido ocurre en la antología bilingüe Poesie di ventidue autori spagnoli del cinquecento (Roma, 1786) de Juan Francisco Masdeu.
Para los ilustrados, esta época dorada, de la que además se destaca la grandeza militar y política, a la que había seguido una de decadencia que se prolongaba hasta el presente, constituía un ejemplo para sus deseos de reforma literaria y un arma en la competencia cultural, ya iniciada en 1672 por Nicolás Antonio, con Italia y Francia —la historiografía italiana, desde las Vidas de Giorgio Vasari, había situado su época áurea en el pontificado de León X; para la francesa, el siglo de oro, el Grand Siècle, correspondía al reinado de Luis XIV. Ya en 1750, el conde de Torrepalma afirmaba, después de mencionar a diversos poetas que habían seguido el camino abierto por Garcilaso: “Volverá, si la reverencia de nuestros mayores nos persuade que ha pasado, el Siglo de Oro de la poesía española”. También los jesuitas expulsados llevaron a cabo una apología de esta época en los debates “sobre España y su mérito literario”. Uno de ellos, Juan Andrés y Morell, en Origen, progresos y estado actual de toda la literatura (1792-1799), advertía: “Los españoles, con igual razón que los italianos, pueden gloriarse de tener el siglo XVI por su siglo de oro”.
La valoración de buena parte del siglo XVII se va a producir en el romanticismo. Los autores de esta época, aunque apenas hablan de siglo de oro, no ocultan sus preferencias, además de por la época medieval, por los dramaturgos y novelistas barrocos (véase Barroco), también defensores de una literatura popular y nacionalista —a ellos se había adelantado Casiano Pellicer en 1804 con su Tratado histórico sobre el origen y progreso de la comedia y del histrionismo en España. Más reticentes se muestran frente a los poetas conceptistas y culteranos, a pesar de que Góngora, Quevedo y el conde de Villamediana se convierten ahora en personajes de algunos dramas.
A la divulgación de la literatura de dicha época contribuyeron poderosamente las obras de August Wilhelm y Friedrich von Schlegel, cuyas ideas fueron divulgadas en España por Nicolás Böhl de Faber en las polémicas que mantuvo con el escritor y político liberal Antonio Alcalá Galiano y con José Joaquín de Mora, y con otros autores extranjeros (Damas Hinard, Lafond, Chasles, Shelley, lord Holland y otros). Lo mismo ocurre con las historias de la literatura, en las que también se evita el término siglo de oro, de F. Bouterweck y G. Ticknor, donde se atiende preferentemente a Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca, y de J. Fitzmaurice-Kelly, que prefiere la ordenación por periodos: épocas de Carlos V, Felipe II, Lope de Vega y Felipe IV y Carlos II. En la traducción española de una obra del conde Schack, Historia de la literatura y del arte dramático en España, comenzada en 1839, se lee: “Es innegable que el espacio comprendido entre los últimos decenios del siglo XVI y los del XVII forman el periodo más rico y más brillante de su historia. Los reinados de los tres Felipes abrazan la verdadera Edad de Oro de la literatura española y, principalmente, de la poesía. Si no, ¿qué significan las aisladas, aunque preciosas producciones de la época anterior, cuando se comparan con la multitud de obras maestras que se escribieron desde Cervantes hasta Calderón?”.
En la Biblioteca de autores españoles, de Manuel Rivadeneyra, iniciada en 1846, en la que ocupan un lugar destacado los dramaturgos del siglo XVII, se prefiere hablar de épocas. La expresión siglo de oro sólo se emplea en algunas introducciones biográficas de las colecciones de textos del siglo XVIII.
Por razones políticas y religiosas, los representantes de la España liberal, a partir del krausismo, preocupados por analizar las causas de la decadencia española, procuraron evitar el sintagma siglo de oro. Aunque no escatiman los elogios de la literatura de esa época, consideran que el esplendor del barroco artístico y literario no fue acompañado por el científico o el de la especulación filosófica —la polémica sobre la ciencia española arranca, en gran medida, de este desequilibrio. Para Julián Sanz del Río, “en el llamado siglo de oro, el ingenio español se desarrolló sólo bajo un parcial aspecto, que no fue el de la razón ni el del entendimiento”. Para ellos, España, desde Trento (véase Concilio de Trento), se había negado a sí misma toda idea de transformación social y de progreso científico, y se había rodeado de una atmósfera moral irrespirable.
Por el contrario, Marcelino Menéndez y Pelayo, deseoso de demostrar la existencia de un verdadero renacimiento en los diversos campos de las ciencias, las artes y las letras, se sirve, al menos en una primera época, del mencionado término: “Entramos en el siglo XVI, época de mayor esplendor para nuestras letras, siglo de oro de nuestra poesía lírica”. Después, cuando amplía sus estudios a la centuria siguiente, prefiere referirse, quizá debido a su poco aprecio por el gongorismo, a los siglos XVI y XVII o a la edad de oro.
La aséptica periodización por siglos o reinados y el empleo de otros términos —humanismo, renacimiento, reforma, contrarreforma y, más tarde, después de la I Guerra Mundial, barroco, desprovisto de connotaciones peyorativas— serán habituales en otros historiadores.
Los escritores y ensayistas de las primeras décadas del siglo XX (Unamuno, Azorín, Maeztu, Ortega y Gasset, Madariaga y Azaña, entre otros) se inclinaron por un cervantismo filosófico y subjetivo, aunque tampoco olvidaron a otros creadores —en Lecturas españolas, Clásicos y modernos y Al margen de los clásicos, de Azorín, conviven Garcilaso de la Vega, Luis Vives, Góngora y Gracián.
Los de la generación del 27, en busca de valores universales superadores del nacionalismo decimonónico, atendieron a los grandes poetas de los siglos XVI y XVII, en especial a Góngora, el más olvidado, y, con él, a Luis Carrillo de Sotomayor, Pedro de Espinosa, el conde de Villamediana y Pedro Soto de Rojas —en 1935 se dedican diversos estudios a Lope de Vega con motivo del tercer centenario de su muerte. También numerosos investigadores, vinculados con frecuencia al Centro de Estudios Históricos, aunque muchas veces mostraron mayor interés por la historia del español y por la edad media, dedicaron ensayos y ediciones magistrales a los autores de este periodo. A la revalorización del barroco contribuyeron, además, diversos estudios de Ortega y Gasset, Eugeni d’Ors y José Moreno Villa.
Es ahora, en las décadas de 1920 y 1930, cuando desprovisto ya de valoraciones ideológicas se impone la expresión siglo de oro, a veces sustituida por la de edad de oro, para designar a la época que va desde el reinado de Carlos V (1516) hasta la muerte de Calderón de la Barca (1681) —un nuevo término, el de manierismo, se irá popularizando para caracterizar un periodo, de imprecisa cronología, entre el renacimiento y el barroco. En 1927 se sirven de dicho término Dámaso Alonso y Pedro Sáinz Rodríguez, respectivamente, en una conferencia en el Ateneo de Sevilla, “Escila y Caribdis de la literatura española”, y en la Introducción a la historia de la literatura mística española. Poco después, en 1929, José Pastor publica Las apologías de la lengua castellana en el Siglo de Oro. Dos libros que se traducen al castellano contribuyen a afianzar el término: Historia de la literatura nacional española de la Edad de Oro (1933), de L. Pfandl, donde se considera que esa edad de oro se extiende desde 1550 hasta 1681 —otros hispanistas y algunos críticos españoles, como Juan Bautista Avalle-Arce, dividirán también esta época en renacimiento, que coincide con el reinado de los Reyes Católicos y Carlos V, y siglo de oro, correspondiente al periodo que se inicia con Felipe II y se cierra con Calderón de la Barca—, y la Introducción a la literatura española del Siglo de Oro (1934) de K. Vossler.
Del arraigo del término siglo de oro, sustituido a veces por siglos de oro y edad de oro —algunos ensayistas, como Américo Castro y Julio Rodríguez Puértolas, han preferido hablar de edad conflictiva—, hay constancia en diversas historias de la literatura y en numerosas obras sobre asuntos variados aparecidas en fechas posteriores —también algunas cátedras creadas en las universidades llevan el epígrafe de siglo de oro. Sirvan de ejemplo los títulos que siguen: Ángel González Palencia, La España del Siglo de Oro (1939); Emiliano Díez-Echarri, Teorías métricas del Siglo de Oro (1949); Alfredo Hermenegildo, Burgos en el romancero y en el teatro de los siglos de oro (1958); Javier Malagón-Barceló, La literatura jurídica española del Siglo de Oro en la Nueva España (1959); Dámaso Alonso, De los siglos oscuros al de oro (1962); Manuel Criado de Val, De la Edad Media al Siglo de Oro (1985); Antonio Prieto, La poesía de la Edad de Oro: renacimiento (1988); Luisa López Grigera, La retórica en la España del Siglo de Oro: teoría y práctica (1994), y José Manuel Navas, La abogacía en el Siglo de Oro (1996). También, el término se emplea en obras extranjeras: Marcelin Defourneaux, La vie quotidienne en Espagne au Siècle d’Or (La vida cotidiana en la España del Siglo de Oro, 1983); Bartolomé Bennassar, Un Siècle d’Or espagnol (vers 1525-vers 1648) (La España del Siglo de Oro, 1990); y Josef Oehrlein, Der Schauspieler im spanischer Theater des Siglo de Oro: 1600-1681 (El actor en el teatro español del Siglo de Oro, 1993).


Teatro del Siglo de Oro español




Principales autores y obras del Siglo de Oro español




AUTOR
OBRA
Lope de Rueda (c. 1505-1565)
Los engañados
Eufemia
El rufián cobarde
Juan de Timoneda (1520-1583)
Turiana
Territorio sacramental
Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616)
El trato de Argel
La destrucción de Numancia
Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados
Lope de Vega (1562-1635)
Lo fingido verdadero
La hermosa Esther
El mejor alcalde, el rey
El perro del hortelano
El villano en su rincón
Fuenteovejuna
Peribáñez y el comendador de Ocaña
El caballero de Olmedo
La dama boba
Los melindres de Belisa
Guillén de Castro (1569-1631)
El conde Alarcos
Las mocedades del Cid
Las hazañas del Cid
La fuerza de la sangre
Tirso de Molina (1579-1648)
El burlador de Sevilla y convidado de piedra
El vergonzoso en palacio
El condenado por desconfiado
Marta la piadosa
Don Gil de las calzas verdes
Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (1581?-1639)
La amistad castigada
La cueva de Salamanca
Las paredes oyen
La verdad sospechosa
Pedro Calderón de la Barca
(1600-1681)
El príncipe constante
El médico de su honra
El alcalde de Zalamea
La vida es sueño
El gran teatro del mundo
La dama duende
Casa con dos puertas, mala es de guardar
No hay burlas con el amor
¿Cuál es la mayor perfección?
Francisco Rojas Zorrilla (1607-1648)
Del rey abajo ninguno
El cobrador más honrado
García del Castañar
Donde hay agravios no hay celos
El mejor amigo, el muerto
Agustín Moreto (1618-1669)
San Franco de Sena
Los jueces de Castilla
El valiente justiciero
El lindo don Diego
El desdén con el desdén



Prosa del Siglo de Oro español




Principales autores y obras del Siglo de Oro español






AUTOR
OBRA

Anónimo
Lazarillo de Tormes

Anónimo
Historia de Abencerraje y la hermosa Jarifa

Fray Luis de Granada (1504-1588)
Guía de pecadores

Santa Teresa de Jesús (1515-1582)
Camino de perfección
Libro de las fundaciones
Las moradas

Jorge de Montemayor
(c. 1520-c. 1561)
Los siete libros de la Diana

Fray Luis de León (c. 1527-1591)
La perfecta casada
De los nombres de Cristo

Mateo Alemán (1547-1613?)
Guzmán de Alfarache

Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616)
La Galatea
Novelas ejemplares
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Los trabajos de Persiles y Segismunda

Lope de Vega (1562-1635)
La Arcadia
Novelas de Marcia Leonarda
La Dorotea

Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645)
La vida del Buscón llamado don Pablos
Los Sueños
Política de Dios, gobierno de Cristo, tiranía de Satanás
Marco Bruto

Baltasar Gracián (1601-1658)
El criticón

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