Pintura mural





Pintura mural

La última cena, de Leonardo da Vinci
La última cena (c. 1495-1497), en la iglesia de Santa Maria delle Grazie de Milán, es una de las pinturas religiosas más famosas de Leonardo da Vinci. La obra sufrió serios deterioros debido a la mala adherencia de la mezcla de óleo y pintura al temple utilizada por el artista.


Pintura mural, decoración de muros o techos mediante diferentes técnicas, con fines ornamentales, religiosos o didácticos. Tradicionalmente se ha utilizado en los interiores de edificios públicos, especialmente las iglesias, y aborda temas religiosos, históricos, alegóricos o patrióticos significativos para el público. La principal característica de la pintura mural es su gran formato. Está estrechamente ligada a los planos arquitectónicos y decorativos y puede servir para dar realce al diseño del interior o para transformarlo, por medio del trampantojo, o trompe l´oeil, con el fin de producir un efecto de dimensiones espaciales diferentes.


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TÉCNICAS
Las técnicas de pintura mural abarcan la encáustica, el fresco, el óleo y el temple; de hecho, el término fresco se emplea de forma alternativa al de mural. Otras técnicas que se emplean son la cerámica y, más recientemente, los silicatos líquidos, la pintura acrílica y los esmaltes de porcelana al fuego, así como la fotografía, que entra en la composición de muchos murales modernos. Los mosaicos, utilizados con profusión en la ornamentación de paredes y techos, constituyen un género aparte.
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HISTORIA

Diego Rivera
La pintura mural moderna alcanza su cénit con la obra de Diego Rivera, el más prolífico y conocido de los muralistas mexicanos. Este fresco, La civilización tarasca, muestra algunas de las costumbres de este pueblo indígena de México, en este caso el teñido y dibujado de tejidos.

La pintura mural es una forma de arte muy antigua. Se encuentra en las paredes de las cuevas prehistóricas, como en las de Altamira, en España, y las de Lascaux, al suroeste de Francia, y constituye un aspecto importante del arte paleolítico. En el Lejano Oriente, la pintura mural se inició en China hacia el año 1700 a.C., de allí se extendió a Corea y Japón. Las paredes de las cuevas de Ajanta, en India, muestran una notable serie de pinturas sobre temas budistas, realizadas al temple (entre el 200 a.C. y el 650 de nuestra era).

La pintura mural era una modalidad artística muy desarrollada en el antiguo Egipto; las paredes y techos de las cámaras mortuorias estaban decoradas al temple con figuras y motivos que simbolizaban la vida en el más allá. El palacio de Cnosos, en Creta, lucía pinturas al fresco, de brillante colorido, que representaban flores, animales y figuras humanas; en la antigua Grecia se acostumbraba a decorar tanto los edificios públicos como las viviendas particulares con pinturas al temple y encáustica y la tradición continuó en la época helenística y romana. Destacan especialmente las pinturas ilusionistas de paisajes, naturalezas muertas, y figuras humanas, halladas en las paredes de Pompeya y Herculano. En las culturas prehispánicas mesoamericanas se realizaron extraordinarias pinturas murales como las de Cacaxtla en Tlaxcala y las mayas de Bonampak (en México), que conmemoran pasajes bélicos, junto a sus protagonistas, exquisitamente ataviados.
Mural de la Prehistoria (Cuba)
Esta pintura mural de 120 m de alto y 180 m de ancho fue realizada por el pintor cubano Leovigildo González, discípulo del muralista mexicano Diego Rivera, en la pared del mogote Dos hermanas, en el valle de Viñales, provincia del Pinar del Río.

Al principio de los periodos cristiano y bizantino se pintaban al temple y al fresco los interiores de las basílicas; hacia el siglo IV, estas técnicas fueron sustituidas por los mosaicos, si bien, a principios del siglo XIV, la pintura mural fue recuperada en las iglesias del sur de Europa. En el norte, quedó desbancada por las vidrieras de los templos góticos y por los tapices que cubrían los muros de los castillos.

Desde el siglo XVII al XIX, pintores como el maestro flamenco del barroco Petrus Paulus Rubens, el pintor italiano del rococó Giovanni Battista Tiepolo, y el artista español Francisco de Goya, realizaron murales destinados principalmente a edificios civiles y, con la notable excepción de la obra de Tiepolo en Alemania y la de los frescos de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida en Madrid, se trataba generalmente de óleos sobre lienzo, que después se fijaban sobre los muros o sobre los techos.

En el siglo XX, la resurrección de la pintura mural se debió principalmente a tres artistas mexicanos, Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, quienes, desde la década de 1920, trabajaron en distintas ciudades de la República Mexicana, de Estados Unidos y en algunos países de América Latina. A grandes rasgos, su obra la constituyen composiciones de vivos colores, que conmemoran la rebelión del pueblo contra los sistemas opresivos, la formación del mestizaje por la unión entre indígenas americanos y españoles, el pasado histórico y la proyección al futuro, la naturaleza humana con sus contradicciones y, en síntesis, la búsqueda de la esencia humana y su trascendencia hacia la divinidad, todo ello dentro de un marco de monumentalidad. Véase Muralismo.


Pintura de género





Pintura de género

Pintura de género, tipo de pintura inspirada en escenas de la vida cotidiana tratadas desde un punto de vista realista. Sus temas preferidos son la vida cotidiana, la calle, las tabernas, la vida familiar, excursiones campestres y fiestas. Se caracteriza por el acabado y el cuidado con el que han sido realizadas.

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PRIMERAS MANIFESTACIONES
El banquete de boda
El banquete de boda
El banquete de boda (1566-1567) de Pieter Brueghel el Viejo es un claro ejemplo de su capacidad de observación de la naturaleza humana, técnica precisa y estilo fluido.

La pintura de género tiene su origen en la antigüedad. Muchas de las escenas pintadas en los muros de las tumbas egipcias representan la vida diaria de los habitantes del antiguo Egipto. Excavaciones en las ciudades de Pompeya y Herculano han sacado a la luz muchas pinturas de género, algunas de ellas de tema erótico. A finales de la edad media este tipo de pinturas reaparecieron, principalmente en calendarios religiosos que forman parte de ilustraciones de manuscritos miniados; los calendarios muestran a la gente ocupada en las actividades propias de cada estación del año.
En Italia durante el primer renacimiento, muchas de las pinturas religiosas e históricas de pintores florentinos del siglo XV como Ghirlandaio y Benozzo Gozzoli y los manieristas venecianos como Giorgione y la familia de los Bassano, fueron consideradas pinturas de género porque tanto los fondos y los vestidos que describían, como los modelos que utilizaban, eran de la época.

En el siglo XV el pintor flamenco Petrus Christus representó escenas de la vida cotidiana en algunos de sus cuadros religiosos. En los siguientes dos siglos, la pintura de género alcanzó la madurez con la obra de artistas flamencos como Pieter Brueghel el Viejo, David II Teniers y Adriaen Brouwer.

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PINTURA DE GÉNERO HOLANDESA

Pintura Holandesa
La lechera
Vermeer es uno de los grandes maestros de la pintura de género en los Países Bajos. En este famoso cuadro titulado La lechera (c. 1659-1660), recrea una escena cotidiana con la delicadeza y pureza de color habituales en la obra de este pintor holandés.

La escuela más importante de pintura de género fue la de los Países Bajos del siglo XVII. Quizá nunca antes se reflejó con tal riqueza de detalles la vida cotidiana de una nación como se hizo con la vida holandesa de este periodo. No sólo los grandes maestros sino también otros pintores menos conocidos destacaron en este género. Los más importantes fueron los llamados pequeños maestros entre los que se incluyen Gerard Ter Borch, Jan Steen, Gabriël Metsu, Pieter de Hooch, Gerrit Dou y Adriaen van Ostade. Los tres maestros más célebres del siglo XVII fueron Rembrandt, Frans Hals y Jan Vermeer, quienes crearon obras de excepcional belleza.

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PINTURA DE GÉNERO EN OTROS PAÍSES
La pintura de género francesa alcanzó su máximo esplendor en la obra de Jean-Antoine Watteau, Nicolas Lancret, Jean-Baptiste Chardin, Jean-Honoré Fragonard. Uno de los más destacados pintores ingleses de género fue William Hogarth.

Entre los pintores europeos más representativos del siglo XIX figuran los franceses Jean-León Gérôme y Jean-Louis Meissonier, el inglés William Powell Frith y el estadounidense William Sidney. En España en esta época practicaron este tipo de pintura Mariano Fortuny, J. Ribelles, Leonardo Alenza, entre otros.

Pintura prehistórica levantina





El invento de la Pintura prehistórica levantina


Danza fálica
La fotografía muestra una reproducción de la escena que ha pasado a ser conocida como Danza fálica, más concretamente del calco de la pintura rupestre (c. IV milenio a.C.) de la Roca dels Moros, situada en el municipio de El Cogul (Lleida, España), que se encuentra en el Museo Arqueológico de Barcelona.


Pintura prehistórica levantina, exponente artístico de las comunidades neolíticas asentadas en el Levante español a fines del V y a lo largo del IV milenio a. C. Pese a haber cabido a J. Marconell el honor de descubrir en 1892 las primeras manifestaciones de este arte en La Cocinilla del Obispo (Albarracín, Teruel), correspondería a J. Cabré y R. Huguet dar a conocer al mundo científico la pintura levantina, por medio de la publicación de los ciervos de estilo naturalista de Calapatá, en Teruel (1903), y de la danza fálica de la Roca dels Moros de El Cogull, en Lleida (1907). Se trata de representaciones pictóricas monocromas, plasmadas preferentemente en colores rojizos, más raramente en blanco o en negro, que se ejecutan en abrigos rocosos a los que llega directamente la luz solar, cuando no en paredes al aire libre. Formalmente, y por contraste con el arte paleolítico franco-cantábrico, se ha subrayado como uno de sus principales rasgos el contenido narrativo de las composiciones —escenas de caza y lucha, de recolección de miel y cereales, de domesticación y danza—, en las que la figura humana juega un papel protagonista. Desde sus inicios —en el Pla de Petracos se superpuso literalmente al arte macroesquemático—, la pintura levantina sufrirá un continuo proceso de esquematización que, en último término, le hizo perder sus señas de identidad para diluirse en una corriente abstracta que amplía su marco espacial a toda la península Ibérica.

El arte levantino se extendió por casi toda la vertiente mediterránea peninsular desde Lleida hasta Almería, atestiguándose una mayor densidad en áreas próximas a la costa, aunque no falten conjuntos importantes en lugares tan alejados del mar como Río Vero en Huesca, Albarracín en Teruel o Villar del Humo en Cuenca. Además de los ya citados de Teruel y Lleida, los conjuntos más significativos se localizan en las provincias de Castellón (Valltorta, Remigia y La Gasulla), Valencia (La Araña de Bicorp) y Albacete (Alpera, Minateda y Nerpio).
En diciembre de 1998, la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad al arte rupestre del Arco Mediterráneo de la península Ibérica, premiando así a las actividaes de conservación llevadas a cabo por los gobiernos autónomos de Andalucía, Aragón, Castilla-La Mancha, Cataluña, Valencia y Región de Murcia, en parte de cuyos territorios existen muestras de dicha manifestación cultural neolítica.


Pinturas y barnices





El invento de:
Pinturas y barnices

Pinturas y barnices, líquidos que se solidifican al exponerlos al aire y que se utilizan para cubrir superficies, para decorarlas o protegerlas. Las pinturas se forman mezclando un pigmento (la sustancia que proporciona el color) con un aglutinante que hace de medio fluido, por ejemplo el aceite de linaza, y que se solidifica al contacto con el aire. Un barniz es una disolución transparente que se solidifica formando un revestimiento protector. Los barnices opacos y coloreados se denominan lacas.

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HISTORIA
Las primeras aplicaciones de la pintura fueron únicamente decorativas. La pintura sin aglutinante, formada por óxido férrico, se usaba en las creaciones artísticas rupestres hacia el año 15000 a.C. Se conoce la existencia en Asia de algunos pigmentos, hechos de minerales, mezclas elaboradas y componentes orgánicos que se utilizaban en el año 6000 a.C. Los antiguos egipcios, los griegos, los romanos, los incas y los antiguos mexicanos conocían el añil, un pigmento azul que se extrae de la planta del añil. La goma arábiga, la clara de huevo, la gelatina y la cera de abeja fueron los primeros medios fluidos que se emplearon con estos pigmentos. Las lacas se utilizaron en China para pintar edificios en el siglo II a.C. En Europa, el uso de la pintura como protección se inicia en el siglo XII d.C. (Para más información acerca del uso de las pinturas por los artistas europeos, véase Pintura al óleo; Pintura.) Aunque los romanos ya conocían el empleo del aceite de linaza como medio fluido para la pintura, los artistas sólo lo utilizaron a partir del siglo XV. El albayalde, un pigmento blanco, tuvo una gran expansión durante el siglo XVII, y la pintura hecha con mezclas de pigmentos y medios fluidos se empezó a comercializar en el siglo XIX.

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COMPOSICIÓN QUÍMICA DE LA PINTURA
Composición de la pintura
La pintura se fabrica dispersando un pigmento en un aglutinante que puede ser aceite. A continuación se añade un disolvente que se evapora después del pintado. Después de filtrarse, la pintura se vierte en recipientes que se cierran herméticamente.

Las fórmulas de la pintura moderna cuentan con diversas categorías de compuestos químicos. El aglutinante forma el recubrimiento fino adherente; el pigmento, dispersado en el medio fluido, da a la película terminada su color y su poder cubriente; por último, el disolvente o diluyente se evapora con rapidez una vez extendida la pintura. Un material de relleno, que contiene componentes en polvo como el caolín o el sulfato de bario, mejora la resistencia de la película seca de pintura.

3.1
Aglutinantes
El aglutinante puede ser aceite no saturado o secante, que es un éster formado por la reacción de un ácido carboxílico de cadena larga, como el ácido linoleico, con un alcohol viscoso, como la glicerina. También puede ser un polímero. La estructura molecular de un aceite secante convencional, como el aceite de linaza, es la siguiente:
Al exponer esta sustancia al aire, el oxígeno ataca los extremos no saturados de la cadena de hidrocarburos en los enlaces dobles, —CH=CH—. Como consecuencia de ello se forma un óxido o éter, y los enlaces cruzados entre las moléculas forman una macromolécula insoluble:
El aceite secante es, por lo tanto, un monómero cuando está en la lata y se convierte en un polímero después de aplicarse a una superficie expuesta al aire.
Si el aglutinante es un polímero sintético, se dispersa utilizando un disolvente adecuado, de modo que cuando se evapora el disolvente las macromoléculas individuales entran en contacto y se entrelazan. La solidificación se mejora mediante la presencia en el disolvente de un catalizador de polimerización denominado secante. Los polímeros sintéticos más utilizados como aglutinantes para las pinturas son las resinas alquílicas y la nitrocelulosa (véase Celulosa). También se utilizan resinas fenólicas, resinas acrílicas, resinas epoxi, resinas de acetato de polivinilo y poliuretanos.

3.2
Pigmentos
Un pigmento para pintura es un polvo fino que o bien refleja toda la luz para producir un efecto blanco, o bien absorbe ciertas longitudes de onda de la luz para producir un efecto coloreado. Los pigmentos blancos más corrientes son óxidos inorgánicos, como el dióxido de titanio (TiO2), el óxido de antimonio (Sb2O3) y el óxido de cinc (ZnO). Se usan también otros compuestos inorgánicos blancos e insolubles, como el sulfuro de cinc (ZnS), el albayalde (hidroxicarbonato, hidroxisulfato, hidroxifosfito o hidroxisilicato de plomo) y el sulfato de bario (BaSO4). Los siguientes óxidos inorgánicos son pigmentos habituales para colores: el óxido de hierro (iii), Fe2O3 (amarillo, rojo o color tierra), el óxido de cromo (iii), Cr2O3 (verde), y el óxido de plomo (iv), Pb3O4 (rojo). Los cromatos de plomo, cinc, estroncio y níquel producen distintas gamas de amarillo y anaranjado. Se utiliza un conjunto de sólidos orgánicos para obtener otros colores.

3.3
Disolventes
El disolvente o el diluyente para pinturas de aceite secante es generalmente el aguarrás (una mezcla de hidrocarburos cíclicos) o una mezcla de hidrocarburos derivados del petróleo que se volatilizan adecuadamente. El disolvente para la mayoría de los aglutinantes sintéticos es un alcohol, una cetona o un éster.

3.4
Pinturas especiales
Las pinturas de esmalte se componen de un óxido de cinc y litopón mezclado con aceite de linaza y un barniz de alto grado. Las pinturas luminosas contienen distintos sulfuros fosforescentes de bario, estroncio y calcio. Las acuarelas que usan los artistas se fabrican en una pastilla seca o como una pasta húmeda; en ambos casos contienen pigmentos molidos muy finos en goma arábiga o dextrina, y para obtener la forma húmeda se añade glicerina.
La pintura aguada al látex apareció en 1949. El aglutinante sintético se emulsiona, es decir, queda suspendido en el agua en forma de gotas minúsculas. Cuando la pintura se seca, el agua se evapora y el pigmento y las partículas del aglutinante se unen, formando una película relativamente fuerte. Esta película es lo suficientemente porosa como para permitir el paso de la humedad, y se reduce de este modo la formación de ampollas. La mayoría de las pinturas al látex se aplican sólo en interiores y se han hecho muy populares porque son inodoras y fáciles de aplicar.

En algunas aplicaciones, las denominadas pinturas de emulsión sólida o de revestimiento en polvo reemplazan a las pinturas líquidas. Estas pinturas se pulverizan sobre una superficie metálica, como ocurre en la producción de maquinaria o de marcos de ventanas, y se adhieren gracias a la atracción electrostática. El calor provoca que el polvo fluya y forme una película.

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BARNIZ Y LACA
Los barnices son disoluciones transparentes que se producen mediante el calentamiento de un aceite secante, una resina, un secante y un disolvente juntos. Si se aplica como una película delgada, el barniz produce un revestimiento duro y transparente al secarse. Las numerosas variaciones en composición y preparación de los barnices hacen difícil su clasificación. El denominado barniz de alcohol, por ejemplo, es una resina disuelta en un disolvente volátil que no contiene ningún aceite secante.

Las lacas son algunos barnices naturales y sintéticos, y en particular los obtenidos de la savia del árbol del barniz, Rhus verniciflua, un zumaque japonés que contiene una resina fenólica llamada urushioi. La savia se calienta para eliminar la humedad, y queda un jarabe de color castaño oscuro. Se agregan pigmentos y a veces agentes diluyentes. El material resultante se aplica sobre madera, metal o artículos de cerámica como una película fina. Cuando se endurece, la capa de laca se pule con un abrasivo y se aplica otra capa sobre ella. Es frecuente usar más de treinta capas en una pieza fina de laqueado. Las lacas comerciales que se utilizan para pintar objetos metálicos tienen normalmente una base de piroxilina (véase Plásticos).

La Ilustración en las artes gráficas





El invento de la:
La Ilustración en las artes gráficas

De la invención de la escritura al libro
El proceso que ha conducido de la tabla de arcilla de Mesopotamia al libro impreso moderno es un recorrido fascinante y lleno de sorpresas que se articula en torno al desarrollo de las grafías, el tipo de instrumentos y soportes empleados en la escritura, y la evolución del libro como objeto a lo largo de su historia.


Ilustración (artes gráficas), componente gráfico que complementa o realza un texto. Si bien las ilustraciones pueden ser mapas, planos, diagramas o elementos decorativos, generalmente se trata de representaciones de escenas, personajes u objetos que tienen relación —directa, indirecta o simbólica— con el texto que acompañan. Los orígenes de la ilustración son tan antiguos como los de la escritura. Las raíces, tanto de la ilustración como del texto, se encuentran en los pictogramas (símbolos que representan palabras o frases) y en los jeroglíficos (imágenes de objetos que representan palabras, sílabas o sonidos) desarrollados por culturas antiguas como los egipcios, los mayas, los olmecas o los hititas, entre otros.

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ILUSTRACIÓN A MANO
El Libro de los muertos
El Libro de los muertos
El manuscrito egipcio conocido como Libro de los muertos (c. 1310 a.C.) es el ejemplo más antiguo de un texto ilustrado. Los jeroglíficos de oraciones, sortilegios e himnos están acompañados por escenas que ilustran los episodios del recorrido del alma después de la muerte. Esta imagen muestra el juicio final de Hu-Nefer, el escriba real, ante Osiris, dios de los muertos.

Antes de la invención de la imprenta, los libros (manuscritos) se ilustraban a mano. La muestra de libro ilustrado más antiguo que se conserva es un papiro egipcio de alrededor del año 2000 a.C. En el antiguo Egipto se ilustraba el Libro de los muertos, que se colocaba en las tumbas para que los difuntos pudieran utilizarlo en la otra vida. En Europa, durante la época clásica, las primeras ilustraciones se hicieron para textos científicos. El filósofo griego de la antigüedad, Aristóteles, hacía referencia a las ilustraciones, perdidas en la actualidad, que acompañaban a sus escritos. El siguiente paso fueron las ilustraciones en forma de retratos del autor, seguidas por ilustraciones de textos literarios como la Iliada y la Odisea. También en China, desde principios del siglo V a.C. se conocía la ilustración de las obras literarias. Los artistas de la Europa medieval ilustraban los textos de los manuscritos miniados, con miniaturas, iniciales con ornamentos o decoraciones al margen. En el mundo islámico, los artistas persas y mogoles ilustraban los libros de poesía e historia con delicadas pinturas semejantes a joyas. Al igual que los manuscritos, las ilustraciones sólo podían duplicarse copiándolas a mano.

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MÉTODOS DE REPRODUCCIÓN IMPRESA
La primera reproducción mecánica de ilustraciones se hizo por medio de matrices de madera. Se dibujaba la ilustración sobre la superficie lisa del bloque y se vaciaba la madera a ambos lados de las líneas del dibujo. La imagen en relieve resultante era untada con pigmento o con tinta y se estampaba sobre el pergamino o el papel. El proceso podía repetirse una y otra vez, consiguiendo con una sola matriz numerosas reproducciones idénticas. En algunos casos se utilizaba una única matriz para tallar la página completa de un libro, texto e ilustraciones; los libros realizados con esta técnica se llaman libros xilográficos. Los textos eran forzosamente limitados, por lo que el contenido de casi todos estos libros era simple y tosco, destinado a lectores poco instruidos. Muchos contenían un mensaje religioso como la Biblia pauperum (Biblia de los pobres) y el Ars moriendi (El arte de morir).

La llegada de los caracteres móviles permitió imprimir las ilustraciones sueltas grabadas sobre madera cortada a la fibra junto con el texto. La necesidad de un mayor detalle en las ilustraciones propició el desarrollo de diferentes técnicas de grabado, entre ellas el aguafuerte, sobre planchas de metal, por lo general de cobre. El grabado al humo, también conocido como manera negra, que se realiza bruñendo una lámina de cobre y que consigue sutiles gradaciones de luz y sombra, se desarrolló en el siglo XVIII, al igual que el aguatinta que permite simular el efecto de la pintura a la acuarela. A finales de siglo se perfeccionó la técnica de la xilografía que consiste en grabar, con un buril metálico, sobre la madera cortada a la testa, consiguiendo imágenes de gran delicadeza que, en muchos casos, aparecen en blanco sobre un fondo oscuro. A finales del siglo XVIII se inventó la litografía, que permitía mayor fluidez y un campo más amplio al artista en el terreno de la técnica de la ilustración; las posibilidades aumentaron durante la primera mitad del siglo XIX con la introducción de la litografía en color. La fotografía, perfeccionada durante la segunda mitad del siglo XIX, fue esencial al proporcionar métodos fotomecánicos adaptables para la reproducción de ilustraciones originales creadas con cualquier tipo de técnica.

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APLICACIONES DE LAS ILUSTRACIONES IMPRESAS
En el siglo XVIII apareció el periódico ilustrado, —ramificación del libro ilustrado—, que cobró más tarde gran notoriedad. La literatura de ficción había sido ilustrada casi desde sus comienzos y para el siglo XIX se había extendido tanto la costumbre que eran raras las novelas publicadas sin contar por lo menos con una ilustración, frecuentemente en color, en la portada. También en el siglo XIX proliferó la ilustración de obras sobre topografía, arquitectura y botánica. En el siglo XX decayó la costumbre de ilustrar los libros para adultos, limitándose a la literatura no novelesca y haciendo hincapié en el aspecto educativo de las ilustraciones, sobre todo en libros de texto y otras obras de consulta. La ilustración de la literatura infantil había empezado a cobrar auge en el siglo XIX y a partir de la mitad del siglo XX constituía la mayor parte de las ilustraciones de libros. Los periódicos pasaron a depender en gran medida de la ilustración fotográfica.

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SIGLOS XV Y XVI
El primer libro ilustrado con texto impreso con tipos móviles fue probablemente Edelstein de Ulrich Boner, editado en 1461 por Albrecht Pfister en Bamberg, Alemania. Las recopilaciones de las fábulas de Esopo se encuentran entre los primeros libros ilustrados que aparecieron después de la invención de la prensa; el primer Esopo ilustrado, impreso por Johann Zainer en Ulm, Alemania, en 1476, ejerció una enorme influencia sobre las obras posteriores de este tipo. En Colonia (1478) y en Lübeck (1494) se publicaron biblias ilustradas dignas de mención. El autor impresor William Caxton realizó The Mirror of the World (1481), primer libro ilustrado impreso en Inglaterra. Entre los libros ilustrados importantes del siglo XV se encuentra Danse macabre des hommes (La danza de la muerte, 1485); The Nuremberg Chronicle (1493), con más de 1.800 grabados; Der Ritter von Turn (1493), con grabados de Alberto Durero y la Hypnerotomachia poliphili (1499) de Francesco de Colonna, impreso por Aldo Manuzio en Venecia y considerado el más importante de los primeros libros con grabados en madera. El primer libro ilustrado con grabados sobre cobre fue De Casibus virorum illustrium (Brujas, 1476) de Giovanni Boccaccio. Entre los primeros libros ilustrados, uno de los más bellos es la Divina Comedia (1481) de Dante, con grabados de Baccio Baldini sobre dibujos de Sandro Botticelli. Se ha estimado que durante el periodo incunabula (c. 1480-1530, el primer medio siglo después de la invención de la prensa) los libros ilustrados constituían alrededor de un tercio de todos los que se imprimían.
En el siglo XVI, con la propagación de la imprenta, proliferaron los libros ilustrados. Entre los ejemplos más significativos cabe citar: en Italia, la edición de Petrarca (1544) de Gabriele Giolito y las Las cien fábulas (1570) de Giovanni Verdizotti; en Alemania, el herbario de Otto Brunfel (1530), probablemente el primer libro en el que se reconoce la labor del ilustrador (Hans Weiditz), la Biblia de Martín Lutero (1534), ilustrada por Lucas Cranach y la Iconographia regum francorum (1576), ilustrada por Virgil Solis y Jost Amman; en Suiza, la Danza de la muerte (1538) ilustrada por Hans Holbein, el Joven; en los Países Bajos, una Biblia (1528) ilustrada por Jan Swart y Lucas van Leyden, así como la Biblia Políglota de 1568 (que contiene varias versiones en diferentes idiomas) realizada por el gran pintor flamenco Christophe Plantin; en Francia un Libro de horas (1525) ilustrado por Geofroy Tory y El apocalipsis ilustrado (1561), con grabados de Jean Duvet; en Inglaterra, una edición de Vesalius (1545), ilustrada por Geminus, y el Libro de los mártires de Foxe, editado por el impresor John Day en 1563.

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SIGLOS XVII Y XVIII
El cordero
William Blake, poeta, pintor y grabador, creó una forma de poesía ilustrada en la que palabra e imagen están íntimamente relacionadas. El cordero, perteneciente a su libro Cantos de inocencia (1789), se refiere a la inocencia de la infancia; el poema contrasta con el de El tigre del libro Cantos de experiencia (1794).

En el siglo XVII el arte de la ilustración de libros decayó en cierta medida ya que se pasó a dar mayor importancia a la tipografía y a la ornamentación. Sin embargo, aparecieron libros notables, sobre todo en Francia, como el libro de emblemas Vie de la Mère de Dieu (Vida de la Virgen, 1646) y Lux Claustri (1646), ilustrados con grabados al aguafuerte por Jacques Callot, una edición del Tratado de la pintura (1651) de Leonardo da Vinci ilustrada por Nicolas Poussin y el Labyrinthe de Versailles (1677) de Charles Perrault, ilustrado por Sébastien Leclerc. Probablemente el libro ilustrado inglés más importante realizado en el siglo XVII fue la edición políglota de los textos de Esopo ilustrada en 1666 por Francis Barlow.

En el siglo XVIII Francia estaba a la cabeza de la ilustración de libros con obras como las Fables (1755) de Jean de la Fontaine ilustradas por Jean-Baptiste Oudry. De Cuentos de La Fontaine aparecieron dos ediciones, una en 1762 ilustrada por Pierre Choffard y Charles Eisen, y otra en 1795 por Jean-Honoré Fragonard. Entre los libros ilustrados más importantes realizados en Inglaterra en ese periodo se encuentra una versión de Esopo (1722) con grabados de Samuel Croxall; Hudibras (1726) de Samuel Butler con grabados de William Hogarth; Poems (1753) de Thomas Gray, ilustrado por Richard Bentley, y Anatomía del caballo (1766) ilustrado por George Stubbs. El artista alemán Daniel Chodowiecki se encargó de ilustrar Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy (1759-1767) de Laurence Sterne.

A finales del siglo XVIII las figuras más relevantes de la ilustración de libros en Inglaterra fueron Thomas Bewick, que se encargó de resucitar y perfeccionar la técnica del entallado en obras como History of Quadrupeds (Historia de los cuadrúpedos, 1790) y el poeta-pintor William Blake cuyos “libros iluminados”, el primero de los cuales fue Canciones de inocencia (1789), presentaban una técnica muy similar a la de los libros xilográficos del siglo XV. Por su parte, los artistas japoneses ilustraban sus libros con estampas coloreadas de pájaros, flores y escenas de la vida cotidiana, como por ejemplo Shigemasa (Espejo de las mujeres hermosas, 1776), Masanobu Kitao (Yoshiware, 1784) y Utamaro (Libro de los pájaros, 1791).

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SIGLOS XIX Y XX
Isolda
Aubrey Beardsley fue uno de los ilustradores más innovadores de finales del siglo XIX dentro de un estilo decorativo, elegante y romántico característico del espíritu del Art Nouveau. Esta ilustración de Isolda, heroína del poema épico Tristán e Isolda, apareció en su versión de La muerte de Arturo (1891-1892).

En el siglo XIX, volvió a florecer la ilustración, sobre todo en Inglaterra en la década de 1860. A principios del siglo el editor londinense Rudolph Ackermann publicó numerosas obras sobre la topografía y la arquitectura de su país, con aguatintas coloreadas a mano por artistas de la categoría de Thomas Rowlandson (The Microcosm of London, 1808). El gran paisajista Joseph Mallord William Turner ilustró algunos libros, entre los que se encuentra Italy (1830); George Cruikshank, Hablot K. Browne (más conocido por su seudónimo de Phiz) y John Leech realizaron famosas ilustraciones para las novelas de Charles Dickens. En la década de 1860, los Dalziel —una familia de xilógrafos— produjeron libros famosos ilustrados por artistas de la época como Charles Keene, John Everett Millais y Miles Birket Foster. Elementos decorativos de gran fuerza caracterizan la obra de Aubrey Beardsley, que ilustró Salomé (1894) de Oscar Wilde, y de Edward Burne-Jones, ilustrador de la obra de Geoffrey Chaucer en la Kelmscott Press (1896). Las obras del influyente artesano y escritor William Morris en la Kelmscott Press emulaban los libros medievales, mientras que las de William Nicholson en su London Types (Tipos londinenses, 1898) se anticipaban a los libros ilustrados infantiles del siglo XX.

Entre los artistas franceses que, en el siglo XIX, realizaron importantes ilustraciones de libros se encuentran Eugène Delacroix, Honoré Daumier, Gustave Doré, Grandville (Jean Ignace Isidore Gérard), Gavarni (Sulpice Guillaume Chevalier), Édouard Manet y Henri Toulouse-Lautrec; maestros del arte del Ukiyo-e como Hokusai e Hiroshige se encargaron de mantener en Japón la tradición de estampas coloreadas sobre la vida cotidiana.
Los libros ilustrados más significativos de principios del siglo XX vieron la luz en Francia. El editor y marchante de París Ambroise Vollard encargó ilustraciones a artistas tan famosos como Pierre Bonnard, Marc Chagall, André Derain, Raoul Dufy, Marie Laurencin, Aristide Maillol, Henri Matisse, Pablo Picasso, Georges Rouault y Maurice de Vlaminck. Si bien se podría decir que esta era representa el último brote de ilustraciones de libros para adultos, la segunda mitad del siglo ha aportado notables contribuciones en este terreno.

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LITERATURA INFANTIL
Ilustración para Alicia en el país de las maravillas
Ilustración para Alicia en el país de las maravillas
Sir John Tenniel es célebre por sus ilustraciones de las obras de Lewis Carroll Alicia en el país de las maravillas (1865) y Alicia a través del espejo (1872). Esta ilustración muestra a Alicia tomando el té con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo; el cuarto invitado es el Lirón. Lewis Carroll sentía gran admiración por los dibujos de Tenniel.

El primer libro de texto ilustrado destinado a los niños fue The Visible World in Pictures (El mundo visible en imágenes) publicado por Juan Amos Comenio en 1658. La proporción mayor de libros ilustrados durante el siglo XIX correspondió a los destinados al público infantil, cuya producción aumentó considerablemente. Entre los ilustradores más importantes cabe mencionar a William Mulready (El baile de la mariposa, 1807), George Cruikshank (Cuentos de Grimm, 1823), Edward Lear (A Book of Nonsense, 1846), F.O.C. Darley (Rip Van Winkle, 1850), Gustave Doré (Los cuentos de Perrault, 1862), John Tenniel (Alicia en el país de las maravillas, 1865), Richard Doyle (En el país de las hadas, 1870), Arthur Hughes (Sing-Song, 1872), Winslow Homer (Courtin, 1874), Randolph Caldecott (La casa que construyó Jack, 1878), Kate Greenaway (Tarta de manzana, 1886), Walter Crane (Esopo para niños, 1887) y Beatrix Potter (El cuento de Peter Rabbit, 1900). Todos estos artistas ejercieron un fuerte influencia en el posterior desarrollo de la ilustración de libros infantiles. Son también dignos de mención el artista francés Louis Maurice Boutet de Monvel (Jeanne d’Arc, 1896) y el acuarelista inglés Arthur Rackham (Fábulas de Esopo, 1912).

En esta modalidad han surgido clásicos modernos en diferentes países, entre los que destacan: Maurice Sendak en Estados Unidos, (Donde viven los monstruos); Jean de Brunhoff en Francia (los libros de Babar, que se iniciaron en 1931); Reiner Zimnik (Jonás el pescador, 1956) y Marlene Reidel (El viaje de Eric, 1960) en Alemania; y Yashima Taro en Japón (El niño cuervo, 1955). La mayor parte de los libros ilustrados que se editan en la actualidad están dedicados a los niños.

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