El invento de la Literatura africana




Literatura africana, literatura oral y escrita del continente africano, no necesariamente en las lenguas indígenas africanas.
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LITERATURA ORAL
África posee una rica y variada literatura que se ha ido desarrollando desde las primeras sociedades africanas y continúa floreciendo en nuestros días. La literatura africana escrita ha estado siempre en deuda con la literatura oral, que adopta formas muy diversas. Los proverbios y adivinanzas transmiten códigos de conducta y a menudo reflejan la cultura del hablante (de su uso dependen el arte de la argumentación y la conversación), mientras que los mitos y las leyendas ponen de manifiesto la creencia en lo sobrenatural, además de explicar los orígenes y el desarrollo de los estados, clanes y otras organizaciones sociales de importancia. Generalmente se considera que las leyendas y los mitos tienen una base real. En muchos casos ofrecen una crónica sumamente detallada de la historia de un pueblo. Los cuentos populares, por su parte, se consideran fruto de la ficción. Los personajes principales de los cuentos populares africanos más famosos son la tortuga, la liebre y la araña. Estos cuentos se han difundido por todo el continente y han pasado también al Caribe, Estados Unidos y parte de Sudamérica como resultado del tráfico de esclavos africanos.
A lo largo del siglo XX, y gracias a la labor de antropólogos e historiadores, se ha registrado buena parte de la literatura oral de zonas de Sudáfrica y de las antiguas regiones de Ruanda, Buganda y Congo.
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LITERATURA ESCRITA PRIMITIVA
La primera literatura escrita aparece en el norte de África. Sin embargo, la vida y el pensamiento de esta región están más ligados a Europa y Oriente Próximo que al resto del continente africano. Así, la primera literatura norteafricana del Sahara, al igual que las obras del teólogo cristiano San Agustín y del historiador islámico del siglo XIV Ibn Jaldún, presentan grandes vínculos con las literaturas latina y árabe.
En gran parte de los primeros textos escritos de África occidental se notan las influencias de la literatura islámica, transmitida a través de los norteafricanos tanto en su forma como en su contenido. Las primeras obras escritas de África occidental datan del siglo XVI y son fruto del trabajo de eruditos islámicos sudaneses como Abd-al Rahman al-Sadi, autor de Tarij as-Sudan (Historia de Sudán), y Mahmud Kati, autor de Tarij-al Fettach. Estas obras pusieron fin a la tradición oral de los imperios sudánicos occidentales de Ghana, Malí y Songay, de clara ascendencia árabe.
La primera poesía escrita de África occidental era de carácter religioso y lo mejor de ella pone en evidencia el conocimiento de la poesía árabe preislámica y la poesía religiosa norteafricana. El poeta religioso más relevante de África occidental fue Abdullah ibn Muhammed Fudi, que vivió a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, emir de Gwandu y hermano del reformista musulmán Shedu Uthman.
La literatura escrita de África oriental posee también una larga historia y muestra asimismo la influencia de los modelos árabes. Una historia anónima de la ciudad estado de Kilwa Kisiwani, escrita alrededor de 1520 en árabe, es el primer ejemplo conocido de esta literatura. Más tarde aparecieron versiones en swahili de la historia de diversas ciudades estado, así como poemas con un mensaje de carácter religioso o moral. La primera obra conocida en swahili (véase Lenguas africanas), que data de 1728, es el poema épico Utendi wa Tambuka (Historia de Tambuka).
La poesía swahili se desarrolla en su mayor parte a partir de la poesía árabe. Los escritores de poemas épicos en lengua swahili se inspiraron en la tradición romántica que rodeaba al profeta Mahoma y a partir de ésta elaboraron sus textos con entera libertad, adaptándolos a los gustos de oyentes y lectores. Alrededor del siglo XIX la poesía swahili abandonó los temas árabes y adoptó formas bantúes como las canciones rituales.
Los principales poemas escritos en swahili datan de los siglos XIX y XX. El poema religioso más conocido, Utendi wa Inkishafi (El despertar de las almas), escrito por Sayyid Abdallah ibn Nasir, ilustra la vanidad de la vida terrena a través de un relato de la caída de la ciudad estado de Pata. La tradición oral de Liyongo, aspirante al trono de Shagga en el siglo XIII, se recoge en el poema épico Utendi wa Liyongo Fumo (Epopeya de Liyongo Fumo), escrita en 1913 por Muhammad ibn Abubakar.
A pesar de que las regiones del Sudán de África occidental y las regiones costeras de África oriental poseían una rica literatura escrita antes de la llegada de los europeos, la literatura del resto del África subsahariana siguió siendo oral hasta el establecimiento de las misiones y las escuelas europeas.
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LITERATURA CONTEMPORÁNEA
Hacia comienzos del siglo XX los africanos empezaron a publicar su literatura en diversas lenguas africanas y europeas. A mediados de la década de 1970, el número de nuevos autores africanos se redujo considerablemente, debido al creciente compromiso de los intelectuales con las cuestiones políticas y académicas.
4.1
Sudáfrica
Peter Abrahams
La mayor parte de las obras del escritor sudafricano Peter Abrahams se ocupan de los conflictos generados por la política del apartheid. La autobiografía No soy un hombre libre (1954), recrea su infancia en los barrios bajos del municipio de Vrededorp.

En Sudáfrica surgieron diversos poetas y novelistas de prestigio. Samuel E. K. Mqhayi es autor de una abundante obra en lengua josa, revelando así la fuerza de esta lengua como vehículo para la literatura escrita. Novelistas como Thomas Mofolo y Solomon T. Plaatje, conscientes de los ultrajes cometidos contra los sudafricanos negros bajo la dictadura de los blancos, retrataron a los negros como seres humanos complejos y dotados de un alto sentido moral. La tercera novela de Mofolo, Shaka, el zulú (1925), es una especie de biografía novelada de Shaka, un señor de la guerra zulú del siglo XIX. Esta obra, escrita originalmente en sotho, está considerada un clásico de esta lengua. La novela histórica de Plaatje, Mhudi, que trata sobre el personaje de Mzilikazi, lugarteniente de Shaka, se publicó en 1930. Su estilo, que incorpora cantos de alabanza, se inscribe en la tradición oral de la literatura bantú.
Nadine Gordimer
La escritora sudafricana Nadine Gordimer recibió el Premio Nobel de Literatura en 1991 por su irónico y profundo tratamiento de la injusticia social. Ambientadas en su país, sus novelas y relatos reflejan la rabia y la frustración que le producía la situación política y social de la Sudáfrica dividida por cuestiones raciales, y su firme condena al sistema del apartheid.

A mediados del siglo XX numerosos escritores sudafricanos abandonaron su país debido a la política gubernamental. Entre los exiliados figuran Peter Abrahams y Ezekiel Mphahlele. La autobiografía No soy un hombre libre está considerada como la mejor obra de Abrahams; en ella relata la opresión racial que padeció durante su infancia en Johannesburgo. Mphahlele es uno de los principales críticos de la literatura africana negra. En su obra La imagen de África (1962), analiza la literatura africana escrita por blancos y negros. El autor lamenta la obsesión de esta literatura por las relaciones raciales y propone un tratamiento más amplio y profundo de los personajes desde otros puntos de vista. Otros autores importantes son A. C. Jordan, que escribe en lengua josa, y el poeta zulú R. R. R. Dhlomo. Prosistas como Alex La Guma y Bloke Modisane, al igual que el dramaturgo y crítico Lewis Nkosi, no obtuvieron reconocimiento hasta después de 1950. Dennis Brutus es un destacado poeta negro sudafricano.
Los blancos sudafricanos poseen también una larga tradición literaria, tanto en afrikáans como en inglés. Entre los escritores en afrikáans figuran poetas como D. J. Opperman y Breyton Breytenbach, considerado uno de los mejores autores en esta lengua; y varios novelistas preocupados por las consecuencias del apartheid político, como J. M. Coetzee, autor de Vida y época de Michael K. (1983). Entre los escritores en inglés cabe citar a Olive Schreiner, cuya novela Historia de una hacienda africana (1883) se considera un clásico por su estudio pionero de las relaciones raciales y sexuales. Los efectos de la política racial sudafricana sobre la vida privada de las personas se reflejan en las obras de diversos escritores del siglo XX internacionalmente conocidos. Figuran entre ellos los novelistas Alan Stewart Paton y Doris Lessing; la novelista y autora de relatos Nadine Gordimer, galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 1991; y el principal dramaturgo sudafricano, Athol Fugard. Las obras de Fugard, como El nudo de sangre (1961), Boesman y Lena (1969) y La lección de áloe (1980), desafían abiertamente la política gubernamental. Breytenbach, antiguo defensor del nacionalismo afrikáner, escribió en inglés Las confesiones de un terrorista albino (1985). Durante su exilio en París renunció a su lengua materna. La novela ofrece un duro relato de sus siete años en prisiones sudafricanas acusado de terrorismo.
4.2
África occidental
Léopold Sédar Senghor
Primer presidente de Senegal, cargo que desempeñó desde 1960 hasta 1980, el poeta y político Léopold Sédar Senghor ha sido considerado el más importante intelectual africano del siglo XX.

La poesía ha sido la forma literaria dominante entre los escritores africanos en lengua francesa. Léopold Sédar Senghor, el poeta y presidente de Senegal, encabezó el movimiento de la negritud, que tuvo una influencia notable en la configuración del pensamiento de los intelectuales francófonos. Este movimiento, que alcanzó su cima en las décadas de 1930 y 1940, surgió como protesta ante la política de asimilación practicada por los franceses, como rechazo de la cultura occidental, antinatural y sin alma, y como reafirmación de los valores positivos de la cultura africana. Los poetas Briago Diop y David Diop participaron también en el citado movimiento.
Son pocos los novelistas de África occidental que han escrito en francés. Sin embargo, estos escritores figuran entre los más brillantes del continente africano. El guineano Camara Laye destaca por la hondura psicológica de su obra narrativa, por ejemplo la novela autobiográfica El niño negro (1953). Camerún ha dado al mundo dos novelistas, Mongo Beti y Ferdinand Oyono, notables por la extraordinaria fuerza de su sátira.
La literatura de África occidental en lengua inglesa no produjo obras de interés hasta la década de 1940. Desde entonces, no obstante, la producción ha sido impresionante. Destacan especialmente los autores nigerianos, los más conocidos de los cuales son quizá Amos Tuotola y Chinua Achebe. Tutuola se hizo internacionalmente famoso con la publicación de El bebedor de vino de palma (1952), obra basada en mitos y leyendas. Achebe analizó la amenaza que la civilización occidental representa para los valores tradicionales africanos en una de sus primeras novelas, Todo se divide (1958). Un hombre del pueblo (1966) es una sátira política sobre la corrupción en un país africano sin determinar. El poeta y dramaturgo nigeriano Wole Soyinka, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1986, se inspira en mitos yorubas. Abiertamente crítico con el régimen militar nigeriano, Soyinka es autor de una importante obra poética, además de piezas teatrales como La muerte y el caballero del rey (1975) y la novela Los intérpretes (1965), un análisis satírico de la Nigeria moderna y sus antiguas tradiciones. El poeta y dramaturgo nigeriano John Pepper Clark hace un provocativo uso de los mitos ijaw (nigerianos) y las situaciones sociales. El poeta nigeriano Gabriel Okara se convirtió con su novela Las voces en uno de los pocos autores africanos que utiliza en su literatura personajes y valores exclusivamente autóctonos. El autor más conocido de Sierra Leona es el novelista William Conton. Su África (1960), cuyo protagonista es un joven africano educado en Inglaterra, pone el énfasis en las diferencias culturales.
El ganés Kofi Awoonor figura entre los poetas más interesantes de África. Sus obras abordan los conflictos de la vida y la ominosa presencia de la muerte. El novelista Ayi Kwei Armah relata los últimos días del régimen del presidente ghanés Kwame Nkrumah en la novela La belleza no ha nacido todavía (1968).
4.3
África oriental
La literatura contemporánea de África oriental incluye importantes obras autobiográficas, como las de los escritores kenianos Josiah Kariuki y R. Mugo Gatheru. James Ngugi, más joven, es autor de varios relatos y novelas, y una obra de teatro. Ngugi analiza en sus obras el impacto del cristianismo en la vida africana y destaca por la sencillez y claridad de su estilo. Jean Joseph Rabéarivelo, nacido en Madagascar, escribía en francés y figura entre los grandes poetas africanos. Sus primeros poemas revelan la influencia del simbolismo francés, estilo que abandonó posteriormente para utilizar con maestría la forma vernácula de la balada. Shaaban Robert, nacido en Tanganika (actual Tanzania), fue el primer poeta y ensayista de África oriental en lengua swahili. Su obra más famosa, Kusadikika (1951), analiza las distintas tendencias políticas de su país. La citada novela es una alegoría inspirada en Los viajes de Gulliver, del escritor británico del siglo XVIII Jonathan Swift. Una de las obras más leídas en África oriental sigue siendo Julio César de Shakespeare, traducida al swahili en 1966 por el entonces presidente de Tanzania Julius Nyerere.
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ESCRITORES AFRICANOS EN LENGUA PORTUGUESA
Mención aparte merecen los escritores nacidos en países que, como Mozambique, la República de Cabo Verde y Angola, fueron colonias de Portugal.
Mia Couto, seudónimo de Antônio Emilio Leste Couto, nació en 1955 en Beira, Mozambique. Fue director del periódico Notícias, de la revista Tempo y de la Agencia de Información de Mozambique. Ha publicado, entre otras obras, la novela Terra sonâmbula (1982), el libro de poemas Raízes de orvalho (1983) y el volumen de cuentos Contos do nascer da terra (1987).
José Craveirinha nació en 1922, en la ciudad de Lourenço Marques, actual Maputo, y murió en Johannesburgo en 2003. Escritor de crónicas periodísticas, firmaba sus artículos con el seudónimo Mário Vieira. Estuvo encarcelado entre 1965 y 1969 por su participación en el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO). Publicó, entre otros libros, Chigubo (1964), Cantico a um Dio de catrame (1966), Karingana ua karingana (1974) y Cela 1 (Celda 1, 1980).
Poeta, periodista, crítico de literatura y de cine, Rui Knpfli nació en 1932. De origen mozambiqueño, estudió en Sudáfrica. Volvió a Mozambique y, en 1975, debió abandonar su país por razones políticas. Su obra abarca principalmente colaboraciones en periódicos y revistas. Leer, en opinión de Knpfli, es algo más que un acto de voluntad, “es reverenciar las singularidades personales, las normas e inclinaciones que conforman nuestra cultura” (véase Lectura).
Orlando Mendes nació en la isla de Mozambique en 1916. Obtuvo la licenciatura en Biología en la Universidad de Coimbra. Poeta, novelista y dramaturgo, ha publicado numerosos libros, entre ellos Trajectórias (1940), Clima (1959), Portanto eu vos escrevo (1964) y País emerso I (1975). Deben destacarse además sus colaboraciones en revistas y periódicos mozambiqueños y portugueses.
Germano de Almeida es uno de los escritores más conocidos de la literatura moderna de la República de Cabo Verde. Nació en la isla de Boavista en 1945. Estudió Derecho en Lisboa y fijó su residencia en la isla de São Vicente. Fundó la revista Ponto & Vírgula (1983-1987); el periódico Aguaviva y la editorial Ilhéu, en 1989. Su obra se propone, a través del humor, desenmascarar la hipocresía común a todas las sociedades. Un buen ejemplo de su estilo es O testamento do Sr. Napumoceno da Silva Araujo (1991), libro en el que narra la historia de un hombre que se enriqueció vendiendo diez mil paraguas a los habitantes de una región dominada por la sequía. Esta novela fue adaptada al cine por el cineasta portugués Francisco Manso y ganó, en agosto de 1997, el premio a la mejor película en el Festival de cine de Gramado (Rio Grande do Sul, Brasil). O meu poeta, obra publicada en 1992, es considerada la primera novela nacional de la nueva República de Cabo Verde. Ha publicado, además, A ilha fantástica (1994), Os dois irmãos, estórias de dentro de casa (1996) y A família Trago (1998).
Sin pretender agotar la riqueza y variedad de la literatura africana en lengua portuguesa, cabe mencionar a Agostinho Neto, poeta angoleño, y a Sebastião Alba, quien, nacido en Braga (Portugal), se trasladó a Mozambique siendo muy joven. En este país publicó, entre otras obras, A noite dividida e Ritmo do presságio, ambas de 1981.


El invento del Romanticismo hispanoamericano




Romanticismo hispanoamericano, características específicas que tuvo el romanticismo en Hispanoamérica. Anunciado o presentido por José María Heredia, Jose Joaquín Olmedo y Andrés Bello, el romanticismo llega realmente con el argentino Esteban Echeverría, quien había estado en contacto con ese movimiento durante sus años en Francia y fue miembro destacado de una notable generación argentina “los proscritos”, que fundaron las bases del país y lucharon contra el dictador Rosas.
El poema La cautiva y el relato El matadero, de Echeverría, son considerados las primeras expresiones románticas importantes en el continente. Las notas esenciales del movimiento originario —la libertad, el gusto por el pasado, lo legendario y lo exótico, la exaltación del yo y la sentimentalidad— se registran también en su versión hispanoamericana, pero ésta acentúa las notas del patriotismo, la tendencia historicista y las actitudes humanitaristas del romanticismo social. La poesía, el teatro, la novela, el ensayo, el artículo de costumbres y la leyenda son las formas literarias más abundantes del romanticismo y bien puede decirse que el movimiento es responsable del auge que goza la novela y de su afianzamiento como género tras los primeros intentos de Olavide y Fernández de Lizardi en la época anterior. La novela más representativa —aunque algo tardía— del periodo es, sin duda, María (1897) de Jorge Isaacs.
En verdad, la cronología del romanticismo prueba que su presencia fue larga y que alcanzó para cubrir dos o más generaciones; incluso, cuando aparecen tendencias de signo opuesto (el realismo y el naturalismo) en el campo de la prosa, el espíritu romántico se resiste a desaparecer y se metamorfosea bajo distintas apariencias que le insuflan nueva vida e incluso le permiten alcanzar su verdadera grandeza. Ejemplos de eso son las tradiciones de Ricardo Palma y la poesía gauchesca, que no son formas ortodoxas del romanticismo pero sí reflejos o síntesis americanas de su espíritu. El romanticismo estimuló además la identidad o conciencia colectiva de cada comunidad hispanoamericana y dio origen al concepto de literatura nacional que, unida a teorías de raíz positivista, orientaron los estudios literarios hasta entrado el siglo XX. En una palabra, el romanticismo es el fenómeno capital de la literatura continental en el siglo XIX.
Para justificar esa afirmación, bastaría agregar al ejemplo de María obras de máxima importancia como el Facundo de Sarmiento, la poesía de Gertrudis Gómez de Avellaneda, la novela antiesclavista Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde y los ensayos políticos de Juan Montalvo, entre otros.


El invento del Regionalismo americano




Rómulo Gallegos
Presidente de la República y escritor venezolano, Rómulo Gallegos llevó a sus novelas su compromiso político basado en el regeneracionismo nacional.


Regionalismo americano, en términos generales, toda literatura atenta a las peculiaridades típicas de un país o región, en este caso América Latina. En Hispanoamérica se vio fomentado por el nacionalismo que sucedió a la independencia y por el interés romántico de la inspiración popular. También allí se sintió la pretensión de reflejar lo propio, lo concreto en el 'cuadro de costumbres', y entre sus numerosos cultivadores se contaron los argentinos Ricardo Güiraldes, Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi (1810-1884) y Juan María Gutiérrez (1809-1878); los peruanos Manuel Ascensio Segura (1805-1871) y Felipe Pardo y Aliaga (1806-1868); los cubanos José Victorino Betancourt (1813-1875) y Cirilo Villaverde (1812-1894); los chilenos José Victorino Lastarria (1917-1888) y Vicente Pérez Rosales (1807-1886); los mexicanos Guillermo Prieto (1818-1897), José Tomás de Cuéllar (1830-1894) y Vicente Riva Palacio (1832-1896); los colombianos José María Vergara y Vergara (1831-1872) y José Caicedo Rojas (1816-1897), y el venezolano Fermín Toro (1806-1865), pero entre todos ellos destaca el chileno José Joaquín Vallejo, Jotabache (1811-1858), adscrito al movimiento literario de 1842, que se relaciona con la irrupción del romanticismo en su país.
Paisajes, situaciones, anécdotas, tipos y hábitos centraron una atención atraída por lo pintoresco, pero también resuelta a la crítica de vicios sociales y políticos, aunque éstos no oscurecieron la visión optimista de un país en rápido proceso de modernización.
Con el regionalismo puede relacionarse el incipiente desarrollo del cuento y el de un género tan peculiar en la 'tradición' del peruano Ricardo Palma, que encontró numerosos imitadores. Artículos y relatos breves fueron abordados por los mismos escritores sin conciencia clara de los límites entre los géneros. El regionalismo o costumbrismo se mostró también especialmente ligado a algunas manifestaciones de la novela romántica: Manuela (1866) del colombiano Eugenio Díaz Castro (1804-1893) y Clemencia (1869) del mexicano Ignacio Manuel Altamirano son muestras destacadas de una novela costumbrista, interesada en el detallismo descriptivo y en el color local.


El invento del Realismo mágico




Alejo Carpentier
Alejo Carpentier (1904-1980) es el escritor cubano que, a pesar de su corta producción literaria, está considerado como uno de los artífices de la renovación de la literatura latinoamericana. Con un lenguaje rico, colorista y majestuoso incorpora todas las dimensiones de la imaginación —sueños, mitos, magia y religión— en su idea de la realidad.

Juan Rulfo
Las tierras áridas y los pueblos tristes de la provincia de Jalisco, donde nació el escritor mexicano Juan Rulfo, se perciben en sus grandes obras, en especial, en El llano en llamas y Pedro Páramo. La gran llanura en la que nunca llueve y la soledad del ser humano acosado por el espacio y que se acosa a sí mismo constituyen las coordenadas de su obra.


Realismo mágico, género de ficción cultivado principalmente por los novelistas iberoamericanos durante la segunda mitad del siglo XX. El término fue acuñado al parecer por el novelista cubano Alejo Carpentier al formular la siguiente pregunta: '¿Qué es la historia de América Latina sino una crónica de lo maravilloso en lo real?'. Lo hizo en el prólogo a su novela El reino de este mundo, publicada en 1949. Posteriormente Alistair Reid lo introdujo en el vocabulario de la crítica. El venezolano Arturo Uslar Pietri empleó exactamente el término 'realismo mágico' en 1948, aplicado a la literatura hispanoamericana. El realismo mágico, como gran parte de la literatura de la segunda mitad de siglo, es esencialmente ecléctico. Funde la realidad narrativa con elementos fantásticos y fabulosos, no tanto para reconciliarlos como para exagerar su aparente discordancia. El reto que esto supone para la noción común de la 'realidad' lleva implícito un cuestionamiento de la 'verdad' que a su vez puede socavar de manera deliberada el texto y las palabras, y en ocasiones la autoridad de la propia novela.
Estas tendencias se encuentran ya presentes en primeros novelistas, seminovelistas y antinovelistas como François Rabelais y Laurence Sterne; otros precedentes más inmediatos pueden ser las novelas de Vladimir Nabokov Pálido fuego (1962) y El tambor de hojalata (1959) de Günter Grass. Pero el realismo mágico floreció con esplendor en la literatura latinoamericana de 1960 y 1970, a raíz de las discrepancias surgidas entre cultura de la tecnología y cultura de la superstición, y en un momento en que el auge de las dictaduras políticas convirtió la palabra en una herramienta infinitamente preciada y manipulable. Al margen del propio Carpentier, que cultivó el realismo mágico en novelas como Los pasos perdidos, los principales autores del género son Miguel Ángel Asturias, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y, sobre todo, Gabriel García Márquez. Las novelas de este último, Cien años de soledad (1967), El otoño del patriarca (1975) y Crónica de una muerte anunciada (1981) siguen siendo las cumbres del género.
Fuera del continente americano el realismo mágico ha influido notablemente en la obra del italiano Italo Calvino y del checo Milan Kundera. La tradición inglesa ha tardado más en asimilar el impacto del género, y sin duda no es casual que se deje sentir con mayor intensidad en las novelas de Salman Rushdie Hijos de la medianoche (1981) y Los versos satánicos (1988).


El invento de la Poesía gauchesca




Poesía gauchesca, estilo poético asociado a la cultura del área rioplatense y a las formas de vida del gaucho pampeano; esta importante expresión literaria nace, humildemente, muy a comienzos del siglo XIX, ligado al contexto de las luchas por la emancipación y el espíritu nacionalista que despertó. Hay que entenderla como una variante popular a la vertiente culta, que predominaba en la vida literaria hispanoamericana.
Los llamados “cielitos” (porque esta palabra se repetía como estribillo) del uruguayo Bartolomé Hidalgo, considerado el iniciador, son una forma todavía primitiva de poesía patriótica con acentos autóctonos y comprometida con la causa independentista. Lo que es literariamente novedoso en ella es el sabor criollo de su espíritu y lenguaje, que se fundan en una reelaboración de tradiciones populares de fuente oral. Los cielitos son coplas cuya forma métrica proviene del romancero español, pero que se adaptan a la sensibilidad y lenguaje americanos. Sus primeras muestras aparecen en 1812 y las últimas corresponden a 1821, pues acompañan los distintos episodios de la campaña patriótica del prócer Artigas. En ellos aparece en germen una figura capital de la literatura rioplatense: el gaucho, el legendario hombre a caballo, errante y rebelde.
Tras estos comienzos, la poesía gauchesca se afirma y populariza entre los lectores cultos, en la segunda mitad del siglo XIX, ahora en el contexto del esfuerzo por organizar las naciones rioplatenses y del auge romántico, que le sirvió de estímulo y del que es, en cierta manera, su más original expresión. Los forjadores de la tradición gauchesca en este periodo son los argentinos Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo y el uruguayo Antonio Lussich. El primero, todavía un poco rudo y repentinista, fue un testigo satírico del acontecer político, que se refleja como trasfondo en su poema narrativo Santos Vega o Los mellizos de la Flor. Del Campo es de una sensibilidad más refinada y de sutil ironía, lo que se advierte en su famoso Fausto, paródica versión de la ópera de Gounod que hace un gaucho a otro tras su estreno en Buenos Aires.
Pero la gran figura de la gauchesca y sin duda la voz poética más original de todo el período es la de José Hernández y su inmortal Martín Fierro. Insuperable por su hondura, su gracia y su perfecta identificación con la voz y el carácter del gaucho, este poema es una prueba de la madurez de la literatura hispanoamericana en su afán de crear personajes y asuntos inconfundiblemente propios.


El invento del drama Ollantay





Ollantay (siglo XVIII), drama anónimo de tema incaico, en lengua quechua, que está considerado un monumento literario del periodo colonial. Su fama e influjo son muy vastos, a través de numerosas traducciones y adaptaciones dramáticas y musicales, entre ellas las de Ricardo Rojas y Alberto Ginastera.
Dos aspectos se han discutido larga y ardientemente a propósito de esta obra desde que fue descubierta en 1837: su origen y su autoría. Las tesis de un Ollantay de elaboración indígena y de un Ollantay mestizo han sido defendidas al compás de posiciones indigenistas o europeístas, gustos literarios cambiantes y el avance mismo de las investigaciones; la identificación de su autor o probable autor también ha desvelado a los estudiosos. Hoy puede afirmarse con bastante certeza que la obra es la versión colonial de una leyenda incaica y que el redactor del manuscrito más conocido del drama (existen otros cinco) es el cura cuzqueño Antonio Valdés (1740?-1816), cuya autoría es, sin embargo, difícil de sostener si se tiene en cuenta que hay un manuscrito anterior, de 1835. El de Valdés fue escrito hacia 1770. No se conserva el original, sino su copia; su primera traducción al castellano se debe a José Sebastián Barranca, corresponde a 1868 y lleva el título de Ollanta, o sea la severidad de un padre y la clemencia de un rey, que da una buena idea de su contenido: una historia de amores prohibidos entre el jefe rebelde, Ollantay, y Cusi-Cóyllor, princesa e hija del Inca Pachacútec. Tras muchas peripecias, la historia termina con un final feliz, que muestra a un nuevo y más tolerante Inca Túpac Yupanqui, quien perdona a los amantes. La obra tiene tres actos y está compuesta en octosílabos quechuas. Que su representación fuese prohibida después de la sublevación de Túpac Amaru en 1780 revela que las notas de rebeldía y perdón incorporadas en el drama le daban entonces una significación política de actualidad.


El invento del Grupo Mandrágora




Mandrágora (grupo), grupo de poetas chilenos que representan una importante expresión de la “segunda hora” de la vanguardia poética, y que surgieron en torno a la revista del mismo nombre que se editó desde 1938 hasta 1943.
Los fundadores de Mandrágora fueron Braulio Arenas, Teófilo Cid y Enrique Gómez-Correa, a los que se sumaron otros como Vicente Huidobro, el temprano iniciador del creacionismo, y Gonzalo Rojas, que iría evolucionando hasta convertirse en un notable poeta de nuestros días. A su activismo literario, el grupo sumó lo político, en un momento particularmente crítico de la vida chilena, lo que los enfrentó con las posiciones ideológicas de Pablo Neruda. Es importante subrayar que el surrealismo radical o negro que defiende Mandrágora va aún más allá de las líneas establecidas para el movimiento por Breton. El carácter algo secreto del grupo limitó sus proyecciones fuera de las fronteras del país.


El invento de la Literatura indigenista




Literatura indigenista, corriente literaria que aborda los problemas de los indígenas americanos. Sus orígenes pueden remontarse hasta cronistas como Bartolomé de Las Casas (1484-1566), que condenó apasionadamente los desmanes de los conquistadores en Brevísima relación de la destrucción de las Indias, aunque la denominación suele reservarse para la literatura del siglo XX —cuentos y novelas sobre todo— que han denunciado las condiciones infrahumanas de vida de los indios. En consecuencia, se excluyen obras como Cumandá o Un drama entre salvajes (1879), del ecuatoriano Juan León Mera (1832-1894), y cuantas ofrecieron una visión idealizada de los primitivos habitantes del nuevo mundo. Esto es lo que se conoce como indianismo, asociado generalmente a la literatura del siglo XIX.
La narrativa indigenista, propiamente dicha, cuenta con precedentes, sobre todo en Perú, donde la defensa del indio dio lugar a obras como Aves sin nido (1889), de Clorinda Matto de Turner (1854-1909). Pero es Raza de bronce (1919), del boliviano Alcides Arguedas (1879-1946), la novela que significa el primer hito de esa literatura en el siglo XX, aunque su planteamiento étnico del conflicto constituye una herencia decimonónica. La influencia del pensador peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930), de orientación marxista, permitió que el problema se relacionara más tarde con la posesión de la tierra, como puede comprobarse en Huasipungo (1934), del ecuatoriano Jorge Icaza (1906-1978), y en El mundo es ancho y ajeno (1941), del peruano Ciro Alegría (1909-1967). En este último se advierte ya la visión positiva hacia la cultura indígena que luego enriquecería su compatriota José María Arguedas (1911-1969), quien en Los ríos profundos (1956) y obras posteriores trató de ir más allá de los problemas sociales del indio para adentrarse en su visión del mundo. Es la orientación literaria que suele denominarse neoindigenismo.
También en México se desarrolló la narrativa indigenista, condicionada por las consecuencias de la Revolución Mexicana. Sus primeros representantes destacados fueron Gregorio López y Fuentes (1897-1966), con El indio, y Mauricio Magdaleno (1906-1986), con El resplandor. Después merecen mención las novelas conocidas como “Ciclo de Chiapas”, entre las que sobresalen Balún Canán (1957) y Oficio de tinieblas (1962), de Rosario Castellanos (1925-1974).


El invento de la Literatura independentista y patriótica




Literatura independentista y patriótica, literatura escrita en Latinoamérica desde finales del siglo XVIII a mediados del XIX, que sirvió de aliciente y empuje al proceso independentista de estas naciones.
La Ilustración llegada de Europa, como otros movimientos artísticos y filosóficos anteriores, tuvo aquí su personalidad propia, por las circunstancias políticas que la rodearon, y una especial repercusión en la emancipación primero, e independencia después, de las naciones hispanoamericanas. En la América hispana se sintió con gran profundidad el ideal ilustrado del hombre libre y la confianza en las leyes de la razón.
La nueva orientación virreinal que los Borbones (véase Casas de Borbón) habían propiciado no terminaba de cuajar y la idea de libertad se extendió por doquier. Curiosamente, el neoclasicismo que en Europa fue mesura, contención y razón, en los virreinatos fue pasión por enfatizar y exaltar el americanismo. El medio principal que generó esta tendencia literaria fue la prensa: las ideas liberales y autonomistas se fueron propagando desde los periódicos, gacetas y revistas literarias con el fin de crear una opinión pública favorable al proceso emancipador que se estaba iniciando; puede que en un primer momento los poemas y escritos de esta tendencia no tuvieran una gran calidad literaria, pero a principios del siglo XIX empezó a contar con grandes escritores.
La literatura independentista se caracteriza por una temática centrada en la exaltación de los pueblos libres, por un sentimiento patriótico que llevaba al encuentro con el gaucho, el indígena, el criollo y que generaría después las literaturas correspondientes. Asimismo, utilizaba un lenguaje directo y pedagógico, pues seguía el precepto de “enseñar deleitando”.
Nadie mejor que el venezolano Simón Bolívar estaba capacitado para expresar estas inquietudes en soflamas, discursos y proclamas relacionadas con las campañas militares y con la organización de los territorios liberados. El chileno Camilo Henríquez y el mexicano Servando Teresa de Mier fueron otros prosistas destacados del momento, en el que también sobresale la figura del venezolano Andrés Bello. Entre otros escritores de esta corriente se pueden citar al argentino Manuel José de Lavardén con su magnífica oda Al Paraná (1801), en la que canta al río Paraná como símbolo de América, y al mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi, que ejerció un gran papel crítico y divulgador desde el periódico que él mismo fundó, El Pensador Mexicano.


El invento del Instituto Caro y Cuervo




Instituto Caro y Cuervo, institución cultural colombiana consagrada a la investigación científica y a la docencia en los campos de la lingüística, la filología, la literatura, las humanidades, la historia de la cultura y, muy especialmente, al estudio de la lengua española, del español de América y de las lenguas autóctonas americanas. Fundado en 1942 por iniciativa del Estado, su precedente había sido el Ateneo Nacional de Altos Estudios. Éste fue constituido dos años antes para completar el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, obra iniciada por Rufino José Cuervo, el cual, cuando falleció en 1911, sólo había culminado y publicado dos volúmenes de la misma. El Instituto recibió su nombre a partir de los respectivos apellidos de esta insigne figura de la cultura colombiana y de su compatriota, y también filólogo, Miguel Antonio Caro. Su sede principal está ubicada en la hacienda Yerbabuena, a 30 km de Santafé de Bogotá, mientras que sus oficinas, aulas y bibliotecas radican sus respectivas sedes en otros edificios más modernos.
El Instituto está integrado por nueve departamentos: Lexicografía, Lingüística General, Dialectología, Historia Cultural, Bibliografía, Biblioteca, Filología Clásica, Lingüística Indígena y Literatura Hispanoamericana. Posee, además, una de las más completas bibliotecas de Latinoamérica en obras referentes a los campos de la filología y la lingüística. El Seminario Andrés Bello, el Laboratorio de Fonética y las secciones de Imprenta y Publicaciones, también forman parte de este auténtico complejo cultural, así como su Museo Etnográfico, que muestra el modo de vida y las costumbres de las comunidades indígenas y campesinas colombianas. Además del ya mencionado Diccionario (finalizado en 1994 y que en sus 8 volúmenes recogía 9.500 voces), el Instituto Caro y Cuervo ha publicado más de 1.500 títulos que suponen todo un recorrido por la historia lingüística y etnográfica de Colombia. En 1999 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades por su 'extraordinaria labor dirigida al conocimiento, estudio y difusión del español, muy especialmente en sus variedades americanas', por 'la extensión de sus fecundas investigaciones en los campos de la filología, la etnografía y las lenguas indígenas, cuya coexistencia con el español ha producido siempre un fecundo bilingüismo', y por su contribución a la 'cohesión social y cultural' en Latinoamérica. En 2001 recibió el Premio Bartolomé de las Casas y en 2002 el Premio Elio Antonio de Nebrija.


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